16/3/26

Poema de Eugenia Cabral

  


En el sueño, caía de bruces

ante los umbrales del Paraíso.

La luz caía sobre las escalinatas

como un naranjal podrido.

Ese era el color: de naranjas marrones y agrias.

Y los ángeles se habían vuelto cínicos.

 

Soy mejor que ustedes, les dije a los ángeles;

no vine aquí por comer helados

ni hacerme con la verdad:

llegué hasta el Paraíso buscando a mis hermanos.

De haber intuido que aquí también

me hallaría sola,

habría telefoneado al taxi el domingo, por la tarde,

y lo hubiese esperado paladeando

un cuarteto de Beethoven.                                                             

 

© Eugenia Cabral

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5/1/26

Poema de Eugenia Cabral

 

Llueve.        Llueve.       Llueve.

Llueve.           Llueve.       Llueve.

Llueve.           Llueve.       Llueve.

 

El adagio de Albinoni provoca llorar

de otra melancolía  -análoga, pero tosca -.

Desconcentrada angustia de cejas muy depiladas.

 

Pero llueve, llueve.

Pero llueve sobre el cráneo

de esta mujer que escribe

y no le importa cómo escribe.

Ella hubiera deseado ser sutil y formalista,

no arrancar en esos tonos a lo Almafuerte;

pero vuelve,

enfrenta sombras ominosas y gruñidos

de electrodomésticos anticuados

que la sobresaltan.

 

¡Y los gatos hacen mucho ruido

sobre el techo de zinc!                                                                    

   

© Eugenia Cabral


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19/11/25

Poema de Eugenia Cabral

  


Oh libertad política de los sentidos.

La pupila de Dios se ha de beber como aguardiente.

 

Oh senderos. ¿Alguien corrige el plano?

Que lo haga de noche,

cuando todo sea bullente y aislado.

 

Oh la poesía. Alta y redonda.

Larga y afinada, octogonal y sensible.

 

Oh la flor hambrienta de libertad.

 

Oh, así. Más lejos. Más lejos.

 

© Eugenia Cabral

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13/9/25

Poema de Eugenia Cabral

 

 

Silencio es la vara de almendro

con que palpo el temblor del agua

bajo la escritura de la tierra.

 

Silencio, no palabra. Ni costura

de adjetivo púrpura con verbo en gris

y sustantivos al tono, ni masitas

teologales a la mesa del racismo.

 

Ceno en la mesa que está al fondo del bar

y acaricio el pie de los ancianos

cuadraturado de hambre.

El resto es impío y lo deploro.

(¿Dónde andará ese por el que afiebro,

el de soltura inspirada en películas de Saura?)

 

Vengo quebrada en la cadera y las piernas

como joya arqueológica desenterrada,

todavía bella.

 

Y los muertos míos me aman nostálgicamente.

 

© Eugenia Cabral

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14/8/25

Poema de Eugenia Cabral

 


Reitero (sin ánimo de escandalizar):

yo me habría acostado con Tiresias,

aquel adivino ciego con pechos de mujer,

con tal de ser la esposa de un sabio;

mas tropecé en los pectorales y bíceps

de varones que acolchonaban

con músculos sus torsos,

cual mujeres deportistas...                                                              

La contemplación de sus miembros

agresivos, obtusos,         

estuvo a punto de coartarme el deseo.  

Pero he amado

otras de sus virtudes: la risa,

la voz congruente,

la combinación de seriedad y desparpajo,

y esa como brava humildad

para abrazarla a una cuando la aman

y casi la comprenden.

 

© Eugenia Cabral

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18/7/25

Poema de Eugenia Cabral

  


Yo me habría acostado con Tiresias

-siendo consciente de su androginia

y de la mía-,

exhibido con orgullo la excentricidad,

a cambio de poseer un vidente

iluminado en su interior,

como los templos.

 

“– Para ello tendrías que haber falsificado

un pasaporte griego, Eugenia,

haciéndote pasar por la prima segunda

de Konstantin Kavafis.

Extranjera, lejana y prestigiosa,

nadie hubiera osado denigrarte...”.

 

© Eugenia Cabral

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6/9/24

Poema de Eugenia Cabral

 


DESNUDA y azorada frente a la tristeza

como frente a un espejo.

 

El agua va cayendo por mis pechos.

Cierro los párpados, entreabro la boca,

dejo que el agua se vierta desde la coronilla

hasta el mentón.

 

Te beso con la cara mojada.

Te digo que amor es la plena conciencia.

 

Ten. Sostenlo.

Ten. Llénalo.

Es tuyo. No lo dobles.

Shh, no lo agradezcas.

 

© Eugenia Cabral

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9/8/24

Poema de Eugenia Cabral

 

 

RUEDA la moneda.

El color de la plata desgastada es bello y es muerto.

 

Las mesas del café son circulares.

La conversación circula por ellas.

 

Cada parroquiano deja una moneda junto al plato

y guarda el saquito sobrante de azúcar en el bolsillo.

 

Las monedas ruedan al suelo.

El mozo las levanta y las coloca de canto entre los nudillos.

 

El mendigo toma la moneda de las manos de la solitaria

que escribe y allá, en la esquina, lo espera

la mendiga tonta y malhumorada que trasiega la vida

junto con él, moneda a moneda.

 

© Eugenia Cabral

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23/6/24

Poema de Eugenia Cabral

 

 

DIBUJAME el rostro con los dedos,

a través del vidrio que cae vertical, como llovizna.

 

Que tu deseo se permita el delicado anhelo

que provoca una bandera al izarse hasta la punta del mástil.

 

Dedicame un beso a través de esa metáfora de la pérdida

que representa el vidrio interpuesto entre dos personas.

 

Desde la silla donde espero a los amigos que se fueron,

te miraré embotada por la vigilia de haber inventado

un amante y una historia en ofrenda a Scheherezade.

 

Acariciame el rostro acuarelado tras la veladura del cristal,

con la palidez conveniente a la anticipación del recuerdo,

con ese necesario desleimiento de la imagen

para ser conservado sobre la repisa en potes esmerilados

-junto a postales de viaje, vasijas y caracolas-.

 

© Eugenia Cabral

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27/4/24

Poema de Eugenia Cabral

 

 

GOLPEA las palmas de las manos contra la pared.

Ahora empuja, empuja hasta voltear la pared.

 

Debes hacerlo cual héroe mitológico.

Piensa en lo que amas y en lo que odias. Y empuja.

 

Como un campeón a punto de perder el título. Un poco más.

Piensa en toneladas de seres humanos sobre tu espalda.

 

Del otro lado está cautiva tu amada, tu Paraíso.

Empuja. Un poco más.

 

Ya está. Ha caído, otra vuelta, una pared.

¿Ves que tal muro infranqueable no existía?

 

Ahora ambos quedamos de un mismo lado,

en el reverso del muro imaginario.

 

© Eugenia Cabral

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26/2/24

Poema de Eugenia Cabral

  


TU RETRATO me observa desde la posición

que ya había descripto en el poema.

 

Hace un año que me escruta desde ahí

(donde yo misma lo he colgado)

y no me atrevo a quitarlo por temor a olvidarte,

a que nuestra unilateral relación de amor concluya

si dejo de contemplar tu imagen.

A la vez, temo que al envejecer allí, colgada en la pared,

el paso del tiempo sobre la fotografía

sea quien determine el final con más fuerza de decisión

de la que yo podría reunir jamás... aunque,

si volviera a ser misteriosa, sería feliz.

 

© Eugenia Cabral

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22/1/24

Poema de Eugenia Cabral

 


DESAYUNÁBAMOS huevos de sol y panes de oro.

 

Volábamos en círculos sobre el tema de la revolución.

 

El alma hecha una compleja colmena de abstracciones.

El cuerpo exhausto.

 

Reyes de nuestro umbrío país de erotismo y palabras.

 

De tus manos recibía la excomunión del paraíso.

Entre mis párpados hallaste la salida a tu memoria.

 

© Eugenia Cabral

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4/12/23

Poema de Eugenia Cabral

 

 

¿TE HA DOLIDO de amor alguna vez el pecho?

 

Parece novela del siglo dieciocho

la historia que podría relatar.

Qué decir de la apariencia de un amor.

Su constelación primaria es inmutable.

 

Y se incendia metódicamente.

Como resina.

Como papel.

Como petróleo.

Como palabras expuestas a la intemperie.

 

© Eugenia Cabral

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21/10/23

Poema de Eugenia Cabral

  


CUÉNTAME las noches en que me esperabas.

 

Haz la cuenta.

Haz el cuento.

 

Cuenta las perlas del collar con que te desposaras.

 

Te ha desvelado la sombra de una rosa en la pared.

Es la espera lo que en verdad te desvela.

 

El héroe necesita de la rosa.

La amada necesita de la sombra.

 

Relátame una a una las noches en que me esperaras.

 

Traigo tanta sed de tu boca como de tu palabra.

 

© Eugenia Cabral

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4/9/23

Poema de Eugenia Cabral

 

 

LA CUERDA con que paseo a mi perrito

es cordón umbilical y soga de ahorcado

tendida entre el umbroso reflejo del Primer Hombre

en las aguas de un río y la mano que sostiene la cuerda.

 

Rastro de perfume en la almohada.

Las muelles palabras “perfume” y “almohada”.

Oh las palabras.

Oh los rastros de perfume.

 

Potes con esencias alineados sobre el tocador.

Seducción de las habitaciones alquiladas

por ex convictas que cuelgan sus lascivas ropas

en tres perchas y ríen en los balcones.

Oh lascivia.

 

Encima de un sillón conocen el embeleso de las manos.

Ella es descarnada. Sabe para qué hace eso.

Oh la carne.

 

Bajo la luna, los seres humanos toman apariencia maciza,

su carne pareciera tener escasa organización interna.

El culto lunar es peligroso.

Bruto. Brusco. Burdo.

Oh Luna.

 

Patas plateadas de oso aeroespacial

jugando sobre superficie lunar a las aventuras

de Julio Verne con disfraz regalado en Merry Christmas.

Patio de juegos del American College.

Oh América.

 

Revienta ya, revienta, América.

O, mejor, hundirse

arrastrando los ídolos al fondo del mar.

De lo contrario, proseguir

en florestas y cuevas milenarias,

silabeando, y que responda el eco en los valles.  

Los autores que admiras no llegarán a leerte

y eso es lo que más desearías.

Ecos en los valles.

 

California. Orinoco. Río Negro.

Canción irreconocible por el estrago del tiempo,

anotada en un códice ajado y recompuesto.

 

© Eugenia Cabral

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10/6/23

Eugenia Cabral comparte a Dughetti


Faulkner deja de escribir

con mi hija

construimos un barco para escapar

al centro de la tierra

 

todos los domingos le agregamos detalles

mi madre

encerrada en su urna de hueso

suele desearnos suerte

nos prepara un té de odio

y lo sirve envuelta en su capullo.

 

cuando llega la noche

y el lunes muerde con su pan de furia,

miramos con ternura el barco fantástico

la cruz de palo santo

el osito rojo en la cabecera

la dulce mortaja

que cubrirá el futuro.

 

Marcelo Dughetti


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22/4/23

Poema de Eugenia Cabral

 



Manuscritos para el soldado 

 

                 1

 

CÓDICE: no te extravíes nunca más.

No permitas el hurto del extraño

ni el olvido del ciudadano.

 

Todo lo hemos ofrecido

rogando por paz, pan y trabajo

para las naciones y solo hemos hallado

esta antigua canción de amor

-entre cacharros de una feria-.

 

Y ese soldado que no vuelve.

¿Estará con otra mujer? 

¿Con otro país? 

¿Con otro dios?

 

Oh, cantemos antes de olvidar.

 

© Eugenia Cabral

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8/2/23

Texto de Eugenia Cabral

 


Maga 

 

Su cuerpo amanecía cántaro de arcilla. Rescoldo de frescura. Toda la mañana andaba pájaro, murmurándole a las plantas noticias del alto aire. Y una menuda réplica vegetal ascendía como un insecto hasta la flor.

Al mediodía era paloma. Doblando amables servilletas, arrullaba con vino oscuro el cristal de un vaso obnubilado. Y el vaso le transmitía su sueño y su silencioso canto a la garganta.

Por las siestas lagartijeaba entre los osarios de los abuelos. Desordenaba los huesos, hurgándolos hasta hallar la médula de algún recuerdo –alimento precioso para un diminuto saurio-.

De tarde era un gajito de enredadera que aliteraba frases en pentagramas de oro y lapislázuli.

El ocaso la adelgazaba infinitamente. Trazo melancólico y rebelde, probaba su temple al rojo, al violeta, al gris, al nada. La noche la enceraba de fósforo en vigilia, hasta que percutía la muerte en la palabra.

Por último, perdía su rastro en el tiempo, mientras ella proseguía su ascenso retrospectivo. Muchas noches soñé que nada buscándola en aguas de un territorio ajeno.

Y a veces desperté antes del alba y la vi exudando una sustancia misteriosa, con todo el amor a la orilla de las mutaciones.

 

© Eugenia Cabral

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9/12/22

Texto de Eugenia Cabral

 


Carta fechada en viernes, día de transmutaciones mágicas 

 

En esta gris colgadura de viernes, huele a agua de lluvia contenida en cántaro de arcilla.

He acariciado la fotografía de mi madre, su collar de vidrios, he caminado por el patio hasta develar la razón de esta inquietud como se descubre un párrafo asombroso. Urge preguntarte si las manos del poeta son hermafroditas…

Mi mano masculina ama los impulsos de la mano femenina, su exasperante ansiedad, su olor a flores.

¿Habrá de percibir algún amante polisexuales furias y voluntades?

¿Cuántos sexos tienen las manos, los ojos; qué hormona vitaliza la filosofía?

Cuando éramos muy jóvenes, el sexo era cosa de camaradas.

Nuestra muerta canción nos instigó a pedir disculpas.

Hay una larga fila de mendigos aguardando a la orilla del mar.

Tengo miedo, te confieso, de formar fila en la playa buscando en mi sombra el espejo del ser.

Toma por favor esta carta, cuando la leas, entre tu mano de morir y tu mano de existir.

 

© Eugenia Cabral

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24/9/22

Texto de Eugenia Cabral

  


Para una estética de la violencia 

 

Odio las flores. Son como mujeres casadas.

El ocio de las flores. Su manera de abrirse a los labios de las abejas.

Mastico flores con furia. Les muerdo los cuellos tensos, los pezones de colores, las bocas fragantísimas. Les hundo la lengua hasta la raíz de la savia.

Diseco las flores. El odio a las flores. Mueren ahí, sin agua, en el jarrón. Algunas, después de muertas, siguen perfumando.

Mastico el vocablo flores. Es trabajoso. Disléxico.

Mastico tus flores, las muerdo, las escupo, las beso, me relajo, me duermo, me muero, me estoy durmiendo, muriendo. Huelen a madre, esperanza, calabaza, ají, noche, seda, manos.

Las benditas. Las impuras.

 

© Eugenia Cabral

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