Ritornello
Íbamos esa tarde hacia el centro, en el
pueblo.
En el brillo de otoño, mi padre es un
hombre
que va pensativo, que avanza sereno, con el
pelo
retinto y los ojos brillantes. El silencio
es su virtud.
Alguno quizás le ha soltado la mano, para
hacer
que heredáramos tanta nostalgia. Lo
recuerdo
esa tarde y después otra tarde desgranando
maíz,
siento ruido de granos cayendo en la lata.
Esta
vez me pidió que tuviera paciencia, se le
nublan
los ojos. Es el humo, me ha dicho, no he
logrado
que el tiraje mejore y ha venido el
invierno.
Tiene miedo, lo descubro esa tarde. Es tu
madre,
me dice. ¿Sanará?, le pregunto. Sanará, me
responde, y se queda en silencio. Yo
quisiera pedirle que me cuente la historia
del amigo lejano, que hagamos la cena,
pero él se levanta. No puedo hacer nada si
no
está aquí tu madre, es cuestión de mujeres
los hijos, la casa. Son cuestiones del hombre
no saber hacer nada. Un día serás grande,
tendrás un marido, sabrás lo que pasa. Pero
yo no sabía, iba sola en el mundo con mi
mano
en su mano. No sabía que tendría dos hijas,
que las hijas buscarían un padre, que otro
hombre les daría su moneda de sangre. Han
pasado los años, el invierno ha llegado, se
recuerda la escarcha, puedo ver crisantemos
desde el porche de la casa, una calle de
tierra,
la vereda gastada, los zapatos del color
de los ojos, brillando. El piloto, el
abrigo
que llevaba mi padre, la corbata…, yo
retengo esas cosas pequeñas, esos mínimos
datos, los preservo de todo, las cuestiones
privadas que se dicen a nadie, las palabras
de siempre: ya sabrás lo que pasa.
© María Teresa
Andruetto