13/6/26

Poema de Alicia Márquez

 


FRED ASTAIRE BAILA

 

Baila para mí, en blanco y negro, solo,

sin ninguna de sus acompañantes,

baila y hace sonar tambores y platillos,

y hay luces que iluminan todo, y hay estrellas

siempre hay estrellas

y telones de gasa

y el piso está eternamente reluciente,

y los zapatos también, y ahora baila

con un montón de bailarines, todos

con sombrero de copa,

y baila y sigue bailando

y me saca la tristeza y me acuerdo de mamá,

viuda tan joven que se iba sola al cine para no pensar.

Y yo tampoco quiero pensar porque

de repente la tristeza y la bronca vienen y se instalan y

están en todas partes y entonces Fred Astaire

baila. Baila y no pisa el suelo y ahora sube por las paredes

con esa elegancia, con esa agilidad

con ese cuerpo que no pesa, que se desliza como un ala,

y cuando él baila no puede pasar nada malo,

siempre están las estrellas, la música

con violines, con trompetas, y sonríe

y nada malo puede pasar, todo está bien,

todo está luminosamente bien,

porque Fred Astaire baila. 

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

28/4/26

Poema de Alicia Márquez

 


“Los negros de mierda abrieron las bolsas de basura”.

Eso me dijo la hija de una gallega

a la que raudamente internaron en un geriátrico

porque molestaba.

La hija de una gallega, como yo, también hija de una gallega

que, como todos los gallegos que llegaron al país

tenían un hambre atroz.

Hambre, como los que abren las bolsas de basura,

y me pregunto en qué momento se convirtieron, nos convertimos

en duques, condes o marqueses.

En qué momento se olvidaron nos olvidamos de los baúles desvencijados

y de los panes aliviadores flotando en las sopas reparadoras

servidas comunitariamente en algún conventillo de San Telmo o del Abasto.

En qué momento desgraciado olvidaron olvidamos nuestras raíces.

Y cuándo tuvieron tuvimos vergüenza de nuestros propios padres.

Aunque se niegue, aunque se disfrace, aunque se maquille,

lo que venimos siendo es una marca imborrable en el orillo de nuestra vida.

Y tarde o temprano el disimulo nos queda chico de sisa.

Y se nota.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

20/3/26

Poema de Alicia Márquez

 


Estaturas

 

Todos nos apoyábamos en la pared

y nos medíamos.

A los chicos les encantaba verse en la medida

de su vida, que cada vez, se estiraba más.

Y un día, no nos medimos más.

Ya no entusiasmaba y tampoco importaba.

Ellos nos habían superado.

Y entonces ahora no hay medida que valga.

¿Cuánto mide el abrazo que no puede darse?

¿Cuánto la extrañadura?

¿Cuánto mide el silencio?

¿Cuánto?

Ahora mido los días para verlos, para hablarles,

para enterarme de sus jóvenes planes, llenos de verde.

Y los abrazo.

Y en ese momento, en ese preciso momento, el del abrazo,

recuerdo la pared, los números, y la medida del amor.

Que es infinita.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

13/7/25

Poema de Alicia Márquez

 

 

Colchones abandonados

 

Cuando veo colchones tirados en la calle

me pregunto dónde irán los sueños,

se enredarán quizás en los árboles,

sorprenderán a algún distraído

haciéndolo creer, una vez más, en giros

de estrellas, en horizontes de alegría…

o los asaltarán pesadillas siniestras

de colmillos lustrosos en medio de la avenida,

¿Adónde irán los momentos de amor?

atacarán silenciosamente a esa señora triste

que, de repente, se sentirá con ganas

de apoyar la cabeza en algún hombro,

o de ser besada apasionadamente por el verdulero,

que tan mal no está con esos bigotes tentadores…

adónde irán los dolores, las tristezas, las lágrimas…

se colarán en alguna cadera, en la cervical, o en el dedo gordo del pie derecho,

haciendo saltar al que pasa cerca,

o quizás, vistiendo de melancolía al más desprevenido

que sentirá la intensa necesidad de llorar por cualquier cosa,

por una ventana cerrada, por una hoja que cae despacito, por un recuerdo.

Colchones abandonados,

los que los tiran, no saben los terremotos que producen.

Y después decimos: la gente cada día está más loca.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

17/3/25

Poema de Alicia Márquez

 


La carcajada de la Gioconda 

 

Que no pudo ser, porque no se permitía.

Durante siglos, la risa plena, loca y contagiosa

estaba reservada solo a los varoncitos.

Las mujeres debían estar serias, como las modelos

en las pasarelas que no sonríen jamás,

o quizás podían esbozar una sonrisa. Nada más.

Toda risa libre era pecado.

Porque reír y hacer reír era un asunto de hombres.

Ellos distinguían dos clases de risa: la buena y la mala.

La buena, obvio, era la de ellos,

y la mala era de las desvergonzadas, subversivas, locas

y peligrosas mujeres que se atrevían a mostrar los dientes,

histéricas también, para adjetivar como corresponde.

Ya decía Aristóteles, el simpático, que el silencio honraba a la mujer,

y un poeta, Ovidio, detestaba las carcajadas femeninas porque

les deformaba la boca.

Decían también, que la risa de los hombres provenía del cerebro,

y la de las mujeres, del útero. O sea, bajo la risa femenina se escondía

una devoradora de hombres. Hannibal Lecter versión mujer.

La risa de los hombres, intelectual, la de las mujeres, sexual.

¡Locas, todas locas!

Las mujeres, sin embargo, se reían. Se reían detrás de los abanicos,

de los chales,

se reían en la plaza, en los mercados, en el río cuando lavaban la ropa,

en los castillos, detrás de los pesados cortinados,

se reían para espantar tanta estupidez, tanta realidad violenta, y al peligro de muerte que acechaba en los partos.

Y se reían a través de la escritura punzante, casi en secreto,

burlándose del poder masculino.

Después, el tiempo fue acomodando de algún modo, las tonterías, y el humor fue ganando espacio.

Colette, Virginia Woolf, Annie Leclerc y más acá Niní Marshall, Lucille Ball y tantas otras que con gracia inigualable nos hicieron reír.

Por eso, cuando Da Vinci terminó el retrato, la Gioconda le dijo: ¿Terminaste, Leonardo? Bueno, date vuelta que me voy a reír. ¡Me estuve aguantando todo este tiempo!

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

19/2/25

Poema de Alicia Márquez

 


“Lo que pasa es que nunca ha estado muerto en toda la vida”

Carlos Fuentes

 

¿Cuántas veces nos morimos?

Nos morimos de amor y también de desamor.

Nos morimos de decepción,

de esperanzas frustradas,

de engaños,

de despedidas,

de celos.

Nos morimos de tristeza y hasta

de risa.

Nos morimos con muertes de ventanas oscuras.

Con niebla en el corazón

y con ojos de pedir, de rezar, de dolor.

Nos morimos de vergüenza, de pena, de orgullo. ese

infeliz traidor.

Nos morimos de extrañar ciertas voces lejanas.

Nos morimos de deseo y de pasión.

Nos morimos de soledad, esa miserable.

Nos morimos un poquito con nuestros queridos muertos.

Nos morimos de esperar, algo, cualquier cosa,

de frío y también de calor…

Nos morimos de miedo, de terror.

La vida nos prepara a cada rato para la última,

la definitiva.

Y nosotros, como si nada,

creyéndonos eternos y

muriéndonos todo el tiempo.

Y entonces, entonces ella viene y nos sorprende en serio.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

25/1/25

Poema de Alicia Márquez

 


LA LLAVE

 

Son dos. Viven a la vuelta.

En una casa abandonada,

en una triste casa abandonada.

En una casa tapiada a la vida,

gris, de tan sola.

Caminan, a veces una, a veces otra,

por el barrio.

Se sientan en los zaguanes a discutir con el aire,

a revolver bolsas eternas,

llenas de otras bolsas y de papeles.

Son parte del paisaje cotidiano

con sus camperas gastadas y su gesto

impaciente.

Pero un día, una de ellas, de ceño fruncido

y enojo volcánico, me exigió a los gritos

que devolviera la llave.

Traté de calmarla, mañana, dije, enseguida,

dije, bueno, dije. Aterrada, le dije. Lo que me salía,

le dije.

Ella me miró y aseguró que si no la devolvía

se iba a cometer un asesinato.

Y entonces la vi. Por primera vez la vi.

Ya no era parte del paisaje. Era una hermosa

mujer de ojos claros, perdida y rota.

¿Qué llave querría? ¿La de alguna casa remota?

¿La de la cordura? ¿La del paraíso?

¿La de la risa, para su gesto amargo?

¿Quién la lastimó tanto? ¿Quién le arrancó la llave?

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

19/12/24

Poema de Alicia Márquez

 


El subte es uno de los lugares menos amables que existen.

Pasan sombras apuradas con las tarjetas Sube en ristre,

como armas mortales. Sin mirar. Apuradas.

Y de repente, Lucy en el cielo con diamantes.

Y todo se ralenta, y hasta aparecen sonrisas,

El guitarrista con un leve movimiento de cabeza

agradece el dinero.

Mientras tanto, Lucy en el cielo con diamantes

brilla en la estación Congreso del subte D.

Súbitamente todos somos buenos,

gentiles, amables, nos miramos a los ojos,

podríamos viajar hasta Saturno

con Lucy en el cielo con diamantes.

Después subimos al vagón.

Pero no, subimos al vagón y nos eyectan a un no lugar.

Fue lindo mientras duró. Como el amor.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

23/11/24

Poema de Alicia Márquez

 


La infancia de los padres

 

No la sabemos.

No sabemos si tenían miedo de los ruidos de la noche,

si se cantaban alguna canción para ahuyentarlo,

si dormían con la luz prendida,

si creían en las hadas y en los gnomos,

si odiaban la escuela,

si tenían amigos para toda la vida.

No sabemos.

No sabemos cómo era su risa chiquita,

qué odiaban comer,

si les dolían los pies encerrados en zapatos

para ir al colegio,

si jugaban mucho, si los hacían trabajar,

si lloraban despacio o a los gritos,

si tenían berrinches, si escuchaban a los grillos

en el verano y corrían por el campo para atrapar luciérnagas,

si estaban seguros de que detrás del horizonte

había paisajes extraños, llenos de pájaros enormes

y lunas de día.

La infancia de los padres es como

esos libros troquelados que nos saltaban

entre las páginas y estaban llenos de misterio

y bellas ilustraciones de jardines, casas con techos a dos aguas,

lagos con patos, algún conejo aquí o allá…

quizás no.

No sabemos.

Pero queremos, desesperadamente, que hayan sido felices

felices en algún momento,

que se hayan reído hasta el dolor de panza,

que se hayan enamorado a los seis años

y, sobre todo, sobre todo, que hayan soñado con nosotros.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

23/10/24

Poema de Alicia Márquez

 

 

Me llueve el techo

 

Me llueve el techo. Miro para arriba

porque una gotita me lo advirtió.

Y después otra, y otra más.

Y entonces el techo se llenó de gotitas

que caen sobre los libros de la biblioteca

sobre el sillón y sobre la manga de mi remera.

Me llueve el techo.

Una mancha avanza por el techo

como una maldición gitana,

y el techo me llueve.

Y ya que estamos también me llueve el país,

y me llueve la impotencia,

y me llueve la ignorancia

y me llueven las ganas de ponerme a llorar siglos,

o mejor de gritar desesperadamente

por tantas cosas lluviosas

por tanta tormenta desquiciada,

por tanta indiferencia.

Me llueve el techo.

No conozco techistas

y lo más grave es que

no sé qué techista puede arreglar

el cielo de mi país, que se llueve

de tanta tristeza.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

28/8/24

Poema de Alicia Márquez

  


Jorge

 

Esta vez no vas a leer, o sí, no sabemos, mi poema

y no vas a decir moviendo la cabeza

que ganaría plata si escribiera novelas o cuentos,

pero que el poema te gustaba mucho.

No voy a escuchar tus palabras que me hacían reír:

“piojoso”, “rantifuso”, que ubicabas al lado de sustantivos

impensados y entonces: miopía piojosa o coche rantifuso.

Querido hermano, tan optimista siempre

pese a todo y hubo de todo, mucho.

Hasta último momento, optimista. Sonriendo detrás de la máscara

de oxígeno y diciéndome: ¡qué pajarón venirme a joder así, pero

ya va a pasar!

Pude decirte que te amaba en medio de esa pesadilla de tenerte

la mano durante seis horas en un limbo blanco, con enfermeros que iban

y venían y se olvidaban, siempre se olvidaban de en qué dedo tenían

que ponerte el oxímetro.

Te recuerdo pelándome uvas en un vaso grande, solo para mí

desenredándome pacientemente el pelo, haciéndome las trenzas,

despertándome a las seis de la mañana los seis de enero porque querías verme la cara

al abrir los regalos, antes de irte al trabajo.

Te recuerdo enseñándome a bailar, subida a tus zapatos,

yendo al cine y sirviéndote de escudo protector cuando salías con tu novia,

hija de un tano muy jodido. Y yo ahí, aburrida como nunca,

en los clubes de barrio, frente a la botella de naranjada, mirando a las parejas bailar

con las hormonas desesperadas.

Me hiciste amar el tango y juntos miramos mil veces Metrópolis, que te encantaba.

Ahora sí que estoy huérfana.

Pero… ¿sabés qué? No le voy a decir a nadie que no vas a estar más, para mí sacaste el auto a escondidas, y te fuiste al centro con los muchachos.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

12/7/24

Poema de Alicia Márquez

 


Mi abuela Carmen besaba el pan duro,

antes de tirarlo a la basura.

Era un gesto de agradecimiento,

y seguramente, de recuerdo del hambre.

Después, yo la imitaba y besaba el pan

como se besa a un gorrión muerto.

Muchos años más tarde, mi abuela Carmen

ya no besaba el pan duro.

Lo ponía en una bolsa, y la mantenía muy firme

entre sus manos.

Cuando llegaba visita, metía la mano en la bolsa

y ofrecía un pan

porque, al venir de lejos, seguramente

los visitantes estarían famélicos.

Algunos, los más sensibles, aceptaban el pan

con una sonrisa.

Otros, también con una sonrisa, le decían que no.

A esos, mi abuela no los miraba más.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

5/6/24

Poema de Alicia Márquez

  


Ella también daba vueltas por la plaza

 

Ella también había perdido a todos sus amores.

Ella también luchó por esa patria nueva

que se revolcaba en aguas oscuras,

tironeada por los de adentro y los de afuera.

Ella luchó curando y luchó peleando.

Ella, después, se convirtió en olvido

solo rescatado románticamente por la historia oficial

cuando nos recitaron la leyenda de las niñas de Ayohuma.

Que no eran niñas, eran gigantas.

A ella también le dijeron loca, cuando, en la plaza

contaba que había sido Capitana, mostraba sus heridas,

y vendía pastelitos y empanadas para malvivir.

Y eso tampoco se parecía a una graciosa celebración escolar del veinticinco de mayo.

A ella, la patria le dio la espalda, no una,

mil veces.

Además, no tenía ojos azules ni pelo rubio.

Era mujer. Y negra.

Ella tenía el valor de cien ejércitos.

Y el coraje de aguantar, desde su nacimiento,

humillaciones y desprecios.

Tarde, tardísimo, fue reconocida miserablemente

por esa burocracia feroz que duerme el sueño de los injustos y que siempre mira

para otro lado.

Hoy, ella, María Remedios del Valle es nuestra Madre de la Patria.

Y todavía, ¡todavía! hay que seguir luchando.

Por ella. Por nosotras. Por la patria.

 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

12/8/20

Poema de Alicia Márquez



Cuando cargo con broches la abrochadora, 
cuando abrocho hojas, 
cuando acomodo las hojas que abroché, 
siento que tengo delante de mí 
algo importantísimo, 
me siento esencialísima abrochando hojas 
y acomodándolas. 
Como si fuera a los tribunales 
a defender algo, 
como si tuviera que demostrar 
teorías impensadas. 
como si el día dependiera de mí. 
Pero son simples hojas abrochadas 
con algún poema, seguramente olvidable. 
Y ahora que lo pienso, 
ese poema quizás  olvidable y abrochado con 
esa abrochadora maravillosa y recién cargada 
me hizo feliz. 
Ni se lo imaginó. 

© Alicia Márquez

Etiquetas:

6/7/20

Poema de Alicia Márquez


  

“Son los ojos de mi mozaaaaa” 

Con mi hermano Jorge, no cabía ningún rezo 
o súplica. 
Todos los 24 de junio me llevaba a los cines 
para ver a Gardel. 
Y en el fondo, me gustaba esa salida con mi hermano grande. 
Era curiosa la fauna de los cines de barrio. 
Lugares lejanos de donde yo salía picada por 
chinches perversas. 
Con palcos custodiados por angelitos 
y puros hombres. Ni una mujer. Excepto yo 
pero todavía no se me podía catalogar como mujer. 
Y ahí estaba el morocho del Abasto 
con su pinta y su hablar canyengue. 
Siempre de frac. 
Entonces, bajaba adonde estaban los más pobres 
bailando la jota y se mezclaba con ellos mientras cantaba 
y mi hermano me decía: -Mirá a esa mujer sentada allá, 
se parece a mamá. 
Y era cierto. La inmigrante con cara triste y peinada con raya al medio 
se parecía a mamá. 
Y el buque seguía su destino, y las mujeres hablaban raro, 
en un castellano que tropezaba, 
y Carlitos seguía cartando, y había un robo, y después 
un tiro, y un tango y aplausos o era al revés pero eso sí, 
un final feliz. 
Y a la salida, ninguno de los hombres sonreía, 
se ve que extrañaban al zorzal criollo. Eran como sus viudos. 
Y la vuelta a casa, con Jorge cantando bajito, era eterna, 
como la sonrisa de Gardel.


 © Alicia Márquez

Etiquetas:

10/6/20

Alicia Márquez recuerda a Francisco “Paco” Urondo




Abrigo

Aquel tapado de armiño,
esta situación que vivimos, mi amiga,
estos recuerdos que siempre tendremos
y esta vida que juntos vamos haciendo.

Algún día, y digo por decirlo, tendremos
ese tapado de armiño:
será un tiempo más justo, forrado en lamé,
como el tapado del tango. Un tiempo sin olvido.

Ese tapado de lo que fue
nos hará siempre felices, viejos golpeados;
y tendremos tiempo para el ocio, o para la melancolía
y nunca llegaremos a aburrirnos.

Esta noche espero contento y hacerlo
es como ganar la revolución; estaba escrito
que tu legada sería como una caricia después de la pelea,
la alfombra de la victoria, el puño que consume la derrota.

Pronto será la hora de las brujas y de los secretos
y después veremos la luz y escucharemos juntos ese
       disco del tapado;
y comerás con apetito, con juventud y seguramente
       haremos el amor;
y estarás conmigo y no tendrás miedo a nada.


© Francisco “Paco” Urondo





Llueve en puntas de pie, 
y ese sonido que teclea las ventanas, 
me adormece como si alguien, 
un ángel quizás, me leyera un cuento tarde, muy tarde. 
Llueve como un suspiro 
sobre los jazmines que se decidieron 
hacer feliz al patio. 
Llueve y los recuerdos 
melancólicos se quedan atascados 
en la memoria para que, 
dulcemente, también en puntas de pie, 
yo respire.
  
© Alicia Márquez

Etiquetas:

12/5/20

Poema de Alicia Márquez



Abrazos de fin de año

Cuántos abrazos necesitamos los fines de año, 
abrazos reparadores, 
abrazos que nos sequen las lágrimas, 
abrazos que nos digan que nos quieren mucho, 
que nos consuelen. 
Cuántos abrazos. De esos, que nos quitan el aliento 
y hacen que nuestro corazón se convierta en una mariposa asombrada. 
De repente, recordamos otros años, 
y otras sidras, y otros brindis, 
y otros ojos deseando las mejores cosas, 
y los ojos, ahora, miran adentro, miran atrás, 
recuerdan cielos lejanos, 
ajetreos en enormes cocinas, 
y me recuerdo a mí misma escondida debajo 
de alguna mesa. 
Ahora, no hay mesas adonde esconderse, 
hay que salir y mirar al año que viene con decisión 
y esperanza. 
Por eso, los abrazos. 
y las manos, 
y los ojos húmedos, 
y el deseo de que, por favor, por favor, por favor. 


© Alicia Márquez

Etiquetas:

8/4/20

Poema de Alicia Márquez



Una tarde de otoño

Un domingo de otoño, lleno de luz melancólica y dulces hojas suicidadas. 
Nadie en la calle. 
Saco a pasear a Simona, y de repente alguien, 
un vecino que no conozco 
empieza a ensayar en el saxo, “The way you look tonight”, o sea, 
“La manera en que lucís esta noche”. Y era de tarde, y yo lucía 
un poquito lamentable, con el pelo parado, los jeans gastados y 
zapatillas. 
Pero la música insistía en acunarme, tara r ara ra rá… 
y entonces, suavemente, como en la película Cenicienta, a mí me espera alguien, 
tengo un vestido fantástico, y camino, casi 
sin pisar el suelo, hasta la esquina, escoltada por la luz melancólica, 
que ahora son reflectores. 
Milagros de la música que no pude agradecer, porque no sé quién era el intérprete, 
y quizás por eso fue maravilloso.


© Alicia Márquez

Etiquetas:

16/3/20

Poema de Alicia Márquez


 Fondo de pantalla

Los tristes ojos de Rembrandt
me miran, desde el fondo de pantalla.
Veo sus ojos, de joven, de viejo,
con toda la pesadumbre de una vida difícil
y talentosa,
y veo los ojos de otras pinturas,
y las caras, que puedo reconocer
en la verdulería,
en la calle,
en el colectivo,
en el subte,
en los amigos.
¿Fuimos esos o es una ilusión?
¿Son ellos los prisioneros en los cuadros,
o somos nosotros?
La misma mirada, las mismas preguntas,
los mismos miedos.
Los tristes ojos de Rembrandt
me miran,
desde el fondo de pantalla.

© Alicia Márquez

Etiquetas:

18/2/20

Poema de Alicia Márquez



Espantos diarios 

Cuando en lugar de leer Semana de la mujer 
leo Semana de la muerte, 
hay algo que está mal. 
Hay una naturalización del horror. 
Una especie de show del espanto. 
Y entonces, las caras de ellas, 
como actrices de teleteatro, 
reproducidas hasta el cansancio 
en infinitas publicaciones, 
las caras y las caras y las caras 
y los ojos. ¡Ay, los ojos! 
Los ojos de cuando se sentían hermosas, 
de cuando desafiaban a la vida, 
haciendo pucherito con la boca, 
creyéndose reinas. Reinas de ese 
pedacito de tiempo, de ese click seductor. 
Pero las caras de los asesinos no están. 
No los muestran. Aparecen 
como borrones. 
Para preservarlos, dicen, 
para juzgarlos, dicen, 
por el secreto del sumario, dicen, 
pero yo creo que es, para que nadie sepa que, 
entre nosotros, los lobos siguen sueltos.



© Alicia Márquez

Etiquetas: