5/8/26

Poema de Juan Carlos Rodríguez

 


Un amor que sepa despertarte

 

Tal vez haga falta

que haya un roce de piernas atrevidas

una tarde, debajo de la mesa,

cuando dos copas de vino entrechoquen el aire

y comience un recorrido de besos apurados,

un exceso de gozos y de mieles

un zodíaco celeste de gemidos

una canción que derrote a la prudencia.

Quizás debería existir un amor que sepa despertarte

de tu sueño bonito de princesa

y exista un arrebato que tiña los días

con el amarillo de los frutos, con el rojo del deseo.

Ahí nos daríamos cuenta

que hay historias que se escriben con la boca

con la piel, con el celo, con la prisa

de todos los sentidos.

Te contengo y te abrazo mientras evoco

que hubo una mujer que rasgó su manto

y coronó su sexo con estrellas.

Hay que vivir, proclamo,

ya que muchos se fueron, y quedamos nosotros…

mordiéndonos la boca, agitando nuestras pausas,

guardando muy bien nuestro secreto,

mientras te miro en silencio

y comprendo por qué lloras

cuando hacemos el amor.

 

© Juan Carlos Rodríguez

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3/3/21

Poema de Juan Carlos Rodríguez

 


En algún rincón

 

Cuanto más lóbrega era la noche, más crecía mi sueño.

Cruzando la calle viendo tu nombre escrito en veredas y paredes.

¿O será que así lo creo?

No veía tu mundo conformado por tigres,

espejos y laberintos.

Yo llamaba a la muerte en sueños,

le dedicaba grandes textos

mientras los misterios se desvanecían.

Tus primaveras pasadas recorrían

mis rincones más tristes.

 

Me sentaba en un cajón de manzanas hasta que estallaba tu nombre

y en mi corazón de resorte

lenguas mudas resonaban.

Extraños puentes

entrelazando los muslos,

peces que volaban buscando golondrinas,

y nosotros dejándonos vulnerar

mirando los últimos reflejos del incendio,

sabiendo que en algún rincón de la cama,

estaban los ángeles.

 

© Juan Carlos Rodríguez

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19/9/20

Poema de Juan Carlos Rodríguez

 


Plegaria apócrifa


Prohibido caer hasta tu cuerpo

y ganar en tu cama la almohada de tus brazos.

Háganse tus voluntades

aunque yo no las entienda.

Que un pájaro pase su ala y repase

la caricia que no está o adivine la línea

de la vida que no fue.

Que un Dios sagrado

muerda tu témpano

como quien deshace el frío,

beba mi sed de años de vos

como quien evapora al mar.

Prohibido bañarse en una lágrima de agua salada.


Que todas las mañanas

intentemos una plegaria en tu nombre y en el mío

sagrado secreto a voces

en un amanecer sin sospechas.

Que la próxima copa de vino sea nuestra

y no nos quemen los labios las palabras

Que la luna nos estruje en lugares prohibidos

donde dejar despojos enamorados.

Que nos devore el sol, a mí primero…

para escribir mil páginas o tal vez, una menos.

Que no queden restos que delaten nuestro encuentro.

Que los que se psicoanalizan en brazos del demonio

se muerdan los labios de bronca o de envidia.

Y tú y yo, libres de caer en la tentación,

agitemos nuestras alas

para echar a volar sin paracaídas.


Pero antes, entonemos nuestro credo.

Que el ojazo del cielo nos aplaste

y el oro de sus rayos devalúe

que lo hermoso de lo hermoso se desgaste.

Que el mundo siga respirando

nosotros viviendo y vos brillando

Que perpetúes un gemido, ahí,

en la desembocadura.

Que el viento anuncie que estás en celo.

Que alguien bese tus miedos convirtiéndolos en sueños

y te convenza de que puedes hacerlos realidad.

Que de cada beso nazca una poesía.

Que salgamos ardiendo, intentando salir ilesos.

Oremos para que tú le robes formas

al ondulante espejo,

para que serpentees en mi cuello

con algas robadas al cielo.


Hagamos una cadena de oración

para que puedan volar nuestros cuerpos, tus ganas, mi fuego.

Para estrellarnos ya habrá tiempo.

Hagamos la pregunta que culmina las oraciones,

que le da respuestas a nuestro especial modo de tener fe.

¿Cuántas veces hemos hecho el amor?

¿Y cuántas veces lo hemos dejado de hacer?.

Que yo pueda desnudarte la piel y morderte el alma

Que tú puedas pisarle los pies a todos mis demonios.

Que nadie sepa que el infierno también tiene su lado bueno.

 

© Juan Carlos Rodríguez

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21/6/20

Juan Carlos Rodríguez recuerda a Roque Dalton





Y sin embargo, amor, a través de las lágrimas,
yo sabía que al fin iba a quedarme
desnudo en la ribera de la risa.

Aquí,
hoy,
digo:
siempre recordaré tu desnudez en mis manos,
tu olor a disfrutada madera de sándalo
clavada junto al sol de la mañana;
tu risa de muchacha,
o de arroyo,
o de pájaro;
tus manos largas y amantes
como un lirio traidor a sus antiguos colores;
tu voz,
tus ojos,
lo de abarcable en ti que entre mis pasos
pensaba sostener con las palabras.

Pero ya no habrá tiempo de llorar.

Ha terminado
la hora de la ceniza para mi corazón.

Hace frío sin ti,
pero se vive.

© Roque Dalton



Ese loco momento

Hay veces
en que mi madre
me mira sonreír en el espejo
y su sombra es cálida,
tiene fragancia de rosas
y atraviesa el aire
como volando.
En ese instante
el tiempo queda detenido entre relojes.
Como instinto mágico
llega el aroma del clavel del aire
que siempre percibía en mis infancias
de Mendoza
y mi madre me pregunta si me acuerdo del abuelo.
Es tremenda la historia del nono,
que salió en el sulky
y apareció horas después
tirado en el camino
mientras a pocos metros,
el caballo pastaba indolente
y la sangre ya era un charco marrón
alrededor de su cabeza.
Hoy intuyo que la muerte
lo devora día a día
mientras es atravesado por
pájaros y acequias.
Pero a veces
veo a mi abuelo
cabeza sana en el espejo
guiñándome un ojo mientras sostiene
su vieja pipa
diciéndome que cuide a mamá.
En ese loco momento
es cuando más risa me da la muerte.

© Juan Carlos Rodríguez

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13/11/19

Poema de Juan Carlos Rodríguez




Oficio miserable

Ese oficio miserable
dijo Bolaño
refiriéndose al escritor,
y uno que no tiene más armas
que esta, la de la pluma y el pensamiento,
saca a relucir viejas costuras,
recuerda celos que lo atormentaban
piensa dónde puso añejos rencores
y sale a la calle, enmarañado y brutal,
buscando un alma que lo contenga,
una mano que lo acaricie
o una mirada que lo proteja.
Perpetuamente angustiado.
Miserablemente indefenso.

© Juan C. Rodríguez

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16/10/19

Poema de Juan Carlos Rodríguez



Llamarte a cada rato

En estos días
sacudidos por desesperaciones,
impregnados de tormentas,
de resignaciones varias,
siento que puedo acostarme a la vera
de tu frontera lateral
esa que linda con la cordillera
donde hay rocas y arenas,
la piel de tus playas
y el águila socavando a la ballena.
Los temblores no son del sismo
son del orgasmo que te interpela
en tanto yo, como siempre en otra cosa
después del clímax tomo ese tinto
que me recuerda a bayas, y también a canela,
me acurruco en tu regazo indolente
y me quedo dormido
para poder escucharte entre sueños
mientras preparas las tostadas
las untas con tu miel
y vuelves a la cama,
me retas por la copa derramada
y tu acento tiene sabor a revancha.
Siento que quererte es llamarte a cada rato
mientras comes semillas como los gorriones.
En ese mágico momento
me olvido de la revolución
y me rindo.

© Juan Carlos Rodríguez

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1/7/19

Poema de Juan Carlos Rodríguez



Un rincón en el bosque

Si es cierto que el dolor es un don
como decía Dean Koontz,
prefiero no gozar de ese privilegio,
y salir de la fila de los que sufren.
Elijo ver aparecer la luna llena
desde el valle que existe entre tus muslos.
Prefiero buscar un rincón en el bosque
y que mis luciérnagas famélicas
te coman la boca.

© Juan Carlos Rodríguez

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22/5/19

Poema de Juan Carlos Rodríguez




Reflejos del incendio

Cuanto más lóbrega era la noche, más crecía mi sueño.
Cruzando la calle viendo tu nombre escrito en veredas y paredes.
¿O será que así lo creo?
No veía tu mundo conformado por tigres,
espejos y laberintos.
Yo llamaba a la muerte en sueños,
le dedicaba grandes textos
mientras los misterios se desvanecían.
Tus primaveras pasadas recorrían
mis rincones más tristes.

Me sentaba en un cajón de manzanas hasta que estallaba tu nombre
y en mi corazón de resorte
lenguas mudas resonaban.
Extraños puentes
entrelazando los muslos,
peces que volaban buscando golondrinas,
y nosotros dejándonos vulnerar
mirando los últimos reflejos del incendio,
sabiendo que en algún rincón de la cama,
estaban los ángeles.

© Juan Carlos Rodríguez

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12/11/18

Poema de Juan Carlos Rodríguez



Un soplo de amargura

La crecida nos interpela
nos pregunta qué hicimos, qué hicieron.
Todas las inundaciones son grises y marrones,
mientras somos parte de una cifra,
de una estadística miserable
haciendo agua por todos lados.
Las ilusiones y  los sueños se ahogan
mientras el agua sube por escalinatas,
calles y conciencias.
Desde el auto veo muñecas calvas flotando,
ojos abiertos, árboles pelados.
El lodazal oculta la esperanza
y hay familias sin consuelo.
Hasta mi memoria está anegada.
No admite que hay un dolor de siglos
en las aguas impuras
Y aquella mujer, que se quedó vacía
saca con sus manos la tristeza del agua
con la resignación del que pierde todo.
Hay olor a selva concentrada.
Un soplo de amargura. Un salmo en el viento.
Y el gemido de la impotencia que desarma.


© Juan Carlos Rodríguez

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17/4/18

Poema de Juan Carlos Rodríguez




Un soplo de amargura

La crecida nos interpela
nos pregunta qué hicimos, qué hicieron.
Todas las inundaciones son grises y marrones,
mientras somos parte de una cifra,
de una estadística miserable
haciendo agua por todos lados.
Las ilusiones y  los sueños se ahogan
mientras el agua sube por escalinatas,
calles y conciencias.
Desde el auto veo muñecas calvas flotando,
ojos abiertos, árboles pelados.
El lodazal oculta la esperanza
y hay familias sin consuelo.
Hasta mi memoria está anegada.
No admite que hay un dolor de siglos
en las aguas impuras
Y aquella mujer, que se quedó vacía
saca con sus manos la tristeza del agua
con la resignación del que pierde todo.
Hay olor a selva concentrada.
Un soplo de amargura. Un salmo en el viento.
Y el gemido de la impotencia que desarma.

© Juan Carlos Rodríguez

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3/6/17

Poema de Juan Carlos Rodríguez


Un soplo de amargura

La crecida nos interpela
nos pregunta qué hicimos, qué hicieron.
Todas las inundaciones son grises y marrones,
mientras somos parte de una cifra,
de una estadística miserable
haciendo agua por todos lados.
Las ilusiones y  los sueños se ahogan
mientras el agua sube por escalinatas,
calles y conciencias.
Desde el auto veo muñecas calvas flotando,
ojos abiertos, árboles pelados.
El lodazal oculta la esperanza
y hay familias sin consuelo.
Hasta mi memoria está anegada.
No admite que hay un dolor de siglos
en las aguas impuras
Y aquella mujer, que se quedó vacía
saca con sus manos la tristeza del agua
con la resignación del que pierde todo.
Hay olor a selva concentrada.
Un soplo de amargura. Un salmo en el viento.
Y el gemido de la impotencia que desarma.


© Juan Carlos Rodríguez

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18/12/16

Poema de Juan Carlos Rodríguez



Predestinada

Cuando era un niño que ni sabía 
a qué guerra había ido Mambrú, 
ya te esperaba, jugando a los soldados. 
Te veía caminar como si el equilibrio 
se enamorara de la suela de tus zapatos, 
y soñaba con tus dedos, náufragos heridos, 
jugando en una isla, en la curva de mi espalda. 
Cuando estuve a centímetros de tu piel, 
imaginé que un día recorrería esos poros morenos. 
Soñaba con que tus ojos azabache 
se alojen en mis cuencas cercanas, 
y juntos pudiéramos reconstruir los días. 

Hoy mis imaginerías son diferentes: 
pensar en esculpir tus huellas hasta sangrarte, 
ararte sin piedad para fertilizarte, 
desintegrarte en la arena, descubrir en vos, lo indescifrable. 
Que salgas habitada de mí. 
Que yo toque tu cielo 
con mis dedos sedientos 
sabiendo los dos, 
que entre tus piernas está nuestra bendición 
y a la vez nuestro pecado. 
Que yo me anime definitivamente 
a vivir por tu piel, y a morir en tus costillas. 
Que mis labios recorran todo tu territorio, 
y dejen huellas en los arroyos más salados. 
Para desde ahí, poder reinaugurar la vida. 



© Juan Carlos Rodríguez

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26/6/16

Poema de Juan Carlos Rodríguez


Predestinada

Cuando era un niño que ni sabía
a qué guerra había ido Mambrú,
ya te esperaba, jugando.
Cuando hice el servicio militar
ya estabas en cada vaso de agua que me tendían,
en cada chocolate que me obsequiaban para mitigar el frío.
Cuando empecé con esto de la literatura,
ya estabas predestinada a ser un día mi musa.
Y cuando estuve a centímetros de tu piel,
imaginé que un día recorrería esos poros morenos.
Soñaba con que tus ojos azabache
se alojen en mis cuencas cercanas,
y juntos pudiéramos reconstruir los días.

Hoy mis imaginerías son diferentes,
pensar en esculpir tus huellas hasta sangrarte,
ararte sin piedad para fertilizarte,
desintegrarte en la arena, descubrir en vos, lo indescifrable.
Que salgas habitada de mí.
Que yo toque tu cielo
con mis dedos sedientos
sabiendo los dos,
que entre tus piernas está nuestra bendición
y a la vez nuestro pecado.
Que yo me anime definitivamente
a vivir por tu piel, y a morir en tus costillas.
Que mis labios recorran todo tu territorio,
y dejen huellas en los arroyos más salados.
Para desde ahí, poder reinaugurar la vida.


© Juan C. Rodríguez
Pintura: Eduin Giraldo Cortes

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22/12/15

Poema de Juan Carlos Rodríguez


SENTIMIENTO

No supe por qué me conmovían esas vidas 
de las que jamás supe nada. 
¿Cómo ponerle nombre 
a lo que sentía? 
Ayudame a describir 
este sentimiento. 
Deseo que juntos 
construyamos esta resurrección.
  

© Juan C. Rodríguez


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15/9/15

Poema de Juan Carlos Rodríguez


NO ME CUIDEN 

Ya sé que ustedes son 
una institución de bien público, 
podríamos decirles 
“los servidores de la ley”. 
También recuerdo que antes dirigían el tránsito, 
orientaban a niños perdidos 
o ayudaban a cruzar la calle a viejitos ciegos. 
Además sé que las cosas han cambiado, 
que hay internas que desnudan las miserias, 
o un reclamo de mejoras salariales 
se instrumenta, dejando a la ciudad 
como una ancha zona liberada. 
Y uno, que aprendió a cuidarse solo 
desde que usa pantalones largos, 
les dice, encarecidamente: 
Les agradezco sus atenciones, 
y les ruego, casi gritándolo: 
NO ME CUIDEN. 
LES PIDO POR FAVOR QUE NO ME CUIDEN. 


(Palimpsesto sobre un poema de Jorge Falcone)


© Juan Carlos Rodríguez

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26/8/15

Poema de Juan Carlos Rodríguez


Lo hembra de la mujer 

Súbitamente 
el hombre se preguntó 
adentro de qué fruto estaba lo hembra de la mujer, 
esa mujer que lo trastornaba, 
que lo tenía insistentemente ardido. 
El hombre, el poeta, 
descubrió que ese fruto era la nuez. 
Una voz, surgida de tiempos lejanos 
le dijo que era imposible 
porque la nuez es seca 
íntimamente carece de humedad. 
Por suerte, un ángel que miraba 
lo socorrió con  justeza: 
la nuez era seca. 
Dejó de serlo cuando el hombre, 
el poeta, 
tomo la nuez de la mujer, 
otra poeta, lejana y adorada, 
y la miró profunda y delicadamente 
con sus dedos. 

© Juan Carlos Rodríguez


 (Palimpsesto basado en un poema de Rodolfo Braceli).

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18/12/13

Poema de Juan Carlos Rodríguez


Sentencia firme

Cuando me constituya legalmente,
con una orden de allanamiento
en el domicilio de tus sábanas
inspeccionaré todos los rincones
buscando pruebas contaminadas,
huellas dactilares,
o una simple averiguación de antecedentes.
Ocurre que tus manos dejaron llagas dolorosas,
pupilas amuebladas con llanto,
músicas malditas,
y paraísos perdidos en el aire.
Lógicamente vos te defendías,
decías que no eras culpable de tales delitos,
y no tuve más remedio que someterte a indagatoria,
proceder a la reconstrucción del hecho
y ver, si a través de mis besos inundados de sal
era posible un cambio de carátula,
la chance de una prisión preventiva,
o aunque sea un castigo menos intenso,
como podía ser una salida transitoria.
De ahí en más,
todo lo ocurrido
forma parte del secreto del sumario;
sólo puedo decir
que después de las historias escritas con la boca,
de los racimos abiertos con promesas,
y de la multiplicación de las caricias,
te aseguro que ha quedado sentencia firme:
deberás desparramar cenizas en poemas
jurar amores infinitos
y dejar que me acompañe
tu inolvidable aroma,
por siempre, jamás…


© Juan C. Rodríguez

Más del autor en la primer parte del blog:

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12/9/12

Poema de Juan Carlos Rodríguez


Palabras suicidas

Hace tanta soledad que las palabras se suicidan,
decía Pizarnik,
mientras hablaba de lágrimas de blues y de mudas caracolas,
y uno se acuerda tarde de aquellas noches
en que los que no están cebaban mates doloridos
se arrastraban por fábricas encapuchados de volantes
gritaban en sordina acallando orgasmos revolucionarios
y pensaban que en el silencio de esa cama de sábanas floreadas
se acunaba la revolución más libertaria
fusiles heridos, sangres lloviznadas,
y la solitaria intención de hacer lo mismo que las palabras.

© Juan Carlos Rodriguez

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12/6/12

Poema de Juan Carlos Rodríguez


Insolentes almohadas

Vos me decías
que querías mudarte a la casa de la isla
y que ansiabas la llegada de fragancias arreboladas.
Reclamabas lapiceras para garabatear poemas,
rincones para soñar y llorar a gritos.
Pedías que no falten mariposas embarazadas
ni sembradíos de caricias o neblinas reveladoras,
botellas vacías desperdigadas,
manzanas que inciten al pecado,
camas donde nuestras desnudeces floten
y lenguas encarnadas en rosales.
Demandabas insolentes almohadas que interpelen
melodías incrustadas en los techos
y vestigios triunfantes de un ritual de espasmos.

Mientras vos seguías con tu manifiesto de imágenes
yo tenía una precaria certeza:
mi única casa era tu cuerpo.

© Juan Carlos Rodriguez

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