29/1/20

Poema de Hugo Echagüe



Lluvia. Cayendo suavemente sobre todas las cosas.
Las flores, el techo de chapa, los animales.
Hubo otras lluvias antes. Parecían -parecen-
lejanas, melancólicas. La de hoy es anónima, molesta,
obligatoria en este año de vasta agua.
¿Es la misma, o el tiempo la trastorna,
le cambia el motivo, el sentido y el ánimo?
Supongamos que la lluvia es igual y distinta
indiferente, que vuelve, cayendo,
de tiempo en tiempo,
marcando la frontera de identidad o cambio.
No importa, hoy, de mañana, cae y dicen
que hasta la noche seguirá.
Diferente o la misma.
Lluvia.


© Hugo Echagüe

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Poema de Claudio Gómez





Siesta 

Dormí la siesta 
en la cama en la que murió mi papá 
apoyé el celular en su mesa de luz 
no me atreví a abrir el cajón 
entrado el sueño 
nos vi acostados 
y repasé los pasos de la última vez 
como si ahora diéramos vueltas 
por la casa en búsqueda 
de un sonido de nosotros 
desperté con la sensación 
de haberme llevado una parte de la derrota 
a los quince minutos 
apagué la alarma 
y caminé hasta el espejo 
donde no se reflejaban mis pies 
cuando salí de la casa 
me puse los lentes de sol 
caminé tranquilo 
por un rumbo de silencio.


© Claudio Gómez

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Poema de Norma Etcheverry





Patios

Siempre había higueras
en esos patios
donde trepar en la aventura de la tarde
era escaparse
a la hora de la siesta.
No coman higos calientes, se van a empachar
tan extraña y familiar me llega ahora
la indiscutible advertencia,
pero ningún empacho, y todos los higos.
Ninguna cosa más que subir,
subir y rasparse las piernas,
y ese grosor y esa aspereza
de las hojas,
y esa redondez
lechosa,
intensa,
de las brevas.

© Norma Etcheverry

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Poema de Eduardo Mileo



En la ruta

El sin trabajo huele a quemado.
Su aspecto de sí mismo
lo descubre ante el mundo.
Como el amor se come con champán,
el sin trabajo no piensa enamorarse.
Pero vivaces
sus ojos se despiertan
cuando huele en el aire.
El sin trabajo cree en el humo
de las gomas encendidas.

© Eduardo Mileo

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Poema de Celina Feuerstein



algunas personas nunca cambian
permanecen inmutables
envejecen los cuerpos se empañan
las miradas
y ellos como rocas
como si fueran dioses
como si algo los hiciese eternos
pero yo
descubro ahí un brillito apenas perceptible
una luz pequeña que me dice
no todo está perdido
y busco en esa luz como si entrara
a un túnel secreto y misterioso
no sé de quién es ese brillo
ese rayo que muestra un universo nuevo
un mundo diferente
¿es del otro ese fulgor
o es mío?
¿esos relámpagos que iluminan
salen de un cielo que desconozco
de nubes extrañas
los trae el viento?
¿son de verdad o
son artificios para no mirar
a esos hombres de piedra
gigantes inconmovibles
estatuas quietas?

© Celina Feuerstein

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Poema de Carlos Morteo





Amazonia

cómo no escuchar los sordos alaridos
talan el bosque   sangran sin paz tus piernas
vive el hombre al rapto de las maderas
y desprotege los viejos suelos en sombras
     cuando se lleva a los árboles del cielo
         ese cielo que ves de vez en cuando
                 si caminás bosques de vida

la que no existe sin las arboledas
dejás y creás mecánicos monstruos
             llamados a ser como sociedades
 simples aserraderos       sepulcros
debiera darse por vencido el hombre
no cualquiera      
                                         el que miente
amores y conquistas
perdido en el Amazonas no sabe
no lo vence                        sólo se derrota
cuando  obliga a retoños a ser
                                                 mas rápido
estar tirados en el piso y hablar al planeta
a decir             vos hombre           el barro
yo foresta
      semillas en el viento  muebles   papel
      el humano no existe cuando extingue
cuando miente amores por otras vidas
               a las que deja sin la selva de atrás
cuando se acuesta y sueña que vivirá mejor
en sus propias inmundicias

los ríos no juegan para el equipo humano
los ríos son los jueces que queremos ver andar
que no pretendemos oir
                                      no sólo sus lamentos
por los seres que lleva a su final
no escuchamos su honor de naturaleza libre
ni sus sentencias con las que nos ejecuta

© Carlos Morteo

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Poema de Bibi Albert





SIENDO OTRA

Isadora me observa
desde su metro ochenta y pico.
Le divierte ser mi espejo optimizado.
Hace un gesto grandioso con su pelo
que hago yo también, pero sin pelo
y sin grandiosidad.
Se calza como un guante
el azogue derretido de belleza
y su mano me toca.
Me estremezco, reacciono,
retribuyo el intento heladamente cálido.
Ella entiende que le estoy pidiendo ayuda,
que // con la que soy // no puedo.
Me mira, // comprensiva, inteligente, lánguida.
La miro, // interrogante, expectante, asustada.
Las dos nos empañamos.
Su dedo escribe pero la leyenda,
que aparece, para mí, al revés.
La sella con su boca apoyada en el vidrio.
Pongo mi beso al lado, conmovida.
Busco un espejito de cartera,
le pido que traduzca, y me revela:
“Las bendiciones han sido concedidas”.
Desempaño con la manga.
Isadora se fue.
Pero en el reflejo soy más alta,
y de pelo tan largo que hago sombra
a lo que me hacía sombra
esta mañana.

© Bibi Albert

Poema de Alicia Vincenzini



Vivimos todo
para quizás vivir
solo un instante
Abandono         el camino conocido

descubro que todo pasa de costado
mientras el olor de la floresta
nos invade
y un mundo milenario se lanza
a un infinito.

© Alicia Vincenzini

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22/1/20

Poema de Alba Murúa



YEMANYÁ 

Hoy no te celebro, Señora,
tu fuente se ha perdido en esta herida:
él era un ser de tierra suelta
surco abierto y doliente
Era viento entre álamos que ceden
hasta la acequia que arrastró su risa
No me engañas con celeste manto
ni dulces altares
Sus pulmones se anegaron
entonces
no te honraré
no.

Te doy la espalda 
Blasfemo sumergida en la arena
de este desierto sin orillas

© Alba Murúa

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Poema de Patricio Emilio Torne





ARTE TOPIARIO

Mi familia no fue un árbol,
apenas una rama
con espinas disimuladas
en el arte topiario
que mi padre 
le otorgó
con el correr del tiempo.
Algunas flores nacieron
sorteando los cortes
que imponía la poda,
pero fueron marchitándose
sin poder vencer
los modos en que ese
cuerpo escultórico
era expuesto.
Sus retoños crecieron
debilitados por el miedo
a ser alcanzados por la tijera.
Nunca el contenido
pudo superar la forma.

© Patricio Emilio Torne

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Poema de Raquel Fernández



EL SECRETO DE RODOLFO VALENTINO

Cuando llegó a Nueva York
Rudy fue jardinero, lavaplatos, carterista, gigoló
y socio involuntario del club del hambre.
Su suerte cambió el día que se plantó frente a una cámara,
todo ojos verdes y pestañas saturadas de rimmel,
y pasó de inmigrante italiano
a sheik, torero, amante supremo,
remiendo de cartón pintado endulzando
la soledad anorgásmica de las amas de casa,
secreto inconfesable de los ascensoristas del Ritz
y de los cowboys que juraban despreciar su cara empolvada
y soñaban con su torso desnudo e impecable.

Rudy también tenía un secreto,
un secreto que hundía
como una lengua afiebrada o un ladrido
en las bocas de sus esposas lesbianas
y se hacía mordida en los bares gay de Hollywood.
Un secreto que se llevó a la tumba
para no insultar
la marcial virilidad americana.

Dicen que Rudy vuelve cada noche
y su fantasma todavía golpea
las puertas del armario.

© Raquel Fernández

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Poema de Patricio Foglia



mis amigos me decían que ni lo intente
ni lo intentés
retumba ahora en el vacío
porque somos de temperley, y nadie
es astronauta en temperley
porque la gente se dedica a otras cosas
me decían: si te gusta viajar,
podes ser
camionero,
y yo escuchaba esa clase de crueldades
que sólo circulan entre amigos
muy amigos
pero yo tenía claro que no podía seguir viviendo
en temperley
en la casa de mis viejos
en el barrio de mis amigos

© Patricio Foglia

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Poema de Graciela Mitre





RECETA

Selecciona la materia
Retira impurezas
Abre la piel, separa tejidos
Pasa por la picadora
Efectos y sabores no deseados
Condimenta a gusto.

La cuchara de madera remueve
El fondo espeso de cocción
Segrega aromas
Guindillas especiales de su granja interior
Recuerdos de un sabor ácido sin igual.

© Graciela Mitre

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Poema de Claudia Molina





Arrorró mi niña
arrorró mi sol
cierra los ojitos
no veas tanto horror

Arrorró mi niña
arrorró mi sol
chiquita cara sucia
tu infancia un clamor

Arrorró a las bombas
arrorró al dolor
arrorró mi niña
arrorró mi sol.

© Claudia Molina

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Poema de Nito Biassi




Alas, brazos, alas

Alas, brazos, alas;
el cielo es negro profundo,
sólo lo no creíble es cárcel.
Cuando quiero volar
quiero traspasar los límites.
Brazos, alas, brazos,
el cielo es azul luminoso,
los límites son mi mente,
el infinito son tus ojos.
En el oscuro profundo
como luz luminosa surgiste,
mujer valquiria sin arco,
flechas en tu mirada,
increíblemente bella,
me tendiste tus manos
sacándome, elevándome,
por eso,
siempre vuelo
cuando me refugio en tus brazos.

© Nito Biassi

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20/1/20

Poema de Sofía Lenski





Aun en la ausencia
veo sus ojos.
La mirada
atraviesa la verdad
con vaivenes
y vestigios.
La divide en dos caras.
El vacío
sostenido de un hilo
a punto de caerse
se dirige hacia mí
y hacia ella
como un péndulo
y una rara sensación
de habernos animado
a caer.

© Sofía Lenski

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Texto de María Malusardi



di contra una superficie de metal el sabor aceitoso del océano el filo de la escama iniciando un corte mi cara seca y de pronto una lluvia de ojos y no supe si me desmayé a destiempo o me rompí los huesos contra el griterío de las piedras

© María Malusardi

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Poema de Mario De Luca





Al caer la noche

ahí llega otra vez y
lo primero que busca es un rayo de luna
que caiga en su iris y lo pinte de blanco
reflejando un cráter de pupilas abiertas

después

se inclina y arquea
como lo hace un junco
hamacado por el viento

después

se tiende y relaja
las manos se juntan
sobre el pecho desinflado

después

con la tela de los párpados
apaga la luz
de sus ojos negros

© Mario De Luca

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Poema de Marita Rodríguez-Cazaux



PIES DE LOTO 

Mínima huella sobre la tierra inmensa.

Flores y llaga.
Temblor de pétalo
encerrado.

La belleza es una herida.


© Marita Rodríguez-Cazaux

Poema de Ana Romano




Miradas 

Saborea la ausencia
el escondite

El cotillón fisgonea
escuálidos globos

Traban
y destraban los afectos
las serpentinas

Mientras la cumpleañera
enjaula soplidos
es la sinrazón
la que rastrilla.

© Ana Romano

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18/1/20

Poema de Alejandra Oliver Gulle




HEMBRA DE LLUVIA
 
La lengua del fantasma
ha lamido los pezones de la noche.
 
Han caminado sus dedos 
por las orillas sagradas
   estrenando el recodo secreto
                        que lleva su nombre.
 
Como puñal de fuego enloquecido
como relámpago salido del infierno
él
  con la boca         
     con el beso    
       con las manos detrás de la sábana
ha partido el cielo en dos
y le ha abierto las piernas a la madrugada.
 
Hoy          
que es fiebre de enero desvelado
        vuelan inquietos, los pájaros
               y  hasta la luna está en celo.
 
Y yo
         que soy hembra de lluvia.
Yo que habito las tormentas
                  derramada en la gota.
Yo que cabalgo desnuda
                  sobre el lomo bravo
                                          del río macho
 nunca más    
                  voy a volver a ser la misma.


© Alejandra Oliver Gulle

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