31/8/18

Poema de Paulina Vinderman





Soy absolutamente dueña de mi ausencia en Ciruelo,
de mi libertad que es ausencia.
Un ser que abandona su piel para volver a enfundarla
más cerca de la carne, más ceñida, si eso
fuera posible.
Tanto contemplo a la palmera cerca de mi ventana
que finalmente es ella la que me contempla.
Una palmera abismo, sin retórica alguna.
Un vacío dulcísimo que no quiere ser llenado
y tampoco ser llamado soledad.
Lo espanta mi caligrafía: la que apuesta
a la eternidad sin saberlo y sin detenerse.
Esa vieja eternidad del tintero involcable,
de las flores de invierno bajo la nieve todavía,
de la compasión sobrenatural olvidada de sí.

© Paulina Vinderman

Poema de Gustavo Borga



en esta
herida

todos
los días
Dios

introduce
su dedo


© Gustavo Borga

Poema de Lidia Vinciguerra



Con un rehén en mi pecho 
puedo misionar 
apenas 
el destino sagrado de mis espaldas. 
Excesivamente sé de los salmos 
del cauce dialogal 
y el desarraigo.


© Lidia Vinciguerra

Poema de Analía Pinto



una endecha de amor que llega al alarido 
olga orozco

un susurro que crece hasta volverse agonía 
soberbio brote de luz en la caverna del amor 
un golpe que se repite como un eco 
una sombra que nunca se sabe dónde termina 
un fiero entrevero de pasiones 
desatadas lúbricas feraces 
un cántico inacabable 
una oración imposible 
una plegaria que nunca será atendida 
un poema que te quiere decir entero 
y apenas dice esto

y dos o tres cosas más 
que me guardo para otro momento


©  Analía Pinto

Poema de María Ángeles Pérez López







[Mordedura de tiempo]

Mordedura de tiempo.

Recuerdo con precisión cuando fui rosa de sangre
y crecían las libélulas de las orejas de los niños;
luego, esponja de luz en la bañera
para alumbrar los pechos dulces de las muchachas;
y ahora, delegada por el gobierno de mi país
para acompañar en su luto inconsolable
a las socorridas plantas de interior...

pero mi sueño es ser el plato perfilado,
la escudilla de espera
sin memoria ninguna de ceniza.

Y es que conozco

el modo como los cuerpos cortan el aire

el vómito secreto de la piel amarrada
que dejamos caer por las esquinas, o encima de la mesa de mantel amarillo, para un amor precipitado en su mismo vértigo

y el derribo de los andamios interiores
que deja un llanto de huérfanos insoportable porque cada vez mueren más obreros construyendo y es una pena.


© María Ángeles Pérez López

Poema de Susana Lobo Mayorga



EL PUNTO

La vida se pliega bajo mis párpados
se esconde en las cuencas
se contrae
hace silencio.

No  sabe  entonces  la vida, si es muerte
porque de ella nace la luz
como un espacio
justo atrás                muy atrás
en la cuenca del vacío.

Entonces se contrae, se condensa
y surge un punto
sólo un punto:
blanco
que escapa por los poros
camino arrancado de las líneas de las manos
de esa  no vida iluminada
de los ojos cerrados para siempre
del plan infinito que escribe Dios en su poema.

© Susana Lobo Mayorga

Texto de Leonardo Vinci





Es darle una trompada al reloj a la mañana; y darse cuenta que uno acaba de despertarse en el mismo mundo de ayer. Que no hay dios posible al que te puedas asociar; todo, mientras el agua hierve; y que es lo mismo mirarse o no mirarse en el espejo, que ya sabés. Y hay que empezar a comprender; que un pájaro en una rama no es fruto y desarraigo; que la tardanza de algunas cosas no son parte de un orden superior; y que por suerte, el flan y los huevos son algo así como amantes inseparables. Un puñadito de placeres te va empujando, te somete a las teorías de la felicidad, te estira como un chicle o un pago a largo plazo, y con un cuchillo en la mano un día te amenaza contra una pared. El pensamiento tiene cosas sorprendentes. Si yo supiera cómo salir, lo haría; y si supiera cómo hacer para entrar, nunca lo hubiera hecho. Acaso el mundo del pensamiento esté rodeado de casualidades, trampas, y eufemismos de toda clase. Sos una bolita que la erosión va perfeccionando, girás con el viento al ras del agua, de la velocidad, depende no ahogarte. La tía Amelia, que vivía al borde de la locura, no supo que había hombres, o patria, o teléfonos que un día funcionarían sin cables; quizás justamente el hechizo en su mente avizoró el futuro, y por eso lloraba tanto. Supo de hambre y adiestramiento; había aprendido a fabricar sonrisas que practicaba durante la noche; acompañó casi sin querer el desarrollo de una era, como quien ve abrir sobre la mesa un atado de herramientas sin saber para qué sirven. Esperó mucho, mucho tiempo, no sé qué es lo que quería ver; hoy, después de tanto, estaría todo igual. La simpleza dominaba sus momentos lúcidos, su mundo temporal que quizás duraba años; cualquier cosa la divertía, le sacaba una de esas sonrisas que había practicado, como si un anzuelo mágico trajera desde el final de su boca un pez cosquilludo. Y no se enteró, decía que estaban todos locos, y que cómo, con el avance de la ciencia, todavía podían existir los terremotos. Pero presentía, estaba en sus ojos, en su carne nunca tocada. En su batón impoluto, y en las tortillas urgidas a cualquier hora de la noche, o sus tostadas perfectas y el café recién hecho, presentía, con el amor de su medida. Y no se enteró, no supo, que éramos amigos y hermanos, primos o compañeros de algunos muertos hijos de otro tipo de locas; una congoja que seguiría aullando a la luna aún bajo una lluvia de las mejores balas de plata. Y que una muerte no es sólo por falta de aire, que si te aprietan el cuello con las dos manos el aire pasa y no la comida; pero al que mata, tía, las manos le quedan pintadas de rojo. De qué sirve, la memoria sin la voz; el camino sin los pasos, o la esperanza sin tendón. Aún así, ha habido cosas bellas, tan bellas y recordadas como su calor.

© Leonardo Vinci

Poema de Silvina Anguinetti



No hay punto y aparte en este párrafo
el texto sangra y continúa haciéndose vida.
No hay punto final
todo es silencio
silencio de infinito.

Punto seguido
para un encuentro inesperado
un sol naranja en medio de la luna.
Despertar de nuevas muertes
que construyen luces en medio de la noche.

© Silvina Anguinetti

Poema de Marina Centeno




Décima

El gusto por el dolor
que llena mi poesía
con luz de melancolía
y tinte de desamor
le pone frío al calor
de invierno a primavera
para hacerlo a mi manera
sabiendo que entre la angustia
se desarrolla la mustia
sustancia que des-espera

Décimas para Manuel Mejía Sánchez-Cambronero
y Fredy Figueroa.

Para quedar a la altura
de estos dos hombres de letras,
esta mujer se penetra
poco a poco en la escritura.
En esta gran aventura,
para escribir con decoro,
al que sabe le valoro
la habilidad y destreza
de este gran rompecabezas
con rimas que yo empeoro.

Por un lado está Manuel
que a todo ofrece una rima
y a la amistad la sublima
con versos de gran nivel.
Como el pintor al pincel
dibuja letras a todos
entre paisajes y modos
de intercambio cultural,
que en este "mundo irreal"
transforma en brillo al lodo.

A Fredy, qué le diré,
que otros no le hayan dicho,
para salir del capricho
lo digo y me callaré:
El verso que tallaré,
tan cálido como frío,
se hundirá en el vacío
que tiene por intención
el buscar la dirección
de las aguas de su río.

Los gustos y por razones,
que en estos versos predico,
las vertientes que claudico
le sobran las intenciones.
Al poner las condiciones
de estas rimas aladas,
que con ardor son trenzadas
y por pasión al oficio,
se construye el edificio
de las palabras rimadas

© Marina Centeno

29/8/18

Poema de Ana Guillot





la flecha va y va
tiembla en el borde
hebras carnales
ars amandi
en el desfiladero vertebral 

tiembla el corazón en la flecha
desprende el tegumento
absorbe agua
del cielo

augura verdes el cotiledón
(la Dama ciñe la corona
sonríe la gioconda de luz en un planisferio de estrellas)
miga o perla o rocío en el cenit
que augura también una tibieza
una azorada lectura del Enigma


© Ana Guillot

Poema de Bibi Albert



DESPIERCING 

Cuando todos se incrustan metales en el cuerpo,
ella se pela, extirpa,
muestra la piel desnuda de la fe.
Se extrajo uno por uno corazones,
brazos, riñones, piernas:
toda esa artillería anatomista
de promesas cumplidas -o quién sabe-
que más que ofrendas parecían venganzas.

Martillos y martillos por años y por años justo a ella,
Madre Templo de la Madre Mártir,
como para que no cerraran los estigmas
de otros clavos que sangran todavía
y seguirán sangrando.

Ahora se muestra
esplendorosa, impúdica, magnífica, más alta
sin esa garrapata de acero que la hundía
en lo supersticioso de su costado río.

Ahora es nueva y eterna.
Y se deja vestir por las miradas y las voces
y el humo de la mirra:

toda la lencería de la luz.



Luján, octubre de 2017


© Bibi Albert

Poema de Darío Falconi


                       

   
              . Acepción .

Amor es,
lo que queda,
           luego de resolver
           los misterios de la carne.


© Darío Falconi

Poema de Mónica Aramendi





Hay flores en mi almohada.
¿Alguien las dejó en mi sueño
o mi sueño las sembró?

Hay flores en mi almohada.
Brotes de un tiempo viejo
arropados en mi pelo.
Fruto cauto
de tantos pensamientos dormidos
y sueños demorados.

© Mónica Aramendi

Poema de Marita Rodríguez-Cazaux



INVERSIÓN 

A tanto como di, le quité precio.
Y aún así,
me juzgó la vida tan mezquina
que no me devolvió lo entregado
ni en dinero sonante,
ni en cheques,
ni pagarés,
ni letras de tesorería,
ni en horas de pasión.

Y ahora que me voy,
me persigue la AFIP con telegramas
para saldar una cuenta contraída
en tiempos que no recuerda mi memoria.
Y me obliga a dejar en la aduana de salida
lo único que tengo sobre el cuerpo:
un paisaje soñado y perseguido,
secreto superávit de amores
y esta mortaja apenas balanceada.



© Marita Rodríguez-Cazaux

Poema de Darío Oliva


  

  Epifanía

Desaprende el mundo                    
                  sus pronombres 
cuando el adjetivo             
                 se convierte             
                 en la irrepetible                      
                             fotografía                      
                             de un instante.

© Darío Oliva

Poema de Amelia Prieto


  
     
El eco

El eco de tu voz resuena
como viento atravesando mis ventanas,
vendaval de palabras
arrinconando sentimientos,
socavando vanidades,
enterrando amores perdidos.
Agua que arrastra pasiones.
Lágrimas que azotan los ojos
que ayer besaste con pasión
y hoy apartas la mirada
eludiendo su tristeza.
Luz en mis sombrías noches,
en soledad te llamo
y el eco de tu voz ya no responde.


© Amelia Prieto

Poema de Amalia Mercedes Abaria



IMAGEN DANZANTE (*)

        A AnikoVillalba 

Casi a las siete de la tarde
en Kangding
casi a las siete,
los pájaros sueñan su silencio
y el  anuncio sonoro
volteará sus plumas
para huir de la penumbra. 

Hombres y mujeres hacia la plaza
como una flor que espera
y El Paoma cierra su pupila salvaje
debajo de la luna.

Una legión de gacelas
retrocede,  gira
naciendo y muriendo
y ya son las siete de la tarde.

Pero no son los músculos
no son las florescencias del aire
es el alma,
                     plena,
antes,
                       de que llegue la noche.


(*) En Kangding, China, todos los días la gente se reúne en una plaza de la ciudad para bailar. El Paoma es un cerro que domina la ciudad.


© Amalia Mercedes Abaria

25/8/18

Poema de Osvaldo Bossi





Hamlet sobre su madre

No pienso en ella, una madre es siempre
una ciénaga, haga lo que haga, engendre
este deseo o cualquier otro, sea de la carne del Rey
o de su hermano. Tiene que haber una verdad
que no sea la suya, y tal vez seas vos Laertes,
o tal vez sea el áspero Fortinbrás, u otro, otros
cuyos nombres se desvanecen, apenas los toco
con mis dedos. Ellos son el reflejo de algo
que no me deja ver, o yo soy una sombra que habla
consigo mismo. Cuerpo de Laertes, me lleva lejos,
llevándose esta culpa... Cuerpo de Fortinbrás, pesado
como el otro, cubriéndome con un velo funerario
a mí, su sombra, su ardiente ciénaga también.

© Osvaldo Bossi

Poema de Susana Szwarc



INVITACIÓN 

I 

Alguien, como un teorema, nos ha cercado
con una magia suave, todavía.
Casi nada sabemos
sólo el ruido -musical- que dejan los trapecios
y confunden.
Toda la historia entra en una copa,
suspendida por la ventana en su equilibrio. 

Una tos aleja del ensueño. 

Nos avisan: no leer ya tragedias,
evitar la inquietud.
Mi pura verdad vacila y la copa se mueve.
Caerá,
se hará trizas en la vereda de las grandes ciudades
donde nunca (nunca, que recuerde) he comido.
(-¿qué comíamos?
- letras.)
Se nos escapa la risa como un huevo
pasado por agua que evita el incendio
de la casa,
(a todos a veces se nos rompe).

© Susana Szwarc

Poema de Susana Zazzetti



 tanta pausa entre miradas.
pausas ensanchándose
en los cuerpos.
vertientes vacías donde
no cabe el crujido
de un poema
ni la bestialidad del viento.
torsión de horas
lejanas a la boca.
tanta es la ausencia
que a veces    rezo
para que no se vaya también
el silencio.

© Susana Zazzetti

Poema de Luis Luna




Las líneas de la luz

Permaneces inmóvil.

La penumbra, el objeto
se vuelven transparentes
en su fondo de aire.

Tu identidad con ellos
permite ese vacío.

Se aproxima el temblor
las líneas de la luz
el principio limpísimo del día.


© Luis Luna

Poema de Gladys Cepeda






Ten cuidado

Ten cuidado
Al recorrer esas piedras
Un rugido lejano
Inventa este trasmundo
Al velo de los horrores
Huye despavorido
Las carcajadas que expulsa
El destino
Le da el inicio
De las sombras tenebrosas
Mientras los mares
Destripan buques fantasmas
Nos preguntamos
Quienes son aquellas figuras
Que reptan dejando ropajes de hiel
Y quienes son los malolientes
Que portan alas y que dejan asomar
Sus picos
Con el fuego
Que desata el pavor
Garras enormes escriben
La historia
Donde nuestros ojos se hunden
Las bestias ,las bestias liberadas ,aúllan
Se asoman inesperadas

Quien abrirá sus cuevas
Y liberara
Sus atroces deseos
Para fagocitar nuestros lamentos
Porque
Entonces huye
Si puedes de estas playas
Huye mientras veas la lava
De sangre
Descender de cualquier parte
Mientras el festín de estas bestias
Y sus cacerías continúan por la eternidad

© Gladys Cepeda

Poema de Carlos Morteo



Imperdonables

tiempos crueles la guerra de conquista
los hombre no lloran
los poetas no lloran tan a menudo
              cuando ven un cedro del Líbano
deshojándose  en ondas expansivas
con las ramas al cielo como huesos rotos
como huesos rotos de manos que suplican
acaso los poetas lloran y los hombres
que buenos y malos pero imperdonables
cuando ven el cedro del Líbano ceniciento
las ramas como ruegos a cualquier dios
ruegos rotos por voces que aturden
lloran por ellos mismos y no por muertos
saben que los gajos al cielo son sus almas
en un otoño que no les pertenece
cuando los hombres lloran
y los poetas eligen escribir
y los cedros del Líbano se deshojan
sin poder dar sombra cuando  la muerte

© Carlos Morteo