27/2/21

Poema de Sonia Rabinovich

                                                   


                                

                                 Para Ivana

 

Y ahora se estirará de amor tu piel,

se paseará a sus anchas

vistiendo de diosa

la medida humana de tu cuerpo.

 

Nueve meses girarás alrededor de tu luna

mientras un viento nuevo

te envolverá la sangre

y todo lo vivido apenas será tibio,

cuando estalle el volcán de los misterios

y dejes que tu nombre

se llame con las letras  del que has elegido

para el pequeño ser que habita las transparentes aguas

de tu alquimia.

Del que has elegido para nombrar la vida en adelante,

para nombrarte,

como quien renace con las siglas del hijo.

Las letras que en tu boca nos dirán

lo que puede una mano pequeñita

en tu pecho de leche inaugurado.

 

© Sonia Rabinovich

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Poema de Eduardo Mileo

  


Tomo una copa.

Parece que una fuerza

centrífuga llevara

el color del vino

hacia sus límites.

Contra el vidrio el perfume

de la soledad.

 

© Eduardo Mileo

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Poema de Stella Marys Darraidou

 


Pasa caminando despacito

midiendo la distancia entre un pie y el otro

va mirando el piso

y se me hace que ahí también lo busca.

Hasta hace un mes nada más

pasaron por años los dos juntos,

siempre tomados del brazo

ella, una ramificación de él

él,  una extensión de su mujer.

De las manos les crecían bolsas del súper

saludaban a coro

pisando la misma línea de baldosas.

Ahora ella pasa lento,

como midiendo la distancia entre un pie y el otro

como midiendo el tiempo

que no pasa nunca, ese ingrato,

y es un lamento que anda,

su sombra sola

en la vereda.

 

© Stella Marys Darraidou

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Poema de Silvia Castro

  


la ponzoña del hierro en la teta

a la que trepó la flor

 

hacer tiempo con lo que se inhume

los muertos son tesoros

 

hacer silencio con lo que se inhume

los muertos hablan

 

hacer brillar

el filo del oído que socaba

 

la mandíbula acunada en la escucha

como una caracole

 

© Silvia Castro

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Poema de Rubén Derlis

 


         Uno supone que las palabras están allí,

         las imagina escondidas,

         observándonos;

         si no quieren entregarse

         damos un  salto, caemos sobre ellas

         y sin resistirse las atrapamos

         una a una, mansas.

         Pero no,

         es sólo expresión de deseo:

         esquivas, no se dejan asir fácilmente.

         Basta vernos el alma en estos años,

         con cuánta nueva herida,

         lastimaduras varias

         más viejas cicatrices

         por saltar al vacío,

         cuando creímos apresarlas,

         descifrar su misterio,

         y fue sólo espejismo.

 

© Rubén Derlis

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Poema de Natalia Leiderman

 


intacta

todavía me brillan los ojos

cuando veo el lomo de los animales

dorándose al sol

todavía me río a carcajadas

y a contraluz

sueño que monto pájaros gigantes

me aferro locamente

a sus plumas doradas todavía

puedo también deslizarme por la tierra

ordenar la casa

comerme las flores

y nada de lo que pasó

importa.

 

© Natalia Leiderman

Ilustración:  Jenny Liz Roma

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26/2/21

Poema de María Ángeles Pérez López

 


La mujer es un bello, implacable animal

que se pinta con nieve el corazón.

Una osezna que hiberna largamente

pero pare a sus crías en el frío,

un animal feroz, sobrepasado

por su propia pasión, temperatura

que derrite la escarcha y los desaires.

 

Mientras el oso duerme, merodea,

mastica con desgana los recuerdos

y rebaja su tasa metabólica,

ella desgasta el tiempo del glaciar

como hielo que vive su rotura,

su estallido feliz, cristalográfico

que le devuelve el modo más flexible

y líquido, también nombrado amor

o arroyo que le corre por las patas

y hace bajar al hijo, a los oseznos

hasta el suelo en que habrán de levantarse.

Entonces toma nieve y se calienta

el corazón blanquísimo y ardiendo

en su aterida cueva silenciosa.

 

A nada temerá, con sus dos manos

arranca sus criaturas, sus pesares,

baja vida caliente de sus ingles,

de sus huesos inmensos y esponjosos

que se abren con dolor mientras hiberna.

Las lágrimas de esfuerzo y de alegría

pintan de sal su pelo entumecido

y al caer sobre el hielo lo disuelven.

 

Con el perfecto blanco sobre blanco,

la floración arisca del invierno

reverdece al igual que la mujer.

 

© María Ángeles Pérez López

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Gabriel Chávez Casazola

  


Tatuajes

 

Una mariposa de tinta se ha posado en la espalda

de esa muchacha.

 

Una mariposa de tinta que durará más que la lozanía

de la piel donde habita.

 

Cuando la muchacha sea una anciana, allí estará,

joven aún, la mariposa.

 

¿Cómo se verá la espalda de la muchacha

cuando la lozanía de su piel haya pasado?

 

¿Cómo se verá la muchacha que ahora ilumina

la verdulería, como una fruta más para mi mano?

 

¿Los viejos de mañana se verán como los de hoy

y los de siempre?

 

¿O serán diferentes, ellas con piercings en los senos caídos

y ellos grandes aretes en las orejas sordas?

 

¿Volarán mariposas en la espalda de las muchachas viejas,

arrugarán sus alas sobre camas del coma, se marchitarán flores

de tinta dibujadas donde se abren sus nalgas?

 

Tal vez no pueda verlo, ya yo estaré ido para entonces

con mi mano temblando bajo un jean de mezclilla

o con la mente ausente en la cannabis

procurando aliviar dolores cancerígenos.

 

 

Ah, una mariposa de tinta se ha posado en la espalda

de esa muchacha.

 

Una mariposa de tinta que durará más que su aire.

 

Cuando ella haya exhalado por vez última

allí estará la mariposa todavía.

 

¿Echará a volar cuando incineren su morada de carne?

 

¿Se pudrirá en la tumba como una concubina egipcia?

 

¿La escuchará alguien volar o quemarse o pudrirse

y podrá venir para contarlo?

 

¿Escuchará alguien la historia desde la soledad de sus audífonos,

de los grandes aretes en sus orejas sordas? 

 

¿No son estas las viejas preguntas de siempre?

 

¿Volveré a ver a algún día a la mariposa?

¿Volveré a ver a la muchacha?

¿Continuarán existiendo las verdulerías?

 

© Gabriel Chávez Casazola

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Poema de Flora Levi

 


 

 Alzo la voz

 

Sobre el vacío de la página

una magnolia roja

estalla

en la mariposa sin alas.

 

© Flora Levi

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Poema de Natalia Garay

 


Me levanto

 

Yo Babilonia la grande,

madre de las rameras

ardor de la ira

plaga de granizo

blasfemia.

Yo morada del miedo

y de las marcas

sierva de la bestia

hechicera

final del libro sagrado,

apocalipsis

Yo mujer.

Me levanto por mí

y por cada una

por todo el silencio

que tuvimos que tragar

por todas las veces

que nos mezclaron

la sangre con el fuego

y que abrieron la tierra

para escondernos el llanto

desgarrado

hecho humo.

Me levanto

para no escuchar más

rechinar los dientes

de inmundicia

y tener que apretar los míos

me levanto

como linaje de azufre

aunque tenga que cambiar

al mismo dios.

 

© Natalia Garay

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Poema de Silvia Nataloni

  


diré cualquier palabra para nombrarte 

diré piedra tierra fuego 

viento agua cebada 

 

diré palabras que no tengan sentido 

sino tu mirada   sino tu risa 

 

diré escaramujo sombrero playa 

ojalá serpiente unicornio 

 

¿dije mañana por nombrarte? 

disculpa, me fui poniendo vieja 

 

no quise caer en lo redicho 

y, sin acaso, dije futuro al nombrarte 

 

torpe flojera esta falta de palabra al hueso 

perdona estas blandengues y sobradas letras 

 

diré cualquier tontera para nombrarte 

de casual capricho mi voz te acune siempre

 

© Silvia Nataloni

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Poema de Adela Margarita Salas

 


 

Por si decides volver,

tengo abierta la puerta de las dudas con

 luz de sospecha, plenamente encendida.

Un perdón colgado, por cuadro misericordioso

sobre la pared de mi corazón

y un ramo de “no olvido”,

perfuma la sala para siempre.

Por si decides volver,

queda vino a punto de servirse,

junto a la copa vacía de ilusiones.

El ventanal abierto, para apreciar del jardín

el sembradío de recuerdos.

El lecho, de tu lado

prolijamente tendido está;

nadie lo ha ocupado;

sólo yo y mi soledad.

Eso sí, tengo listas las maletas,

un pasaje de sinceridad comprado

 y, mi promesa de no intentar quererte

por si decides volver…

 

© Adela Margarita Salas

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Poema de Adalberto Polti

  


Cicatrices en la memoria

 

Ya casi sombra veo caer los días como hojas en otoño

de este árbol sólo quedan algunos recuerdos

aquellas cosas que atesoró la memoria ahora cicatrices

los caminos recorridos

el titilar de los astros en noches serenas

aquel cielo de la niñez puerta al infinito

y los fantasmas que merodeaban los sueños 

 

Pero hubo otras noches y otras puertas

otras geografías

soles que iluminaron rostros grises en el desamparo

pájaros cuyos vuelos dibujaban lejanos países

fantasmas sobre la cabellera ciega de los árboles

 

Ahora sólo quedan gritos en las venas

poemas como flechas en los ojos

palabras que enhebran y desenhebran el tiempo

ciudades vacías de alma

devoradas por la voraz garganta de Cronos

 

© Adalberto Polti

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25/2/21

Poema de Tin Roda

  


Mientras la luna llena

besa inmensa

su lado oscuro

la abuela busca en el diario

los nombres de quienes se fueron

 

Al acostarse

enduida en su silencio

reza

y sueña que sus muertos

le soplan al oído

el aire de la noche.

 

© Tin Roda

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Poema de Valeria Pariso

  


"no hay árboles. Los hubo en algún tiempo

porque si no ¿de dónde saldrían esas hojas?" 

Juan Rulfo 

 

En algún momento,

yo debí caminar por el campo

trayendo un puñado de tomillo.   

 

Habré pensado:

-con este tomillo asaré la carne,

y estas ramas frescas vestirán la mesa

que atraviesa el patio.   

 

Habré cantado feliz

buscando los zapatos, el vestido negro.   

 

Seguro hubo una instancia

en que ninguna duda

fue honesta o suficiente.   

 

Seguro existió un tiempo

en que fue compartido

el tomillo, la carne.   

 

Porque si no,

de dónde vendría este consuelo.

 

© Valeria Pariso

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Poema de Misael Castillo

 


Inestabilidades 


La casa

tenía un aljibe

abandonado

al pie del derrumbe


No todo

lo que tambalea

termina por ceder


Ellos

decidieron

que sería mejor

derrumbar

lo que pendía

del silencio


Tiene forma

de amor

dinamitar 

lo irreparable

 

© Misael Castillo

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Poema de Leonor Mauvecin

                               


PAUSA

                                   La vida es una causa en fuga

                                             de Río   Julio Castellanos


              Recuerdo el río de Manrique

o  el de Julio Castellanos

o el antiguo Suquía de Tejeda

o mi propio río

que pasa  y  nosotros

entre tanto

buscamos  la palabra

que justifique -digo-  la existencia

ese  querer mirar desde la orilla

el decurso del agua

y  saberse líquido

elemento

saberse  espuma

arena que se aleja

hoja

canto rodado

y  todo

ese mirar  desde la orilla

esa ilusión de estar anclado

 ser

ante la paradoja  de la muerte

y bebemos café

y nos dejamos embriagar

por las palabras del poema

y el agua sigue

y mañana, olvido

y sin embargo

la vida  nos sujeta

con cantos de sirena

y allí en ese cuarto

sobre la antigua mesa

- la antigua mesa de cocina

donde antes se picaba la cebolla,

se salaba la carne-

ahora

con las flores mirando en la ventana

leemos los  poemas

con la simple alegría de estar vivos:

mirar el sol cayendo a pique  sobre el agua

buscar lo trascendente

y las piedras bebiendo lo inminente

y las hierbas danzando en la orilla

y el viento en el cabello que envejece

y alguna mariposa

que viene desde el poema

hasta la mesa

- hasta la antigua mesa de cocina-

 mueve sus alas

y nos deslumbra

y sin embargo, perderá las alas

se irán con el agua

y el poeta lee

oigo sus palabras

el tono apocado de su voz  me arrastra

hasta dar con las hierbas de su Río

con sus bordes ásperos

sus piedras agresivas

esas que están del otro lado

a pesar de nosotros

en la otra orilla.

Y sabemos, porque todos sabemos

que es sólo una pausa

                  el tiempo  de la vida.

 

© Leonor Mauvecin

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Poema de Norma Starke

 


Con ritual de lluvia

te cuento un cuento

algo pequeño

un relato que

aún no comienza

 

mientras se agota la tarde

y una transparencia de oscura muerte                                          

se extiende sobre las ramas sin luz

entrevero los dices    los digo    los diré

 

el secreto desde el principio  era la tierra

acaso la intemperie que solo rozaba las  manos

las mismas  que acarician

el cuerpo anónimo de una paloma muerta

 

el vuelo inquieto detenido por una piedra o una bala

disparo al fin

las mismas manos de cavar

una tumba  o un pozo de agua

 

de alas desnudas el cielo  también se oscurece

y así desnudo el cielo   me acerca a lo profano

me descubre la orfandad

 

© Norma Starke

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