28/2/26

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 

 

El pie de Eurídice

 

Piensa un momento en el pie que

como un fruto

—opimo, terso, deleitable—

posa Eurídice en el territorio de la luz

 

antes de que el abismo la devore

—sombra fundida en otra sombra—

en el momento en que Orfeo osa mirarla.

 

Piensa ahora en el otro pie de Eurídice.

 

Aquél que como un fruto oscuro 

el sol no baña sino el agua de Aqueronte.

 

En el pie que mordiera la serpiente,

el que se queda atrás y que la arrastra.

 

El pie mortal.

 

Acaso la poesía es una Eurídice

tendida como un arco

entre las zonas de la luz y de la sombra

que están dentro de Orfeo.

 

(Ocurre, breve, cuando el poeta osa mirarla

—verse—

a los ojos

y porque la mira

deja de estar). 

 

Tal vez muchas otras cosas son eurídices:

nosotros, entre la sabiduría y el deseo,

la memoria y el olvido,

el adentro y el afuera,

o todo lo que existe

entre las reminiscencias del Ser y del no Ser.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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22/11/25

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Oliver Twist

 

Nació, como muchos hijos de la calle,

y su primera (o tal vez única) tibieza

fue el rescoldo del motor de un automóvil,

allí mismo donde fue parido y abandonado.

 

Lo adoptamos la mañana siguiente.

Lo bañamos, lo alimentamos, le dimos nombre.

En rigor de verdad, con el paso de los meses le dimos muchos nombres

como todos deberíamos tenerlos, de acuerdo a

nuestros cambios y los cambios de las circunstancias.

      —¿Recuerdan la confederación de las almas

      de la que habló Tabucchi?

 

Ni siquiera llegó a conocer el amor ni a multiplicarse.

No tuvo demasiadas alegrías, salvo las rutinarias

   —compartir algunos ratos con otros seres, dejarse acariciar la  

            cabeza cada tanto—

ni demasiados pesares,

salvo una muerte horrible.

 

Lo encontramos una noche desangrándose por la boca,

con su interior destrozado.

  —Cuentan ¿será posible? que tiempo antes

  de acabar con los judíos, en algún lugar les quitaron

  sus perros y sus gatos y sus canarios, y por crueldad o

  diversión los asesinaron de una forma espantosa.

 

Dije que lo encontramos pero en rigor de verdad

lo escuchamos.

Daba alaridos bajo el auto

en el mismo lugar en el que fue parido

y que eligió para morir,

 

quién sabe buscando aquel rescoldo

esa primera (o tal vez única) tibieza

del motor recién apagado, que le dio la ilusión

de haber sido bienvenido en este mundo

y de que alguien o algo le decía adiós

cuando salía de él del mismo modo en que había entrado:

envuelto en sangre y solo,

exactamente de la manera en que suelen hacerlo

los muchos hijos de la calle.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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12/3/25

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Una rendija

 

Y tomando barro de la acequia

el niño formó cinco pajarillos cuando nadie lo veía.

 

Se alisó entonces el cabello que le cubría la frente

tomó aire

sopló suavemente sobre ellos

 

y echaron a volar.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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3/1/25

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


La canción de la sopa

 

En tiempos de mi abuelo las familias eran grandes

vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,

inclusive diminutas, pero grandes.

 

Comían alrededor de grandes mesas

mesas fuertes, cubiertas o no de mantel largo

pero bien establecidas en el piso.

 

Con cucharas enormes comían la sopa

en los grandes mediodías. La sopa extraída con grandes cucharones

de unas enormes soperas.

 

Se reunían juntos después a oír la radio, a tomar café,

a fumarse un cigarrillo

sin grandes (ni pequeños) cargos de salud o de conciencia.

 

Mamá, bordando a veces y a veces tejiendo,

veía sucederse a los hijos y a los nietos

en un ininterrumpido y gran bordado.

 

Papá, la autoridad papá, llegaba todas las tardes a las 6

montado en un gran auto americano o en un gran caballo

o con un gran estilo

de caminar

para pasar la noche junto con los hijos y los nietos que el

tiempo no había interrumpido,

salvo aquél que enfermó, aquél que se fue

dejando un enigma y una sensación de vacío

—una enorme sensación de vacío—

flotando, con el humo de los cigarrillos,

sobre la sobremesa de la cena.

 

A veces, en esos momentos, papá, la autoridad papá,

dejaba de escuchar los sonidos de la radio y quería estar

solo consigo mismo, simplemente

no estar ahí, tal vez estar corriendo por alguna lejana

carretera con una rubia parecida a mamá cuando no era

mamá, montado en un gran auto americano o en un gran caballo o

con un gran estilo de caminar aún no vejado por el tiempo.

 

Mamá a su vez algunas sobremesas sentía un nudo

en la garganta, un nudo que después salía flotando de su

boca montado en un gran suspiro,

un enorme nudo que se enredaba en el vapor

de su taza de café, con unas

volutas que le robaban la mirada y la hacían desear

estar sola,

simplemente no estar ahí, escuchando los llantos

de las últimas hijas y los primeros nietos.

 

Así fueron los años, vinieron los cafés y los cigarrillos

y un día la gran casa se fue quedando sola, las enormes

soperas vacías, las cucharas mudas

de una enorme mudez que a hijas y nietos nos persiguió

a lo largo de miles de kilómetros de carretera, de cable de

teléfono, de grandes ondas que ya no se miden en kilómetros.

 

Incluso aquél que enfermó, el primero en partir

como cada quien que bebió de esa sopa fue alcanzado por la mudez,

que se metió en su pecho por la gran boca abierta

de un enorme bostezo.

 

Entonces

compró una breve sopa instantánea

y entre sus mínimas volutas

se permitió un pequeño llanto.

 

No podía tomar la sopa.

en su diminuto departamento no había una sola cuchara,

una sola mesa bien fundada, algo

que vagamente pudiera parecerse a la felicidad

y sus rutinas.

 

Entonces pensó en los tiempos de su abuelo o del mío

o del tuyo, cuando las familias eran grandes

vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,

inclusive diminutas, pero grandes

y veían sucederse a los hijos y a los nietos

en un ininterrumpido y gran bordado

con enormes hilos invisibles abrazándolos a todos en el aire. 

 

© Gabriel Chávez Casazola

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20/7/24

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


De su estancia

 

De su estancia en vaya a saberse cuáles ciudades de la confusión

conservaba,

apenas a salvo de la humedad y el calor propio a esa hacienda

estacada en el centro del verano,

unas cuantas revistas que en el cuarto de baño daban cuenta

de un pasado mejor, de unos años

de bullente actividad intelectual,

de grupos activistas, de talleres de cuento, de seminarios

lacanianos,

de círculos de discusión de la Escuela de Frankfurt

y otros misterios reservados para los iniciados en

el buen sexo y los porros de aquella época y de aquellas ciudades de la  

confusión

en las que esa mujer altiva y lúcida aprendió a preparar un par

de buenos platos

                        —por ejemplo, pollo al mole—

que hoy junto a las revistas son todo el patrimonio que perdura

de aquellos años dorados, esplendentes,

en que todos querían cambiar el mundo a fuerza

de bullente actividad intelectual y porros y Gramsci y hasta de Louis Althusser,

hasta que Louis Althusser estranguló a su mujer e ingresó al manicomio

y murió babeando su impotencia y su ira en un camino

lodoso, del color del mole del pollo al mole,

botando sangre como rojos un cuadro de Frida Kahlo,

ese lugar común ahora, por entonces aún un descubrimiento

en una de las tapas de aquellas revistas estacadas

en medio del baño de aquella hacienda,

estacada a su vez

en el centro de esa mujer altiva y lúcida, tan digna

en su derrota

como la golondrina de Wilde cuando decía

despreciar el verano.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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29/2/24

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Punto

 

Es maravilloso haber llegado al punto

en que ya no es preciso buscar la razón de tu vida

el amor de tu vida

el norte (y sur) de tu vida

porque ya has encontrado todas esas cosas

o ellas te han encontrado

y ahora puedes llamarlas, casi familiarmente,

con un sustantivo,

sea éste el nombre de alguien

—aquí puedes poner el que desees—

o de algo misterioso, como la poesía.

 

Y sin embargo, lo más maravilloso de todo esto

es que debes seguir buscando,

buscando

porque todas las cosas y los seres

que se encuentran

así como llegan se alejan.

 

Incluso la poesía, a momentos.

Esa desconocida.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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28/10/23

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Coraza 

(Benedettiana)

 

Tu corazón está lleno de sorpresas

es como una feria para niños

y como un cementerio.

 

Tu corazón tiene bosques con árboles prohibidos en su centro

mares de playas solitarias y volcanes dormidos

tiene murallas chinas monumentos favelas

sus catedrales góticas y pequeñas ermitas.

 

Tu corazón está lleno de vacíos, preguntas,

de miradas de noche a los cielos ajenos.

 

Tu corazón está lleno de rutinas

es como un taller mecánico

o como una cita a ciegas.

 

Tu corazón tiene zonas baldías y habitaciones clausuradas

avenidas con anuncios fluorescentes y ruletas

barrios peligrosos donde no es posible aventurarse sin coraza

glorietas floridas como en domingo de ciudad pequeña.

 

Tu corazón está lleno de certezas, de credos,

mediodías alegres con los pies en la tierra.

 

Tu corazón es un aeropuerto

una nota a pie de página

una estación de paso

la casa donde vivo.

 

Solo tu corazón entiende a tu corazón,

solo tu corazón se desentiende.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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1/9/23

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Lucas 13, 4

 

¿Quiénes eran aquellos dieciocho hombres

—acaso mujeres, acaso también niños, aquí el genérico es equívoco—

sobre cuyas cabezas vieron desmoronarse

la Torre de Siloé, de la que nada sabemos

salvo lo que sigue refiriéndonos en su Evangelio

el médico y cronista hebreo Lucas?

 

¿Eran tal vez constructores

que levantaban la estructura de la Torre

o que la apuntalaron, fallando en el intento?

¿Eran transeúntes, que pasaban cobijándose a su sombra

del fuego cenital, del brillo inclemente del sol en las arenas?

 

Nada sabemos de ellos tampoco, salvo lo que el Elegido dijo

—reverberación, eco límpido a través de los siglos—

por la mano de Lucas:

 

Que los muertos de Siloé

(y pudo haber dicho de Port au Prince o del Maule)

no eran más ni menos culpables

que los demás hombres y mujeres de la tierra.

 

Que el misterio de la tragedia —o mejor: del accidente—

es algo que escapa a nuestras mentes breves

y secretamente forma parte del anverso de la trama

del Gran Tejido, del cual vemos solamente

—per speculum in aenigmate—

su reverso,

 

lleno de torpes nudos, de cabos sueltos,

de absurdas muertes como las de

aquellos dieciocho hombres

—o mujeres, o niños— de Siloé

o los miles de Kerman, de Shan Si y de otras provincias

de los reinos que hemos fatigosamente construido

y que un día pueden desmoronarse

como la torre de Jerusalén, partirse en dos o en tres

cual las calles de San Francisco o de Lisboa.

 

—Y sin embargo,

los arqueólogos afirman que la torre derruida

pertenecía a las murallas de la ciudad y se erguía junto a una fuente

de la que además tomaba el nombre, en el valle de Tyropean.

 

Hablo de la afamada fuente de Siloé, de la que hablaron ya los profetas

Nehemías e Isaías, 

a cuyo estanque acaso habían ido a calmar su sed

aquellos dieciocho hombres;

a cuyas aguas siguieron yendo a calmar su sed los hombres y las mujeres y

los niños

por mucho tiempo después de la tragedia;

 

ya que el accidente, el dolor, la muerte, el sinsentido,

la catástrofe,

por más que nos aplasten

o aplasten a quienes más cerca se encuentren de nosotros

no pueden apagar la sed de infinito

que nos aqueja desde el principio,

la sed de luz

que saciamos en los abrevaderos de la dicha,

aun cuando se encuentren situados

en los estanques mismos donde nos desmoronó el sufrimiento.

 

Allí mismo, en el valle de Tyropean.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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14/8/23

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


El guardafaro 


A Marie Claude y Jane,

que alguna vez quisieron alcanzar un faro 

 

Los faros siempre están allá lejos, entre los dos cielos.

enhiestos como una bandera o parpadeantes como una luciérnaga,     

de acuerdo al color del día con que se los mire.

 

Los faros siempre están allá lejos, entre los dos cielos.

 

La oscuridad los odia al igual que los acantilados 

pues los faros les privan de carne de naufragios,

de cofres de talentos en el vientre del mar.      

 

Los faros siempre están allá lejos, entre los dos cielos

y no es posible llegar a ellos por el agua o la tierra.

 

Por el agua, pues no son un puerto, demás está decirlo,

solo faros

en la punta de filas ensenadas.

 

Por la tierra, pues no son un destino, esto sí hay que decirlo,

solo faros

en el fondo de lenguas de arenisca.

 

Ya lo dije, los faros siempre están allá lejos,

entre los dos cielos

y no es posible llegar a ellos por el agua o la tierra.

 

¿Será imposible entonces atracar en un faro, arribar a sus luces?

 

El custodio del faro cercano a mi ventana

sabe llegar a él tranquilamente

pues es hombre sencillo y conoce el secreto.

 

—A los faros se arriba por el aire,

sentencia, reposado, recargando la pipa, mientras sus pies comienzan a elevarse

 

                   r

                 e

               d

             n

           e

         c

       s

a   a

 

con el humo

 

y yo lo veo cada vez más pequeño,

más diminuto

 

confundirse con un punto del faro

con un punto del cielo

con el cielo

con el faro

 

allá lejos

donde siempre están los faros

 

entre las dos aguas

entre los dos cielos. 

 

© Gabriel Chávez Casazola

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31/3/23

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


El deseo de Aladino

 

Que esta línea de tinta se torne en una ajorca

que de la ajorca crezca la danza de una bailarina

que en los ojos de la danzante asome la noche

que en su noche haya estrellas fugaces

y que una de ellas trace esta línea de tinta 

 

© Gabriel Chávez Casazola

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10/2/23

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Albricias

A Lucía

 

Como un don o como la retribución de un don

cual una fruta presentada en un ritual simplísimo

la niña ha entrado en la casa, lo ha

visto todo con su escuchar,

todo lo ha oído con su ver y así

tan atenta al universo

que acababa de crear

el primer día 

         (en el principio era la tiniebla y el espíritu de Dios flotaba 

         dulcemente, en posición fetal, bajo la faz de las aguas)

hágase la luz

ha dicho

sin apelación a ningún significante

 

y nos hemos comenzado otra vez a existir

briznas de su costilla,

depuesta la flamígera,

la desnudez desnuda,

su greda fresca, el jardín

recién regado. 

 

© Gabriel Chávez Casazola

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3/12/22

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Promesa

Donde el poeta, investido como un personaje de Kozinski, conversa con su hija

 

                                                Para Clara


Y si de pronto un rayo o un camión se abaten

sobre la palma erguida,

sobre su razón llena de pájaros

y mediodías

 

si la malaventura hiere su frente de luz

y la desguaza

y convierte en escombros su razón

y su alegría

que era también la nuestra

 

no te dejes llevar por la tristeza,

hija,

recuerda que detrás de los escombros

siempre quedan semillas

 

y que algún día,

pronto,

después del rayo y la malaventura

 

se abrirá la luz

cantarán los pájaros

y nuestra calle y todas las calles del mundo

donde alguna vez hubo palmeras abatidas

se llenarán de felices jardineros

que peinarán

los nuevos brotes

y regarán los mediodías.

 

Te lo prometo, hija:

la mañana se llenará de jardineros.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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27/8/22

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


Alivios

 

Aliviaba cierto dolor de la infancia atesorando

piedras de cuarzo

recogidas en las calles de tierra

piedras

comunes pero tocadas por alguna veta mágica

que las había transfigurado

transmutado

guijarros ocres elevados hacia el mármol.

 

Las reunía en el patio trasero de la infancia

y se las enseñaba a algún vecino pobre alguna tarde pobre

a otro niño cualquiera como él que

sorprendido

las pesaba y admiraba entre sus manos

maravillado

por la existencia de una belleza que no había entrevisto antes

guijarro ocre también él

y desde entonces surcado por una contemplación secreta

por una veta

que elevaba sus ojos al destello del mármol.

 

 

¿Qué habrá sido, me pregunto en esta tarde pobre de febrero,

de ese vecino y aquel patio trasero y la colección de cuarzos?

¿Y qué habrá sido del coleccionista?

 

En cuanto a él,

abrigo algunas sospechas sobre su paradero.

 

De hecho

yo mismo alivio ciertos dolores de la madurez recorriendo

las calles de tierra o de cemento de la tierra

buscando piedras

comunes

—palabras—

surcadas por alguna veta mágica

secreta

que permita transmutarlas hacia el mármol

con solo saber escuchar

—caracolas calladas—

lo que podrían decir

reunidas

en un patio trasero.

 

Las recojo, las reúno, las atesoro,

me maravillo

de su belleza oculta

guijarro ocre

las transcribo

y se las muestro alguna tarde a algún vecino.

 

 

A veces pienso que no sirven de nada

y una voz en el sueño me dice que no alcanzan,

que no alcanzan.

 

Es verdad que la colección de cuarzos no logró borrar el dolor que desfiguraba la infancia

del coleccionista,

sacar de la pobreza a su vecino ni mejorar la calle o el traspatio

 

mas su solo estar ahí bastaba

para aliviar el mundo,

para transfigurarlo

 

para poner en los ojos un destello

y así elevar la piedra y aproximar el mármol

 

haciendo al mundo ligeramente más bello

 

y acaso

también

menos

 

cruel.

© Gabriel Chávez Casazola

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30/7/22

Poema de Gabriel Chávez Casazola

  


Examen de conciencia 

 

Nunca pude contemplar la migración de las ballenas

Jamás visité Bucaramanga

No amanecí en el éxtasis de dos muchachas

oscuras, relucientes como el ébano

 

Más tarde, más tarde.

 

La redondez de la tierra vista desde el espacio

El abismado fondo de los mares

El cráter incandescente de un volcán en erupción

posiblemente no los verán mis ojos

 

¿O más tarde?

 

Hay ciertas bocas que todavía no besé

Líneas que aún no escribí y están redondas en mi cráneo

Ominosas omisiones que es preciso reparar

Un justo, necesario abrazo

 

Será un día de estos.

 

La vida consiste en dejar

cosas pendientes

mientras pendemos

del hilo de la muerte

 

Solamente ella es inaplazable.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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