27/5/23

Poema de Daniel Ocaranza

 


He aprendido

a ensillar caballos,

reconozco un apero,

una cincha,

las crines,

como montar,

como alimentarlos,

los he visto morir aún latiendo.

Esa lección

que terminé aprendiendo solo

es lo único

que me ha dejado mi padre.

 

© Daniel Ocaranza

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Poema de María Teresa Andruetto

 


Carta


En la feria, cuando elegía alcauciles

(estaban algo oscuros), un muchacho

que no tenía más de trece años (lo vi

correr, por La Cañada, hacia El Pocito),

me arrancó la cartera (quedaron

las tiras colgando).

 

¿Tenía dinero, señora?

 

Nadie preguntó por tu carta

(yo la llevaba conmigo,

                       tu última carta,

doblada en cuatro).

 

Era sólo un papel y ese muchacho

lo habrá tirado al agua.

 

© María Teresa Andruetto

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Poema de Leopoldo Teuco Castilla

  


EL BALDIO

 

                                             A José García Bes

 

Tres niños construyen una casa

 

en el baldío

no se diferencia la vivacidad del juego

del proceso de la putrefacción

 

                        no hay felicidad

                        y nada desentona con desgracia

                        el orden

 

los tres átomos

ruedan entre latas pestes vidrios

 

mientras el baldío

como un cuerpo sin sangre

gira en contra de nosotros

neutro

 

en el mismo sentido que el universo.

 

© Leopoldo Teuco Castilla

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Poema de Carlos Dariel

 


Piano bar

 

la noche

un piano

la nostalgia sentada a la mesa

y un deseo que se inmola

 

cenizas en el pecho

 

gira la cuchara

tictac de las sombras

               resabios de un café

               que faltó a la cita

 

© Carlos Dariel

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Poema de Andrea Farchetto

 

 

Tengo una mañana

que se escurre

en la palma

de mi mano

una tarde

urgida de ocurrencias

y una noche

que es el cajón

de juguetes

de un niño

consentido.

cómo no amar

este día

a pesar

de

 

© Andrea Farchetto

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Poema de Ana Lafferranderie

 


Alguien absorbe la luz, desploma tu reinado

alguien traído por tu propia deserción,

acaso ese estar ensimismada.

 

vino con una gama de gestos que te faltan

para hacer evidente lo que ahogaste

 

(el alivio

de una palabra exacta, la eternidad

de un arrebato, ese envión

de los sabores)

 

© Ana Lafferranderie

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Poema de Carlos Enrique Cartolano

 


 

Vivir la falta como se pueda. Como cada uno

en propia ausencia/ distancia de otro. Vos pusiste

a dormir la mente: filmina de historia clínica

                                 con amores carne afuera

                                  y vegetal de savia

                                  néctares corrientes.

 

Sin cuenta ni cómputo asumiste voladura de puentes

deconstrucción de peldaños/ greda en prendas

descosidas. Y sin letra ni papel sin tinta/ afónico

aun perdido el goce / el deseo muerto

                                      soñaste la memoria.

 

Solo quedó extinguirte en antorcha de huesos

por releer con mayor alcance cuanto hubiste escrito.

 

–El farol del diablo–

 

© Carlos Enrique Cartolano

Pintura: Arturo Sierra

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Poema de Beatriz Puertas

 


SIN RESPUESTA

 

Andaba por los caminos

oía ladridos

raspaba el universo

el sabor de lo sagrado

 

no le dolían los perros

los ladrones

lo ignorado

ni las palabras rudas

 

ni el mar encrespado

o calmo

 

solo pudo vencerla

el agudo puñal

de la indiferencia.

 

© Beatriz Puertas

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26/5/23

Poema de Hugo Francisco Rivella

 

 

Estuve solo, Padre. Mi niñez era un barco con puertos circulares y un perfume a cedro en San José (¿Él, era mi otro padre?)

Yo jugaba a los cucos con mi sombra escondida. ¿Qué oración en mi boca para nombrar la rosa?  ¿El shama? ¿La ofrenda de mis manos en las calles soleadas de Nazaret y el mercado a las puertas de Jerusalén, los encantadores de serpientes, las semillas de trigo germinando en la lluvia y la danza mas dulce de la mujer de sándalo?

“Ahí tienes a tu Madre”¿Por qué frente a mis ojos que van turbios y solos?

 

Apiádate de mí. No repitas tu miedo en mi dolor.

 

Deja de escarbar en estos huesos que el viento va llevando.

 

© Hugo Francisco Rivella

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Poema de Analía Rita Giordanino

 


Cuevas

 

Aire, ramas mecen,

una avispa vuela zumbona,

algunas moscas.

Lo que la corriente térmica eleva

tiene alas.

Los escucho en el buche de la roca.

Para entrar

mis compañeros de ascenso

se arrastraron seis metros

paralelos al piso

en posición hombre araña.

Del otro lado la amígdala se abre,

hay aire fresco y paisaje.

 

Antes dimos las ofrendas

al túmulo que custodia.

En la entrada caracoles,

plantas serigrafiadas

con la sal del mar.

Pensé en Moisés cruzando

el lecho seco

el mar comiendo

las colinas de la huida.

El aire huele antiguo

y todo es seco menos

la saliva de la boca.

Dijo el guía que adentro

de esta caverna macho

hay pisadas de dinosaurios.

Se escuchan las voces del grupo

apagadas por la piedra.

Después de un rato los oigo volver.

Vienen cansados, respiran hondo.

Sacaron muchas fotografías.

 

La otra cueva es femenina.

Se entra a pie y un poco trepando.

Entramos con velas encendidas.

Adentro de la panza no hay nada.

Cuando digo nada quiero decir

que apagamos las velas

y nos detuvimos muteados,

ciegos como murciélagos.

 

Pulmón mínimo.

Corteza abierta.

Cuando estás in útero estás solo.

 

Después de un rato salimos.

Descendimos el camino llano.

Cada roca hizo

de contención a los pasos.

Al llegar nos despedimos.

No hay hermandad que dure tanto

pero a veces es preciso

es precioso

recordarla.

 

© Analía Rita Giordanino

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Poema de Patricia Diaz Bialet

 


una silla en el Abasto Shopping

Av. Corrientes y Agüero, Buenos Aires

 

EL EXPLORADOR 

 

El explorador propicia la humedad de mis curvas

fricciona en mí su propósito tabernario

 

incursiona en el territorio con su pata de abeja

o manosea desde lejos mi espuria abertura

 

sobresale entre las iguanas tendidas al sol en la siesta norteña

me envuelve antes que nadie con su baba vidriosa 

 

se lamenta del bochorno

yo me apuro a abanicarlo

lo rocío descuidadamente

su cutis es fruta abrillantada

 

un gesto microscópico y la manopla de hartazgo se esfuma

 

ya en la habitación de cobre

el explorador se embellece con mieles y puñaditos de celo

 

para paladear esta tarde juntos

se necesita un trayecto de manteca adúltera

concentración a pleno

y nunca maldecir a las esposas o las madres

 

© Patricia Diaz Bialet

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Poema de Ricardo Rojas Ayrala

  


Canto Dos (fragmento)


“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”.

Baruch Spinoza


Geoda libertaria vos abrís tu bagayo

al borde de nuestro alfabeto. Intranquilizás

con tales fuegos en la boca. La lengua está muy viva:

chinófobos que comen el arroz yamaní con las manos.

Pensás que, de cada niña tarahumara en su kerosén,

una rodilla se perderá en la llanura y llorarás más alto.

Urdís otros chaparrones en las polvaredas de Virreyes

donde estás desterrado, como un querube, hasta nueva orden.

Rancia, vos retomás esa zozobra inmemorial

con cierta diligencia pueblerina. Aguas oscuras

en el crepúsculo. Todes: rabiás, vos rabiás, rabiás

en medio del apestamiento general e intransferible.

Oteás ese ocaso con verdadera calma meridional.

Sin vacuna designás, en la corta franela, toro envenenado

al indolente toro y su veneno más infeliz cocido

en los laberintos, con tal bochorno ante el hastío.

Enfantasmás, algo más, cada mirto farolero

en su bisagra, sombra por sombra en el nuberío,

rizo impaciente del verde sin ramas. Un druida nos

sonríe, con sus bultos de cuero en el suelo, derrotado.

 

Paseando por la Bolonia apestada, con tal soltura.

Con el pico, vos le concedés infinita y pueril misericordia

a todo lo que se asome, le das color al terror con tu pañuelo.

El virus es como una lluvia, decís, pero puede matarte ahora.

Empantanás esa prebenda amada y roja, en esta última

peste neoliberal, fáctica y suspicaz porque como esos

disparos, en la noche, buscan cualquier pellejo boca arriba.

El terror, ese cándido método de control social, ¿no lo ves?

Hordas febriles de sueños que, vencidos,

bermellones y pirados, se pierden en la noche

de los cuerpos y de las razones sanitarias.

Te ufanás, apocado, de esa mansión de Dios.

Con tu flauta hipnótica de Tandil vos te quedás

en el molde del séquito, en la crema de la propiedad

privada, en la novedad de los denisovanos.

Qué te van a hablar a vos, ahora, de horrores.

Lo no dado da de morfar a la veracidad,

con su hollejo, en esta bruma infinita

de objeciones y vos tocás al piano naderías.

Otoño que en las sendas abandonadas fallecés.

 

¿Desoculta tu web al supercontagiador de hoy?

Por mera impericia vos marisqueás el ocaso,

paso a paso, pie por pie, capricho por capricho,

lo invocás en el dialecto de Maramures.

Así, cualquier perejil recobra el juicio

después de muerto. Apuñalás vos ese cielo

que hace un voto de fe, otro de zarabanda

y otro, a las cansadas, de razón.

De esta plaga se sale entre todos, suplicás.

Comprás algún alma probable y la clavás

al menudeo mientras emperifollás

—a las apuradas— tu universo más a mano.

A este granizo útil protegés de los murciélagos

de Wuhan, de los últimos limoneros en llamas,

de los amantes de Ituzáingo que se devoran

y de las campañas sanitarias recién tergiversadas.

Te abotonás el bermellón al cuello con seriedad. Contás

cada día de la cuarentena. Cuando los animales asilvestrados

dormitan primereás al azul en su pataleta de meteoros.

Tramás, al detalle, lo que harás al aire libre ni bien salgas.

(…)

 

© Ricardo Rojas Ayrala

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Poema de Rodrigo Galarza

 


Sicario de mí

me pedís que te salve y voy a tu encuentro

haciendo de tus lágrimas un enjambre de puñales.

 

© Rodrigo Galarza

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Poema de Verónica Laurino

 


                          

Quehaceres domésticos

                             

Pensar en el sopor.

                            

Ante la mugre                            

el abandono                            

reacciona el agua           

                         reacciona el agua

                            

¿Qué deseo?                            

¿Un ejército de mucamas?                             

O ¿un mayordomo,                             

una anciana ama de llaves?

                             

Deseo de verdad                              

leer y escribir,                             

y preparar la mesa                               

al mediodía.

 

© Verónica Laurino

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Poema de Victoria Lovell

 


Cul de sac

 

Sin atajos ir al desencuentro

darle consistencia al punto inicial

materialidad a lo desechado

aprehender el desprecio

y detenerse. 

 

© Victoria Lovell

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Poema de Aníbal Costilla

 


REGALO

 

Ahora me miro en el espejo,

y trato de descifrar quién soy

esto que ahora estoy dejando de ser.

 

Antes venías y me traías

un nombre, un regalo inesperado,

como si fuera una prenda

lista para estrenar.

 

© Aníbal Costilla

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Poema de Alejandra Boero Serra

 


MITOLOGÍAS

BIBLIOMANCIA

El catalogador enamorado

 

(En 2017, en la Sala del Tesoro de la Biblioteca Mariano Moreno, Juan Carlos Sánchez Sottosanto descubre el fragmento de un poema amoroso)

 

Es de mañana en la Sala del Tesoro de mi Biblioteca.

Es también un juego de esta historia que se niega al anonimato.

O es quizás la botella al mar que interrumpe mi naufragio.

Un fragmento escrito en el siglo XV tensa el rigor de mis inventarios.

Siento en mis manos el espesor de las nervaduras de estas cinco hojas de palma.

Si pudiera entrar al Reino de Kotte. Pero Ceilán ya no es Ceilán.

No fui el escriba. No fui su amada. Nada sé de su lengua.

Sin embargo, me escriben. Y yo enmudezco.

Nunca sabré cómo el pasado nos espera y llega.

Hoy soy el albacea de una pasión todavía intraducible.

 

© Alejandra Boero Serra

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Poema de Adela Margarita Salas

 


Y quedó la noche

preñada de ilusiones,

que, una a una

irán pariendo estrellas,

para recordar que te aguardo.

Por entonces

la madrugada desvalida

es limosna de presencia

y sentada mi espera

al borde de una gota de rocío

se desvanece

con los primeros abrazos del sol.

Entonces,

el nuevo día peregrina

soledades

bajo el azul cobijo de la ansiedad,

los minutos no son ya del tiempo,

se escabulleron, sabrán ellos

en la búsqueda de qué momento

para, hacer que tu presencia

gratifique a mi corazón inquieto

vulnerable de latido por tu demora.

 

© Adela Margarita Salas

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24/5/23

Poema de Leonardo Carilli

 


corriente

 

quién soy yo para

enterrar el pasado

que como el agua

encapsulada

busca la filtración

para refrescar

y humedecerlo

todo

 

aparece

en sueños

me despierta

al amanecer

y pide ser escrito

de este modo

en un poema

que diga

pasado

dos veces

 

© Leonardo Carilli

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Poema de Lydia Helander

 


 

FLORES DE PARAÍSO     (Casilda,1952)

 

 Corté flores de paraíso

tan azules y bellas

como un cielo de verano

y se las llevé a la maestra

mientras mis compañeros

reían

porque ellos iban a rezar

los domingos

con ramos de crisantemos

comprados

y los dejaban

 junto a la imagen

de la virgencita.

Nada les conté entonces

que yo venía de un desierto

donde no había iglesia

ni tampoco flores

sino matas oscuras

y chicos en alpargatas

que no reían nunca.

 

© Lydia Helander

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Poema de Daniela Camozzi

 


Traducción a su traductora

 

Por qué te detuviste,

si estábamos tan bien,

desmadejando vos

y yo apareciendo.

Sentí cada uno de tus ritmos:

cuando fluías

en los segmentos más cordiales,

la arruga de tu frente

en mis partes tortuosas.

Siempre supe que al lado mío había

un pasaje anterior

que pedía tu atención:

la de tus ojos, nunca

la de tus manos.

Será ese ente una fuerza

gravitatoria,

pero yo soy la arcilla que moldeás

en el insomnio.

No quiero que te rindas,

no me des, te suplico,

por terminada.

Este cursor,

su parpadeo,

es el único signo que me queda.

 

© Daniela Camozzi

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