Poema de Guillermo Julián Bosch
Ya no le temo a las tormentas
el estruendo se ha vuelto mantra
el rayo, un fuego de artificio.
© Guillermo Julián
Bosch
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el estruendo se ha vuelto mantra
el rayo, un fuego de artificio.
© Guillermo Julián
Bosch
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PLAYA LA PERLA, 1966
I
su nombre
es cardo silvestre
nace en un río de montaña
inquietado
por la serenidad del paisaje
escudriña el mar
encuentra
lo que las aguas
abandonaron
piensa en su casa
sabe que nunca volverá a ese lugar
conserva un par de papeles en su bolso
que tiene catorce años
—dicen—
que la casaron con un desconocido
—certifican—
debe dejar sus caprichos de niña
pero hubiera preferido meterse de sirvienta
se pierde en el horizonte
justo en el momento
en que la noche lo toma todo
y reclama una constelación
a esta ciudad
una poeta también vino a perderse
pero ella no se atreve
las olas
cuando rugen en la oscuridad
le dan terror
II
mucho tiempo después
esa niña
recordará aquella noche
vencerá sus miedos
y elegirá otro mar
donde arrojarse
© Pedro Santos Deluca
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La decisión del ángel
El ángel hunde el puñal,
herido, se arroja a las fauces de la noche.
Siente por primera vez
el dolor que sienten las cosas vivas.
Dios está demasiado lejos
es un punto irreconciliable
tenue luz en la tiniebla.
© Sergio Antonio Chiappe Riaño
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Farolera
Para volver a la inocencia
no será necesario contar a medianoche,
mojarse la frente con agua bendita,
ni pronunciar en voz baja el nombre de
mamá.
Bastará con alzar la barrera
para que pase la farolera
y no tropiece.
Que no caiga.
Levantar los brazos hasta separarlos del
tronco
y del amor infame.
Entonces, en la ronda,
nada de lo sagrado nos resultará ajeno.
Seremos esos niños que dicen mamá
sin pena.
© Carolina Brieux
Olivera
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DOS MUNDOS
La compasión habló y dijo: ¿Puede haber felicidad , cuando todo lo que
vive debe sufrir? ¿Has de salvarte tú y oír que todo el mundo llora?
El Libro de los Preceptos Áureos
Éramos dos mundos en el otro lado del mar
Por las noches
cuando el calor alegraba la hora
el valle renegrido se dormía en el recuerdo
de algunas luciérnagas.
¡Éramos dos mundos en el otro lado del mar!
En los pantanos
cuando la negritud de las aguas
escondía el sueño clamoroso de hipopótamos
rosados
el aire hacía temblar los cráneos
luminosos.
Otras tardes frías de luz
el sol se retorcía hasta llegar más allá
donde la nieve olvida su escondite
jadeante por extenderse e iluminar
nuestros pasos.
Éramos dos mundos en el otro lado del mar
Ahora
las azulosas aguas del océano buscan
nuestro espíritu,
hay un quejido constante en su agua,
y todas las noches
un barco nos llama.
Éramos dos mundos en el otro lado del mar
© Adelina Lo Bue S.
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La Costumbre
Al que soy me lo acomodo en el pecho
como un animal dormido
abuelo de sí
para que la sangre
le corra hacia atrás
en el delta
de las muñecas ancianas
un abuelo con miedo
un abuelo sin nietos
abuelo por abuelar cada pregunta
hija de cada vacío
que supe engendrar
cuando me encontré solo
vandalizado por el sol
abatido por la costumbre.
© Fernando Raluy
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las palabras
ondulantes figuras
como una música silenciada
hacia nosotros
sentados en estas butacas
saboreando la cercanía
concentrada en la yema de tu dedo
todo el polen de la primavera
y yo reina miel jugosa
flor abierta
© Eugenia Coiro
Etiquetas: Eugenia Coiro
Me sorprendió la madrugada
contando hojas blancas
para darles formas de cuadernos.
Me sorprendió la madrugada
trazando renglones, sembrando
con mis pensamientos
en el lomo recto de las líneas, palabras
con futuro.
Mientras seguí contando hojas
el Himno Nacional rompe el silencio y me
llama:
¡Oíd el ruido de rotas cadenas...!
libertad, libertad, libertad!
En otro momento
con las mismas emociones encontradas
hubiera mojado mis manos que sostenían los
papeles
Ya no, me he trazado un plan
sin pausa y con prisa: s e m b r a r a l p
i s t e
sobre el suelo que piso.
Mucho, mucho alpiste
y alimentar la boca
de los sueños.
© Graciela Ballesteros
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ARACELI
Ella se arrastra en las espesuras.
Cruza el pantano de los días.
Princesa descalza, vestida de fuego.
Sus ramas sostienen dos frutos.
Su risa detiene su ego.
En los barrotes salvajes.
Una niña llora de hambre.
La soledad es una ruta que conduce a tu yo.
La elegancia es encontrarte con vos misma.
Dalia roja floreciendo entre mi lengua.
En tu sangre se electrocutan tus ancestros.
Y estas caliente.
Estas radiante.
Como un beso profundo en Chernóbil.
© Carlos Prado
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hay un instante fugaz,
imperceptible:
el origen de cualquier nacimiento
o muerte
-siempre fue mi único desvelo-
cual fue el polvo
que abrió los canales del vientre
la célula que se coló en la fiesta
y reprodujo sus bestias
el fin comienza en un segundo
en que el cuerpo danza despreocupado
y yo
animal cansado
sigo esperando esa luz
que ilumine
la cronología de los hechos
© Alicia Pastore
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