15/4/22

Texto de Leonardo Vinci

 


   Esta pared que ahora miro,  con su pequeña ventana que me separa de tantas historias allá afuera, borronea algún afán  volviéndolo acertijo sin solución; el que se burla de todas mis búsquedas  y de mis dados (esas seis caras de la noche que nunca alcanzan), con preguntas que no puedo responder. A su vez pareciera esgrimir una certeza, pero  también borrosa o de lejana procedencia, como de un recuerdo, o venida de un gesto de solemnidad pueril. Y es que esa membrana perfecta pero inasible, igual al  polvo que recubre los muebles detenidos en el tiempo, se hace manto en la memoria. Y es quizás, que esa mitad llena de intransigencia que tienen todas las cosas, haya hecho que yo siga buscando inútilmente. Pudiera ser, que el sombrío traje de la noche haya puesto sus ojos en mí, sólo como  resultado de sus propios recuerdos y conciencia, y de este presente repentino, como en una fila imaginaria de todos los que esperan su tazón de sopa, o la mañana que se les debe. Esta pared, en la que por cosas de la fugacidad cataliza inescrutables palabras en voz baja, algunas mías, y de  otras almas humanas también,  es sin embargo  la que por ejemplo me ha protegido del frío, y lo haría aún si ahora mismo se derrumbara sobre mí. Ella calca con cierta insistencia su mapa, creo yo con  el silencio lento de lo irreversible; cada deteriorada capa de cal, cada rayón y hendidura sórdida, cada espejo  que ha visto  mis pasos de maraña, mis sueños luminosos alguna vez, esperas y fracasos. Y aún conjeturando  por simples cálculos, de que ella es más antigua y asentada, se arroga cierta virtud de increparme con insolencia de principiante, presumida y plomiza; por otro lado, hasta se podría decir que somos como viejos conocidos. No puedo afirmar que sea astuta, no más allá de su trabazón y ambición de torre;  sino que no lo he sido yo; y es por eso, que el silencio en la boca, traga como un búmeran su saliva.

© Javier Rodríguez  (L. Vinci)

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2/3/22

Texto de Leonardo Vinci

 


   Todo es lento mirá; tanto como revolver un café sin ganas. Las cosas pasan, no voy a decir que no, pasan como siempre, pero lentas;  otras ni pasan. Es como una soledad de nadie, y de todos. Como si  sobrara el tiempo, o en realidad todo lo contrario. Pero yo no sé si es que algo pasa con este barrio u otros, o con esta gente que se vuelve lenta, o es que son estos ojos míos siempre así. Me volví a enredar con la muerte, su olor anda  sigiloso por las noches, persistente, difícil de ignorar. Debe ser que no hay tiempo, y que entonces el sin sentido de los relojes vuelve a quebrarse en la ironía. Las horas que hoy parecieran querer mentir los nombres, las caricias, y los ojos ensimismados que no quieren volverse sombra como ninguno de los besos, son como una dicotomía, un dipolo o una especie de crueldad, y deberían hacer silencio, absoluto silencio de tiempo, sólo por el hecho de estar lloviendo de esta manera ahora.


© Javier Rodríguez (L. Vinci)

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3/1/22

Texto de Leonardo Vinci

 


Por esas cosas que tienen las fechas, el del súper te da un almanaque. Te lo muestra mientras lo pone en la bolsa y te cobra. Y digamos más bien que no sos un fanático de los almanaques ni mucho menos, pero sin embargo lo colgás, tiene un imán detrás. Dice “Súper Maxi Juanchi” al pie de una lustrosa estampa japonesa, en la que hay una pagoda en un día de sol, y unas ramas de cerezos en flor. Después con el tiempo, y en esto tendrá que ver que precisamente se trate de un almanaque, las esquinas de las hojitas se van doblando hacia adelante, como en las revistas de las salas de espera. Es impresionante quedarse mirándolo, a la altura de los ojos es como si fuera una pequeña ventana, o una nueva categoría de algo. No sabés si es para ir tachando los días; o si te vino como una astuta predicción del futuro, y que tengas presente fechas de cosas que tal vez nunca ocurran o no ocurran más. Empezás a fijarte en qué día cae algún cumpleaños querido, domingo por ejemplo. Y vas de atrás para adelante y al revés, mirando los meses, saltando de uno a otro; levantando cualquier hoja a donde la punta del dedo te lleve; mirás los feriados, o algún vencimiento. Y te das cuenta que todos los días tienen vencimiento, por ejemplo el anterior a ese día. Y estás ahí parado, mirando ese montón de números que se repiten siempre de una manera u otra, y lunitas en todas sus fases; y te quedás atrapado, oteando por momentos, como si realmente pensaras algo. Te vas un poco en el celeste del cielo detrás de la pagoda, y todavía se desprende el olor a la tinta. Nada de todo eso pareciera tener que ver con vos, o sí en realidad, tanto. No sabés por qué te lo dieron o para qué; no lo debe saber ni Juanchi, mucho menos él. Se pueden hacer firuletes en los márgenes, anotar un número, o intervenirlo irónicamente, lápiz en mano, mientras a tus pies ronronea el motor de la heladera y en los oídos te zumba ese otro silencio. Y entonces marcás ese día; que habrá podido ser un poco antes o un poco después o eterno, pero siempre fue ese día, y lo van a tener todos los meses de todos los años sea el almanaque que sea. Lo mirás fijo y le vas haciendo un circulito alrededor. Con el lápiz le das vueltas cargadas de amor, como un corazón o un perro que quiere echarse. Y por un momento te preguntás, casi sin querer porque en realidad no es una pregunta, cómo puede caber tanta tristeza en un sólo día.

 

© Javier Rodríguez  (L. Vinci)

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28/4/21

Texto de Leonardo Vinci

 


    La vi dormir. Cada centímetro suyo inescrupuloso, cada complejidad. La sentí dormir. Como una nube de encajes o una red, el pelo desordenado entrecortaba el pudor perfumado de su nuca, librándose a su propia fortuna las puntas finales, entre los dos trapecios desnudos de níquel  y mi respiración. Las palabras resultan oscuridades al intentar describir el acontecimiento verdadero. No hay voz ni idea que pueda mecanografiar tan rápido la mirada; las curvaturas anárquicas y  magnéticas; la belleza astronómica que vive en las coordenadas cambiantes; nunca hubo una palabra capaz, no la hay. Sentí su pecho expandirse despacio, tímido y por momentos azaroso; como una incógnita, impredecible, dedicándose cada tanto a liberar palomares; y empujando contra mis manos, aún dormidas y desde algún designio de la naturaleza, las sensuales corolas de sus senos como flores. Y corregía  inesperadamente, sin pautas y con el sigilo de algo que se ignora, la órbita de su hombro, como la de un satélite o un faro. La vi dormir. La vi no estar; preguntármelo; como si se perdiera debajo de su propia piel; hundirse, no sé, desaparecer con toda su quietud; irse quizás sin saber si era jueves o qué; abandonar el almanaque; como si se saliera de la vida un rato; como un humito que vacila  llevándose consigo la risa de su último estremecimiento. La vi no estar, casi como un sueño, mientras yo caía muerto de amor dentro de su silencio besando su espalda. La vi dormir, como existiendo a medias y bajo mi cuidado. Me pregunté, acaso, dónde estaría. Pero su mano, que no era otra mano sino la suya, no dejaba de agarrarse con  insistencia de la mía.

 

© Leonardo Vinci

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3/1/21

Texto de Leonardo Vinci

 


Este es el paisaje. Al él estaré abrazado seguramente cuando deba morir. Lo tengo conmigo, lo tendré, y lo defenderé sea lo que sea que se atreva a cruzarse, idea o silueta, humillación, indiferencia o vergüenza, o un pretendido olvido; nada, nada podrá quitármelo de entre los músculos y garganta. Cuando un abrazo cambia la vida, no es por fuerzas del azar; y puede hacerlo de forma tal, tan potente, que incluso, absurda o paradojalmente, se puede pasar de protagonista a expulsado, y no formar parte ya de ese nuevo destino. Pero aún así, el tesón del sentimiento. 

 

© Leonardo Vinci

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20/11/20

Texto de Leonardo Vinci

 


  Si su pecho extenuado se abre, y laxo te regala la corola del recuerdo, es por aquella razón tan cerrada de la tristeza, apretada como una flor que no se abrió. Y caés en la cuenta, después de hacer el amor y que las manos te queman, que el aliento que se expande salido del vórtice de su boca dormida, es nada menos que el big bang de tu tristeza. De aquella tristeza sentada en un triciclo quieto en el patio, llena de perplejo silencio e invenciones, entre las que  incluso pudo haber estado ya entonces su mano. Y si esa mano hoy, dormida sobre las flores de su  pecho, sin saberlo y como en un juego pone una ficha en el cuadradito de tu melancolía, de pronto te ves saltando en pantalones cortos con hambre de vivir. Y si al chocar con sus ojos te sentís morir un poco; y te perdés y no sabés si tendrías o no que pedirle perdón  a alguien por eso; o porque la soledad giraba entonces inexplicable frente a tu mirada; es porque esos ojos, aún cerrados de sueño, fueron capaces de abrir esa puerta. Y cuando alguien toca de esa manera la puerta, quiero decir, si tenés la suerte de que alguna vez alguien lo logre, y se te venga al oído  el rechinar de la rueda del triciclo, y si al abrirse te caés de espalda  como muerto en el piso, no es esa una declaración de amor, sino el mismo amor hecho persona. Es cuando caés en la cuenta, después de hacer el amor y que las manos te hierven, que la vida era al fin y maravillosamente, perder de esta manera.

 

© Leonardo Vinci

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19/9/20

Texto de Leonardo Vinci

 


Tus ojos; tus ojos en los míos. Cuando miro adentro del mate; cuando oigo el silencio; cuando la suerte del sueño empieza a reproducir rulos tiernos en la frazada. Cuando todo. Cuando cualquier cosa, cualquiera, incluso esas que parecieran no tener tiempo. Dos elfos chiquitos; dos firuletes en las comisuras de los labios, como claves que preceden al sonido, la música, el estruendo, se arquean en el momento en que tu boca está próxima a abrirse en dos, partirse, o deslumbrar como un espejo, en el que mirarse.

 

© Leonardo Vinci

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23/8/20

Texto de Leonardo Vinci



Desvestirte lentamente, sin que sueltes la rosa; con la más completa suavidad, y descaro. Tirar lento de cada hilo, de cada cinta sedosa o encaje que comprime apenas tu cuerpo. Deslizar los dedos, mi carne, yo mismo en cada falange corriendo entre tu piel, la más tierna trayectoria que he conocido, y la textura ajustada y erótica de la filigrana prensil. Así es como te desvisto yo, sin saber, sin haber aprendido nunca nada, hasta dejar tu alma desnuda sobre la mesa, incandescente, trémula como la llama de una vela; como una poesía pensada gota a gota en el invierno, entre manotazos de libros y vinos agrios, y almanaques que truecan óxido por níquel en tu perímetro. Perfume; sonido de roces girando en la atmósfera, aliento que se oye, palpitaciones. Y volver repetidamente a tus ojos, a cada instante a tus ojos imprescindibles; para retornar a la piel que se eriza, y otra vez volver; y así, hasta llegar al todo.

…Y doy, una de mis piedras, preciosa…o guijarro de nada, por saberte. Dos, por mirarte. Tres de esas, por tocarte. Y toda mi montaña, entera, este territorio que es lo único que tengo y nada más, por estar dentro de tu corazón; antes de hacerme yo mismo piedra, y después polvo.

© Leonardo Vinci

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3/7/20

Texto de Leonardo Vinci





 No soy más libre que esta mirada cayendo sobre el tazón de café. Ni menos oscuro o solo que ese alambre crucificado detrás del cuadro sosteniéndolo en la pared. Qué cosa es esa, con la que pretende hacernos encontrar el transcurso de unos días en su final, vividos y soportados como si fuesen años; o qué pensábamos acaso que tendrían de distinto. Y no es una cuestión de símbolos o nombres de días; o volúmenes de sustancia como pompas en el aire de varios tamaños; sino que resultan  lo mismo, sea cual sea el antojo del tiempo. Deberíamos inventar un día, debimos haberlo hecho. Uno más, sin medida, sin siquiera nombre de planeta mediante; y no para que sumen ocho en total, sino para que se abra  paso como una astilla, como una bandera agitándose encima de algún coloso vencido; como un recuerdo que deja de serlo para nacer en cada momento elegido. Un afán, una emoción igual a la que nos recorre cada vez que encontramos algo que creíamos perdido.

© Leonardo Vinci

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1/6/20

Leonardo Vinci recuerda a César Vallejo



Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

© César Vallejo






La vi dormir. Cada centímetro suyo inescrupuloso, cada complejidad. La sentí dormir. Como una nube de encajes o una red, el pelo desordenado entrecortaba el pudor perfumado de su nuca, librándose a su propia fortuna las puntas finales, entre los dos trapecios desnudos de níquel  y mi respiración. Las palabras resultan oscuridades al intentar describir el acontecimiento verdadero. No hay voz ni idea que pueda mecanografiar tan rápido la mirada; las curvaturas anárquicas y  magnéticas; la belleza astronómica que vive en las coordenadas cambiantes; nunca hubo una palabra capaz, no la hay. Sentí su pecho expandirse despacio, tímido y por momentos azaroso; como una incógnita, impredecible, dedicándose cada tanto a liberar palomares; y empujando contra mis manos, aún dormidas y desde algún designio de la naturaleza, las sensuales corolas de sus senos como flores. Y corregía  inesperadamente, sin pautas y con el sigilo de algo que se ignora, la órbita de su hombro, como la de un satélite o un faro. La vi dormir. La vi no estar; preguntármelo; como si se perdiera debajo de su propia piel; hundirse, no sé, desaparecer con toda su quietud; irse quizás sin saber si era jueves o qué; abandonar el almanaque; como si se saliera de la vida un rato; como un humito que vacila  llevándose consigo la risa de su último estremecimiento. La vi no estar, casi como un sueño, mientras yo caía muerto de amor dentro de su silencio besando su espalda. La vi dormir, como existiendo a medias y bajo mi cuidado. Me pregunté, acaso, dónde estaría. Pero su mano, que no era otra mano sino la suya, no dejaba de agarrarse con  insistencia de la mía.


© Leonardo Vinci






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10/4/20

Texto de Leonardo Vinci


  

   
 No soy más libre que esta mirada cayendo sobre el tazón de café. Ni menos oscuro o solo que ese alambre crucificado detrás del cuadro sosteniéndolo en la pared. Qué cosa es esa, con la que pretende hacernos encontrar el transcurso de unos días en su final, vividos y soportados como si fuesen años; o qué pensábamos acaso que tendrían de distinto. Y no es una cuestión de símbolos o nombres de días; o volúmenes de sustancia como pompas en el aire de varios tamaños; sino que resultan  lo mismo, sea cual sea el antojo del tiempo. Deberíamos inventar un día, debimos haberlo hecho. Uno más, sin medida, sin siquiera nombre de planeta mediante; y no para que sumen ocho en total, sino para que se abra  paso como una astilla, como una bandera agitándose encima de algún coloso vencido; como un recuerdo que deja de serlo para nacer en cada momento elegido. Un afán, una emoción igual a la que nos recorre cada vez que encontramos algo que creíamos perdido.

© Leonardo Vinci

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22/2/20

Texto de Leonardo Vinci



Mientras esté con vida

No voy a abandonar;  no te voy a dejar aunque duela cada intento  por separado que sea, o dinamita que alguien ponga en el camino. Una astilla de silencio se me clava a veces, como si fuera una torre que se me cae encima mientras espero. Los trenes paran y abren sus puertas mientras prendo fuego la mirada, y así el próximo y el otro. Sé de los odios que nos han circundado, que temibles han volteado tus ojos y los míos. Pero sabés, no hay fuerza posible mientras esté con vida, que pueda deformar tu cara cada vez que te imagino.


© Leonardo Vinci

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20/11/19

Texto de Leonardo Vinci



Si alguna vez intentaste tocar su rostro, y no cualquier rostro ni de cualquier manera sino el rostro amado, debe ser bajo la lluvia o en la penumbra callada de una almohada. Y si ella por ejemplo toca un instrumento, te hará hoyos de música en cada lugar donde apoye sus dedos; y si vos supiste de bocetos y arcillas en ideas locas de búsqueda, vas a encontrar a cada palmo la magia del volumen de su cuerpo húmedo. Pero si realmente querés tocar su rostro; y quiero decir de verdad tocarlo, tiene que ser muy cerca y con los ojos. Tiene que haber nada de distancia y observar cómo sus pestañas se dibujan sobre los pómulos. Tienen que lamerse los ojos como perros enamorados, hasta acabarse en círculos perfectos o puertas infinitas. Debe haber chocolate en los bordes de su boca como luz en la cresta de una ola. Y vas estar tocando su rostro sin sentir las manos, te vas a perder.
  Y si una tormenta, rayo o vileza te mata después, será de pie. Y no será bajo la esclavitud de la soledad. Porque aún con los hombros escarlata y el cuerpo sucio y golpeado, y en las antípodas de cualquier épica pretendida, en el puño tendrás apretado  un pañuelo cargado de amor.

© Leonardo Vinci

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16/10/19

Texto de Leonardo Vinci



Necesito una palabra. Una que rompa  la puerta y me derribe como una tromba; que en el piso me ate al estricto pronunciamiento de los círculos de tus ojos. Una palabra que la muerte aún no conozca, en la que ninguna otra quepa. Una que esté escrita con toda la tinta de tu boca, con todo el sexo sonoro de tu boca abierta, como una copa de vino hasta el borde temblando de miedo. Una palabra que me arrase como si yo fuera nada. Que me ahogue; o que me mate al fin si fuese incapaz de oírla.

© Leonardo Vinci

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31/8/18

Texto de Leonardo Vinci





Es darle una trompada al reloj a la mañana; y darse cuenta que uno acaba de despertarse en el mismo mundo de ayer. Que no hay dios posible al que te puedas asociar; todo, mientras el agua hierve; y que es lo mismo mirarse o no mirarse en el espejo, que ya sabés. Y hay que empezar a comprender; que un pájaro en una rama no es fruto y desarraigo; que la tardanza de algunas cosas no son parte de un orden superior; y que por suerte, el flan y los huevos son algo así como amantes inseparables. Un puñadito de placeres te va empujando, te somete a las teorías de la felicidad, te estira como un chicle o un pago a largo plazo, y con un cuchillo en la mano un día te amenaza contra una pared. El pensamiento tiene cosas sorprendentes. Si yo supiera cómo salir, lo haría; y si supiera cómo hacer para entrar, nunca lo hubiera hecho. Acaso el mundo del pensamiento esté rodeado de casualidades, trampas, y eufemismos de toda clase. Sos una bolita que la erosión va perfeccionando, girás con el viento al ras del agua, de la velocidad, depende no ahogarte. La tía Amelia, que vivía al borde de la locura, no supo que había hombres, o patria, o teléfonos que un día funcionarían sin cables; quizás justamente el hechizo en su mente avizoró el futuro, y por eso lloraba tanto. Supo de hambre y adiestramiento; había aprendido a fabricar sonrisas que practicaba durante la noche; acompañó casi sin querer el desarrollo de una era, como quien ve abrir sobre la mesa un atado de herramientas sin saber para qué sirven. Esperó mucho, mucho tiempo, no sé qué es lo que quería ver; hoy, después de tanto, estaría todo igual. La simpleza dominaba sus momentos lúcidos, su mundo temporal que quizás duraba años; cualquier cosa la divertía, le sacaba una de esas sonrisas que había practicado, como si un anzuelo mágico trajera desde el final de su boca un pez cosquilludo. Y no se enteró, decía que estaban todos locos, y que cómo, con el avance de la ciencia, todavía podían existir los terremotos. Pero presentía, estaba en sus ojos, en su carne nunca tocada. En su batón impoluto, y en las tortillas urgidas a cualquier hora de la noche, o sus tostadas perfectas y el café recién hecho, presentía, con el amor de su medida. Y no se enteró, no supo, que éramos amigos y hermanos, primos o compañeros de algunos muertos hijos de otro tipo de locas; una congoja que seguiría aullando a la luna aún bajo una lluvia de las mejores balas de plata. Y que una muerte no es sólo por falta de aire, que si te aprietan el cuello con las dos manos el aire pasa y no la comida; pero al que mata, tía, las manos le quedan pintadas de rojo. De qué sirve, la memoria sin la voz; el camino sin los pasos, o la esperanza sin tendón. Aún así, ha habido cosas bellas, tan bellas y recordadas como su calor.

© Leonardo Vinci

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23/6/18

Texto de Leonardo Vinci





Uno presume, o más bien profetiza, sobre la concreción de los encuentros. Esa quimera o mito de seguir con la mirada esos puntitos a los que nunca se llega; o el famoso mapa del tesoro al que le falta un pedazo. Quizás pactemos citas cada uno por su lado y con nosotros mismos. Casi me parece ver a tus ojos como dos pájaros tardíos, dos rayitas de carbón extraviadas y absortas allá, sobre el cielo anaranjado cerrándose como una puerta. No se ve una ciudad con muchas luces desde acá, desde el puente peatonal sobre las vías, como uno pudiera imaginarse; más bien sombras y algo de alumbrado enredado en las copas de los árboles. Vengo seguido últimamente. Al mirar hacia arriba todo parece en orden, lo inalcanzable siempre parece estar ordenado; pero al bajar la cabeza, las señales que caen o suben con ruido metálico y luces rojas, dibujan redes confusas entre los durmientes oscuros. Pienso en eso de los encuentros, bajo una luz benévola; un halo que te ilumine la cara de noche, que te recorte y separe de esta negrura, que te sostenga como a una pompa de jabón en el aire, como las señales. Vengo y me paro en el medio del puente a mirar; a esperar que ocurra el milagro: que coincidan ambos trenes; que justo se crucen debajo de mí; que ese espacio ínfimo y necesario que queda entre ellos los haga friccionarse con sus velocidades multiplicadas; que se empujen y succionen; y que ascienda hasta mí ese viento que trae el calor se sus corazones rugiendo, de sus máquinas vivas embistiendo cada futuro inmediato; y que todo tiemble con ese ruido ensordecedor que pone a prueba el delirio, en el que uno puede gritar lo que quiera, decirte lo que se me ocurra. Y es en esa espera, que la noche, el puente y yo, nos mezclamos; el hierro frío, el silencio, los remaches con sus cabezas redondas y hastiados; el olor que se dispara a comida y refugio; el sueño de no dejar de sentir nunca tu mano. Nos convertimos en una foto con poca luz, en una postal de sombras distinta de la ciudad que te retuvo. Y entonces todo se asemeja a un corralón abandonado, acopio, tardanza y oscuridad, mientras el mundo espera a ser construido.

© Leonardo Vinci

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23/3/18

Texto de Leonardo Vinci



Corro. Como lo hace mi propia sangre desesperada; una noria a la que el sol y las estrellas ordenan su giro y parada. Corro porque algún día burlando el rayo eléctrico de las gárgolas seremos bandera. Sé que las palabras son desorden, que los otoños han sido ingenuos y hasta serviles, y que las ventanas no han golpeado del todo convencidas sus aldabas. Pero corro. Porque a lo mejor seamos alguna vez boca y pan y beso que no se parte en la tormenta. Porque tal vez nos encontremos en alguna vuelta, perplejos ante la ira o una sortija, dándole un manotazo de insensatez al equilibrio. Y entonces quizás nos sumemos, digo, que en un salto de esperanza nos demos la mano, porque este andar multiplica el tiempo y los hallazgos, que no son peces sino botellas que trae el mar. Y corro, corro como un gato lleno de luz delante del relámpago; porque necesito cansancio después del cansancio, porque así es la oscuridad, y porque no hay remedio.

© Leonardo Vinci

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10/10/17

Texto de Leonardo Vinci




Después de la terrible tragedia de escribir, o alquimia, o como sea el nombre de este bendito o maldito acto de traspasar en reversa o no el tejido del alma, queda el único placer que nos podamos dar, el de que alguien nos lea alguna vez. Dormir intranquilo temiendo que la poesía despierte. Agitado, igual que el silencio, con todas las bocas de la noche hablando al mismo tiempo, y cuyos rostros de humo giran en el aire como elfos mordiéndose en la penumbra; plétora, y el vacío al instante siguiente. Quién puede dudar del sacrificio de un puñado de palabras, así nazcan llamándose valentía; dibujar una de ellas o escribir una bala son el mismo disparo, una entra y la otra sale, ambas provocan como los espejos la misma herida. Dormitar sin saber acaso si el tiempo transcurre; y después, te la pasás hablando solo, conjeturando a la velocidad del sonido como un cirujano al que le han llevado un paciente en pedazos. Y la realidad se mezcla con la fantasía, como el odio y el amor. Se soporta y no hay remedio, aunque se diga por ahí que cierta paz viene detrás de la verdad. Trépano perfecto que horada voluntades, jerarquías y materia. Y ahí estamos vos y yo, entre verdades y mentiras; poesía, fraude de mi vida, me hacés creer tantas cosas. Poesía, o como se te antoje llamarte, mezcla de vísceras vergonzosas y pedrada venida del músculo adamantino de la luna, cómo hago para encontrarte, abierta de brazos.


© Leonardo Vinci

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8/9/17

Texto de Leonardo Vinci





No importa la altura. La sombra depende siempre de la posición de la luz. El mediodía te convierte en una hormiga negra sobre el piso; y el atardecer te hace crecer la melancolía sobre los hombros como gente de circo, llegando hasta donde el horizonte no te deja ver. Y entonces llega la hora en que prendés fuego la almohada para llorarle a la luna, cuando la máquina que muele huesos se acerca y aumenta su volumen recorriendo alambrados. La quemás con el fuego de la mirada cerrada, así, con ese peso inusitado de cinco veces o más que a veces tiene la cabeza al hundirse. Y aunque dormido, con ese gesto de no importarte nada en la boca, como si estuvieras muerto o recién llegado, como si acabara de partirse la vida, estupefacto te preguntás dónde está la tierra. Con ese rictus de incógnito tras un rostro moderado, aún con pocas decisiones que tomar viendo las manchas lunares como si fueran aves o diablos, te preguntás dónde está la tierra; lo que hay debajo de ella, eso que hace nacer cielos caídos como infiernos. Ahí, donde está el sueño, donde los ojos de las raíces son tus ojos y brotan lágrimas después de la lluvia. Dónde están los barcos encallados, los pájaros que hacen nidos, dónde, el hueco caliente de tu vientre venido de besos y visajes en el aire. Y si es que necesarios aparecen los tuyos, tus ojos, con ese sesgo de fiereza que tienen las cosas sorpresivas como avatares del espacio, queda afilar la mirada, igual que frente a la impresión que causa un reventón de hortensias apiñadas detrás de una verja, en el preciso momento de llorarle a la luna.

© Leonardo Vinci

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