Poema de Matías Aldaz
KAWASAKI
en la misma cucharita
que a la noche usábamos
para revolver el té
de día disolvíamos
media aspirineta
en agua de bajo sodio
pero eso fue
después de salir de la clínica
en la clínica las enfermeras
partían las aspirinetas
con un cuchillo
y las metían con agua
en una jeringa
la agitaban
y la descargaban
de una sola vez
en la boca de Lorenzo
su cama de hospital
se parecía
a una pileta de natación
los monitores con cifras
y líneas luminosas
vibraban
cada cinco minutos
en esa pieza también
resplandecía Lorenzo
conectado a una vía permanente
que lo sujetaba al mundo
en el que vivía
hacía sólo tres meses
plagado de pelusas en la cabeza
y movimientos espasmódicos
fiebre alta
decaído
el paracetamol
que funciona una hora
para que luego la fiebre vuelva
y se instale en la cumbre
de nieve que no hace otra cosa
que quemar las palabras dichas con amor
de esa manera
en la pieza de la clínica
un día y otro día
y otro
por las tardes
salía a dar paseos
caminaba por maipú
quince veinte cuadras de ida
quince veinte cuadras de vuelta
me aplacaba oír
los autos
las bocinas
las voces
el límite de mi caminata
era una librería de usados
en la que sólo me paraba
a mirar la vidriera
durante un largo rato
cuando volvía a la pieza
el pitido del monitor
con cifras y líneas luminosas
me hacía marchitar el cuero
lo importante es que
él está de buen ánimo
decían las médicas
también hacía otra cosa
cuando daba ese paseo
una cuadra antes de volver a la habitación
tomaba un helado
siempre del mismo gusto
la joven que me atendía
se sonrió las dos o tres primeras veces
que se lo pedí
las veces siguientes
ya no hizo falta
sacaba el helado de su bolsillo
como si fuera un pase de magia
en aquella primera fiebre
yo estaba a cuatrocientos kilómetros
de la clínica
todo el viaje de vuelta
lo hice con el cielo
hecho una lengua oscura
ondeándose sobre el parabrisas
la calma
llegó recién
con la gamma globulina
y con una pediatra rubia
y correntina
que encontró
la vena en la ingle
y le inyectó durante cuatro horas seguidas
una gigantesca variedad de maravillas
y al poco tiempo
el sarpullido de las rodillas
y el sarpullido del pecho
y el abombamiento
de los vasos sanguíneos del corazón
desaparecieron
horas antes del alta
salí a caminar de nuevo
con la certeza
de que era el último paseo
quince veinte cuadras de ida
quince veinte cuadras de vuelta
mirar la vidriera llena de libros
durante un largo rato
y por fin llevarme uno de Molinari
donde la tarde es un pájaro
y al volver la joven
y su pase de magia
antes de irnos
le pusimos a Lorenzo la ropa
más nueva que tenía
escribimos en un papel de cielo
una nota llena de dibujos
para las enfermeras
para las médicas
y la pegamos con prolijidad
en un corcho al final del pasillo
© Matías Aldaz
Etiquetas: Matías Aldaz



1 comentarios:
ojalá que en el pasillo haya quedado todo el dolor, abrazos! susana zazzetti
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