11/7/20

Poema de Susana Cabuchi


  

La madre
nos llevó a visitar
la niña enferma.
Ella tenía
dentro de un gran libro marrón
papeles de chocolate.
Abría lentamente
una a una
las hojas
y aparecían
flores doradas
pájaros de plata
frutas
arcoíris que resplandecían.
En su silla de hierro
con una mano pálida
y un lápiz azul
alisaba
envolturas de bombones
y caramelos
tan suaves,
que al tocarlos
hacían un sonido brevísimo
como un ala de mariposa
al quebrarse.
De regreso
perseguimos luciérnagas
hasta la medianoche,
pero recordábamos,
con envidia,
los papeles brillantes de la niña.

© Susana Cabuchi

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Poema de Fernando Noy



ULTIMO FENIX 

Aún más solo que el mago 
ante la araña inmensa 
cirio de piel y hueso 
consumido en sí mismo 
para ofrendarse en rezo 
a los dioses sin templo 
al corazón sin morada 
y al espacio vacío. 

Husmeante cancerbero 
del umbral de otras vidas 
Volviendo desde si 
eternamente otro 
pero aún más acá 
que el mal o la inocencia 
como un apropia estrella 
habitada por sus ojos 
Es el poeta 


© Fernando Noy

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Poema de Viviana Ayilef




Mi corazón es un árbol que azotan los vientos
los vientos del este
vientos del oeste
mi corazón es un árbol que doblan los vientos
mi corazón es un árbol de frondoso ramaje
las ramas extendidas de mi corazón crecen de costado
las ramas tendidas de mi corazón buscan el abrazo.

Mi corazón es un árbol que va a acariciar a otro árbol.

Las ramas de ese árbol crecen, todavía, hacia arriba.
Pero la sabiduría del árbol comprende que solo se crece si anida al costado.

Mi corazón no es una flor con espinas.
Mi corazón es un árbol.

Mi corazón es un árbol
que brota.

© Viviana Ayilef

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Poema de Lisa Segovia


  

VIAJE ASTRAL

II

Un hilo de plata une la carne y el alma
y siempre regresamos. 

Salgo de mi cuerpo
para buscar el otro
la fulguración del alma
con el alma

la fricción que molienda
hasta la última semilla
del mortero

la chispa
de un cuerpo contra el otro

mientras le digo
que es mi lugar en el mundo
cerramos las alas
para volver al plano de lo finito
y encontrarnos
desdoblados
alguna otra noche
inagotable.

© Lisa Segovia

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Poema de Gustavo Borga





Cacé
al hombre sucio
de sucias manos

Lo sorprendí
en su cuarto
mientras dormía

Ahora
atado a una silla
la bestia
espera la muerte

Apunto

(detrás de mi
hay un niño)

Disparo.

© Gustavo Borga

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Poema de Ernestina Elorriaga




 Una niña gitana

Imagina
una niña         gitana
lleva una pollera de tornasol y cascabeles
su cabellera renegrida azula el cielo
imagina
la niña se ha prendido de una rama de sauce
sus manitos se aferran
toma impulso y empuja con sus piernas
las encoge y se hamaca
la niña gitana

la niña gitana no sabe
imagina
que ella ha echado al mundo a girar esta mañana

© Ernestina Elorriaga

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Poema de Daniel Rafalovich



HE SOÑADO MIL VECES... 

He soñado mil veces
con un salto en el tiempo.
He visto extraños desfiles
sobre pasarelas de cristal
en espirales ascendentes.
He tenido sueños concéntricos
(despertaba
y el sueño seguía allí).
Sueños prehistóricos
en busca de algún fuego.
Sueños medievales
tras un cáliz mitológico.
Sueños con enormes Palacios de Justicia,
entre pasillos selváticos.
También hubo casas desconocidas
en un conocido sur
(y un lago encrespado
y un altillo con libros en desorden).
Y un extraño recital poético
en una suerte de burdel
a cielo abierto.
Y presencias queridas
amor y vino
parpadeos galácticos
cuchillos maquillajes
susurros profecías reflejos
sed sexo caravanas
amenazas intangibles.
Y, claro, esa caída sin fin
(tan propia de los sueños)
que precede al momento
en que los ojos se abren al abismo.

© Daniel Rafalovich

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Poema de Claudia Vazquez



XI 

Mi cuerpo 

sumergido

   como una llave que no abre ninguna cerradura


minúsculo
          como una vieja cajita de fósforos
                                   que todavía enciende.

© Claudia Vazquez

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10/7/20

Poema de Francisco Avendaño



Hay que incendiar la poesía
y cantar luego
con las cenizas útiles.”
Jorge Boccanera

I

(el lenguaje de los restos)
Siempre es agua,
 por mucho que la luz se manche en los charcos,
la lluvia detenida bulle en renacuajos y el día
 es el brillo en las botellas rotas.

Aquí  el concepto ensucia las manos.

Flores de nylon que el viento enredó en las ramas,
pañales y forros,
envases, 
                diarios viejos.
Mientras la tierra retrocede,
 crecen los márgenes.

Mi ciudad sólo recuerda en los escombros,
a pesar de libros y templos,
no aprendimos otro modo.

Aquí todo persiste
sin palabra o sedimento.
La imagen es el poema provisorio
y el orden el lenguaje de los restos.

La ciudad se estira hasta desbordarse,
el limite es el ritmo con que crece y olvida la marea.

© Francisco Avendaño

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Poema de Sonia Rabinovich


Pero esto no era

                         ¨afuera está lloviendo en otro idioma ¨
                                       (Jorge Boccanera)

Este poema fue soñado.
Un jazmín extendía sus pétalos
y absorbía el olor a piel chamuscada.
Era Londres. Era Madrid. Era Irak. 
Era Tel Aviv. Era Buenos Aires.
El humo cubría las órbitas vendadas.
Por las avenidas , falanges sueltas
tocaban las vidrieras de Tiffany y Cartier
El planeta azul con su conciencia gris, ennegrecida.

No hay sonidos.
Celulares pegados a caras 
con bocas que se mueven.
¿Quién puede mirar tu ojo
que tiene una sola lágrima
donde se refleja el horror?
¿Cuándo fue mejor?
Había otros trenes 
que desembocaban en alambres y chimeneas,
aviones que terminaban en lago al fondo.
Perdón Mallarmé, ¿Volver a las palabras de qué tribu?
Huí, dobro, todo adjetivo mata.

La idea es el invisible
donde ajustar al hombre, su cama de Procusto,
y los hombres son azules o verdes o violetas,
tienen ramas y raíces 
y pájaros que les nacen
cuando quieren ver más lejos y volver.
Y qué hago yo aquí
soñando como Lennon sin bala
desde este margen, con un poder
que no le sirve a nadie,
desde esta palabra que nunca será esclava,
en este mundo que desde hace cincuenta años 
me perfora el cerebro.

¿Seremos lamidos por las fieras
en el bosque de la ambición?

La Gran Sacerdotisa
no atina a leer el oráculo.
No se disipan los fuegos. 
Las cenizas entraron en los ojos de los vivos.
El jazmín del sueño crece al margen
y sabe que nunca llegará al lugar del deicidio.

Pero esto no era

Si digo, Gianuzzi, solo lo que veo,
muy cerca, en un plasma a color,
una lata roja de dos pisos
con el techo abierto al cielo de la muerte
y micrófonos que buscan
seres humanos inexistentes.
Lejos, imagino y no veo.
Dicen cincuenta y cinco, dicen heridos.
Digo Primavera Otoño Invierno
otra vez primamuerte.
Una sola digo y es suficiente
Veo, veo , Gianuzzi
pero eso no es el poema.

Soluciones individuales:
Gauguin en la playa con las morenas
y su edén personal.
Picasso transformando amores 
en vaginas dentadas.
Una caja con una oreja en un prostíbulo
y un girasol en la tela.
Rimbaud en África con melena de león
Pessoa plurificcional, heteroinfeliz,
multisolitario, uninónimo y final.
Neruda abrazándose a los mascarones de proa del living
cuando Matilde se escondía detrás de la pared.

Los cuerpos se mueven adentro de cánticos de alabanza.
Otros cuerpos se mueven en canchas 
donde un nuevo hoyo es una nueva frontera.

Pero esto no era.

Era otra cosa, siempre es otra cosa.
Siempre es lo que no se ve
y es todo tan flor de cactus y arañita
que desde este margen 
te aprieto la mano
sabiendo que Bradbury, Wells y Orwell 
lo veían sin pantalla
en el margen de su imaginación.

Este poema nunca fue soñado
porque no es este.
El dolor te llama en cada idioma,
te llama por nombres que otros les pusieron.
Silencio, silencio
este margen llama a silencio.

© Sonia Rabinovich

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Poema de Diego Rodríguez Reis



Destino Cisne

Al final cantar
de todas las cosas
parece ser
lo que ser

por eso dejo que pasen las horas
buscando
esa palabra exacta
por eso no me molesta
la atonalidad
ahora

cuando rompa mi mudez
mi cuerpo desnudo brillará
y sabré
de todas las cosas
cantar al final

cantar
el final
de todas las cosas

por eso acicalo mi plumaje
despacio
y dejo que bajen
suaves los veranos

© Diego Rodríguez Reis

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Poema de Catalina Boccardo



¿una tristeza cálida
tomándote del cuello?

¿una tristeza hace brotar
orquídeas imperceptibles?

enardecidos reclamos
tus enredaderas hasta mí

© Catalina Boccardo

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Poema de Luis Raúl Calvo


                                         
 

Gauguin y Yo

Era él o yo, no había términos medios.

Por eso aquel día del cuchillo,
frente al terror de Gauguin  huyendo
despavorido de la casa
algo se rompió en mí para siempre.

Algo me llevó a dañar mis propios órganos
y como ofrenda ofrecérselos
¿a mi enemigo interior?, ¿a aquel por quién tanto
velé en esas horas, minutos y segundos de mi
vida, en la tan esperada
comunidad de los artistas?

Nunca más me pude reconstituir, padre,
como te decía, algo en mí se quebró
eternamente, y otra vez, una vez más,
desfalleciendo en la soledad de  este mugriento
  loquero, reconozco que te  he fallado.

© Luis Raúl Calvo

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Texto de Valeria Cervero





El poema se escribe a orillas del río. Cada palabra es una piedra mojada que produce sus propias ondas, sus propios recovecos.

© Valeria Cervero

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Poema de Susana Slednew


No sabía mucho de tinieblas
tuve que envolverme
en su presagio húmedo

flotar
entre las partículas del mundo

castañetear
el alma
para que el frío huyera

constelar entre la bruma

volverme un brillo apenas
que mantuviera los ojos encendidos

© Susana Slednew

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Poema de Sebastián Olaso



Me resisto a creer que llueve y nada más,
a creer que la lluvia es un rasguido en la inocencia.
Me resisto a confiar en el agua,
a bendecirme en el agua, a arrojar la maleza en la corriente.
El último grano de la expiación infinita se ha escurrido
por la secreta, ínfima,
única gotera
de este universo que jamás tuvo ventanas.

© Sebastián Olaso

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Poema de Olga Liliana Reinoso



De su libreta
se despidieron las mariposas.
El temporal había llegado
hasta ese páramo que nunca ríe.
Cenizas, retazos
un rasguño de lluvia
Una palabra que no se puede pronunciar.

© Olga Liliana Reinoso

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Poema de Noemí Correa Olivé



YO OCULTO

II

Ella.
Nació para ser negada
                              y clandestina.
Ella, la Culpa.
Culpa-Miedo-Culpa
preludio de todas las trampas
desde lejos         desde siempre
crece entre olvidos y engaños
                      disfraza niñitos
                        manipula orfandades
                          finge que deshila el asombro…
¿Quién vive ahí? La interpelo:
   ¿Qué voces ajenas enhebra tu voz?

© Noemí Correa Olivé

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Poema de Mónica Aramendi



Una hoja se despeina del verano.
Como péndulo
baila al son de la brisa hasta el reposo.
Otra, aliada del otoño,
se llueve sobre la tumba de cemento.
Quietud desplomada.
Saeta bajo el mural del cielo.
Algunas fluyen hasta el desagüe
en la mansedumbre de la entrega.
Otras, hacia pestilentes rincones espectrales.
Disímil piel del mismo trigal.
Así todo.
Mariposa gastada, semilla de la memoria.
Ínfima astilla en la hendidura del ser.
Caigo en el útero vacío
grabado en las estrellas
o en el costado apagado del sol.

© Mónica Aramendi

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8/7/20

Poema de Carlos Battilana




Nocturno

Liviano ante las ruinas de este jardín,
el aire
que atravesó ciudades y ríos
roza la superficie. ¿Qué
fatiga, qué bellísima fatiga
nos disuelve?

En esta tarde de junio
de un cielo plomizo
dejo atrás lo que viví,
y el escaso margen que queda,
el frío
es
-sabemos-
una llama blanca
que encenderá una letra, una voz y
una caligrafía
con que se pueda escribir
eso que cada uno,
a su modo,
conoce:

que las horas y los días,
que las lluvias torrenciales
son apenas
hechos pasajeros

que más allá
de sus destrozos,
los temporales pueden dotar de fuerza
a los seres
inmersos
en su estruendo

y que el olvido,
que todo lo arrasa
y todo lo ve,
no tiene fin

que, a pesar de todo,
las tempestades
pueden volverse benignas
como animales nocturnos
disolviéndose.

© Carlos Battilana

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Poema de Leonor Mauvecin





ENERO y eran  reyes falaces y sin embargo
 poníamos el pasto, el agua y los regalos
y los zapatos con toda su breve vida a cuestas.
De poco o mucho el sueño
de espera y fantasía.
Y los grillos y esa oscuridad 
con lucecitas  de luciérnagas
y el silencio
que desdibuja cosas y te hunde
en ese yo que no conozco
y sin embargo,  soy yo ahora
con tanta realidad que me traspasa
 con todo ese calor de un año que comienza
 el año y su festejo y sus anhelos,
y  luces y globos para tantos deseos
que se queman
                   en tanta poca lumbre.
En tanto fuego de artificio, como artificio
son los sueños, para tanta vida.    

© Leonor Mauvecin

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Poema de Luciana Ravazzani


  

En mi infancia una melancolía se me acercó,
me dijo que iba a soportarla mejor
cuando llegara a la adultez y tuvo razón,
en ese entonces no tenía armas,
sólo los ojos, largas horas de sueño, ciertas dependencias satisfechas a medias.
Para todo iba a ser la primera vez.
Aprendía velozmente y dolía enseguida también.
Hay quienes no se cruzan con la melancolía en la niñez,
por eso sólo se acuerdan de los descubrimientos buenos,
la melancolía se les retrasó.
Es fácil darse cuenta:
ellos sonríen de otra manera.

© Luciana Ravazzani

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Poema de Marta Elena Guzmán




INVENTARIO

Con los últimos carozos del invierno
y los ojos en el enigma de septiembre
hago para mí un inventario.
Busco el primer diente, que guardo en una caja
y dejo lugar para los recuerdos
sepultados vivos en la casa.
Un botón, una foto en sepia
la guitarra y el canto que se fue con la lluvia.

El mate con una sola pata
el reloj de la abuela, un brote de alegría.
Luego la vida furtiva y las goteras.
De ahí, las hormigas son las mismas
Igual la rosa, los jazmines, los libros
y las viejas macetas.

Las palabras son otras
y es otro el silencio.

© Marta Elena Guzmán

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Poema de Fabio Cardarelli





Ayer afeité a mi padre
fue un tajo profundo abrazado
al temblor de mis huesos
no tuvo las frutas de Arcimboldo en su cara
más bien un palomar sin habitantes
sumergí su identidad en ésa agua jabonosa
tuve la navaja la voluntad y su cuello
pero afeitar a un padre es
no escapar de uno mismo
subsistir prisionero en un contorno
como una flor terrible y ciega que congela el miedo
en ese smog de pelos flotando en la batea

confundió la roedura de los nombres
y afeitarlo no fue devolverle un favor

fue darnos lo que no tenemos

afeité a mi padre y me sentí
padre de mi padre
hijo de mi hijo
sangre olida finita despojada

lo afeité en ese hábito atroz de lo callado
porque en ese humo supimos encontrarnos
y  la vida se mide a veces
en éstas obsesiones sólidas que flotan
como la espuma de barbear sobre el agua tiesa
cuando viejas preguntas
se van cubriendo con cenizas.

© Fabio Cardarelli

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Poema de Liliana Majic





cuando los ojos de Darwin divagan
                olvida el dolor
la incomodidad de un cuerpo demorado
        pierde la noción del tiempo
                      todo es igual   y 
                                       tan nuevo
                  demasiada gente en las calles  
prefiere su curiosidad congelada    
                          entre cuatro paredes

                                         / aunque duela /

© Liliana Majic

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