28/3/26

Poema de Matías Aldaz

 


KAWASAKI

 

en la misma cucharita

que a la noche usábamos

para revolver el té

de día disolvíamos

media aspirineta

en agua de bajo sodio

 

pero eso fue

después de salir de la clínica

 

en la clínica las enfermeras

partían las aspirinetas

con un cuchillo

y las metían con agua

en una jeringa

la agitaban

y la descargaban

de una sola vez

en la boca de Lorenzo

 

su cama de hospital

se parecía

a una pileta de natación

los monitores con cifras

y líneas luminosas

vibraban

cada cinco minutos

 

en esa pieza también

resplandecía Lorenzo

conectado a una vía permanente

que lo sujetaba al mundo

en el que vivía

hacía sólo tres meses

plagado de pelusas en la cabeza

y movimientos espasmódicos

 

fiebre alta

decaído

el paracetamol

que funciona una hora

para que luego la fiebre vuelva

y se instale en la cumbre

de nieve que no hace otra cosa

que quemar las palabras dichas con amor

 

de esa manera

en la pieza de la clínica

un día y otro día

y otro

 

por las tardes

salía a dar paseos

caminaba por maipú

quince veinte cuadras de ida

quince veinte cuadras de vuelta

me aplacaba oír

los autos

las bocinas

las voces

 

el límite de mi caminata

era una librería de usados

en la que sólo me paraba

a mirar la vidriera

durante un largo rato

 

cuando volvía a la pieza

el pitido del monitor

con cifras y líneas luminosas

me hacía marchitar el cuero

 

lo importante es que

él está de buen ánimo

decían las médicas

 

también hacía otra cosa

cuando daba ese paseo

una cuadra antes de volver a la habitación

tomaba un helado

siempre del mismo gusto

 

la joven que me atendía

se sonrió las dos o tres primeras veces

que se lo pedí

las veces siguientes

ya no hizo falta

sacaba el helado de su bolsillo

como si fuera un pase de magia

 

en aquella primera fiebre

yo estaba a cuatrocientos kilómetros

de la clínica

 

todo el viaje de vuelta

lo hice con el cielo

hecho una lengua oscura

ondeándose sobre el parabrisas

 

la calma

llegó recién

con la gamma globulina

y con una pediatra rubia

y correntina

que encontró

la vena en la ingle

y le inyectó durante cuatro horas seguidas

una gigantesca variedad de maravillas

 

y al poco tiempo

el sarpullido de las rodillas

y el sarpullido del pecho

y el abombamiento

de los vasos sanguíneos del corazón

desaparecieron

 

horas antes del alta

salí a caminar de nuevo

con la certeza

de que era el último paseo

quince veinte cuadras de ida

quince veinte cuadras de vuelta

mirar la vidriera llena de libros

durante un largo rato

y por fin llevarme uno de Molinari

donde la tarde es un pájaro

y al volver la joven

y su pase de magia

 

antes de irnos

le pusimos a Lorenzo la ropa

más nueva que tenía

escribimos en un papel de cielo

una nota llena de dibujos

para las enfermeras

para las médicas

y la pegamos con prolijidad

en un corcho al final del pasillo

 

© Matías Aldaz

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1 comentarios:

Blogger Susana de Zazzetti ha dicho...

ojalá que en el pasillo haya quedado todo el dolor, abrazos! susana zazzetti

28 de marzo de 2026 a las 15:39  

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