Se me están durmiendo las manos
Se me están durmiendo las manos de tanto cruzar los dedos,
como si así todo fuera a ir mejor.
Se me están durmiendo los pulmones
de tanto soplar unas velas que nunca se apagan
ni cumplen deseos.
Se me están durmiendo las piernas de tanto correr
para llegar a una casa
donde ya nadie me espera.
Se me duerme el corazón,
agotado,
de tanto reponer sangre después de cada golpe.
La sonrisa,
y ahora parezco uno de esos muñecos con las comisuras al
revés.
Se me cierran los párpados porque no quiero darme cuenta,
no quiero ver que de nuevo no he llegado a tiempo.
Me estoy durmiendo,
y lo que es peor,
ni aún así consigo soñar
ni que empiece a las horas un día nuevo.
© Loreto Sesma
Limones
Entro peinado impecable a la escena
de los papás jóvenes
peleando.
Dicen en algunos colegios
que lo mejor que pueden hacer
las personas
es rezar
así que me dispongo
de rodillas junto a la cama
a invocar la voluntad
divina
y cuando no encuentro respuesta
yo –que tampoco he comprendido
aún
los sagrados emblemas
ni el reglamento establecido
del amor
me levanto voy
a despertar a mi abuela
y salimos al patio
a recoger limones verdes
que madurarán
en la cocina.
© Maximiliano Díaz Troncoso
Etiquetas: Ana Romano