Texto de María Soledad Gutierrez Eguía
CONSIGNA
No entendí ningún lienzo que cubriese la
herida. Ya sea en las arenas donde crece el mundo desde abajo; ya en el regreso
de eso que alguna vez llamé memoria. El invierno me miraba cegante.
Si dudé es porque alguien olvidó nombrarme.
Si dudé es porque aún con el cuerpo frío
nadie me advirtió el abismo.
Entonces la repetida mañana como un
fantasma ascendiendo colmó la oquedad del aire.
¿Me excedí en el intento? Esperar que
suceda un horizonte sin luz, de tan lejos, sin luz. Donde no llegan mis ojos.
Entonces déjenme ir. Todo lo que un día me mostraron claro y dulce, se
distancia de mí.
¿Dónde hallarme si esparcida me desgaja aún
la sonrisa de la vida?
¿Dónde sé sentir quietamente que no es aquí?
Me acerco a la voz de la mujer de rostro
humilde y plácido, la diviso de lejos y no logro alcanzarla; de tan lejos, sin
luz.
Imperceptible el cuerpo blando y la
respiración acompasada del mar.
Me vacilan las manos. Las tengo atadas.
Quise llamarla y no sabía cómo.
Que me diga. Solo la sigo, desde largos
años.
Y nuevos campos brumosos y nuevas calles
desiertas respirando.
Si dudé fue porque el silencio me
pertenecía.
Ella sabe; ella me sabe. Al borde de la
calma, en medio de la oscuridad, me divisa arrodillada vacilando. Ella esperó
que gritara. Mis labios mudos. El cuerpo dolorido, más intenso el miedo;
escondo el rostro en las manos.
La criatura infantil se desvanece, sus ojos
cansados de anciana; tantas veces me abrazaron.
¡La habitación vacía! Me estalla el cuerpo
de perplejidad.
La verdad, hasta no ser toda, es murmullo,
y toda, es mi silencio. He estado diciéndome en silencio. Lo bueno no se
domestica. Me obligué a explicar mi silencio sabiendo que no debía.
¿Cuántos silencios han perdido la memoria y
hoy no recuerdan su razón? Ni ante mis ojos el silencio total. ¿Aún así la
verdad me sabe?
Nunca tuve un nombre. Se cumple en mí el
vacío, de allí la mudez.
¿Quién habla en mí cuando recuesto mi
costado y cierro los ojos?
La telaraña se agiganta y anuda mi sombra. ¡Basta de espaldas a las
voces, al tembladeral!
Animal respirando, cumplo mi papel.
Y en mis sueños algo húmedo, algo oscuro.
No poder serme.
¿Me habita el huésped o soy yo?
“Alguien te sembró en el viento, entonces
hubo la rampa y el vértigo del aire”. Rehén de tu nombre juegas a no estar, en
tanto, la pausa y el pacto. Inhalo y exhalo, como las bestias invisibles. Ojos
contráctiles, carcajadas; hiena fanática consumida en esponja, tegumento o
máscara.
¡Y la consigna de olvidar, y la evidencia,
¿evidencia? del posible paraíso en el olvido!
© María Soledad
Gutierrez Eguía
Etiquetas: María Soledad Gutierrez Eguía
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1 comentarios:
Querido Gustavo, ¡gracias!
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