17/6/26

Poema de Ana Gervasio

 


La gracia de una mañana cualquiera 

 

hoy mientras me vestía

con mi ropa de trabajo

pensaba qué lindo

fue vestirse de poeta

por tres días.

 

cuando sentí la blusa rozando mi cuerpo

y caminé con ese otro andar

que impone el trabajo cotidiano

sentí, también, cierta felicidad

 de ser obrera.

 

agradecí por el pan.

aquel que compartí entre versos

y noches con aroma a cedrón

y este otro que la vida

me permite ganarme cada día.

 

es un prodigio la palabra,

la intención de escuchar,

el derecho a decir.

así también la gracia que concede

una mañana cualquiera

o la fortaleza que otorgan

los dolores antiguos.

 

hoy, en este país desolado y sin memoria,

usurpado por ruines y cobardes,

abracé a un niño que buscaba

la salvación en la basura

con la inocencia de quien

no conoce su condena.

 

tuve ganas de llorar a gritos

y vergüenza de haberme vestido

de poeta por tres días.

 

escribo, ahora, con mi ropa de obrera

y un corazón a la luz y a la sombra de la poesía.

escribo como si lo hiciera por primera vez.

 

© Ana Gervasio

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4/3/26

Poema de Ana Gervasio

 

prodigio

 

son frágiles, apenas visibles criaturas

las que asoman en tus ojos

las noches del miedo.

atraviesan el cuerpo violentado,

el terrible silencio de tu boca

 

¿qué pájaro anidó en tu frente?

¿quién llora, todavía, como un náufrago

aferrado a tu pubis?

 

no era así como se nacía al amor

no era borrando el nombre de tu espalda.

si lo escribieras, ahora,

un dulce animal devoraría tu rostro.

 

¿de qué perdido fulgor volviste?

 

era un osario aquel paisaje helado,

el recuerdo de unos huesos queridos.

 

no era una puerta abierta

la que sostenía el prodigio de la vida.

eras vos, tu asombro atiborrado de jardines,

tu deseo, capaz de encender la eternidad.

 

© Ana Gervasio

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16/12/25

Poema de Ana Gervasio

 

extravío

 

¿quién te tatuó la cicatriz en el costado?

qué animal desconocido emergió de la espesura

esa noche, tantas noches,

para herirte hasta el desgarro.

 

aquí estás como una ofrenda a los lobos

temblando detrás de una puerta que jamás se abrió.

niña agazapada en el derrumbe

esperando la caricia de un espectro.

 

era breve el engranaje, hubieras llegado

sin embargo, arrastrabas el lodo de otro tiempo

y en tu garganta agonizaba una palabra,

aquella que murió de pena después de la celada.

la única palabra capaz de salvarte.

 

© Ana Gervasio

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6/11/25

Poema de Ana Gervasio

 


cartas de mi padre

 

en esta letra ligera y trémula

mi padre es ahora un hombre errante.

 

fue su mano, la misma que temblaba

entre mis manos como un pájaro,

la que escribió este incierto amor

esta dulce deriva,

este dolor que presintió, quizás,

su ausencia prematura.

 

la palidez de estos papeles

semeja la sombra de su cuerpo,

el resplandor de la arboleda

sofocando el aullido de su corazón.

 

detrás de estas palabras

apenas legibles, apenas humanas,

las huellas invisibles de mi padre

[su desesperanza, su obstinado fervor]

refutan la certeza de su tumba.

 

© Ana Gervasio

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10/10/25

Poema de Ana Gervasio

 


el cielo de cristal

 

es otro atardecer,

no brilla en la ventana

el rito del paisaje clandestino,

ni el aire envuelve mi cintura enamorada.

ahí afuera

las luces de colores profanan golondrinas,

aquí adentro intento el amparo de esta casa.

 

pero hay un carnaval agazapado,

una farsa que juega a entregar el corazón

que remonta hasta el infierno el querido fulgor

y deja adornos de hojalata

al costado de una lámpara.

parece que es lo mismo. todo da igual.

 

yo sigo en este lugar del espejismo

aquel prado donde "la luz se hacía visible"

sigo atrapada en este cielo de cristal

que estalla en esquirlas de indolencia

sin embargo, creo a veces,

que haber tenido el corazón a la intemperie

salvando flores del naufragio,

pintando amaneceres en las emboscadas,

arrebatando llaves a los calabozos,

tiene que haber dejado un leve resplandor,

un beso en la memoria

que no sofoque el carnaval,

que no se extinga

en la comparsa de máscaras del mundo.

 

nada importa. lo sé. todo es lo mismo.

porque hay un olvido que desgarra lo sublime,

que asesina impiadoso

el perfume del bosque.

–y entiendo que a veces el paisaje cambia–

pero no entiendo el paisaje devastado.

 

yo abrazo aquel olvido

en el que el fuego deja de alumbrar:

crujen las ramas y el viento ahoga la hojarasca

pero hay cenizas, como ráfagas,

que avivan el recuerdo

y encienden las estrellas si lo nombro.

 

por eso pido, por favor,

que un pájaro me eleve hasta su antiguo cielo,

(aquel que no sangra en el cuerpo cuando estalla)

y me deje allí, dormida,

en el lugar más sereno de su alma.

 

© Ana Gervasio

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9/11/24

Poema de Ana Gervasio

 


NOTACIONES PARA “UNA NIÑA ALTA”

 

en el retrato una niña de ojos negros,

vestida con papel de celofán

intenta un mohín en la quietud.

 

mi madre es esa niña, ahora,

la que yo era,

sosteniendo la pena a la intemperie.

 

es “una niña alta”.

una huérfana

que acuna un nombre

en la falda de su madre ausente.

 

© Ana Gervasio

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16/10/24

Poema de Ana Gervasio

 

 

INVIERNO DE 2017

 

en la calle un policía golpea a las obreras

que lloran en la puerta de una fábrica cerrada,

un hombre sin trabajo deambula en las esquinas,

un tipo apuñala a una mujer.

 

hay  un desaparecido más entre los desaparecidos

un gendarme le arrancó el corazón a dentelladas:

Santiago grita su nombre en las paredes.

hay otro anciano apilado en la sala común de un hospital,

un  niño  desnudo en un baldío,

Milagro  en la intemperie de una celda.

 

en la calle muere de frío un compañero.

una ronda de inútiles lo circunda

y el país se prende fuego.

una  pérdida constante, una herida que sangra.

una brutal crónica del desamparo.

 

ya nadie grita. nadie habla.

 

aquí adentro  sólo una voz pequeña:

la voz de mi madre, en el teléfono,

que intenta otra palabra,

quizás la última –pienso cuando calla-,

que me dice “te quiero”, ahora,

por tantas otras noches

en las que dolía aquella niña desvalida.

 

en la calle una hoguera devora la esperanza,

desaparece en la fila de un comedor comunitario.

aquí adentro,  en esta quietud que sostiene el techo,

la voz de mi madre hace temblar las cosas.

 

© Ana Gervasio


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31/8/24

Poema de Ana Gervasio

  


ORACIÓN


mi madre me pidió que llevara flores a la tumba de mi padre.

le dije que sí pero pasé por el jardín y no las corté.

ya demasiado sangraba nuestra herida,

no quise lastimar la belleza que brotaba en el derrumbe.

dije que sí, llevo las flores. pero no.

 

en cambio llevaba la melancolía inmensa

 de esa hora en que los grillos comienzan a cantar.

 llevaba, también, la desesperación. la noche aterradora.

el camino era áspero pero las hojas de los árboles brillaban.

 

en lugar de flores llevaba en mis manos una casa,

la resonancia de unas voces que ahora desconozco,

cuerpos rebosantes de amor. equilibristas azarosos.

la inocencia desmedida. paisajes que se deshacían como frutas.

 

 en lugar de flores, el corazón de mi madre latía entre mis dedos.

 

 miradas de pequeñas criaturas asomaban en la hierba,

 limpié la maleza que cubría la tumba de mi padre.

 dejé sobre ella las flores que no eran.

 

un viento suave las encendió. los grillos cantaban.

 

[¿de qué color eran las flores que llevaste?

eran blancas, mamá. parecían de nácar y fulguraban]

 

© Ana Gervasio

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24/6/24

Poema de Ana Gervasio

 

 

CREDO

 

no creo en nada

salvo en el corazón de mi padre

que fue lo único de su cuerpo

capaz de convertirse en pájaro

y escapar de la tumba.

 

ya no creo en lo alguna vez creí

hay una herida abierta

por donde sangra la inocencia.

de vez en cuando cicatriza

hasta que la desgarra

un nuevo desconcierto.

 

no creo en nada.

salvo en una plaza que ruge la injusticia

en el abrazo de las compañeras y los compañeros

en las niñas y los niños que cantan victoria

 

no creo en nada más.

a veces mi credo  es un rosario de gestos.

jamás tuve la devoción de mi madre

aunque ella me enseñó a rezar.

rezo lo que creo.  en la ternura creo.

en la bondad. en las palabras que no mueren

en el fuego que arde en la rebelión de un pueblo.

 

ya no creo en nada. o en casi nada

salvo en la memoria que crece en el amparo

en el coraje detrás de una trinchera.

en el paisaje que  parece esfumarse de dolor

pero resiste  en un soplo de aire puro.

 

creo en las manos de mi hermana

que siembran la semilla del jazmín

en una tierra estéril

que niega los frutos, los ahoga  por siglos

hasta que un día el jazmín florece

prodigio que  perfuma la casa,

la sombra del ausente,

el mundo.

 

© Ana Gervasio

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26/6/23

Ana Gervasio comparte a Pérez Corcho/Cambra/De Marco Montes

 


DESPERTAR 

 

Esta mañana comienzas a doler,

el sol es un susto derramado

que pesa aún sobre los párpados

y las preguntas resbalan

sobre la pared de ausencia

donde apenas despiertas;

no regresas del todo,

algo de ti se queda en la noche

y en vano escrutas

tu viejo cuaderno de bitácora;

hay cicatrices más hondas

que aún no se traducen,

lo sabes,

no intentas entender,

como no entiendes el rencor domesticado

que adviertes en los ojos de tu gata,

es más agreste el discurso,

pero también más simple,

como las aromadas torres de humo

que levanta el romerillo en la cocina,

todo tan simple

como creerse ala en los andamios,

como borrar la soledad en un papel,

como apostar la esperanza en un orgasmo,

esta mañana vences

la ambigua emoción del laberinto,

el engañoso tedio de los campanarios,

la maquillada violencia del otoño,

esta mañana asistes a la venganza del reloj,

eres un péndulo dislocado en el abismo,

un sol envenenado de geranios,

un aprendiz alucinando en la certeza.

 

Esta mañana es acaso el capricho de tu fe,

la cara inocente de tu astucia,

tu única verdad. 

 

Minerva Pérez Corcho 

 



DIATRIBA PARA ALEJANDRA

 

ahora lo entiendo criatura de alcanfor.

habrías muerto cualquier otro septiembre

en el envés de un poema sin hilaridad

que como un tango asestaría un golpe

bajo a tu cuesco de braza estática.

 

sobre el pizarrón la noche dibujó el pájaro oscuro

 que graznaría el fin de tu calendario y ya no lograste

reconfigurar tu piedra de locura

no soportaste mirarte al espejo no supiste qué hacer

con ese miedo al miedo que te aventaba al vacío.

 

la noche se astilló de estrellas

y no querías dormir con tus fantasmas

y te aterró la promesa de los insomnios

y te estremeció el recuerdo

de las negras mañanas de sol cuan¬do eras niña.

por eso sacrificaste cada letra de cada verbo tuyo

como lo haría una muchacha que halla la máscara del infinito

 para no conformarse con la sola idea

de ser una rota marioneta que sonríe triste

bajo un paraguas celeste.

ahora lo entiendo criatura de alcanfor.

solo ahora lo entiendo.

 

Hubert Gil Cambra  

 


DIAGRAMA DE FLUJO

 

Hay un maniquí de mujer en la vereda.

Está parado. Apoyado en la pared.

Lo pusieron ahí para que alguien se lo lleve.

Yo me lo quiero llevar

 

Pero,

quizás es un heraldo.

 

Le falta el brazo izquierdo.

En su lugar hay un agujero

como si le hubieran arrancado algo.

Si adentro hicieron nido los bichos, no sé.

Puedo tirarme de cabeza

y entrar a su cuerpo por ese lugar

y ver que hay adentro.

Quizás haya una pileta de agua azul,

con mil cuises flotando.

 

También puedo sentarme al lado y esperar

que alguien quiera besar

el querido tarlatán del que está hecho. 

 

María Fernanda De Marco Montes

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5/2/23

Poema de Ana Gervasio

 


COMO RUBÍES

 

¿de qué estás hecha?

gritaba el saltimbanqui, a punto de caerse,

mientras daba saltos a la orilla del mundo.

soy mitad luciérnaga, mitad semilla;

le respondía roja de vergüenza.

 

¿por qué tintinea tu voz?

preguntaba la equilibrista, sobre la cuerda floja.

porque cuando hablo canta el río

y fulguran, como rubíes, las flores en la pradera;

susurraba abrazada a mi pequeño espejo.

 

¿de qué color son tus ojos?

preguntaba el titiritero, detrás de sus títeres de nácar,

son del color del médano y del viento,

le contestaba arreglándome el moño del vestido nuevo.

 

¿por qué brillan tus manos?

preguntaba el arlequín desde la tarima del circo.

porque mi padre me regala anillos

con engarces de estrellas, trataba de decirle,

entre la risa burlona de los niños.

 

¿quién eres?

me interpelaba un extranjero desde la pantalla del cine

¡soy un pájaro!, murmuraba, segura, en el silencio;

un pájaro que anida en un capullo de azúcar

oculto en la arboleda.

 

 

por entonces, yo sabía quién era.

tenía la certeza del néctar,

sin temer a las trampas,

ni a las fullerías de los cazadores,

 era como las mariposas,

que liban pétalos y acarician ángeles,

sin importarles que la eternidad

cabe, apenas, en un día.

 

© Ana Gervasio

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20/1/23

Poema de Ana Gervasio

 


 

LA NIÑA NÓMADE

 

era una niña nómade de voz chiquita.

un país de verdor insumiso.

aquel esplendor que ya no verá.

detrás de la reja, no la roza el viento.

¿quién le devoró el corazón?

 

¿quién la encerró? era una niña nómade.

el mundo giraba en un cardo.

los médanos temblaban

bajo sus pies desnudos.

 

¿fue el azar? ¿una criatura del bosque?

¿la escarcha de la madrugada?

 detrás de la reja no la acuna el río.

¿quién le quitó el fulgor del relámpago?

 

¿fue una palabra? ¿acaso el silencio?

¿quién le quitó la luz a pleno sol?

 

¿fue un puñado de pájaros? ¿un torbellino de pétalos?

 

era una niña nómade.

una insurrección de estrellas.

detrás de la reja, no la alcanza el perfume del trébol.

detrás de la reja, la mirada se alarga. se alarga.

 

© Ana Gervasio

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17/12/22

Poema de Ana Gervasio

  


COMO UN RÍO

 

mi padre se conmovía con las cosas simples:

un pájaro construyendo el nido,

la sombra que nos albergaba en enero,

los dibujos estelares

o un tren que estremecía la llanura.

 

simplezas como el fervor de una hormiga

en su cotidiano trajinar con una carga

que doblaba el tamaño de su cuerpo.

 

[vaya a saber lo que pensaba

cuando miraba una hilera de hormigas

mientras se hacía chiquito arrimándose a mi corazón]

 

a veces siento que no supe nada de aquel hombre

al que le gustaba oír la lluvia

mientras reparaba las horas en su taller de relojero.

 

[sé que de él heredé

las ganas de cantar por las mañana,

la fascinación por los espejos

y ese andar cansino del atardecer.

quizás, también, esta manía

de detenerme en lo sencillo de la vida]

 

¿qué secreto lo abarcaba en su empeño

 por recomponer el tiempo?

¿cuál sería su desasosiego?

 

¿por qué el fuego que encendían sus ojos

en cada flor que moría a cielo abierto,

sus largos silencios anticipando

una ausencia a corto plazo,

su voz relatando un mundo desmedido?

 

este triste domingo muriendo en la ventana

descorre –apenas– el velo del misterio:

en la dulce tibieza de sus manos

crecía una herida abierta

que viajaba, incansable, como un río,

hasta su pecho.

 

© Ana Gervasio

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18/11/22

Poema de Ana Gervasio

  


APENAS EL FULGOR

 

mientras mi madre apoya las manos en su falda

afuera arde el cielo de luces amarillas

y en su pequeña habitación

atiborrada de adornos inservibles

el fuego de la estufa amenaza

 con abrasar su corazón

 

en el ropero, quietos,

sus antiguos vestidos del amor

resisten el mudo desamparo

como una rama azotada por el viento

 

[la miro mientras habla

y me acuerdo de su último cumpleaños:

se reía como una niña

porque la velita que soplaba

volvía a encenderse una y otra vez]

 

las manos en su falda se vuelven

un largo camino transparente

una espiral por donde mis pequeños pasos

regresaban con el pan de la mañana

mientras ella esperaba en la esquina

como un faro, destino de la travesía.

 

© Ana Gervasio

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8/10/22

Poema de Ana Gervasio

 


ACUARELA

 

la tarde rasguña el desamparo en la avenida,

silban las balas en las emboscadas,

en los balcones prospera una acuarela de sombras.

 

mientras el cielo estalla en gestos de abandono,

un perro vagabundo celebra mi caricia

en su mirada triste.

parece un ángel, el corazón del mundo

en la calle de aquel país perdido

donde mis ojos alcanzaban pájaros.

 

© Ana Gervasio

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3/9/22

Poema de Ana Gervasio

 


 

PERFUME

 

de niña robaba flores de las tumbas:

esperaba la distracción de mi padre

y escondía debajo del vestido

una magnolia de plástico tornasolado,

un ramito tieso de no me olvides

o aquellos azahares refulgentes de viento

 que encendían el dulce regocijo clandestino.

 

el camino de regreso a casa

era un jardín de florcitas silvestres,

un perfume de sol, una hermosura

resistiendo la intemperie a pura vida.

 

[aquella furtiva eternidad

me estremecía mientras un cortejo de pájaros

rodeaba mi vestido mortaja]

 

© Ana Gervasio

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1/8/22

Poema de Ana Gervasio

  


QUÉ TERNURA, SUS MANOS

 

algo de aquella tarde

cuelga en la ropa de los placares

 

un eco mínimo se aferra al desconcierto

de esas pequeñas flores recién cortadas

y grita, silencioso, en la sombra

que astilla los tarritos de especias, en la alacena.

algo no se fue del todo. algo quedó.

algo renace en las persianas.

en el óxido persistente de los estantes.

 

(qué pena su mirada lastimando diciembre,

 qué ternura, sus manos.

su gesto de pedir perdón.

su tez de pájaro quebrándose en el viento)

 

en la mancha del espejo,

en las cerezas muertas del mantel,

 todavía gime, acurrucado,

aquel rumor a nido rompiéndose en el aire.

 

© Ana Gervasio

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