14/7/23

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


Desde otra orilla


Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía

que te allega, a la orilla lejana de la muerte.

Diana Bellessi, He construido otro jardín

 

Desde otra orilla se percibe,

o al menos parece, eso que

algunos llaman halo de plenitud.

La otra orilla no es África

ni la India, es por aquí nomás,

otra tierra adonde la balsa llega

a través de un río ancho

al rescate de las víctimas

de una guerra de espejismos.

 

Desde otra orilla se intenta el olvido,

separarse de toda sensación de

impotencia, dejando a sus espaldas

la tierra profunda llena de promesas,

pasturas renacientes, horizontes inacabados,

ciudades verticales a los saltos de noticias.

 

¿Por qué retirarse como quien

huye de un destino fatal?

¿acaso la distancia es una fórmula

que evita la corrosión del carácter?

 

Desde otro ángulo, la escena

es evocación de un plan ambicioso,

teorías de genios empapelados

lucha contra gigantes de hule,

por encontrarse en tierra ajena,

para que otras caras les devuelvan

en pocos instantes una parte de sí mismos.

 

Desde allá tienen presente, algo se filtra,

a pesar de sus cuestiones cartesianas,

aquí la calle nos agrupa, nos mantiene

entusiastas, con la premisa repetida

que nadie abandone el círculo de fuego

que nadie viva con el néctar apagado.

 

Aquí y allá, entre dos tierras

Desde otra orilla, sin recuperarse, extrañados,

confiando en la distancia, en otra gente para

ser parte de algo. Se asombran

de los que seguimos bajo las farolas

logramos que el miedo se aleje un poco,

eso los deja sin decires, sin escapatoria

ante la imponencia de la vuelta,

 

se hace evidente, en cada cruce

los que se fueron bajan la mirada,

suben a la balsa, cruzan el charco

e inician el regreso a casa.

Se convencen apenas respiran

el aire sin perfume de los peligros

habituales. Se convencen cuando

pisan el jardín espinado de siempre,

reconocen las pérdidas como defensa

contra la muerte a causa del olvido. 

 

© Fernando Gabriel Caniza

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10/6/23

Fernando Gabriel Caniza comparte a Iribarne/Venturino/Waisman

 


I.

 

A las hojitas del sauce llorón,

que llegan a mojarse con el agua del río

porque el viento las hunde y las eleva 

cuando quiere, les pregunto:

 

¿Cómo es soportar todo el peso de la gota 

y aun así bailar en el vacío,

darme un momento de gracia 

en el que olvido 

y siento la savia animar 

mis tiernos filamentos?

 

Celia Iribarne

 


En Jatinga,

un pequeño pueblo peninsular de la India,

las aves se congregan en escuadrones de alas

para dejar la vida

Sucede año tras año, desde hace cientos,

luego que el monzón arrecia,

y se va con sus lluvias,

en septiembre, o en octubre…

Luego que el sol se pone,

y las noches son oscuras y sin luna,

bandadas de pájaros se dan cita en el cielo

Y se revuelven en oleadas de mareas de picos y alas:

 nadie puede detener el suicidio,

el frenético ritmo de muerte que llevan en sus cuerpos

Sólo sucede allí,

en la pequeña península de mil quinientos metros

Y las aves, que vuelan hacia la luz,

se abandonan a esa suerte

las noches en que no hay luna

Casi casi,

como el hombre o la mujer,

que aun sabiendo que se va a estrellar

en busca de la luz, del amor, de cualquier magia,

no detiene el vuelo. No.

 No lo detiene

No deja de buscar el Sol

No ignora las lunas nuevas en que busca a tientas

el lomo de los árboles

Hay que tener coraje, pienso:

por osado o por cobarde

¿Cual será el reloj que mide el pecho

para replegarse o atreverse?

 

Mercedes Venturino 

 


Mares

 

El mar es como es

-dijiste-

y largas cabelleras de sal

inundaron umbrales, campos de trigo,

estepas.

 

Nada es demasiado

-dijiste-

cuando hablamos del mar.  

Todo lo abarca,

lo revuelve,

y cuando por fin se aquieta,

se muestra exhausto

como vos,

que no hacés otra cosa que

mirarlo.

 

Alicia Waisman

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17/5/23

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


A nadie sorprende

un perro ileso

caído de un balcón

Chopin interpretado

por gatos siameses

con un piano de juguete

miles de cosas pasan

al mismo tiempo

nadie se satura

de indolencia nada

a nadie le importa

el olvido nunca

conviene

dejarse llevar

por habladurías.

 

A nadie nada

importa si los gatos

son un simulacro

o si el perro se disuelve

como un meteorito

al estrellarse contra el piso.

Nadie se sorprende

por el tiempo de arena

nadie se satura nunca

de habladurías a nadie

conviene

dejarse llevar

el olvido de nada

a nadie le importa.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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20/3/23

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


 

Travesía mental

 

Quien anda sin rumbo

tarda mucho en comprender

cabeza-piernas desfasadas.

Primero izquierda, luego derecha,

una temporada de falocentrismo

y después a empezar de nuevo.

Van y vienen sin criterio aparente

plenos de coartadas, rebusques de ocasión.

Antes vagaban por Independencia

con el pecho inflado pero

decidieron girar a la izquierda

en avenida 9 de Julio

para terminar en Estados Unidos.

Allí se pierden sus pasos

en el magma de la indiferencia.

Verdadero misterio es saber lo que irradia

un mar de cabezas en sincronía

pues si acaso pudiera ocultarse en

El lado oscuro de la luna.

Quienes andan sin rumbo

dicen que pensar demasiado

sustrae la acción al cuerpo

pero no podría decir sin pensar

sería terrible no hacer preguntas.

Dicen en el diario que

si no hubiera cuestionamientos

las personas serían

noventa y dos por ciento más felices.

Y en las encuestas se demostraría que,

si se acataran las normas, al consenso

se podría llegar con facilidad.

Aun así, aunque luzcan

muy probadas, las estadísticas

nunca resultan confiables.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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8/2/23

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


Transformación del metal

 

No está muerto quien pelea, pero

hay peleas que se hacen cuesta arriba.

Cuando el viento amaina hurgamos

en lo que no se lleva, pájaros desfilando

con alas escoriadas, nos elevan sin

truenos hasta la gran potencia, entonces

distinguimos marcas en la mano, y con

un dedo seguimos sus recorridos

hasta el encuentro de heridas,

vulneraciones y desgarros.

 

Cuando éramos chicos las hojas de acero

tatuaban condenas sobre las espaldas,

un castigo filoso que arremetía contra

lo diferente,  ya sea el desajuste de las reglas

o una cosecha de luna sin precio,

 

y cuando el estigma no era suficiente

y se hacía duro llevarlo a su grado más alto

el alma se examinaba como recurso

con un barrido por el sendero más valorado,

porque allí también se dejaba una llamativa

marca indeleble. Alma sabia, alma mater

decíamos en voz bajita, a escondidas, en tanto

justicia poética sin represalia evidente.

 

Cuando éramos chicos las emociones

se presentaban desintegradoras, compulsiva

sabiduría callejera arrancada a base de

dolorosas afrentas, puñales infames,

matones apiñados, cuasi puñeteros.

 

De lo que fuimos algo queda en el reverso,

lomas y escondidas donde aprendimos

a eludir mascaradas, a movernos en silencio,

con el factor sorpresa como ventaja,

en refugios improvisados, con técnicas de

supervivencia entre agobio y suspiro.

Meros artilugios  en circunstancias

desfavorables, raciones para temporada de

penurias. En estos días, de tinta disecada,

de sueños sin aura, se vuelve apremiante

 

alejarse del hierro transformado en una

maza fogoliente, hierro que impacta

su peso en la misma misión. El mismo

sistema replicado hasta el desencanto,

apunta con insistencia,  pega con mucha

dureza contra el grito encendido

porque las ideas de unos cuantos

se asimilan con muerte o encierro

porque esos cuantos prefieren

un pasaje del futuro al pasado.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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21/1/23

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


 

Ciega la fe

 

Si no fuera por la poesía

no nos salvaría ni Tarzán

si tuviéramos fe ciega en la

trascendencia y en la contemplación

seríamos místicos.          

Si proclamásemos con absoluta seguridad

el predominio de los objetos sobre

la conciencia y el pensamiento

seríamos materialistas.

Inconducente mientras

no supiéramos antes qué

son materia y velocidad,

entre varias cuestiones.

 

Ella y vos, más nosotros

movemos el péndulo sin

discreción alguna.

 

Si intentáramos disolver

las contradicciones

sería un delirio demasiado

siniestro en esta época.

Por momentos atrae la inmanencia,

concentrarnos en nosotros y

en la naturaleza, para ensayar

respuestas a muchas dudas.

Dudas despreciables para

quienes sostienen que es

pura jactancia de intelectuales.

 

Volvamos a nuestras elucubraciones.

Yo con mis vaivenes continuos

Y vos con el destino a cuestas

Y todos con el ceño fruncido

manos arrugadas por escarbar

en promesas de esos

que tienen ciega la fe.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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16/12/22

Poema de Fernando Gabriel Caniza

  



Así estamos

 

Así son las cosas, tira el jefe con pena

ensayada, una mordida en sus labios

y leve inclinación craneana, como

quien se entrega a la providencia, revela 

poco de sus intenciones y redobla la apuesta:

qué se le va hacer, las cosas son así

              

ejecuta el dogma con ademanes de piedra

impulsa a que recibamos los golpes

rechinados al aguante como única salida

en la eterna espera de lo que nunca pasa.

                             

En determinados momentos  afrontamos

un derrumbe que no ha existido, se recortan

los proyectos con reservas apocantes y

en algunos meses se repite en cada casa:

cuando no hay remedio no se cura, aunque

si fuera factible un santo remedio, seguramente

no estaría al alcance de manos laboriosas.

              

No ayuda la mansedumbre, pasarse al bando de ganadores

no, tampoco ser el primero de la lista en el reparto de migajas,

o ganarse una muda de ropa en el Ejército de Salvación.

 

Si no lo piensan mucho andan de rodillas

hacia la fuente de los milagros, una burbuja que

separa las causas de su entorno, un alivio de las

presiones, porque nadie recuerda a los mártires

de Chicago en vacaciones o un sábado por la noche

 

lo que es así, es así nomás, dice el talabartero

con tono convincente, ¿para qué vamos a mentir?

¿quién te va dar una mano si te puede quitar las dos?

 

Así estamos, si no alcanza es lo de menos

nadie se anima a otra cosa. Cada uno

con cada cual. Cada uno tiene lo que merece.

Cada  cual hace lo que quiere

en esta zona de oportunidades.

 

¿Por qué preocuparse? eso es para problema,

se escucha el bufido de un asimilado.

Quédense bajo la sombra así no se derriten

no se muevan mucho, así no les falta refresco

quietos ahí, eh! indiferentes, sin prisa y sin pausa.

Dios sabe lo que son necesidades, y cuando no concede

es porque no trabajan bastante para obtenerlo.

Vayan para adelante, pronto encontraremos

culpables buscando fortunas en suelo rocoso,

vayan para adelante, todo lo demás

se acomoda, como en el carro

mientras se sacuden los melones.

 

Así estamos, sin prisa y sin pausa,

trastornados pero en gracia divina,

bendecidos por la santa paciencia

con pocos disturbios o manifestaciones

porque si hay un estallido, de inmediato

cientos de cabezas de cordero

terminan en un barranco, pero

acurrucados entre cartones podemos

considerarnos un privilegio al aire libre.

              

Así estamos, como frente a un mago,

en suspenso, estupefactos, porque con

ilusiones grandes y sin movimiento

exigimos menos proteínas, y no hace falta

una adivinanza sobre lo que viene.

Ya sabemos, cada día termina más abajo

y nadie nos cura la angustia del mañana.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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21/9/22

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


 

El gran conjuro

 

Te quiero, dice, con la mirada

y se pierde al toque

entre la masa de cuerpos

en calle Corrientes.

Te quiero, dice, al mismo tiempo

que pensamos

lo innombrable es proceso,

semiosis infinita.

 

Sentimos su presencia 

decidida, definitiva,

haciendo equilibrio

en baldosas rotas. Nadie

la percibe pero está allí

con rabia en devastación

como una tormenta fuera

de temporada. Es casi primavera,

millones de alergenos nos dedican

estornudos tipográficos,

karmas estacionales.

 

Te quiero, dice, batiéndose

entre momias acaloradas

con traje sin vuelo en el subte B

muy resuelta en sus opiniones,

diálogos interminables

con la masa en circulación.

Pero nada ocurre, nada la

aproxima  a un retorno, ella

insiste en no pronunciarse,

después de todo

cualquier afirmación en derrota

representa un salto al vacío

un paradigma cuestionado

una verdad en segundo plano

que pocos escucharían

después de todo

los demás nunca muestran

el mazo de cartas completo,

ni sus temores a una indecisión,

si continúan en disidencia  

o se limitan al aplauso

de lo innombrable.

 

Desde este punto de vista           

el avance es posible si seguimos

la norma de los discursos

la flecha en línea recta.

Pero ella siempre está a terciopelo

de este entripado. Ella convertida

en afluente, en alerta temprana,

con inquietud de sonrisa herida.

              

Pensándolo bien, mejor decimos

te quiero, a cada rato, ella

como punto de partida

nosotros, en este subsuelo

construyendo pequeños lazos

tal vez sea el gran conjuro

ante eso que desarma

las buenas intenciones,

eso que arrasa o lastima,

nos deja sin respuesta

en la mitad del camino.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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1/8/22

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 

 

La chispa

 

Se quiere paz cuando hay guerra

y en la paz algunos pesados

piden sangre pa’los que

interfieren sus negocios.

Si hay represalia el desconcierto

se apodera de los pasos

el andar de miles

no cambia nada en apariencia

es más bien

poesía cargada de futuro

escenario adecuado

para que una chispa

encienda la hojarasca.

 

Algunos dicen

en el pasto seco alcanza

una chispa bien dirigida para

que arda la espesura.

Así, con un alma en piedra,

se golpearían nuevas

piedras hasta que apareciera

la potencia transformadora

de la materia en un gran fuego.

Otros quieren esparcir

pequeños focos ardientes

en campo abierto

confían en sus luces

como un destino mágico.

 

Con firmeza

insistimos durante añares

la maleza tarda

en ponerse a punto.

Está demostrado:

repartir chisperos no siempre

genera fuego envolvente

tampoco una hoguera bien

alimentada, garantiza

una llama perdurable.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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7/7/22

Poema de Fernando Gabriel Caniza

  


Cambio de color

 

A veces se puede

reconstruir un trayecto si

hurgamos entre capas

muy profundas de nuestras acciones.

Se piensa: qué hacemos

cómo llegamos hasta aquí

quién está bajo nuestro techo

si esto sirve para seguir                              

en modo programa

con la llama activa

a pesar de la tormenta.

 

Y sospechamos

matar, matarse, morir de muerte

herida derramada, es un desvío

si se busca despegar en el viento.

Y sospechamos

en medio de ruinas

la carne blanda se derrite

en pocos minutos

cuando la fogata cambia de color.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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18/6/22

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


Todo en su medida 


Hay hervores en el barrio, no se sabe muy bien el origen,

podrían ser fumatas  juveniles o un caldo de cultivo.

Hay hervores en el barrio, ¿es humo o es bruma?

No se cuecen habas y el mate, desde hace un 

largo rato está fungiendo entre manos curtidas, 

a pocos metros de basurales en el tercer 

anillo industrial (de lo que fue o conocimos). 

El agua está a punto, calienta con ganas

los paladares no se quejan, siguen la costumbre. 

Un paquete de yerba y pocos panes repartidos en

trozos iguales, algunos dulces y miradas compañeras.

Los perros, con su descarnada paciencia orillera, se 

aparecen detrás de unas gomas, en trance, caminan 

en fila siguiendo el curso del arroyo. Ningún banquete 

tiene el ritmo de este encuentro, surgido del golpeteo 

en tambores de aceite. Ellos, los obreros desempleados, 

de tarde, cada día, empuñan sus rituales. En estas épocas 

siempre se une alguien caído en desgracia, también 

se acercan grupos muy dinámicos, les cuentan lo bueno 

de que la razón se abra paso entre los pobres, tratan 

de avivarlos, decirles que el exceso de emociones 

los tiene ahí sentados, sin cambios profundos, que así 

no pueden tener conciencia de sus condiciones 

materiales de vida. Los obreros asienten con un 

movimiento de cabeza, se ríen a carcajadas, 

abrazan muy amistosos, enseñan crucifijos, bajo las 

bendiciones de Evita capitana, sirven otros mates y dejan 

que el tiempo les permita organizarse con su propia 

experiencia y conocimiento, mientras tanto aceleran

cuidados para que los hervores no quemen la yerba.


© Fernando Gabriel Caniza


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4/5/22

Poema de Fernando Gabriel Caniza

 


 

Nunca se descansa en paz

              

Unos imaginan palos, gases y balas de goma

aún en los momentos más calmos y glamorosos,

en noches de luna llena, entre cantos de

gloria de una batalla que parece ganada.

 

Otros se llenan de confusiones

se abruman cuando ven a la Bestia,

se entregan cuando avanzan los verdugos,

hasta que la impaciencia domina las horas,         

ataca el pueblo, le quita el cotillón

la alegría reparadora, hasta que ocupan

cada espacio, cada rincón emancipado

donde se levanta un triunfo.

              

Muchos sueñan con simpleza y el poema no alcanza

se requiere algo más en cuestión de saberes

un abrepuertas de la percepción, una apertura

en cientos de escudos mentales, escudos de

rechazo a palabras, frases y argumentos.

 

Unos y otros no se miran ni se tocan,

no cruzan límites, por las dudas, atraen

azares misteriosos que tal vez vuelvan

a situarlos en un mismo plano de acciones.

El mismo plano nos contiene y reúne 

a quienes estamos muy atentos, esperando que

la muerte no decida un paseo sobre estas lides,

no nos bañe con perfume de estanque, ni nos lleve

a un viaje en crucero por el mar de los Sargazos.

 

© Fernando Gabriel Caniza

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