25/4/24

Poema de Estela Zanlungo

 


Ménage a trois

 

Después de la tormenta,

entro en la jungla del jardín

y se me enreda el pelo en una tela

que ha quedado colgada del follaje.

 

Una mariposita oscura

del tamaño de una polilla grande

puede pasar por una flor

o una hoja desprendida del fresno

si está quieta a la sombra.

 

Yo la salpico un poco

y ella empieza a moverse en el vapor:

da la impresión de que dormía. Ahora

que me acuerdo

hubo un verano en que vinieron cientos

como si más allá de la pared

se estuviera prendiendo fuego el mundo.

 

A la semana iban quedando tres,

prácticamente idénticas:

era una saga de niños ondulando

a la hora de la siesta,

pero yo distinguía sólo una

con el borde del ala hendido en forma de bahía.

 

Había que verlas copular

encendidas al sol

sobre el cantero de la menta.

 

Buey solo ubica el ojo en el vientre de la aguja,

me digo para mí,

y espero una estación frondosa

de aromáticas

como una golosina.

 

© Estela Zanlungo

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29/11/23

Poema de Estela Zanlungo

 


La quinta estación

 

Con la cosecha de la albahaca

se ha terminado el último

aliento del verano.

 

Uno por uno voy sacando los tallos

como quien quita restos de un amor

que se secó con los frutos a punto,

y guardo las semillas,

para que vuelvan a la tierra

cuando se afine el huesito de la luna.

 

Será hermoso esperar la lluvia,

imaginarla

humedeciendo la tierra compacta,

hasta tocar una colita de raíz

que la precisa para hundirse hasta el fondo.

 

Aquí aprendimos a confiar como ciegos

en lo que está gestándose

por el sólo placer de madurar,

a pesar de la lucha

cuerpo a cuerpo con las babosas

y otros asesinos

que - ya se sabe -

tienen debilidad por los brotes más tiernos.

 

© Estela Zanlungo

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28/10/23

Poema de Estela Zanlungo

 


La depredación

 

Es una noche

para quedarse toda en el jardín.

Un caracol supura su línea transparente

en los ladrillos sin revoque.

Bajo la soga de tender

el cielo se hace ancho en dos mitades.

 

Es una buena idea tomarse este respiro:

ha sido un día de esos que mejor olvidar.

 

Aunque quizá sólo parece,

como cuando yo alumbro la pared con la linterna, 

y se revela una legión de caracoles

directo a las albahacas.

 

Ha sido un día raro de festejos:

se alza un pulgar,

apunten.

Más cerca un perro llora

como si alguien no terminara nunca de morir.

 

Aquí todos sabemos que la marca es de baba,

y cuanto más oscuro más destello,

y cuanto más destello más deseo.

 

Es una noche para hacer guardia

hasta el amanecer,

pero el sueño es más fuerte

y estoy echada boca abajo

con el pie afuera de la sábana.

Sé que cuando despierte

habrá quedado un palito desnudo

donde se erguía el tallo.

 

¿Cómo es que nadie alcanzó a ver

detrás del brillo?

 

© Estela Zanlungo

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26/8/23

Poema de Estela Zanlungo

 


El refrenamiento


Ah, debieran verme podar el despropósito

que ha crecido en mi patio

para entender que estoy dispuesta 

a cortar por lo bueno.


Le pregunto al cuchillo si entiende 

qué es la frondosidad

y dice ahí, donde la jungla del helecho 

suelta hijos.


Entonces voy y desentierro el nervio 

que baja por el tallo 

como me pararía frente a un animal 

que hay que sacrificar antes de que despierte,

me subo al borde de la pala

y que no quede más que el filo de la hoja 

abierto al aire,

con el impulso de todo el cuerpo encima.


A veces fantaseo con mostrar

lo que sé hacer cuando me saco el corazón

y que no quede un signo

que pueda confundirse

con el amor y su desasosiego. 


© Estela Zanlungo


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7/7/23

Poema de Estela Zanlungo

 

 

El insomnio

 

En esta casa se nos rompen las copas

con curiosa frecuencia,

vienen los gatos de todos los vecinos

a olerse la lujuria,

cada mañana me quito un brote

que el sol ha madurado.

 

Yo digo que se nos rompen cosas

como si aquí hubiese alguien más,

y algunas veces me tapo la cabeza

porque los gatos gritan

a punto de morir.

 

Hoy esperé a que se pusiera el sol

y me interné en la selva;

le hice frente, le dije:

¿Ves? Vengo sola a mi patio

con una bolsa negra y el cuchillito de cocina.

 

Cuando alcé el puño con la raíz adentro

como a un recién nacido,

la selva hizo el silencio que se espera de un hombre

y es eso, 

el humor vegetal

que gotea en el fondo de la bolsa

lo que me tiene sin pegar un ojo.

 

© Estela Zanlungo

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2/6/23

Estela Zanlungo comparte a Dueñas/Villamar/Jimenez Serrano

 


 

Naciste

abrumando toda realidad anterior.

Quebraste el eje día-noche las horas lo que antes presuponía que era el tiempo

Tus ojos mirándome durante la succión (pulsión puerta siempre abierta

vértigo primitivo)

me hacen cruzar el temblor, las pesadillas de perderte.

En la orilla de mis fuerzas,

ruego templanza para sostenernos.

Las gotas de leche cayeron

en los azulejos.

No soy mi herida.

Soy la miel, la leche.

Tuya, hijo mío, será la palabra.

Tuya, niño de ti, niño de mí, niño nuestro,

será la escritura.

 

Lauri García Dueñas

 


Imagínate cómo besa, XIV

 

Yo creo en las abejas, creo.

Creo que mi cuerpo es de ellas polen,

que en sus vientres llevan de mí el recuerdo,

que moro en su interior y lo beso beso beso,

dentro de ellas beso, sus entrañas beso,

creo, creo en las abejas, en su dulzu la dulzura, en su tierna la ternura,

creo en su largo vuelo,

en que de mí el polen esparcen en de ti los labios,

que te llevan, dentro de mí te llevan,

a me llevan, muy, muy dentro de ti, a me llevan.

Creo, creo, en las abejas yo yo creo,

en su miel y su mélica terneza, en su miel y mélica dulzura,

creo en que desprendo abejas y a te visitan te visitan,

de ti ellas liban, las abejas, las mis abejas de tu cuerpo y tus labios liban,

creo en tus abejas que de mi cuerpo liban,

en su vuelo y su entraña que carga de mí los besos,

en las de las abejas las abejas,

en que tú desprendes las abejas, tú,

en que tus abejas me visitan, ellas me visitan,

de mí el polen toman, de mi cuerpo se alimentan.

En las abejas yo creo yo, en su continuo beso:

 

el destino a besar las puso,

el destino a besarte a me puso.

Soy de ti abeja, de ti la que ronda, la que sobrevuela.

Me alimenta tu ternura, de ti la ternu la ternura,

me alimenta tu dulzu la dulzura,

soy abeja que te ronda, te sobrevuela,

soy abeja que de ti bebe néctar, polen,

abeja que cree en ser abeja, abeja que en el polen cree, en el néctar,

abeja que necesita de ti ser abeja,

abeja que en el destino cree.

 

En las abejas creo, creo, yo en las abejas creo.

 

Janitzio Villamar

 


El canto de las estaciones

 

ABRÁSAME, Ternura mía.

El amor, si no quema no ciega.

 

Más que lluvia lacerando cristales.

Yazgo sin Ti              Mirando la ventana…

Vendrá la blancura de mármol sobre mi cuerpo.

¿Habrás equivocado la puerta del hotel

o fui yo?

 

El estío en octubre todavía.

Quizá nuestro amor haya caído.

Saldré en tu búsqueda,

aunque el frío enardecido baje a mis venas, trepidando.

 

Aún me quemas, Ternura mía,

y estoy en pleno invierno.

 

*

Oh, amigas, en cada amanecer

yo busco al que me hizo florecer como una cactácea.

Horas,

días,

semanas.

meses… no sé…

Y he aquí que lo siento mirándome:

¡Hermoso como Cloe en los ojos de Dafnis!

 

Martín Jimenez Serrano

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16/4/23

Poema de Estela Zanlungo

 


 

Fértil

 

¿No querías un bosque?

¿No lo deseaste tomando tu casa por asalto

mientras se dilataba el canto de la luna?

¿No lo viste venir en la humedad suntuosa

del patio, después del riego de la tarde?

 

Crecía a tus espaldas,

cuando te desnudabas atrás del sosegado velador,

después de haber colgado el vestido,

y al soltarte

con la seda de fondo del tren de medianoche.

 

Entonces el roce de las sábanas te pulía las piernas,

y se enterraban las raíces

un poco más,

un poco más,

en el irrefrenable corazón de la tierra caliente.

 

Ahora que te sangran los dedos

al arrancar los brotes de la pared del cuarto,

pensás que apenas se insinuaban

con el café del desayuno.

 

Debiste haber previsto

que lo que se persigue con el cuerpo

termina dando flores

de una frondosidad indómita.

 

© Estela Zanlungo

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16/1/23

Poema de Estela Zanlungo

 


Cartografía 

 

¿Dónde querés los pinos?

preguntó mi papá.

Ella salió secándose las manos,

se quitó el delantal

y se paró a un costado de la puerta,

miró a lo lejos,

como un explorador que acaba de encontrar

su lugar en el mundo.

 

Mi madre entrecerró los ojos,

y por el tiempo que se quedó callada,

yo pensé en cosas de ellos que venían de antes.

 

El esperó apoyado en el mango de la pala,

tal vez sabiendo que en esas decisiones  

está el sostén de todo lo que sigue

Después ella hizo el gesto

de mostrar con el dedo

el lugar justo para erigir su bosque.

 

Cavó mi padre cinco pozos,

pasó la hora del almuerzo,

y cuando terminó, la luz bajaba del oeste

como barriendo la tierra removida.

 

Entonces ella hizo que no con la cabeza,

una vez sola,

definitiva

como la filigrana que al soltarse

desarma

el mecanismo de un reloj.

 

© Estela Zanlungo

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16/12/22

Poema de Estela Zanlungo

  


La casa de la calle Bouchard 

 

Las tías de mi madre se fueron a morir,

justo cuando empezaban a intrigarnos

las cosas que los grandes

nombraban entre dientes.

 

Días enteros, las habíamos visto

ovillar de la lengua a la lana

con paciencia infinita.

 

Una tía soltera no llega a vieja

sin una historia colgando de la enagua:

puntillas al crochet,

los bordados difíciles

cuando la noche es una flor a punto de estallar,

inmaculada para el novio

que se murió en las sierras antes de curarse.

 

Solterona, decía mi mamá,

y yo me imaginaba un camisón de mangas largas,

con el canesú alto

sobre la jaula de los huesos

 

© Estela Zanlungo

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19/11/22

Poema de Estela Zanlungo

 


Las susurradoras

 

Entonces supe la razón

por la que hablaban en voz baja.

Yo había alcanzado a distinguir

palabras sueltas

disimulando detrás de las cortinas

a la hora de subir la persiana

para que el aire ventilara el encierro.

 

Un vestidito se terminaba de secar

a la sombra del patio,

como esa tía que se arrugó una tarde

esperando la cita que no iba a llegar nunca.

 

Ahora que lo pienso, jamás

nombraron el deseo,

ni para desmentirlo.

 

© Estela Zanlungo

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26/8/22

Poema de Estela Zanlungo

  


Verano del 68 

 

Mami, ese bicho se va a quemar las alas

si sigue cerca de la luz,

va a lastimarse

si no interrumpe el desquiciado

aleteo contra los azulejos.

 

¿Qué esperamos las dos,

que deje de brillar?

 

¿Le abrimos los postigos?

¿Apagamos las lámparas?

¿Nos tropezamos con los muebles

al darle caza con un repasador?

 

¿Lo vas a acorralar

para que zumbe como un viejo agitado,

hasta que caiga limpia su sombra

contra el hule?

 

La suave noche del jardín

es toda para los alguaciles, insistías.

 

Yo escuchaba esa historia

y sabía que llegaba la lluvia.

 

Ahora que somos dos mujeres

alguien dirá: esa es la madre.

La madre es siempre la que sostiene la ventana.

 

Yo soy la que recuerda el patio de Lanús,

cuando volvíamos de la vereda con sillas en la mano

y repetía,

como quien cuenta corderitos,

alguacil,

alguacil,

hasta que me dormía con la boca

pesada de libélulas.

 

© Estela Zanlungo

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18/7/22

Poema de Estela Zanlungo

  


El escondite 

 

La luz oblicua de las cuatro tocaba la pared.

Me gustaba sacarme los zapatos,

los soquetes,

un cosquilleo subía por las piernas.

 

De las baldosas brotaba

una humedad que daba helechos raros,

fatales alimañas que había que matar

para evitar que echaran bulbos

alrededor del corazón.

 

Yo tomaba las armas, arrancaba las flores

que me habían crecido por adentro,

hasta que ni un capullo quedaba,

ni una espina,

entonces me rendía de dolor y de gusto.

 

Antes de que los grandes pudieran encontrarme

jugaba a darme besos con el sol.

 

© Estela Zanlungo

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28/5/22

Poema de Estela Zanlungo

  


El descampado 

 

Todos queríamos tener el fuego:

igual que en la primera mañana,

subía como después del roce de dos piedras.

 

Cuando toqué la lumbrecon un palito seco

me puse a arder en lo más alto de la pira.

 

¿Será por eso que de noche

se mojaban las sábanas?

Yo dejaba caer el camisón

me dormía desnuda

culpable de haber entrado en la fogata

por los ojos.

 

Esa noción del riesgo, desde

la idea del inicio hasta la brasa roja,

donde quemábamos batatas

la noche de San Juan.

 

© Estela Zanlungo

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23/4/22

Poema de Estela Zanlungo

  


Rojo y verde 

 

Ellos contaban la historia del abuelo,

cargando el pino desde la kermese,

que de tan alto no entraba por la puerta.

 

El día del armado se disponían sobre el hule

las velitas de plástico,

las esferas brillantes,

con el cuidado de una acción de alto riesgo.

 

En el momento de conectar los cables

respirábamos hondo,

como diez años antes, cuando

ellos sacaron las luces del estuche

y las vieron arder bajo la estrella,

igual que en las películas.

 

¿Qué le importa a una nena cuyo patio

se inunda en cuanto caen cuatro gotas,

que la nieve de plástico salpique

como si supuraran las chicharras?

 

La víspera era el olor del ananá

colgando en la cocina,

los abuelos recién llegados de la feria,

el cubo de maíz

que engordaba los pollos

para la mesa de fin de año.

 

Cuando la casa se vendió,

los nuevos dueños modificaron la fachada

de un modo tan brutal,

que tuve que sentarme en el cordón

a esperar que me abrieran.

 

Estamos sorprendidos, dijeron,

tanto tardaste.

 

© Estela Zanlungo

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11/3/22

Poema de Estela Zanlungo

 


Las dos lenguas 

 

Mi ojo deslumbrado

se anticipaba al final del renglón

antes de que la voz llegase a la garganta.

 

Leer era como asomarse a la puerta

y ver el mar,

todo en letra cursiva,

desde el pupitre de madera.

 

En el idioma de bailar también

hay un instante previo;

hundir el cuerpo en la arena del aire,

una pisada que nunca se parece

por más que se repita.

 

Eso: una playa recién tocada

por la espuma que enlazaba las letras

del mismo modo que se reparte el peso

entre los pies.

 

Mi primer libro de lectura

tenía nombre de instrumento de bronce.

¿Sabías Isadora?

Y si cierro los ojos todavía repica.

 

© Estela Zanlungo

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9/2/22

Poema de Estela Zanlungo



Dos gustos                          

  

Ella volaba del patio a la vereda,

viva como una mariposa

que acaba de romper su malla de crisálida.

Yo era una oruga lenta

ondeando en el cuaderno de deberes

hasta la hora de comer.

 

Pero en verano,

cuando a lo lejos se insinuaba

la corneta frutal del heladero,

salíamos las dos a perseguir el tintinear del caballito:

¡Sasá, Sasá!

hasta que lo alcanzábamos,

despeinadas y rojas,

con la moneda apretada en el puño.

 

A la sombra de un árbol,

el carro fileteado y el hombre

con su traje blanquísimo

eran la figurita de un oasis en medio del desierto,

y de todas las puertas aparecían chicos

como hormigas brotadas de las casas calientes.

 

Nosotras hacíamos durar el cucurucho,

y cuando entrábamos a lavarnos las manos

mamá se había vuelto a recostar, porque

algo en el pecho,

que no puedo acordarme,

le dolía.

 

© Estela Zanlungo


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19/1/22

Poema de Estela Zanlungo

  


Octubre del 55 

 

La primera puntada en el vestido

de novia de mamá

se hundió en la tela una tarde de junio,

mientras la fuerza aérea bombardeaba la plaza.

 

Las tías habían elegido una organza finísima

que formaría onditas de godette

en la pollera forrada de tafeta.

 

Una noche soñada de principios de octubre,

mi madre y su vestido flamearon en un vals,

cuyo estribillo preguntaba

por qué te niegas al olvido,

hasta que en un momento todos levantaron las copas

y ellos huyeron de la fiesta,

sucios de arroz

se fueron alejando de las zanjas de Gerli,             

ahí van,

ahí van,

decían las vecinas

que los habían visto jugar en la vereda.

Entonces alguien gritó:

¡Viva los novios!

Y desde el fondo otro dobló la apuesta:

                                           ¡Viva Perón!

 

Paró la música

y se escuchó un silencio de lenguas amputadas,

justo un segundo antes

de que empezaran a volar las sillas.

 

© Estela Zanlungo

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