4/12/23

Poema de Dionicio Munguía J.

  


Se ha pactado el silencio,

los silencios de todos,

de aquel que mira la tarde

y suspira aliviado por el día,

de aquel que supura en las heridas

consciente de sí y en sí,

de aquel que camina por la

noche sin darse cuenta,

de aquel que grita y lamenta

el hecho de seguir aquí,

de aquel que no sabe callar

más que a destiempo.

 

© Dionicio Munguía J.

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3/10/23

Poema de Dionicio Munguía j.

 

 

A la pausa de los días hay

que decirle adiós.

Nada queda en el horizonte.

Se marcha la mañana

con los gritos inútiles, cada

adjetivo es necesario,

cada verbo supura en la razón.

Ah, la razón.

Por debajo de las sombras

siempre hay una razón,

una canción sin sentido,

el poema de vida,

la palabra que se suma.

No es necesario lo que existe.

No es necesaria la muerte

pero existe,

no es necesario romper

con la veda, pero la vida

existe a pesar de mí.

Sólo es insistir en lo que se

sabe, en lo que se sufre.

No somos dioses, ya lo sabemos.

No tenemos la paciencia de siempre.

Nos duelen los días,

atormentan las manos

esos gritos que brotan

de la oscuridad permanente.

Las calles no tienen sentido.

Caminar es un reto

que obliga al silencio,

caminar es el método

perfecto del olvido.

Cada paso es un escalón,

una baldosa, la fisura

donde la realidad se une

con la leyenda,

donde se guardan símbolos,

acaso la bolsa de papel

para quemar en la azotea.

Ha muchos años desde

aquella fogata de letras,

papel tras papel

iluminando la oscuridad,

ese cielo repleto de chispas,

el sonido del acto insumiso,

de la necedad de decir que no,

que no importa, que ya no es.

Ese fuego que no purificó,

el no que es parte de la existencia,

de lo pagano, del ofrecer

sin sentido.

Ya no queda nada del aquello,

del principio, todo se quemó,

es parte de la basura,

del olvido inminente.

 

© Dionicio Munguía j.

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17/9/23

Poema de Dionicio Munguía J.

 


Para la gente el olvido no existe.

Cada imagen se queda,

se acumula en los años,

en la forma en que se observa

el transcurrir del día.

No somos partes de un todo.

Somos el todo donde nada hay,

esa copia inexacta

que persiste en sobrevivir.

Para la gente que rodea a la ciudad

es una sombra de más,

olvido que cae en el abismo

abismo que hurga en el pasado

pasado que nuevamente es olvido.

 

© Dionicio Munguía J.

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19/8/23

Poema de Dionicio Munguía J.

 


Aparecer no es simple.

Por arriba se estriñe el horizonte

sin dejar espacios.

No hay silencios.

Hace mucho que se fueron

a mirar el cielo, a observar

el polvo que se acumula

en la ventana.

No hay una franja de luz

que ilumine esta oscuridad.

Se sabe a la distancia.

Se oculta aquello que gratifica.

Sólo es un canto mínimo

que se acomoda en el quicio

de la puerta, aquella que se abre,

la que deja pasar el frío,

la que llena de sombras

una habitación.

Mira el atardecer en la azotea.

Trata de comprender que aquí

como allá, no sucede.

Es simple aceptar el hecho

de que somos parte de las sombras,

de todo que se agosta en el balcón,

de lo que cae.

 

© Dionicio Munguía J.

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15/7/23

Poema de Dionicio Munguía J.

 


 

La noche se acurruca en el nicho.

Se vislumbran antorchas.

Cada calle incendia una esquina.

Un niño mira a través de una ventana.

El cielo barrita su decepción

y cae la lluvia.

Somos espectadores de más,

entre los despojos del sol,

entre las cloacas que supuran

este aliento, esta mierda.

¿A mí qué me importan

las mentes de mi generación?

Cada una se ha abierto a su destino.

Cada cual es imperativa en su entorno.

¿De qué?, se preguntan las rosas.

¿Para qué?, se responden las rosas.

Risas se acumulan en las puertas.

Cada una a su tiempo

como mirando el futuro,

adivina, dice la vieja a media voz,

suspira entre los árboles

de un bosque que imagina,

un bosque murmurante,

un bosque así de simple,

de nada que solucione,

del todo y el silencio.

Ha mucho que dejé de lado

la inconsciencia de la edad.

Vemos al sujeto que toma

los restos de la pizza,

es inmoral decirlo,

es una llave que no abre,

una mirilla al solitario.

¡Qué necedad de todos!

Abajo se llena una cisterna,

un ruido, una bomba,

una hp que sostiene

lo que no es, sí, lo que no es.

La ciudad abre las piernas

y de su vientre se sueltan

los gusanos de todos los días,

la mirada fútil, ocasos, colores,

el perro, el niño, la mujer.

Los demonios son los que

escriben a mano, los que hurgan

como adolescentes en las ropas,

llenan de semen las noches,

sudor con sus labios entreabiertos.

¡Qué fácil olvidar! ¡Qué fácil!

Para todos es fácil,

para aquellos que sospechan

el silencio de la tarde,

esos que observan a medias

lo que sucede a su lado,

el hombrecillo de sombrero

que nada teme del ocaso.

La mujer de verde que escribe.

Niños que juegan.

Un par de ancianos se diluyen

en la soledad del café.

No miran a nada.

No saben en nada.

¿Para qué entonces vivir?

Morir no es la solución final

pero se le asemeja.

El vaso con agua se mueve.

Una luz, otra luz, esa luz

que se refleja, ingente, estúpida,

farsante, incrédula

(la mujer de verde se marcha

y no queda un hueco

en el paisaje del hoy).

¿Por qué insistir?

¿De qué sirve?

Se rompen los cristales.

Caen al piso como lluvia.

El dolor, el dolor,

se agiganta, se contrae,

llena los huecos de la memoria,

acumula llagas,

es una visión que se mete

en otras visiones,

ese pequeño símbolo sin sentido,

sombra que aparece de nuevo,

es la hija del solsticio,

llama que se apaga a distancia,

sol y luna entre los llantos.

 

© Dionicio Munguía J.

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