24/4/21

Poema de Alejandro Méndez

  


Bajo los tilos

 

Me mostró la carta del cementerio:

había que levantar tus huesos

ya vencida su estadía terrenal.

 

Ella había asegurado el pedazo de tierra

con una hilera de tilos, sin imaginar 

los actos que íbamos a representar; 

tu nueva categoría de insepulto.

 

La casa estaba helada

y una sola lámpara encendida.

La impaciencia nos llevó 

hacia el muro detrás de las vías.

 

Un cicerone municipal señaló la cruz

apoyada en la tumba vecina.

Cerré los ojos y busqué refugio

en la avenida bajo los tilos.

 

Se escuchó el estruendo de la pala

en la madera podrida del cajón.

 

Por fin te iba a conocer.

 

El empleado separó la osamenta

y extrajo una media negra.

La exhibió a la luz del sol.

 

Ella me tomó de la mano;

por las dudas te negué tres veces.

 

El montículo de tierra, las flores secas.

Todo daba vueltas.

 

El centro del mundo

en la avenida bajo los tilos.

 

© Alejandro Méndez

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27/3/21

Poema de Alejandro Méndez

 



Un cuáquero en la corte de los milagros 

 

La educación sentimental

fue un título con abandonos documentados.

 

La educación sentimental

fue pura vocación crónica y automedicación.

 

La educación sentimental

requirió posgrados y maestrías.

 

 

Sentimental,

la ambición por el mar proclamada desde la orilla.

 

Sentimental,

la disposición del repertorio de nombres propios.

 

Sentimental,

la nota más alta en el karaoke.

 

 

Mi educación sentimental

fue como el grito de guerra de los esquimales,

en silencio.

 

Mi educación sentimental

               fue como el rezo secreto de los ateos.

 

Mi educación sentimental

fue como el ave fénix, pero mis hombros

no cargaron el cadáver de mi padre.

 

 

Educado

con el metrónomo de las pasiones menores.

 

Educado

en la creencia del dios de la simetría.

 

Educado

para mirar el Rubicón sin cruzarlo.

 

 

Una educación sentimental

para poder contarla y despuntar el vicio por los aforismos.

 

Una educación sentimental,

ahora que la lírica está muerta y hay déficit de laúdes.

 

Una educación sentimental

revisionista y autoindulgente para llorar a secas.

 

 

Sentimental,

la mano que escribe ajena al cuerpo que la sostiene.

 

Sentimental,

aun leyendo los diarios o sacando la basura.

 

Sentimental,

en los 0.4 segundos de la sístole y otros tantos de la diástole.

 

 

Tuve una educación sentimental

con temblores como un cuáquero del siglo XVII.

 

Tuve una educación sentimental

jacobina en las despedidas y garantista en el placer.

 

Tuve una educación sentimental

supersticiosa a la manera de los pigmeos.

 

 

Fui educado

por la didascalia homoerótica de mis tías.

 

Fui educado

en el dojo de un cinturón negro

para aprender a caer con elegancia.

 

Fui educado

               para ser paciente como un filólogo

               con su piedra Rosetta.

 

 

Sentimental,

por las mañanas separando las hebras del té.

 

Sentimental,

el tarareo del estribillo de esta canción.

 

Sentimental,

la diáspora de amantes.

 

© Alejandro Méndez

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22/1/21

Poema de Alejandro Méndez

 


 

El ámbar y el humo

 

El murmullo de las enfermeras

y el olor a desinfectante actualizan

la escena. Todo lo que tengo queda

reducido a una muda de ropa

en el bolso que hizo tu madre.

 

Preparo esta carta ahora que la cabeza

está nítida y la garganta indeleble.

 

Sin tiempo para pensar,

apenas en el aire notas rápidas.

Directo a las prioridades,

en los intervalos, cuando las puntadas

que bordan el vientre se dispersan.

 

Parecen escasas aquellas tardes

en el patio donde te sostenía al sol,

y lejanas las noches que leía

a la luz de una vela. Ahora pienso

en cómo desprenderme. La pregunta

es absurda frente al trabajo de la

naturaleza. Ella administra como

nadie el golpe de gracia y sus

derrames involuntarios.

 

Naciste bautizado por una apuesta

que perdí: un asado para toda la

familia por haber traído al mundo

a un varón. Te exhibí como el becerro

de oro frente a todos mis amigos.

No pude deshacer esa arcilla

por la que ahora imploro.

 

Carta que debiera ser un legado,

un proceso de selección minuciosa,

un reparto equilibrando la balanza

después de una corta vida;

pero la urgencia impone

—esta tarde de diciembre de 1966—

prescindir del inventario.

 

No habrá despedida.

Prefiero dejarte durmiendo

en el rincón frente a la ventana,

quizás con la esperanza

de alguna epifanía modesta.

 

Para desmentirla el ámbar y el humo

se depositarán como lluvia.

Algún día te cubrirán por completo.

 

© Alejandro Méndez

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18/12/20

Poema de Alejandro Méndez

 


 

Gospel

 

Me pidió naranjas

de ombligo

con insistencia.

 

—Si no hay

no quiero otras.

 

El remedio para la tos

no era tan importante

ni siquiera el hecho

de que pasara la noche en vela

sin poder respirar.

 

—Son tan jugosas y dulces

que me dio un antojo.

 

Hice escala en la farmacia

para buscar el jarabe

y de ahí a la verdulería.

 

Viajé del centro al suburbio

con un kilo de naranjas mutantes

que en la base del fruto

desarrollaron una segunda

naranja pequeña y atrofiada.

 

Caminé por el patio

y las plantas tropicales

hasta llegar a la cama.

 

Dos almohadas la elevaban

en un puesto vigía

mientras la tos

la sacudía con un ritmo

irregular.

 

—Pelá una

y dejala en el plato.

 

Me encandiló el sol

que pegaba sobre el mármol

blanco de la cocina.

Aun así pude separar los gajos

y echarles una bendición

para que se convirtieran

en medicina.

El plato azul rebosaba

de fruta hacía equilibrio

para no derramar nada

para que cada gota reluciente

llegara a destino.

 

Que abriera su boca

y tragara

no ya las naranjas

sino el fulgor

que las atravesó.

 

© Alejandro Méndez

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5/11/20

Poema de Alejandro Méndez

 


Lied


Señora 

de todas las ventanas

abiertas del sol 

en la cara

los gajos de naranja 

y el cuchillo 

en la mano.


Señora 

a semejanza

de la nieve temprana

golpeá la puerta

del pródigo

hijo invisible

de la risa.


Patrona

de la glicina

y los malvones.

Genio y figura

del gesto

que corta 

el aire

inapelable.


Ama

de la cacería

descarnada hueso

o temple

del hogar.


Decime 

las palabras

más recónditas

esas

imperiosas

las palabras 

con las que cada 

aliento

sostiene una casa

desata un destino.


© Alejandro Méndez


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21/10/20

Poema de Alejandro Méndez

 


Tengo un corazón antiguo

incluso para los desbordados

frutos de la historia.

Decimonónico mi corazón

parece florecer

en el halo que desprende

el muchacho de la plaza

y su espalda apolínea.

Promesa y decepción

con esquirlas perfectas.

 

Un corazón teórico

que derrama excepciones,

ciego ante la evidencia

del desierto, sordo

a las trompetas

y al dios que responde

con un trueno, mudo

para la furia de la naturaleza,

dulcísimo en su religiosa ferocidad.

 

Tengo un corazón antiguo

descatalogado en los brotes

más verdes, su fulgor

apenas despunta

y ya es molde funerario.

Estas que ahora nacen

son las glicinas muertas,

no sus hijas bárbaras.

 

Tengo un corazón antiguo

indulgente como dos hombres 

enamorados a la sombra

de una nube que pasa

por el campo.

 

Un corazón pospolítico

con miriñaque

y conciencia social.

Tengo un corazón

que late en el murmullo

del agua, agua que es la voz

del padre de mi padre.

Un corazón primordial

sostenido por los latidos

yámbicos de mi madre.

Tengo un corazón antiguo

cercado por tres murallas

chinas, inaprensible

como el vacío

donde canta el pájaro

de la leyenda,

solo de buen augurio

si vive en el mito.

 

Arritmia asintomática

dijo el cardiólogo, yo

digo un corazón anacrónico,

preverbal, el corazón

en la boca.

 

Tengo un corazón antiguo

guiado por voces

a la manera de los santos,

dilapidado entre glicinas

como el de aquel poeta

asesinado frente al mar.

 

© Alejandro Méndez

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