9/10/26

Poema de Silvia Cacchione

  


En una película

con tintes rusos

una nena encerrada

en un submarino

lee el diccionario

Nube: agrupación o cantidad muy grande

de algo que va por el aire

Cierra los ojos e imagina

un montón de tuercas pequeñas

flotando sobre el silbido

de la válvula de vapor.

No piensa aún

qué pasará

cuando termine el libro.

 

© Silvia Cacchione

Etiquetas:

23/9/26

Poema de Silvia Cacchione

 


 

Te veo venir:

la mirada baja

la bufanda blanca

y tu bolsa con la radio

la novelita los remedios,

solo que ahora

entrás en silencio

sin quejas ni reproches,

no hay té a media mañana

ni historias de amigas viejas

con amores jóvenes.

Me gustaría

acomodar tu saco en la silla,

pasar la mano

por lo áspero de la lana,

sentir el olor

de las tostadas quemadas

darte los ruleros

uno a uno mientras me decís

que no hace falta

que vos podés.

Me gustaría decirte

qué bien puedo verte ahora.

 

© Silvia Cacchione

Etiquetas:

17/6/26

Poema de Silvia Cacchione

 


Durante un tiempo me esforcé con esmero

por encontrar una nueva manera de habitar el mundo

pero solo encontré un libro que habla de pigmeos.

Y hoy, de noche, de repente

miro por la ventana y todo lo que antes

se movía ahora está quieto. Abro bien los ojos

en la oscuridad igual no llego a ver bien.

Observo el paisaje de siempre que ya no parece real

sino un artificio, como esas noches de fiestas:

petardos y luces estallando en el cielo con colores.

En el libro de los pigmeos hay fotos en blanco y negro,

los pigmeos no se ven tan chiquitos, tal vez

porque solo aparecen ellos en las fotos, nada para comparar,

distinto es acá con las hamacas y los juegos para chicos

al lado del pino viejo que llega hasta el sexto piso.

Recuerdo que cuando una vecina lo hizo cortar

solo llegaba hasta el quinto. Recuperó altura

y la ganó, todo sin moverse del lugar.

Sigo acá y de pronto empiezo a oír ruidos

tan pero tan chiquitos que no puedo entender

nada de lo que pasa. Por ejemplo, oigo

cómo las hojas de los árboles caen sobre el pasto

o sobre la tierra seca (son distintos),

oigo también cómo crujen los huesitos de un pájaro

adentro de la boca del gato, ese amarillo

tirando a naranja y negro que siempre anda

por el jardín del edificio. La verdad es que me asusto.

Entonces me doy vuelta porque creo que me dejé

la hornalla prendida con algo hirviendo

y en la curva que doy con el cuerpo oigo

el esqueleto de una hormiga bajo la suela de mi zapatilla.

Pienso en todas las hormigas que estarán esperándola,

pienso en todos los pigmeos que se quedaron solos,

pienso en todas las familias que se desarmaron,

en los hijos perdidos en la noche o en una guerra,

en los hijos que mueren antes que sus padres.

Pienso en esos padres que no conocieron nunca a un pigmeo

pero rezan para que sus hijos vuelvan.

Y al final pienso que no tengo idea de dónde

me voy a parar mañana en este mundo.

 

© Silvia Cacchione

Etiquetas:

25/2/26

Poema de Silvia Cacchione

 


Me pregunto

qué cosas necesitaría

para extirpar el dolor.

Tal vez:

dos patitos de plástico

una caja de fósforos

el alfiletero de la abuela

y un sobre blanco blanco

como la cigüeña

que me trajo a este mundo.

 

© Silvia Cacchione

Etiquetas:

2/1/26

Poema de Silvia Cacchione

 


Y entonces la veo:

entre las flores blancas,

su risa.

Traeme esas tazas,

me dice, y no sé cuáles

pero solo pienso

en complacerla,

llevar hasta sus manos

lo que sea que me pida,

sí, mamita, ya voy,

y es cierto porque allá voy.

Escucho

una sirena, un estruendo,

tal vez es el mundo

que ahora mismo

se cae a pedazos,

pero yo tengo

algo importante que hacer:

llevar a mamá las tazas

donde quiera que esté.

 

© Silvia Cachione

Etiquetas:

8/12/25

Poema de Silvia Cacchione

  


Dicen que acumular es un gesto ancestral,

un código fijado al ADN, pero hoy yo quise

ir en contra de la historia. Abrí con esfuerzo

el primer cajón del modular

y poco a poco comencé a escarbar

en los sedimentos del tiempo.

No sé a ciencia cierta de qué manera

logré reunir en el piso

banderines, carnets, plumines, escuadras,

lupas, gomas de borrar, soldaditos de plástico,

fichas de dominó, botones, llaves,

una foto mía recortada de una tarjeta de crédito.

Y de pronto allí, al fondo,

pudorosamente desnuda

vi la cajita roja.

La tomé con delicadeza, como si fuera

la cabeza de un recién nacido,

y sobre mi palma la sostuve un rato.

Te la regalé algún día de otoño

o de primavera, llovía, o tal vez no,

éramos (sospecho) novios.

Qué curioso, pensé, tantos años allí quieta

mientras alrededor se superponían

las distintas capas de nuestra relación.

Nunca supe si te había gustado,

si le habías dado algún uso o simplemente

la guardaste como recordatorio, insignia,

quizá trofeo, de algo parecido al amor.

La abrí.

Adentro, doblado un papel amarillento.

Lo abrí.

Me costó reconocer tu dibujo,

los trazos y los colores borroneados.

No era nada que habría esperado encontrar,

solo la imagen de un colibrí ancho y sin alas.

Una deformación de la naturaleza.

 

 © Silvia Cacchione

Etiquetas: