4/11/26

Poema de Diego Morales

  


El tronquito

 

Antes de que existiera ese intento de canchita,

existía el monte.

 

Los yuyos crecían

como si nadie los hubiera nombrado jamás.

 

Los árboles hacían su propia sombra.

 

Las espinas defendían

un pedazo de tierra

que parecía no pertenecer a nadie.

 

Entonces llegamos nosotros:

el maxy, el tony, el pinchin, el puma,  el toto, el pyter

y muchos otros que hoy hacen a este recuerdo vivo

 

Caímos con una pala prestada

un rastrillo viejo

las manos llenas de ampollas

y esa fe inmensa

que solo tienen los chicos

cuando todavía creen

que el mundo puede acomodarse

a fuerza de insistir.

 

Cortamos ramas.

Arrancamos malezas.

Juntamos piedras.

 

Barrimos la tierra

hasta dejarle el corazón desnudo.

 

Queríamos una canchita propia.

No era mucho pedir.

Solo un lugar

donde una pelota pudiera rodar

sin pedir permiso.

 

Pero en el medio,

como si la tierra hubiera decidido

guardar un secreto,

quedó una raíz.

Gruesa.

Silenciosa.

 

La golpeamos.

La cavamos.

La rodeamos de pozos.

Le prometimos la derrota.

pero ella,

nunca cedió

se quedó.

 

Al final

fuimos nosotros

los que aprendimos a jugar alrededor de ella.

 

Le pusimos un nombre,

como se nombran las cosas

que terminan siendo recuerdo

“El Tronquito”

 

Qué extraña sabiduría

tenía aquella raíz.

Nos enseñó,

mucho antes de que la vida lo hiciera,

que no todo se vence.

 

Que hay heridas,

amores,

barrios

y memorias

que permanecen debajo de uno,

aferradas a la tierra,

aunque pasen los años

y uno crea

que ya aprendió a irse.

 

Y cada vez que vuelvo,

no busco la canchita.

Busco ese tronquito.

Porque sospecho

que fue él

quien sostuvo mi infancia

mientras nosotros

creíamos que solo estábamos jugando.

 

© Diego Morales

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