Poema de Diego Morales
El tronquito
Antes de que existiera ese intento de
canchita,
existía el monte.
Los yuyos crecían
como si nadie los hubiera nombrado jamás.
Los árboles hacían su propia sombra.
Las espinas defendían
un pedazo de tierra
que parecía no pertenecer a nadie.
Entonces llegamos nosotros:
el maxy, el tony, el pinchin, el puma, el toto, el pyter
y muchos otros que hoy hacen a este
recuerdo vivo
Caímos con una pala prestada
un rastrillo viejo
las manos llenas de ampollas
y esa fe inmensa
que solo tienen los chicos
cuando todavía creen
que el mundo puede acomodarse
a fuerza de insistir.
Cortamos ramas.
Arrancamos malezas.
Juntamos piedras.
Barrimos la tierra
hasta dejarle el corazón desnudo.
Queríamos una canchita propia.
No era mucho pedir.
Solo un lugar
donde una pelota pudiera rodar
sin pedir permiso.
Pero en el medio,
como si la tierra hubiera decidido
guardar un secreto,
quedó una raíz.
Gruesa.
Silenciosa.
La golpeamos.
La cavamos.
La rodeamos de pozos.
Le prometimos la derrota.
pero ella,
nunca cedió
se quedó.
Al final
fuimos nosotros
los que aprendimos a jugar alrededor de
ella.
Le pusimos un nombre,
como se nombran las cosas
que terminan siendo recuerdo
“El Tronquito”
Qué extraña sabiduría
tenía aquella raíz.
Nos enseñó,
mucho antes de que la vida lo hiciera,
que no todo se vence.
Que hay heridas,
amores,
barrios
y memorias
que permanecen debajo de uno,
aferradas a la tierra,
aunque pasen los años
y uno crea
que ya aprendió a irse.
Y cada vez que vuelvo,
no busco la canchita.
Busco ese tronquito.
Porque sospecho
que fue él
quien sostuvo mi infancia
mientras nosotros
creíamos que solo estábamos jugando.
© Diego Morales
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