Poema de Silvia Cacchione
Durante un tiempo me esforcé con esmero
por encontrar una nueva manera de habitar
el mundo
pero solo encontré un libro que habla de
pigmeos.
Y hoy, de noche, de repente
miro por la ventana y todo lo que antes
se movía ahora está quieto. Abro bien los
ojos
en la oscuridad igual no llego a ver bien.
Observo el paisaje de siempre que ya no
parece real
sino un artificio, como esas noches de
fiestas:
petardos y luces estallando en el cielo con
colores.
En el libro de los pigmeos hay fotos en
blanco y negro,
los pigmeos no se ven tan chiquitos, tal
vez
porque solo aparecen ellos en las fotos,
nada para comparar,
distinto es acá con las hamacas y los
juegos para chicos
al lado del pino viejo que llega hasta el
sexto piso.
Recuerdo que cuando una vecina lo hizo
cortar
solo llegaba hasta el quinto. Recuperó
altura
y la ganó, todo sin moverse del lugar.
Sigo acá y de pronto empiezo a oír ruidos
tan pero tan chiquitos que no puedo
entender
nada de lo que pasa. Por ejemplo, oigo
cómo las hojas de los árboles caen sobre el
pasto
o sobre la tierra seca (son distintos),
oigo también cómo crujen los huesitos de un
pájaro
adentro de la boca del gato, ese amarillo
tirando a naranja y negro que siempre anda
por el jardín del edificio. La verdad es
que me asusto.
Entonces me doy vuelta porque creo que me
dejé
la hornalla prendida con algo hirviendo
y en la curva que doy con el cuerpo oigo
el esqueleto de una hormiga bajo la suela
de mi zapatilla.
Pienso en todas las hormigas que estarán
esperándola,
pienso en todos los pigmeos que se quedaron
solos,
pienso en todas las familias que se
desarmaron,
en los hijos perdidos en la noche o en una
guerra,
en los hijos que mueren antes que sus
padres.
Pienso en esos padres que no conocieron
nunca a un pigmeo
pero rezan para que sus hijos vuelvan.
Y al final pienso que no tengo idea de
dónde
me voy a parar mañana en este mundo.
© Silvia Cacchione
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