13/3/21

Texto de Osvaldo Burgos

 


EL SOLDADITO


“Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel, tu hermano? Y él respondió: No sé; ¿soy yo guarda de mi hermano?

(Génesis, 4:9)

 

En hebreo, querer y pensar, se piensan -y se quieren- con la misma y única palabra.

“Cuando sea grande voy a ser albañil, para levantar casas en las que no entre el frío” decía el niño; actuando así la lengua que, dicen, fue la lengua de dios.

En las casas de chapa el frío abrasa por dentro. Y quema.

 

Tanto en el libro / como en los pasillos / el árbol del saber / es también / el árbol de la muerte.

 

No hacen falta albañiles para levantar ruinas, y el niño lo sabría pronto. En la lengua que, dicen, fue la lengua de dios, solo el temor es sabio.

Con cada sacrificio que en el aliento exige, el frío se lleva el alma.

Y el precio que se paga para no irse con ella, es el de dejarla ir.

© Osvaldo Burgos

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21/8/20

Texto de Osvaldo Burgos




CANÍBALES

Era la guerra por el mundo, que todavía no era.
En el éxtasis de su furor o en la idiotez de su indolencia, los titanes despedazaron a Dionisos. repartieron su carne, comieron de él.
Enceguecido por la ira, el padre Zeus vengó el sacrificio de su hijo. Un rayo fulminó a las bestias.
De sus cenizas, impregnadas de lo aberrante y lo divino, nacieron los hombres.

Es la guerra que es, y no se dice.
Ajenos a la desolación y a la vergüenza, diez chicos juegan en la cancha por la que pasan otros diez, persiguiéndose a balazos.
Unos y otros se parecen. A veces, incluso, son los mismos.
¿Quiénes son los titanes, aquí? ¿Quién es Dionisos? ¿Quién es Zeus?

Enceguecidos por el miedo, los hijos salen cada noche a vengar el sacrificio de sus padres. O a negarlo.
Todo lo gobierna el rayo* . Y el rayo quema.
Pero de estas cenizas, impregnadas de la denigración y la desidia, no nacen hombres; nacemos bestias.


  *Aforismo de HERÁCLITO, que HEIDEGGER hizo grabar en un dintel de su cabaña de Todtnauberg

© Osvaldo Burgos

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6/5/20

Texto de Osvaldo Burgos



ASTIANACTE

Hoy salió el sol, después de muchos días.
“El sol siempre es una buena noticia” dijo el viejo. que no sabía que esta misma mañana iba a morir, cuando incendiaran su casa para usurpar el terreno.
Del incendio se escapó una de sus nietas, que corrió hasta una zanja y, sin poder cruzarla, se acostó en el borde, a parir.
El hijo que nació llevará el nombre de su abuelo.

Si Astianacte no es arrojado desde el punto más alto de la muralla en llamas, los griegos tampoco sobrevivirán.
Nacemos para morir, pero hay algunos que únicamente nacen a la muerte.
Con los pies en el barro, la madre apoya en su pecho los párpados del niño, cerrados todavía. Y de cara hacia el cielo, maldice.
Sin detenerse en ella, un ejército de espectros celebra su victoria. Bajo el sol que se ahoga entre las llamas, nada hay de nuevo para ver.

© Osvaldo Burgos

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9/12/19

Texto de Osvaldo Burgos



ACÁ

“Recuerdo ahora que estoy en esta tierra donde hacer el mal es, con frecuencia, loable; y hacer el bien es una peligrosa locura”.
SHAKESPEARE

“El último círculo del infierno es el de los traidores”, susurró una vez Virgilio en los oídos de Dante. Pero; ¿cuánta traición hay en la pertenencia impuesta, en la fidelidad interesada?
Con su faca tumbera, el soldadito rasga la carne de una carne de otro bunker. / Once hijos de inmigrantes cantan, en la televisión, el himno de un país que expulsó a sus abuelos y expulsará a sus nietos.
“¿Qué es un traidor?” Pregunta el pequeño Macduff a su madre. “Uno que jura y miente”, contesta, sin mirarlo, ella. Pero; ¿quién no ha mentido alguna vez sus juramentos, por desesperación o por desidia?

El último círculo del infierno es este, grita en otras palabras Lady Macduff, anticipando a Marx.
Sin su faca tumbera, el soldadito es la moneda de cambio de sus jefes. / En la televisión, diez inmigrantes lloran a una patera hundida bajo el peso de sus muertos.
Solo hay presente para los condenados. Y el presente es un don que cuando llega, pasó.

En la puerta de entrada a este infierno que somos, recita otra vez Dante desmintiendo a Virgilio, no está el dolor sino la indiferencia.

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2/11/19

Texto de Osvaldo Burgos



FELIZ DÍA

“La memoria de los hombres es un cementerio abandonado. Y toda permanencia exagerada en un dolor, traiciona sus olvidos”.
Marguerite Yourcenar

Diez años tiene ella / Y pare / sobre el colchón mugriento en el que ayer murió su hermano.
Quien no ha visto la miseria de un niño no ha visto nada, dijo una vez Víctor Hugo mientras Parías hedía. En el caos de las tinieblas, los infames y los infortunados se confunden.
Benditos sean los frutos de los vientres malditos. / Y bendita sea aquí tu voluntad de ausencia, mi señor.

Si la memoria de los hombres es un cementerio abandonado, la memoria de los pueblos también. Y toda permanencia exagerada en el olvido, duele por su traición.
¿De qué dolor aliviarse, hacia qué otro dolor huir, cuando vivimos entre tumbas que aclaman cada noche su condena?
En las aguas podridas de esta Estigia nada es únicamente lo que es, sin ser también lo que lo niega. Y aquel que llega a ser nombre, ya no está.

Diez años tenía ella / Y plena era de gracia cuando se desangró / sobre la tierra, sola.
Quien ha visto a una niña en la miseria no regresa a sí mismo, dice otra vez Jean Valjean mientras Rosario arde.
En un mundo de infamia y de desidia solo caben espectros, fantasmas, sombras.

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26/5/18

Texto de Osvaldo Burgos



LAS SUMISAS

Cada vez que los presos de aquella provincia china necesitaban mandar un mensaje a sus compañeras en la aldea, lo escribían en forma de poema.
“Otra poesía”, decían los carceleros sin preocuparse por esconder sus risas. Vaya estupidez.
Aquel febrero los presos estuvieron particularmente inspirados y los carceleros rieron gruesamente.
Con los primeros deshielos de marzo, las mujeres comenzaron a amontonarse al otro lado del muro. No decían nada, solo estaban ahí. Por miles.
La noticia tardó en llegar a los oídos del emperador. Cuando Su Majestad por fin se enteró, ordenó que los guardias pagaran su indolencia con la vida.
No hizo falta. Sumisas como siempre, las campesinas se habían adelantado a cumplir la orden. Ya no había penal, ya no había guardias.
Y antes de que los hielos terminaban de irse de los montes más bajos, ya no habría tampoco emperador.


© Osvaldo Burgos

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14/2/18

Texto de Osvaldo Burgos



ANTICIPACIÓN Y MEMORIA

Nacemos de una caricia ajena que no pedimos. Nos vamos implorando otra, que no nos dan.
En el medio, los abrazos se clasifican, se jerarquizan; los besos se cuentan, se prohíben.
Crecemos, andamos, nos hacemos viejos cargando con un mundo de caricias inconvenientes, impensables, resignadas, absurdas.
Pero en algún momento, el yo imaginario de los abrazos y de los besos no dados nos aplasta, nos abduce, nos subsume.
Quién sabe. Tal vez morir no sea realmente desvanecerse en el aire y quedar como un nombre en la memoria fugitiva de los otros.
Tal vez sea, simplemente, entrar en el mundo anticipado de las caricias que no dimos, de los besos que no nos dieron, de los abrazos que no nos atrevimos a desear.

Con su rama dorada, Eneas visita a Anquises cada noche, entre los hombres del espejo. “¿Por qué quisieran los cuerpos ya saciados volver a tener un alma?”, le pregunta.
El padre lo mira y nada dice. La respuesta, sin embargo, es obvia. Solo porque saben que, aunque medien mil años y el olvido, van a volverse a ver.
Entonces, amanece.   

© Osvaldo Burgos

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17/5/17

Texto de Osvaldo Burgos


LO QUE SIGUE (una versión alternativa)

Cuando el invierno al fin pasó, los hambrientos perros de un cazador errante, encontraron a Acteón inmóvil en el bosque.
Tenía las manos deformadas por las caricias que, aún entumecidas, seguían sobrándole en los dedos.
Y más allá del empalidecido horizonte de sus labios, apenas delineados ya, un río seguía fluyendo incontenible. Se remontaba al Caos y a las tinieblas.
El ser sin lenguaje es nadie. El lenguaje sin ser es nada.
Como Áyax, hay quienes se marchitan; como Ulises, hay quienes se esfuman. Y como Penélope o Nausicaa, hay también quienes esperan. O no.
Acteón murió ahogado por sus besos ausentes.
Cuando los perros llegaron hasta él, tenía una sonrisa calma, apenas insinuada.  Apartándolos, el viejo cazador se detuvo un momento; y, en un imprevisible gesto de piedad, le cerró los ojos.
Desde el fondo de los siglos, Acteón pareció agradecerle. Diana ya no se escaparía por ellos.
Iluminándolos, el sol comenzaba a entibiar otra vez los viejos árboles. Ya era hora.

© Osvaldo Burgos

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10/3/17

Texto de Osvaldo Burgos


AL FINAL, AL INICIO.

Cuando narraba la historia de Candaules, Heródoto escribió: “al mismo tiempo en que se despoja de su camisa, reina o no, la mujer abandona su pudor”.
Luego, Quignard dedujo bellamente de esa afirmación, que cada botón que se desprende sobre el pecho de una dama equivale a los triunfos de mil guerras que se olvidan.
Por eso, el mayor acto de amor que una mujer puede hacer por un hombre, no es desvestirse para sus manos sino vestirse para su mirada.
Los ojos acarician.
Todo vestido es un disfraz, una máscara, una imaginería que las diosas pergeñan cada vez que deciden tomar forma humana y bendecirnos.
Somos hijos, maridos, padres, hermanos de diosas que se transfiguran, ofrendándose a nuestra vanidad.
Pero estamos tan acostumbrados a ese milagro, que solemos olvidar agradecerlo.
Y perdidos en la celebración de triunfos que no le importan a nadie, elegimos perseguir la falacia del poder, el error de las riquezas, la irracionalidad del sentido.
Frente a la incesante maravilla de sus epifanías, nuestra absurda pretensión de tener y sos-tener un lenguaje es, en sí misma, la locura.
Candaules llegaría a saberlo por sí mismo.
Pero como ha sucedido con casi todos nosotros durante los milenios que siguieron –incluyendo a Heródoto y tal vez a Quignard- cuando eso ocurriera, sería, para él, ya demasiado tarde.


© Osvaldo Burgos

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9/11/16

Texto de Osvaldo Burgos


CITAS

Ellos no habían escuchado nunca hablar de Chuang Tzu. Y jamás hubieran entendido su angustia por pensar si no era, en realidad, el sueño de la mariposa que creía soñar.
Ellos solo se amaban. Y a kilómetros y horas de distancia, apoyaban sus cabezas en la almohada para volver a entrar, cada noche, en la casa en la que vivían juntos desde siempre.
Después, cuando el sol vencía la resistencia de sus vidrios, salían separados al tedio de la nada que no cesa; al rigor de los hábitos destinados al olvido; a las horas que pesan incontables.
En lo real, los padres de Caín nunca supieron cuál era la culpa imaginaria que pagaban.
“Dormir no es morir, mi príncipe” escribía ella, que estaba empezando a leer a Shakespeare. “Y no es vigilia la de los ojos abiertos” agregaba él, adicto a Macedonio y a su escriba.
Cuando el tiempo pasó, con algunas variantes simples de nombres y de duelos, sería justamente el escriba de Macedonio quien contaría su historia.



 © Osvaldo Burgos

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10/9/16

Texto de Osvaldo Raúl Burgos


EL DIOS DE LAS PALABRAS. 

Sentado sobre una roca que apenas emerge de la eternidad límpida del río, Fu Hsi dibuja en el agua mínima los límites del sol, con una rama frágil. Piensa en Nü Wa, a la que ya no volverá a ver.
“Hoy hace dos meses de que te dejamos ahí, cuando sentimos que te habías ido. Dos meses. ¿Y qué ha pasado conmigo en este tiempo?
A veces me descubro esperando que me llames. A veces, cedo al desengaño y a la ira, porque sé que no me llamarás. A veces intento encontrar una razón para tu sorpresivo empeño en el silencio”.
En todo eso piensa Fu Hsi, mientras persigue con su rama las imprevisibles formas del reflejo.
Desde siempre, la negación, la ofensa, la pretensión de sentido son las máscaras con las que intentamos conjurar la angustia, la soledad, la incertidumbre. En ese intento se consume todo. Y solo al final sabemos que es un intento vano.
El ser no es; acaece, ocurre. Efímero, inexplicable, irrepetible. Por eso, todo relato empieza en una caída; o en un robo, que no es más que otra forma imprevisible de mudanza.
El cuerpo es una estrategia del deseo, que fluye.
No hay una parte de Fu Hsi que sea Nü Wa; no hay una parte que no lo sea. Fu Hsi no es un agregado de sus partes ni una conjunción de sus razones; Nü Wa tampoco.
El sol es, todo él, la rama que lo dibuja en el agua; el agua no es más que una ilusión del reflejo.
Así lo creen los chinos, al menos, para quienes Fu Hsi es un dios. Aquella tarde de otoño, dicen, él inventó la escritura.
Y atormentado por la angustia de que su amada decidiera irse también de su memoria, la hizo inmortal. 

© Osvaldo Raúl Burgos

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