10/3/17

Texto de Osvaldo Burgos


AL FINAL, AL INICIO.

Cuando narraba la historia de Candaules, Heródoto escribió: “al mismo tiempo en que se despoja de su camisa, reina o no, la mujer abandona su pudor”.
Luego, Quignard dedujo bellamente de esa afirmación, que cada botón que se desprende sobre el pecho de una dama equivale a los triunfos de mil guerras que se olvidan.
Por eso, el mayor acto de amor que una mujer puede hacer por un hombre, no es desvestirse para sus manos sino vestirse para su mirada.
Los ojos acarician.
Todo vestido es un disfraz, una máscara, una imaginería que las diosas pergeñan cada vez que deciden tomar forma humana y bendecirnos.
Somos hijos, maridos, padres, hermanos de diosas que se transfiguran, ofrendándose a nuestra vanidad.
Pero estamos tan acostumbrados a ese milagro, que solemos olvidar agradecerlo.
Y perdidos en la celebración de triunfos que no le importan a nadie, elegimos perseguir la falacia del poder, el error de las riquezas, la irracionalidad del sentido.
Frente a la incesante maravilla de sus epifanías, nuestra absurda pretensión de tener y sos-tener un lenguaje es, en sí misma, la locura.
Candaules llegaría a saberlo por sí mismo.
Pero como ha sucedido con casi todos nosotros durante los milenios que siguieron –incluyendo a Heródoto y tal vez a Quignard- cuando eso ocurriera, sería, para él, ya demasiado tarde.


© Osvaldo Burgos

2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Te felicito Osvaldo por este bellísimo poema, homenaje a todas las mujeres, desde un lenguaje diferente a la caricia, sino exaltando su valentía. Gracias!!
Vilma Sastre

12 de marzo de 2017, 11:13  
Anonymous Anónimo ha dicho...


Me identifico plenamente con esta prosa poética de Burgos, si, cada mujer es una diosa que se ofrenda en sacrificio para que nosotros (Hombres) vivamos, y son ellas las que le dan la razón a cada uno de nosotros de existir.
Walter Mondragón
Gracias

1 de abril de 2017, 10:24  

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