29/7/26

Poema de Ohuanta Salazar

 


Pescar chirimoyas

 

Abuelo Emidio en el árbol y nosotros

debajo, en cada punta

de la frazada extendida, red

pescadora de frutas.

Mi abuelo ¡chirimoya va! y nosotros

divertidos, corríamos desparejos

arrastrando a los más chicos.

Con cada chirimoya conseguida reíamos

y con las que perdíamos también.

Después mi abuelo limpiaba una

en su camisa y repartía

iguales pedazos para cada uno,

probando alguna decía:

está patalca, no la coman. Esta sí,

cuidado con las semillas.

Un día le prohibieron

trepar árboles, entonces

mi abuelo inventó la caña de pescar frutas.

Desde el suelo enganchaba

la fruta del cabito, ¡chirimoya va!

y nosotros otra vez: frazada y risas.

Al final abuelo Emidio colgaba la caña

de una horqueta.

La casa de Obanta y mi abuelo

ya no están.

La caña pesca chirimoyas, todavía.

 

© Ohuanta Salazar

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28/3/26

Poema de Ohuanta Salazar

 


Parada Obanta

 

Era fácil de llegar aunque la casa

no tenía número en la entrada, ni nombre.

Ohuanta se lee el cartelito de la ruta

aunque Obanta le decían.

Desde lejos, se veían

asomando entre cañaverales,

antes del pie del cerro, las casuarinas

en fila y los lapachos rosados.

En el límite de la vía, los eucaliptos

de Perón llegaban al cielo y mis abuelos,

después de las tormentas, salían a mirar

a cuál lo había alcanzado un rayo.

Por las noches había que seguir

esa arboleda, montoncito iluminado

por la luna y un camino

de tucu-tucus.

Una vez en la tranquera, la avenida

de hortensias y al fondo la galería

donde los perros y mis abuelos siempre

esperaban que alguien volviera.

En tren era mejor porque

justo ahí, en la casa de mis abuelos,

paraaada Obantaa

anunciaba el maquinista.

 

© Ohuanta Salazar

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22/2/26

Poema de Ohuanta Salazar

 

Cañaveral de fuego

 

No sé por qué esa noche, los chicos

estábamos despiertos y vimos

el cañaveral en llamas y nos pareció

fuego artificial de nochebuena.

Más que mil fogatas, las cañas

volaban estallando, brasitas en la noche

como si fueran tucu-tucus rojos

confundidos, empujados al cielo.

¿Adónde se van? preguntamos

señalando lucecitas y mi abuelo Emidio:

aquellas altas se van a Venezuela con la tía,

las demás no saben dónde ir, dijo.

Esa noche, al cañaveral de Obanta

lo arrasó un fuego que explotó

desparramando tucu-tucus

por el mundo.

 

© Ohuanta Salazar

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10/1/26

Poema de Ohuanta Salazar

 


 Tontita

 

Yo sabía tener un hermanito

más chiquito y aprendía

todo, todo antes que yo

las calles, las tablas y eso

me gustaba pero parece

que a mis papás no.

Entonces me decía: tontita

como ellos.

No sé si éramos felices, los chicos

nunca hablamos de esas cosas

pero andábamos en bici y queríamos

ser rápidos como el viento

subíamos al mato, a la higuera

y soñábamos volar como los pájaros.

Antes de que nos marcaran las alas, yo tenía

un hermanito que me quería.

 

© Ohuanta Salazar

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15/8/25

Poema de Ohuanta Salazar

 

 

Mis padres teros

 

Mi abuelo me mostró unos teros

gritando, atacando embravecidos,

muy lejos de su nido.

Son padres raros, pero

no es que no quieran a sus hijos, me explica

es su instinto defender otro lugar,

confundir al peligro.

Mis padres se levantan temprano

trabajan todo el día y vuelven

por la noche, sin ganas

de ser mis padres ni saber

que pido ayuda en matemática.

También quieren a otros niños

que necesitan comida, ropa y envían

sus cartitas con dibujos y mis padres

dicen ¡Qué lindo! ¡Qué hermoso!

nunca como a mí:

¡Qué mal te salió! ¡Hacelo otra vez!

Mis padres, igual que los teros,

defienden niños,

lejos, lejos de mí.

 

© Ohuanta Salazar

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16/7/25

Poema de Ohuanta Salazar

 

 

Muy chiquita

 

Cuando mi hermanita nació,

mi papá no estaba enojado.

Carita redonda y mantas

entraba en un brazo y no era

como mi muñeca, parecía

una japonesita morada.

Casi siempre está dormida

y me aburre jugar con ella.

Hay que tratarla suavemente

dicen mis papás pero ella es muy fuerte

cuando agarra mi dedo y ríe,

también cuando llora.

que no despierte papá,

le hablo bajito que no despierte.

Porque ella es nuevita aquí,

y no los conoce,

le tapo la boca y la ahogo, entonces

se enojan y gritan.

Por suerte a ella no le pegan

porque todavía es muy chiquita.

 

© Ohuanta Salazar

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21/5/25

Poema de Ohuanta Salazar

 


Bocanadas de alegría

 

Mi viejo, en su día bueno,

sabía ser gracioso, hacía

chistes, bromas de la nada.

Nosotros reíamos a carcajadas

gritábamos de risa

hasta casi quedar sin aire.

Mi viejo sabía gastar muy rápido

la felicidad y por eso

nosotros gastábamos rápido también

toda la alegría que teníamos.

 

© Ohuanta Salazar

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17/2/25

Poema de Ohuanta Salazar

 


Deshojados


Como los árboles de otoño anticipan

las tormentas y llueven hojas

antes de la lluvia, nosotros cuando chicos,

presagiábamos las palizas.

Ni bien mi padre entraba de un portazo

intentábamos no temblar mirando

un punto fijo del aire sobre el plato.

Jurábamos que no eran lágrimas,

que eran hojas.

La casa se llenaba de hojitas caídas

y mi mamá decía

qué iban a pensar los vecinos,

entonces las escondía

en colchones y almohadones

y aprendía a bordar

cada vez mejores formas.

Así nosotros nos volvimos

árboles de invierno.

 

© Ohuanta Salazar

 

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20/1/25

Poema de Ohuanta Salazar

  


Leona en la cárcel de Ezeiza

 

Leona madre no sabe

canciones de cuna

no duermas, bebé

no te duermas

que la noche es larga, larga

en la leonera.

Una leona no lee

cuentos para dormir

la celda oscura, oscura

la luna no llega

a la leonera.

No puede acariciar sin garras

te ama como fiera

pellizca, sacude

para que despiertes

y ya no estar sola

en la leonera.

 

© Ohuanta Salazar

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5/12/24

Poema de Ohuanta Salazar

 


Niños del bando vencido

 

Los niños que nacimos en el bando vencido

del lado vencido del mundo

necesitamos una tía María Rosa

que se tome muy en serio la alegría

porque los padres del bando vencido

están ocupados con la tristeza

porque la tristeza de este bando

siempre tiene razón.

Pero los niños del bando vencido

también queremos armar trincheras

aunque nunca podamos repetir esa palabra

ni en el colegio ni en la plaza ni con los vecinos

y saber dónde queda ese lugar, exilio,

o qué magia hizo desaparecer al tío, desaparecido,

aunque nunca nunca nunca podamos repetir esa palabra

ni en el colegio ni en la plaza ni con los vecinos.

Cuando los niños del lado vencido del mundo

crecemos entre estos adultos tristes

del bando triste

requetenecesitamos una tía María Rosa

que nos enseñe a guardar esas palabras

que no hay que repetir nunca nunca

en el fondo triste del canasto de los juguetes

y nos lleve en los días soleados

a chupar cañas de azúcar y a comer uvas de la parra

aunque comer frutas sin lavar esté prohibido

y en los días lluviosos

a escondernos en trincheras de almohadas

y a cantar palabras contentas de María Elena Walsh

aunque también estén prohibidas.

Todos los niños que nacimos en el bando vencido

del lado vencido del mundo

requetemilnecesitamos una tía María Rosa

para nunca nunca tener miedo

a la oscuridad

ni a las palabras

ni en el colegio ni en la plaza ni con los vecinos

para ser por un rato niños del bando feliz

del lado feliz de la tristeza del mundo.

 

© Ohuanta Salazar

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9/11/24

Poema de Ohuanta Salazar

 


Boca de pez

 

Mientras mi mamá buceaba

buscando zapatillas baratas, yo

en la vidriera jugaba y hacía

boca de pez a mi hermano

que reía, pececito contento.

Mientras mamá nadaba

entre remeras baratas, nosotros

carcajadas a boca de pez.

Un día ella se puso triste y dijo

por culpa de tu hermano

y yo no le hice a él mi cara de pez.

Ni boca de pez le hice.

Otro día, mamá lloró y dijo

por culpa de tu hermana y entonces

él no me hizo su risa de pez

ni carcajada de pez me hizo.

 

© Ohuanta Salazar

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16/10/24

Poema de Ohuanta Salazar

 


Hojitas de casuarinas

 

Abuela Porota separa

la hoja con las manos,

una parte aquí

el otro segmento allá,

las une de nuevo.

Abuela maga cura

hojitas de casuarinas.

El tío no vuelve hace mucho

¿quiénes lo chuparon?, pregunto

y no entiendo, mi abuelo

en silencio y mi abuela, maga

una parte aquí

la otra parte de la hojita allá.

¿Mi tía tampoco viene para navidad?

¿Exiliada? pregunto

y mi abuelo Emidio llora

pero abuela junta

las manos, las partes, la hoja

y otra vez al árbol.

Mi abuela, maga, cura

hojitas de casuarinas.

 

© Ohuanta Salazar

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31/8/24

Poema de Ohuanta Salazar

 


Mi tía en el espejo

 

Tenía un espejo en la galería

donde bailaba y cantaba Funky Town

en cancanes de colores y nadie

la entendía bien.

Es que ella nació con mis abuelos grandes

y creció cuando ya no se discutía

de política en la casa, decía mi mamá.

Yo nunca había visto bailar a mis papás

con Silvio y Serrat.

La paciencia que nadie tenía con mis rulos, mi tía sí,

me peinaba y cantaba:

qué bello pelo tiene, carabín,

me hacía las simbitas, a cada lado,

dos igualitas

¿quién se lo peinará? Carabirulín, carabirulán,

ella cada tanto frenaba para respingarse la nariz

yo la copiaba,

lo peinará su tía, carabín

posaba en el espejo, hacía caras y yo igual,

quisiera siete centímetros más

y vos también, pobrecita, vas a ser petiza,

con peinecito de oro, carabín.

Si no le gustaba cómo quedaban las simbas,

comenzaba de nuevo.

Se agarraba los brazos y renegaba

Pucha vine a heredar estos brazos gordos y no

los ojos azules

y horquillas de cristal, carabirulín, carabirulán.

Después de ayudarnos con la tarea,

de lavar los platos, mi tía Claudia

hacía gimnasia frente al espejo de la galería

y en invierno se ponía polainas de lana,

del mismo color que el cancán.

Mi tía era hermosa como esas princesas

de las películas.

Al terminar, rodeaba con las manos sus brazos

y decía lo de siempre:

apenas se tocan el pulgar y el grande, ¿ves?

eso es malo,

levantaba la remera y miraba su cola

con gesto disconforme.

Cuando mi tía peleaba con algún novio:

vení, no más trenzas, me peinaba distinto,

tironeaba un poco el pelo enredado,

olvidaba mirarse y arreglarse la nariz,

y tu vieja se sigue llenando de hijos, ceñía

las colitas y me chuschaba,

qué carabirulín ni carabirulán,

un día me voy a ir de esta casa de mierda

apuntando con el cepillo, le decía al espejo.

 

© Ohuanta Salazar

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10/7/24

Poema de Ohuanta Salazar

 

 

La ópera prima de Gauss

 

El maestro Büttner de la Volkschule castigó a la clase

sumen todos los números del 1 al 100.

 

Pensando en descansar largo rato en su escritorio

pero Gauss niño lo asombró de inmediato con la respuesta.

Manito que escribía con tiza en la pequeña pizarra,

agujeros en el abrigo que le dio su madre analfabeta

limpiando casas de día y lavando ropa de tarde.

 

El 1 y el 100 dan 101.

 

Así como veía, Mozart niño, las notas musicales

cantando en el aire antes aún de ser ópera, Gauss niño

vio los números moverse en el pizarrón, juntándose

 

y El 2 con el 99 dan 101.

 

como cuando corregía las cuentas de su padre

tesorero de la Soc. de Pompas Fúnebres de Brunswick,

después de ser albañil, matarife y constructor.

 

El 3 con el 98 dan 101.

 

Mucho antes de la serie infinita,

de la órbita de Ceres,

del flujo de las cosas y volver a la matemática un río,

antes de que el duque de Brunswick pagara su universidad,

Gauss niño en el pizarrón de la Volkschule

vio 50 parejas de números bailando. 

 

50 veces 101 da 5050, respondió.

 

© Ohuanta Salazar

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24/5/24

Poema de Ohuanta Salazar

 


Nuestra serie de Leonardo Fibonacci

                                                           

De un pino en tu barrio de Federación, me trajiste

una piña, cono femenino.

Sigue la serie de Fibonacci,

dijiste tímido.

 

Y tímido dijiste, alejándote de mi puerta

porque ese Leonardo te encanta.

¿Sabías que no se llamaba Fibonacci?, te conté

para que te quedaras.

 

Para que te quedaras te conté:

Al padre de Leonardo le decían Bonacci por bonachón,

como vos y tus ojos, pensé.

Él heredó ese apodo por ser filio de Bonacci: 

 

Fillio de bonacci: Fibonacci.

Yo recorría con mis manos los estambres

del cono femenino,

acariciándolos mientras vos

te acercabas suavemente.

 

Suavemente te acercabas susurrando que

también seguían la serie, los copos de nieve

y mirándome a los ojos,

como los conos de mi pino, dijiste cerca de mi boca.

 

Cerca de mi boca, tu voz

2,3,5... Me besaste.

 

© Ohuanta Salazar

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8/4/24

Poema de Ohuanta Salazar

 

 

Ruido de fondo del universo

 

Pasó que Penzias y Wilson estaban instalando una antena 

supersensible en New Jersey y escucharon

un ruido de fondo, ondas de muy baja frecuencia,

tal vez eran palomas, pensó Wilson

y estuvieron largo tiempo buscando nidos de pajaritos

para quitarlos de la zona de interferencia.

 

Pasó que vi el cartel de la ruta 11. Íbamos

de Paraná a Concordia con diecisiete años

y nuestro primer amor. El sol sobre el campo

dijo también Oro y Verde, quise parar ahí, atardecía.

Acostumbrada a los cerros nunca había visto

un horizonte tan despejado y comprendí

ese confín del que hablaba Juan L. 

 

No estás viendo el sol como es ahora, dijiste

la luz que te llega es de hace ocho minutos. Entonces,

el sol que vemos es pasado, quise decir, pero callé.

Conocí la facultad y te enojaste

habíamos quedado en estudiar juntos otra cosa

y yo te amaba más que a mí,

pero el pequeño pueblo a cada lado de la ruta

con callecitas de pájaros y árboles y ese

camino de eucaliptus, me enamoró. 

 

Pasó que Penzias y Wilson escucharon una radiación

que no venía de la tierra, había viajado por todo el espacio

desde hace trece mil setecientos millones de años

cuando toda la materia estaba en un punto, juntita,

la energía quería bailar en movimientos asincrónicos, singulares

y necesitó expandirse, liberarse en una gran explosión.

Ellos escucharon el eco del Big Bang, cenizas

del origen del universo y les tembló la voz para nombrar:

el fondo cósmico de microondas.

 

Las microondas prueban que el universo se expande,

nos había enseñado el profe Lamas, allá en Jujuy.

Parece que todo se aleja del origen empujado por algo,

como los rayos de sol sobre este horizonte verde y dorado.

 

Y pasó que tenías razón. Mi Big-Bang comenzó ahí,

cuando dejé de mirar tus ojos para ver

aquel atardecer de Oro Verde expandiéndose

con la misma belleza que los restos de nosotros

viajaban cada vez más lejos.

 

© Ohuanta Salazar

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22/3/24

Poema de Ohuanta Salazar

 


SISMO

 

El temblor empezó en Caimancito, donde

la casa de Normita es de caña y barro

bolseado recién nomas

pintado de blanco.

 

El sismo nos llegó a San Salvador,

donde nuestra casa es de ladrillo y Normita

de vuelta de su pueblo, nos escucha:

¡La escalera parecía una alfombra mágica, cada escalón

se acercaba y se alejaba!

 

Hubo muchos temblores pero como éste, ninguno

agrietó la pared del living y a Normita

sus paredes suyas le han quedado igual

de agrietadas que siempre y las chapas

se han aflojado porque El Mamaní

estaba machau cuando las puso y

se le habían olvidado unos clavos.

Lo único raro ha sido el cañaveral

meta subir y bajar, como carnavaleando.

 

¡Igual que las olas! le dijimos y Normita,

ojitos negros brillosos, mirándonos

asombrada de que por fin

había visto el mar.


© Ohuanta Salazar

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7/2/24

Poema de Ohuanta Salazar

 


ABUELA MATERNA 

 

La mañana en que murió mi abuela

mi mamá lloró en mis brazos, pequeña

recién ahí le vi las canas, que ya estaban hace rato,

ella no me cuidaría más, indefensa

yo cuidaría de ella,

ya no era mi mamá, será la “abu”

de los nietos. 

 

Esa mañana en que murió mi abuela,

las dos quedamos huérfanas.

 

© Ohuanta Salazar

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30/12/23

Poema de Ohuanta Salazar

  


Mis abuelas


Una de mis abuelas tiene

fotos de Evita y de La Difunta Correa,

me gusta mirarlas.

Ella les cuelga flores o medallitas

y dice que eran santas.

Mi otra abuela, no

porque no le gusta Evita

y dice que de santa no tenía nada

pero que yo soy muy chiquita

para escuchar por qué.

Ella tiene cuadros hermosos

de los que no cuelga nada

y ojos azules,

anda peinada y pintada

porque es maestra.

Mi otra abuela, ojos marrones,

usa ruleros y un pañuelo

por la mugre de la casa

y me hace mate cocido.

La otra, leche con chocolate.

Mis dos abuelas son igualitas

cuando se tapan con crema la cara

antes de dormir

y en la mesa, calladas siempre

que el abuelo habla.

 

© Ohuanta Salazar

Pintura: Carlos Gómez Centurión

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13/11/23

Poema de Ohuanta Salazar

 


La chivita

 

Mi abuela Silvia besa y tira la oreja.

Ella no sabe besar sin que duela.

No tuvo madre ni padre,

solo primas y un tío y tampoco sabe

cuentos para dormir,

ella cuenta su infancia.

Mi abuela niña y sus primas a veces

iban a la escuela, si no había trabajo en la casa.

Los días eran muy largos, solitas

los de calor, encerradas, los peores.

Una mañana su tío trajo una chivita

pequeña, blanca, mancha negra.

Mi abuela niña y sus primas todos los días

corrían a desatarla.

Jugaban en el patio trepando al gomero,

saltando entre las plantas y en secreto

la nombraban: Manchita.

Una tarde encontraron

el licor de chocolate, con pequeños

bombones deliciosos.

Rieron a carcajadas y convidaron

a Manchita.

Saltaron las macetas de una en una,

de dos en dos, de tres en tres,

la prima más chica tropezó y se lastimó.

Cuando llegó el tío

explicaron entre risas.

Hospital, pierna vendada,

y el castigo.

El tío cocinó a Manchita

y las obligó a terminar el plato,

entre arcadas y lágrimas

mi abuela niña y sus primas comieron.

Tanta felicidad trae desgracia,

nos dice abuela Silvia.

 

© Ohuanta Salazar

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