8/8/26

Poema de Diana Bellessi

  


He construido un jardín como quien hace

los gestos correctos en el lugar errado.

Errado, no de error, sino de lugar otro,

como hablar con el reflejo del espejo

y no con quien se mira en él.

He construido un jardín para dialogar

allí, codo a codo en la belleza, con la siempre

muda pero activa muerte trabajando el corazón.

Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo

atisba las dos orillas, no hay nada, más

que los gestos precisos –dejarse ir– para cuidarlo

y ser, el jardín.

Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte

hablando en perfecto y distanciado castellano.

Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía

que te allega, a la orilla lejana de la muerte.

 

Ahora la lengua puede desatarse para hablar.

Ella que nunca pudo el escalpelo del horror

provista de herramientas para hacer, maravilloso

de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror

si la belleza lo sostiene. Mira el agujero

ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo

en el espejo frente al cual, la operatoria carece

de sentido.

 

Tener un jardín es dejarse tener por él y su

eterno movimiento de partida. Flores, semillas y

plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay

poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una

tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,

mientras la sombra de su caída anuncia

en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir

sin sueño del sujeto cuando muere mientras

la especie que lo contiene no cesa de forjarse.

El jardín exige, a su jardinera verlo morir.

Demanda su mano que recorte y modifique

la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros

bajo la noche helada. El jardín mata

y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer

gestos correctos en el lugar errado

disuelve la ecuación, descubre páramo.

Amor reclamado en diferencia como

cielo azul oscuro contra la pena. Gota

regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas

a la orilla más lejana. I wish you

were here amor, pero sos jardinera y no

jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.

 

© Diana Bellessi

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25/7/26

Poema de Diana Bellessi

 


El mazo

 

En el viejo café Cervantes sobre la plaza

la sombra luminosa de mi padre me acompaña

 

siempre he querido a este boliche sombrío

donde los parroquianos varones juegan al mazo

español o miran la televisión silenciosos

y me dan permiso, Dios mío, de fumar adentro!

 

aquí veníamos con el papá a tomar café

y a él, no le daba vergüenza traer a su hija mujer

 

la ruta al frente y la vieja estación de tren

con la plaza al lado, ya suben las voces de estos

machos y quisiera atrapar cada gesto o frase

que se repite desde mi infancia a mi vejez

 

ahora que ya se han olvidado de mi presencia

con las cartas en la mesa y uno lee el diario

 

dos toman cerveza o miran un documental

sobre Tailandia y el mozo del bar y yo

la octava pasajera con un noveno sentado

atrás que ahora entra al café de la plaza, el más

 

antiguo que conozco y siempre milagrosamente

abierto, hay un tipo ahora en el reservadito

 

tomando vino, y mujeres nunca, qué entretenida

la rutina de los varones que ahora comparto

con mi cuaderno de notas mientras el noveno

se acerca a jugar una básica y hablan de una víbora

 

no sé si será de Tailandia o de Zavalla

pero todo tiene un sabor de aventura antigua

 

que me dan ganas de reír y de llorar al mismo

tiempo y ahí entra el barbero y Barrera detrás

que se sienta en mi mesa mientras recuerda,

octogenario ya, al Chevalier y a su mujer

 

Hilda, amiga de mi mamá, encantador este

Barrera, y otro, al que le reconozco la cara

 

aunque no sé cómo se llama y me dice "acá

se sentaba siempre tu papá, en esta silla,

frente a vos", lo recuerdo, sí, mirando hacia la plaza...

ustedes me trajeron, ¿verdad viejitos? y el dueño

 

del bar que me ofrece ahora una copita que no

me dejará pagar, tan grande y hondo, no sé


© Diana Bellessi


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