8/5/26

Poema de Mariana Finochietto

 


Con el paso liviano de un ciervo en el hielo

ha llegado otra vez la tristeza.

 

Suave canta el viento entre los sauces altos.

 

Lentas      desprendidas

veo caer las hojas.

 

A nada temo.

 

Ya conoce de inviernos

el dulce animal de mi corazón.

 

© Mariana Finochietto

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20/2/26

Poema de Mariana Finochietto

 


Aún recuerdo

las hebras de tu olor sobre mi palma


su roce dulcísimo


cuando volvimos rotos como pájaros

ya no estábamos solos


¿cuál de los dos trajo a la soledad?

 

© Mariana Finochietto

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7/1/26

Poema de Mariana Finochietto

 


Cuando dejamos atrás

las luces y los puentes

 

y la escalera blanda de los tilos

se fue volviendo aire perdido en el paisaje

 

la oscuridad del mundo era una boca

de suave paladar

 

¿quién guiaba la luz?

 

© Mariana Finochietto

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3/3/25

Poema de Mariana Finochietto

 

confesión


No es la pasión,

no es la debida rendición a la tragedia

ni el tejido esforzado y minucioso

de tu voz

atravesando los teléfonos.


Es la lluvia que dejo

sobre los hibiscos,

los perros

abriendo caminos en el pasto,

mis hijos despertando a la mañana.

 

© Mariana Finochietto

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23/11/24

Poema de Mariana Finochietto

 

Erótica

 

Era la luz y era la mañana

de la calma que precede a la tormenta.

Una música azul late en el aire.

 

El patio

se derrama sobre el mundo

para que yo lo vea.

 

© Mariana Finochietto

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17/6/24

Poema de Mariana Finochietto

 


amanece


Callo.

Frente a la mañana, callo.

La voz de la tormenta está cantando en la cueva

                                                        [del cielo.


Ningún pájaro

es más alto que la música que traen las mañanas

cuando apenas

se percibe el anhelo de la lluvia.


Callo.

Quisiera cantar lo que amanece

mientras la tierra tiembla

bajo el pasto

entre las bestias pequeñas que huyen

hacia lo más hondo.

 

© Mariana Finochietto

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14/7/23

Poema de Mariana Finochietto

 


Alguien

pesará mi corazón

cuando se apague la noche sobre mí.

No tengo miedo:

como todos

existo entre el cielo y la tierra,

en una mano llevo la belleza,

en la otra mano cargo la crueldad.

Sin más que dar,

puedo decir

que aprendí los cuatro nombres del amor.

Aprendí

que el olvido no es más que una palabra

que queda muy bonita en los poemas.

Sufrí y amé,

en orden y en desorden.

He sido amada

como debe serlo una mujer.

Mi corazón,

sin más que dar,

es una piedra silenciosa.

Pero el hombre más hermoso del mundo sonrió para mí.

 

© Mariana Finochietto

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16/5/23

Poema de Mariana Finochietto

 


Somos

los rotos,

la sombra

de las últimas estrellas,

Somos la sal de la mujer de Lot,

la flecha

siempre en el talón,

el cuerpo

elemental de la desdicha.

Somos

los que sabemos

como muerde el dolor,

como corre el veneno en la sangre,

como quema.

Somos ésos,

los que encendimos la esperanza

cuando la noche devoraba el mundo.

 

© Mariana Finochietto

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8/3/23

Poema de Mariana Finochietto

 


Hija,

las mujeres de nuestra sangre

cantan

cuando quieren llorar,

y cosen largos ruedos desprendidos

con hilvanes de lluvia.

Pasan días al borde de sus hombres;

cuando se van

inician la nostalgia del fuego.

Asumen que no saben de fragilidad,

porque no tiemblan al quedar desnudas.

Mientras pasa la vida, se peinan y despeinan

la larga trenza

ceñida al cuello.

Hija,

yo, que no tengo nada,

te regalo el don de la inusual.

Coronate en la selva,

bailá sola en la orilla del mundo.

Pagale al desamparo su moneda.

Temblá de miedo,

de inocencia,

de coraje.

Y que aúllen los lobos

festejando

tu orgullo de mujer recién venida.

 

© Mariana Finochietto

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7/2/23

Poema de Mariana Finochietto

 


 

Entonces,

era la vida ese latir de potros,

el sol cayendo a mediodía sobre el pelo,

la nuca tibiecita,

el cuerpo un junco que bailó en el viento.

Entonces,

eran urgentes el beso y la palabra,

la boca que mordía por las noches

el pan, un verso

lo que hubiera más cerca y saciara el hambre.

Hubo una vez

el amor, el perro amor,

inaugurándome.

Vivir entonces era una estampida.

Lejos, lejos de las ventanas

donde hoy

los días se demoran

adormecidos en perfumes de vainillas.

Como a las rosas del florero

no me sucede más que ajarme.

 

© Mariana Finochietto

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26/12/22

Poema de Mariana Finochietto

  


Algunas cosas

no deberían suceder, pero suceden

por culpa del azar

o de las piedras

que echamos a rodar cuando aprendimos

que tropezar

también es levantarse.

Así,

supimos que la tragedia no siempre nos señala,

que no fuimos los héroes que conquistaron la alegría,

que vivimos igual que el resto de los otros,

empujándonos

de un lado al otro de la tierra.

Sólo el amor, a veces,

nos rescata

y nos regala el corazón que merecimos

cuando fuimos inocentes

y soñamos

con un latido más leve que los pájaros.

Entonces canta

en el centro del pecho

una musiquita de luz.

 

© Mariana Finochietto

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17/8/22

Poema de Mariana Finochietto

 


 

MIRÁ

 

Mirá,

mi amor,

estoy perdida en el agua del lenguaje.

Mirá,

¿me ves?

Amor y desamor son casi idénticas.

Las palabras son remos,

maderitas

que lanzo hacia lo hondo

porque a veces quiero estar,

así,

perdida,

zozobrada en un océano de angustia,

llorar tanta inundación,

amor,

llorarme tanto

hasta perderme,

ser

la perdidita,

la huerfanita náufraga que anda

sin remos sobre un mar.

Mirá,

¿me ves?

Amor y desamor son tan distintas.

Pronuncialas despacio.

Devoralas.

Que las palabras anden por tu cuerpo

como barcos

mecidos por la tempestad.

Amor,

amor,

¿qué tengo para dar sino palabras?

Remos de mi corazón,

que arrojo al fondo

para quedarme sola,

por fin,

quedarme sola.

 

© Mariana Finochietto

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21/7/22

Poema de Mariana Finochietto

  


ESAS COSAS INHOSPITAS.

 

Esas cosas inhóspitas:

el fuego

y sobre el fuego la costumbre humeante

de alimentar hijos

y el sendero de prolijas baldosas

que gastan mis zapatos de señora gentil,

y la ventana abierta que cierro cada noche

para ponerle fin

a la tarde y la fe,

y las hojas que esperan con lealtades extrañas

y desordeno,

a veces,

con calma o con desdén,

esas cosas pequeñas de escritura sencilla

son mi manera de hacerme un lugar en el mundo.

 

© Mariana Finochietto

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1/6/22

Poema de Mariana Finochietto

 


 

LA CARTA ESCONDIDA

 

Será

que envejecer

es olvidarse

del viejo afán de la sabiduría.

Será

que ahora, cuando ya no busco

los porqué,

entiendo.

Ése es el truco,

la carta escondida en la manga de dios.

Todo

es agua que va,

agua de un río

en el que aprendo a sumergirme

con el goce feroz de las sirenas.

No se aprende a vivir.

Apenas

se acostumbra

el cuerpo

a la suerte de estar vivo.

Será

que ahora, cuando el mundo

empieza a ser pequeño,

comprendo.

No me apuro en vivir.

Llevo los años colgados como perlas

de un collar hermoso.

Y tanto tiempo aún.

Tanto tiempo.

 

© Mariana Finochietto

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10/9/21

Poema de Mariana Finochietto

 


 

¿Y qué es este dolor

que me recorre

el cuerpo

en esforzada vertical

como si un dedo de fuego acariciara

mi espalda?

¿Qué es este dolor

y sus ásperas constelaciones

sino otro sol

que reclama su sitio en mi cuerpo?

 

© Mariana Finochietto

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4/8/21

Poema de Mariana Finochietto

 


 

Mi madre

vive en una casa lejana, muy lejana,

con un patio muy verde

extendido hacia el norte

con un limonero,

una higuera,

dos sauces.

Mi madre nunca se aburre,

porque siempre tiene algo

importante que hacer:

quitarle el dobladillo a una pollera,

descoser el botón de una camisa,

remendar un mantel

para que quede más bonito.

Ayer salió a dar vueltas

por el patio

en la bicicleta azul, y yo imagino

su cuerpo chiquitito sobre ruedas

girando desde la parra al paraíso,

bajo la sombra suave de los sauces.

Ojalá

huela a limón

cuando se canse.

 

© Mariana Finochietto

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23/6/21

Poema de Mariana Finochietto

 


 

Algunas tardes,

con la lejana parsimonia de quien toma té,

yo preparo el ritual de la alegría,

porque creo en los hábitos sencillos

como esos que se arman sobre los manteles blancos de la abuela

y las huellas de amor que el almidón conserva entre los pliegues.

Es necesario conservar un protocolo

que nos devuelva puros

a la orilla de los jardines mansos de la infancia

y su certeza de prolijo pasto inglés

para decir que es tiempo

de reclamar los frutos que sembramos.

y que no duela

haber perdido tanto y ser tan poco.

 

© Mariana Finochietto

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12/5/21

Poema de Mariana Finochietto

 


 

Mi madre duerme en casa

y en el aire de la mañana se la escucha

moverse

con los ruidos pequeños de los sueños,

su presencia

confundida

con las respiraciones dormidas de mis hijos.

Siempre es un poco extraño

velar el sueño de las madres,

esa sustitución que lentamente empieza

a hacerse parte de las cosas,

como un lunar que crece sobre el cuerpo,

una pregunta

que aparece

y no hay respuesta.

 

© Mariana Finochietto

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14/12/20

Poema de Mariana Finochietto

  


Giros 

 

El tendedero

de mi patio dio tres vueltas

antes de estrellarse contra el pasto,

vencido

por la ley de las tormentas.

Es curioso

como algunas cosas

pueden desgarrarse de su materia

y parecernos

otras cosas,

pensé,

cuando arrojé los restos del alambre roto

al cesto de la basura,

y sólo era

un esqueleto metálico y rendido para siempre,

después de ser apenas pájaro una tarde.

 

© Mariana Finochietto

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26/10/20

Poema de Mariana Finochietto

 


 

El olor de los eucaliptos

 

Mi hija y yo

salimos a caminar,

por la mañana.

bajo la sombra de los eucaliptos.

Huele, le dije,

a vapor medicinal.

Ella se rió.

Y le conté de las horas en vela

con los cuartos ahumados

por la tos de los hijos,

de mi madre y el tarro sobre un calentador

horas y horas hirviendo una tisana ardiente

cuando mi hermano

se rompía el pecho

en el intento de respirar.

 

Mi hija escuchó.

Su paso acompasaba el mío.

Hay tanto que no sabe aún,

pensé.

Apenas si dejó los dieciséis

y mira al mundo con asombro,

como el que se va de vacaciones

cada día

a un lugar distinto.

Yo también tuve alguna vez mis dieciséis

y era fresca

y poderosa,

y  todo el universo estaba abierto para mí.

 

Todos deberían ser felices

a los dieciséis

porque son chiquitos, todavía,

y no saben mucho de las cosas más elementales,

como la fiebre de los hijos

o pedir ayuda a tiempo.

Debería existir una ley para cuidarlos

de la crueldad

que ronda en cada esquina,

y es más monstruosa que el ogro de los cuentos.

El mundo

debería cuidar de los pequeños,

para que puedan andar

por las calles

ocupados en vivir

con los ojos abiertos.

 

© Mariana Finochietto

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