19/1/26

Poema de Leandro Murciego

 


Nunca voy a sentarme a la diestra de Dios.

 

Eso lo dejo para los rectos,

para los que jamás van por la sombra...

Para los que no cortan palabras

ni acercan a los bordes.

 

Yo, argentino,

pero de los buenos.

 

Reniego de los uniformes

y de los uniformados.

No llamo a los cuarteles

ni aunque sean de bomberos.

 

Levanto las banderas,

que otros dejan en el suelo.

Camino. Grito. Canto.

Y descreo de los cuentos,

del relato, de la herencia,

del pajar y de la aguja,

del pastorcito mentiroso

que se hace el niño bueno.

 

Yo, argentino,

pero de los buenos.

 

Soy de los que se ve

en los otros,

el hombre que nunca

intentará ser el nuevo.

 

Soy yo, y mis culpas,

todos mis votos

y hasta el menor de mis hábitos.

Me hago cargo de todos,

hasta de mis amigos.

Ellos son los que se ubican,

siempre, a la siniestra;

los que escriben con la zurda;

los que tienen más desarrollado

el hemisferio derecho

y, por sobre todas las cosas,

los que jamás tendrán al Norte

como destino.

 

                 “YO, ARGENTINO”

 

© Leandro Murciego

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26/11/25

Poema de Leandro Murciego

 


Las matemáticas engañan.

Ocho no es lo mismo que treinta,

aunque hablemos de miles.

 

Las partes del todo,

pocas veces están de acuerdo.

Pero en algo coinciden:

dos medios no siempre hacen un entero.

 

Uno más uno no es igual a dos.

Dos separados no es lo mismo que dos muy juntos.

Muchos unidos pueden formar

un uno gigante y colectivo,

poderoso y multiplicador.

 

Pero en este mundo binario

los CEOS están siempre a la derecha

de los puntos y de las comas,

desafiando la lógica matemática

y tratando de valer más

que todos los unos, los otros y los ceros,

que se ubiquen a su izquierda.

 

“DESAFÍOS MATEMÁTICOS”

 

© Leandro Murciego

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6/10/25

Poema de Leandro Murciego

 

 

La dignidad está más acá.

No es el trabajo que me das

y al que yo le doy sustento.

Son los ojos con los que te miro cada noche.

Es el plato que tu vieja lleva a la mesa,

la comida que compartimos,

el guardapolvo que, ahora, yo te plancho,

la sonrisa que seguimos dibujando

a pesar de los pesares,

la luz que le inventamos a este oscuro pasillo.

Son las ilusiones que le tejemos al futuro.

Es la esperanza y la alegría de estar juntos,

y seguir creyendo que la patria es con el otro.

 

                                “DESEMPLEO”

 

© Leandro Murciego

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3/7/25

Poema de Leandro Murciego

  


Mirame a los ojos.

No bajes la cabeza;

quiero ver qué hay en los tuyos.

Sé de tus geografías extrañas,

de tus cíclopes irracionales

y de tus cruzadas perdidas

que buscan algún argumento.

Las sé, pero quiero verlas.

 

Mirame, pero a los ojos.

Quiero que veas qué hay en los míos.

Tengo un cielo tormentoso

y digo, tormentoso, no atormentado.

Estoy lleno de relámpagos

que prologan truenos.

Tengo un mal tiempo,

de los que no hay lugar dónde guarecerse. 

 

Mirame.

Quiero ver el color de la ira

en los tuyos.

Quiero descubrir el desequilibrio

de aquel que jamás intentó aprender

a balancearse sobre una cuerda.

 

Mirá a mis ojos

sosteneme la vista.

 

Mirá mi cielo,

hácete cargo de tu infierno,

de tu cíclope y tus cruzadas,

y, sin refugiarte en palabras,

jalá el gatillo y abrí fuego.

  

“SICARIO”

 

© Leandro Murciego

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14/3/25

Poema de Leandro Murciego

 


Dios no está en la cruz

de madera pesada,

ni en el bronce o el oro.

No está en las catedrales

ni se guarece en las sombras.

 

Dios está donde se combate el hambre

-cuerpo a cuerpo-,

en el grito de los sufrientes,

en la luz que se corta,

en el silencio del que no confiesa,

en el insulto a garganta pelada del torturado

y en la gratitud del que no fue revelado.

 

                         “DIOS Y EL DIABLO”

 

© Leando Murciego

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17/2/25

Poema de Leandro Murciego

 


En sus ojos no cabía ni un alfiler más.

En ellos tenía el mundo.

Vi el hambre, la soledad, el silencio.

el abrazo, el amor, la revolución.

el que fui, al otro y a todos los compañeros.

 

“EL CUENTO DE LOS CRIADOS”

 

© Leandro Murciego

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6/1/25

Poema de Leandro Murciego

  


Cuando la conocí, lo supe.

Estábamos condenados

a ser -en lo que durara la relación,

que es como decir un poema-

una singular sinalefa,

de las que llevan h mediante.

 

Seríamos una unión.

Tendríamos destino

de transgresora alianza,

de endecasílabos,

pero de doce.

 

Nuestro destino

-como el de todo buen poeta

que se embandera,

bajo el verso libre-

sería estudiar

todas las normas,

para después romperlas.

 

 

(CUESTIONES DE MÉTRICA)

 

© Leandro Murciego

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7/12/24

Poema de Leandro Murciego

 


Ayer fui un diluvio.

Hoy, apenas una tenue garúa.

Los años van dejando sus huellas.

Hacer viento es todo una epopeya ahora.

Antes, tan simple como soplar botellas.

 

(AÑOS II)

 

© Leandro Murciego

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13/11/24

Poema de Leandro Murciego

  


En su boca habitaba un mar de bandera celeste,

una ruleta rusa que no escatimaba premios,

un oasis y todos los desiertos.

Sus besos eran la biblioteca de Babel,

menos un libro;

la suma de las religiones y el agnosticismo.

Eran el pecado y, también, la redención.

Su cuerpo, la absolución y la condena.

Y yo, que nunca supe excusarme,

acepté  mis culpas y en su cárcel

pené y gocé todas mis deudas.

 

(SENTENCIA FIRME)

 

© Leandro Murciego

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21/10/24

poema de Leandro Murciego

 



Anunciaban mal tiempo,

y dicen los guasos que así fue.

El viento estaba caliente,

como con el Zonda

-pero peor-.

De tanto en tanto,

soplaban desierto,

arena y azufre.

 

Las piedras,

que -como todos saben-

atesoran el silencio y la memoria,

temblaron de desconcierto y miedo.

Las más pequeñas murieron

de cara al sol.

Sus restos se cubrieron

de espuma y sal.

El suelo quedó

regado de conchas

que cantaban su nostálgico

réquiem de mar.

 

Para los infieles

era el prólogo.

Para los otros,

la anunciación,

el presagio tan temido.

Los que acuñaban fe divina

se echaron de rodillas

a canturrear rezos,

a dibujarse apuradas cruces.

Pero no había oraciones ni plegarias

para protegerse de aquello.

 

Dicen que cuando el perdón

es vástago del miedo

ni Él se atreve a darlo por bueno.

 

El cielo se fue tiñendo de furia.

Se fue pintando

con una prisa niña

de las que duelen,

de las que escapan

del blanco de las hojas.

Se fue coloreando de a golpes el cielo

-como antes la tierra lo había hecho-.

Se fue moretoneando y no es verso.

Se fue manchando de rojo sangre,

de sangre venosa, de venas abiertas,

de Américalatina.

 

El cielo se hizo herida,

                           grito,

                           reclamo.

 

Abajo, tembló todo.

 

Un ejército de llamas marchó

a un único paso,

a un mismo rebuzno

-que sonaba a beligerante gruñido-.

Llegaron a romper,

el obligado sosiego,

a recuperar la libertad.

No habían nacido

para ser domésticas

ni siervas

ni esclavas.

Estaban dispuestas

a escupir o silbar todo,

y, de ser necesario,

a defenderse a mordiscos.

 

No sólo para comer se muerde,

también se hace de dolor,

de bronca,

de furia,

y de todo eso.

 

Bajaron las llamas

con el polvo seco

-pegado en la garganta-

de su geografía más íntima

plagada de silencios.

Debieron caminar por filos,

transitar abismos,

y vencer el miedo.

Marcharon sabiendo que la muerte

puede ser el fin,

aunque también un comienzo.

Sabían que de nada sirve

vivir a la espera.

 

En definitiva,

Dios es una promesa

que crece o decrece

con el tiempo.

Y que el tiempo y la fe

son dos embustes

para amansar a los fámulos.

 

Estaban convencidas:

debían salir de su limbo,

de su eterna línea de Karmán.

Habían comprobado

en lana propia

que la orilla del infierno

también sabe quemar.

 

Del otro lado,

cruzando la grieta,

un lobo de oscura corona

y melena revuelta

las esperaba.

En un paisaje sin sombra,

y después de haber resecado

los verdes campos,

regaba con sangre

sus plantaciones

de simeolvides,

mientras una hueste

de cipayos felices

se flagelaban repitiendo

ininteligibles salmos.

 

Las llamas, para ellos,

traían el eco del infierno.

Los elegidos pregonaban

el sacrificio y la guerra Santa.

En algo coincidían:

arder era el destino.

 

El fuego traería la salvación.

 

Solo hizo falta una chispa

para dar inicio a la revolución.



(EL CUENTO DE LOS CRIADOS) 

 

 

© Leandro Murciego

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