1/10/25

Poema de Andrea Marone

 


En la casa de mi infancia

no podías dibujar en las paredes

era una ley, la respetábamos; pero

cuando el agobio del sol derretía

la brea en las junturas de cerámica

agarrábamos un palito y esparcíamos

la tinta negra sobre las baldosas.

Era una forma de hacer inmortal

nuestro trazo tembloroso.

Como cuando acababan de rellenar

con hormigón el pavimento

y escribimos nuestros nombres

en el puente del garaje.

Viví en muchos otros lugares

pero, nunca me fui de ahí.

Todos los otros hogares

fueron un intento, una imitación

de aquellas sólidas paredes de ladrillo.

Por eso, si me preguntan, explico

no importa mucho dónde viva

si se corta el agua una semana,

si no funcionan los ascensores

si me piden amablemente que me vaya

o si me tengo que ir a las corridas.

En definitiva, uno puede ensayar casas

en muchos lugares, pintarlas, comprar muebles

asegurarse de que las paredes no estén desnudas;

pero el ejercicio de la mudanza

es un trazo indeleble en la hoja blanca,

regresar será sólo un anhelo

y mi nostalgia una herida a combatir

un ejercicio cotidiano, una calumnia

un insulto balbuceado sin convicción.

Cada una de las habitaciones que fue mi casa

incluida la tuya, incluida la de él

le da forma voluptuosa a este presente transeúnte

lleno de experiencias de juventud.

Prometo amar la alteridad de cada cuarto vacío

en dónde podría llegar a vivir los próximos años.

 

© Andrea Marone

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11/12/24

Poema de Andrea Marone

 


 

¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida

Que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?

Delmira Agustini

 

LA CHIMENEA ES EL CORAZÓN DE CASA

guarecido entre el hollín, un tronco.

Mis ojos espejando las llamas

que como lenguas tornasoladas

relamen golosas la madera,

serpientes engarzadas

dejando un rastro fatal

sibilante de sombras.

 

La brasa sube contoneándose

al ritmo del pulso

                                     el silencio.

 

El carbón susurra al contacto

en cambio, deshilvanadas

las chispas gotean hacia arriba

suben con el humo

van deformándose los haces de luz

como el eco de una piedra

en la superficie del agua.

 

Entonces, veo un rostro entre las llamas

Delmira convertida en cisne

encendida en mi fuego

deja un rastro de sangre negra.

 

El crepitar de la resina gotea

sobre dos lágrimas

borroneadas entre la ceniza.

 

© Andrea Marone

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4/11/24

Poema de Andrea Marone

 

 

SOBRE EL MAR CAMINA LA TORMENTA

parcas de alas raquíticas

las olas inundan la costa

salpicando las ruedas de los autos

estacionados en la costanera.

 

Sobre la arena

mis pies están hundidos.

Caigo

con ritmo.

Hay algo aterrador

en la calma que queda

cuando la tempestad termina.

 

Entre las piedras

apenas se distinguen

los cadáveres de aguas vivas

que la marea arrastró.

 

Las gaviotas

con los picos desgarran

despedazan la carne

se alimentan de los cuerpos

ruinas invisibles del mar.

 

© Andrea Marone

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13/9/24

Poema de Andrea Marone

 


“El fondo de las cosas es opaco.

No está allí la preciosa

serenidad que prometiste”

 

Claudia Masín

 

Un cardumen de pájaros arrabaleros        

en las puertas de salida

del edificio prendiéndose fuego.

Fuego lapislázuli,

gema engarzada.

Ciento cincuenta palomas

giran en círculos dejan caer

sus plumas sucias al cemento.

En la ventana estoy yo

sin ninguna aspiración de huida.

Estas alas de gorrión carbonizadas

agitan el sueño como se agitan las cortinas

con el viento en una casa frente al mar:

la imagen es la cornisa.

 

Paso la vida buscando

la emancipación de este vértigo;

una razón que justifique el abismo;

persiguiéndole el rastro

al amor propio;

una concavidad en donde guardarme

de la intemperie.

 

Siento miedo del resultado de los análisis.

Siento miedo de mi desinterés

al precio de los bitcoins.

Los perros vagabundos me contagian las pulgas

y las plegarias de los homeless me hacen daño

como sentimos picazón cuando se entierra

una espina de cactus entre los dedos.

 

Todo lo que alergia

se soluciona con agua

por eso construía diques

entre tu cuerpo y mi cuerpo

donde sumergir la única calma posible

y hacer de ese incendio una llama

donde guardarnos

de la inminente caída.

 

© Andrea Marone

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19/6/24

Poema de Andrea Marone

  


Mi vida como una película

de Rohmer, el diálogo

sostiene la acción, en el elegante

departamento porteño

sobre una silla de mimbre

emulo el gesto de mis abuelas

cuando tejían una manta

para la madre primeriza. Pero,

mi ensayo es más humilde tengo

un alelí de pétalos azules que deshojo

con paciencia,

caen sobre mi vestido blanco

las corolas, cuento

por cada una de ellas

una amistad perdida.

Tengo una piedra de bezoar

en la garganta, un dolor biodegradable

por cada silencio.

 

© Andrea Marone

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19/1/24

Poema de Andrea Marone

  


Si un hermano está lejos

puede doler cada kilómetro:

diez mil novecientos cincuentaisiete

son muchos. Han pasado

unos meses —que metamorfosis

años— y es difícil crecer

como el potus que mudado

de maceta; papel corrugado,

cemento y poliéster,

echa raíces lejos del jardín.

El parasol de los años

hace sombra sobre

mi reloj de muñeca

¿Cuándo es hora de volver?

Somos una convivencia analógica:

en la cuna apenas movías

las manos con ansia

por dar cuerda a la vida.

Trompo, juguete de madera,

pista de autos con sabor a partida.

Un hermano es, también,

un talismán de luz enriquecida

por los recuerdos que desentierro

entre la maleza, excavo, paladeo

sacando el polvo de la casita de ramas

y polvo que construimos en el Olivo.

Es un lugar sagrado —para mi,

que apenas rezo las tardes lluviosas—.

 

© Andrea Marone

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4/11/23

Poema de Andrea Marone

 

 

A los mensajes de mis amigues

que llegan empapados en lágrimas

y andan con el corazón lleno de espinas:

les propongo que construyamos un rosal

un muro donde dejar crecer la hiedra

espina venenosa en el cierto insomnio

que se propaga debajo de las camas.

Musicalización kafkiana del desastre.

Nada es tan definitivo como un último adiós

en la venia del tren que parte lejos.

Y que se enquiste el presente

en un momento de eternidad punzante.

Ya sabremos qué hacer con estos cuerpos

desgastados por la imposibilidad

y la distancia, vamos a construir

un jardín de cactus que se alimenten

de las gotas livianas de agua cristalina

que caen de los postigos de la ventana.

Somos esa resistencia, también.

 

© Andrea Marone

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16/7/23

Poema de Andrea Marone

 


La noche es espesa.

Las ganas de correr se amansan.

La sangre de un animal

desconocido me encastra

a tu lengua. Recorre

la ecuación del deseo

con la gracia en mano

sobre el lienzo blanco

que es mi cuerpo cuando comulga

cabalgando hacia el tuyo.

Soy un acuífero, un manantial:

un arrecife donde los corales

expanden el tornasol

a descubrir nuevos matices

en las paletas del color.

Siento a los peces abriéndose paso

en las corrientes de agua dulce

y mientras nos acarician la espalda

pienso en tu belleza

pero no lo digo en voz alta

para no dañar el silencio.

Soy un iceberg derritiéndose

en tus labios, refugio

del ritmo vertiginoso de la ciudad

de todo golpe de la nostalgia.

 

© Andrea Marone

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19/5/23

Poema de Andrea Marone

 


Cultivo hongos alucinógenos

en las macetas del balcón

y los riego con el sudor

de mis amores. Huelen

a lavanda y azufre.

Su superficie es tersa

como la extensión de un salar

y en cada bocado de la carne

magra, blanquecina, láctea:

un nirvana y un abismo.

 

© Andrea Marone

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13/4/23

Poema de Andrea Marone

 


Quisiera recordar:

no tengo miedo

a la muerte que murmura

en los espejos. Me gusta

cómo se proyecta el sol

en las escaras —crema de avellanas

y leche de coco—, cuando un cuerpo

ya no se mueve la piel

se aja: hay que untar

con paciencia

sobre la llaga. Hablo de la corteza

de un árbol viejo, de los lunares

de mi abuela. Al contacto

con la emulsión

los poros límpidos se abren

como abanicos venecianos: ámbar,

jaspe, violeta. Hay edificios

estampados en el poliéster

del abanico. Las callecitas

medievales con adoquines,

brotes de hierba

germinando en las esquinas.

Todo reverdecer

acontece después del invierno,

espero que nuestras almas

tersas como piel joven

sobrevivan la próxima temporada.

 

© Andrea Marone

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