6/3/21

Poema de Viviana Ayilef

  


En esta barca cabemos todos.

Los niños dormidos en cuerpos de hombres

cicatrices viejas de heridas insanas

el papá de Pedro, cabe, la abuela de su hijo;

los húmedos libros en la tierra negra,

y unos ojos dulces dándoles cobijo.

 

En esa esquina cabe una cuna

traje muchas flores para prepararla

cabe una niña y también sus sueños

que son de por lejos sueños de la historia.

 

Y hay también un sitio para los más viejos

mimbre para el mimbre,

la silla exclusiva del abuelo en la mesa,

parte de su biblioteca,

palabras cruzadas,

cabe su bastón.

 

Los abuelos de ahora ya no usan bastones.

 

En aquella esquina coloqué un altar

puse muchas piedras que brillan por dentro

unas flores secas

lágrimas de sal

y agua para el brote de nuevos amores.

 

Puse también fuego.

 

En esta barca tan frágil caben pocas cosas

mece la memoria sus aguas del tiempo,

y si la mar desalienta el camino y la vuelca:

la memoria es eso y ese su destino.

 

Peces de colores vendrán al encuentro del recuerdo náufrago

en sus aleteos trine sobre el mundo seguramente algún pájaro.

 

Por eso será que los muertos nos siguen.

Suben a la barca y su dignidad es balsa.

 

Qué bello será ser una deriva en la barca de otro.

Si esto es hermoso así

                 cómo será de mar calma.

 

© Viviana Ayilef

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Poema de Liliana Díaz Mindurry

 


EL GUITARRISTA CIEGO (fragmento)

 

Debe haber en el ojo de los ciegos

una sórdida luz de pasillo donde avanzan los bastones blancos,

un pobre pez que se pudre en el agua del mar sin que nadie lo                

advierta,

una zona sin defensa,

el vientre de las noches sin luna. Se sospecha:

                    una minuciosidad oscura,

                    un detalle

                    que se escapa del cuadro.

 

Y la música no cura.

Cerrar el ojo e inventar sonidos no inventa

otra luz. Ni siquiera una luz oblicua.

 

       Debe haber un cielo roto de antemano

 

© Liliana Díaz Mindurry

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Poema de Fabián O. Chazarreta

 

 

Y vos cómo creés que fue el agua del diluvio?

¿Creés que mató a los peces y a los pájaros?

¿Cuántos animales mueren en el poema?

 

Es cielo y es azul. Y el agua cae tranquila.

Como una pérdida. Tarde a la que vuelvo

una y otra vez: cuando las primeras gotas tocan las ventanillas

 

del Falcon 67'. Mi viejo repasa los vidrios.

Mientras la lluvia copia pega y estrella

nuestros mejores días contra el parabrisas.

 

Desde adentro nos llega el olor del cuero; rumor

de alas incendiadas. Nadie puede subirse al auto,

ni moverse ni tocarse ni tocarnos; así es el agua

 

del diluvio ahora que la tele nos proyecta

peces y animales saltando sobre el río,

tomando las ciudades. Pienso en aquel film

 

de Penny Marshall. En esos catatónicos que despiertan

y se toman de la mano. En esa música suave para piano.

En como pronto volverán a perderse y a dormirse para siempre.

 

© Fabián O. Chazarreta

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Poema de Eugenia Cabral

 


Interior

 

Nadie me espere en miércoles ansioso.

Estaré sólidamente a solas 

por regiones antediluviales.

 

Iré dibujando en los huesos de mis pies 

las sandalias de caminar hacia la muerte.

 

Llevo el semblante sereno y solitario 

como un árbol que aguarda en la planicie.

 

© Eugenia Cabral

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Poema de Daniela Camozzi

 


 

La hamaca

 

Me tiro al sol

boca arriba

el pasto es

muy suave

no hay

espinas

ni cardos.

Cierro

los ojos igual

que en la plaza.

Me empiezo

a hamacar despacio

me empujo

hacia atrás

con una fuerza

que no tiene movimiento.

No despego

el cuerpo

del pasto

ni un poco.

Me doy

otro envión

ahora

para adelante

más fuerte

uso todo

el cuerpo.

Tengo dos

redondeles

de sol

en los ojos.

Me hamaco

cada vez

más fuerte

sin marearme

cada vez

más rápido

sin miedo

ni vértigo.

La tierra

es mi hamaca.

Tengo cosquillas

pero no son

de risa.

Parecen

de felicidad.

 

© Daniela Camozzi

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Poema de Aníbal De Grecia

 


No entiendo el momento.

De repente estoy en este lugar penumbroso veo siluetas

que se mueven estoy llorando navajas me sangra algo

lo sé por lo espeso de las lágrimas

intento levantarme y no puedo no domino mi cuerpo

 No puedo respirar ¡no puedo respirar! ¡Ayudame!

estoy llorando navajas y duele

Alguien quiere acercarse grito o balbuceo

o tal vez no muevo un músculo

soy un borde de conciencia buscando la huida.

Dejá no me ayudes. Ya se apaga.

No me importa respirar.

 

© Aníbal De Grecia

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5/3/21

Poema de Ariel Ovando

 


              Busca entre escombros

el lugar que moradores

                de las arenas

llaman "satellite'sgone":

si, una llanto de fragmentos humeantes

que hunde las manos en el significado,

porque los coros son de Bowie

porque el pianito es de Bowie.

 

                              Las patrullas

sobrevuelan

los barrios desmantelados,

pero los niños pálidos aún viven

                              en los sitios

calentados por el sol.

Y la poesía es un balbuceo

que deshace

                    las reglas del juego:

ronroneo entre tigre y mariposa

iluminado por la fiebre

de los nuevos salvajes,

por los gruñidos que retoman la infancia

entre las ruinas del pueblo amarillo,

pegado a las vías muertas.

 

© Ariel Ovando

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Poema de Patricia Alonso

  


LA RELACIÓN  


El problema

es el intersticio

entre vos y yo.

El borde.

La caricia ausente

de piel a piel.

La mirada…la no mirada…

El problema

es el vos y yo

en el intersticio,

en la caricia ausente.

El borde. La mirada.

El abismo.

El no yo, sin vos.

 

© Patricia Alonso

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Poema de Sofía Isabel Rodriguez

  


MIS GRISES 

 

Inconsciente atravieso el sueño 

                     que me abruma sin matices. 

Consciente recurro al claro y al oscuro 

                                      como frágil decisión. 

 

Traiciona el pensamiento. 

 

Busco buscar la miga 

para salvar el dentro y el afuera 

de mis grises.

 

© Sofía Isabel Rodriguez

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Poema de Sebastián Jorgi

  


NOSOTROS

                             A Paco Urondo, en vivo.


Mesa redonda el 40 el 50

Un tal Alfredo Andrés

Juan-Jacobo le pelea

El ultraísmo invencionismo

Surrealismo Rimbaud y Verlaine

Que lo parió

Encima ahora nosotros

El Sesenta

No escribamos más

Hasta el 2000

 

© Sebastián Jorgi

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Poema de Sandra Escobar Ginés

 


Las manos

Las de dos de mis más amados amigos

Las manos tuyas y las mías.

Las manos de mi madre.

Las manos en un vuelatinta, las manos

dibujando palabras ante un Oriente que me mira.

 

¿O acaso no es ésa la

melancolía de lo primigenio?

 

Y también, la energía del principio de los

tiempos.

De cuando aún no había palabras.

 

© Sandra Escobar Ginés

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Poema de Alejandro Drewes

 


LAGO EN LA NOCHE

 

Un camino perdido

entre las colinas

del Este  y la hierba

tenaz contra el viento

creciendo siempre

hacia arriba: una senda

de cipreses que señala

el espejo del lago

dormido.  De tanto

en tanto el lejano

rumor de un coloquio

de pájaros, al borde

rojizo del alba. 

 

© Alejandro Drewes

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Poema de Adriana Maggio

 


Otra vez, insomnio

 

El reloj gotea los segundos

caen horadando el fémur

de mi pierna izquierda

tac tac tac

en el humo dolorido de la médula

cuelgo de mi cama

acostada como un animal

en la mesa de disección

tac tac tac

me sobran los codos

y los hombros

el gato /que no puede entenderme

se molesta con mi incomodidad

la delicia de ayer

                    hoy es verdugo

tac tac tac

mañana me madrugará

                            el cansancio

cuando el tiempo

deje de respirar por un segundo

y suene salvaje el despertador.

 

© Adriana Maggio

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Poema de Dolores Pombo

   


Las tortugas de Vaitape

 

no me olvido de sus ojos

de esa mirada

de desesperación

entre el carey

y la salvación

 

no me olvido

de esos ojos

casi humanos

 

no me olvido

de mi misma

en ese puerto

 

no me olvido

de esas tortugas

 

ni del hoy

ni de aquel atolón

 

no me olvido

del carey

ni del ayer

 

no me olvido del hoy

 

© Dolores Pombo

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Poema de Rolando Revagliatti

  


Reconocida y desleal 

 

Reconocida y desleal

aún segrego tus efectos personales

 

Bien sé que no todo es quedarse

ni acomodarse

en las fronteras

 

Trémula

como mi madre cuando dio conmigo

cavándote mis rictus de presa

morí cómica

 

Yo con vos no tengo

ni un soberbio fracaso.

 

© Rolando Revagliatti

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Poema de María Julia Druille

 


Caballo de ajedrez

 

 He dejado atrás las fatigas 

Mis aventuras en bosques fabulosos 

 La batallas del caballero andante 

 El desquicio en la lucha 

 el suplicio de la espuela hincada 

La herida que no cicatriza 

 Lejos por fin los calvarios 

 Galopar por horas en la estepa nevada 

 El correo de los zares 

 Dan cuenta los pintores del acarreo de mieses 

 tesoros de la tierra transportados con tesón 

Exhausto de escalar por senderos 

sortear piedras inhóspitas 

 desfiladeros temblorosos 

 Los derrumbes, los castigos 

 No se han extinguido sin embargo 

los martirios 

Hombres empobrecidos transitan 

Me atan a un carro con desechos urbanos 

 A veces me hambrean 

 (la ciudad desvencijada no se asombra) 

 sobreviven a su modo 

 Y yo acompaño 

 Pero resguardo al fin 

 mi sitial de privilegio 

 En el tablero del juego y de la vida 

 me muevo recorro con astucia 

troto entre fichas salto 

 con la elegancia de quien ha transitado 

 entre dichas y desdichas 

 las nobles partidas del cosmos                                         

   

© María Julia Druille                              

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3/3/21

Poema de Jotaele Andrade

 


Levitación de la muerte

 

¿has mordido

-diente de la luz

-dentellada del infante hombre

la vida?

 

¿a qué sabe su sangre

leche abisal que te sacia y te desborda?

 

¿a qué su carne

su elástico cartílago?

 

escucha la vida es un fruto pesado

estiércol de oro en la sombra de los tiempos

 

das vueltas en redondo sobre ella

la hueles

se huelen como viejos animales conocidos

 

no se es extranjero de la vida

nadie entra a ella

 

sólo la muerte le entra

-hueso vacío

-dentellada de la nada

y la hace levitar

 

huele el incienso de la muerte

así asciende luego que quema la vida

 

huele:

 

es dulzón

tiembla

lleva arrancada consigo la chispa de existir

su ceniza

su voluta final

 

polvo que las estrellas doran

 

© Jotaele Andrade

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Poema de Vivi Aguirre

 


La Chapanay


Un sueño tibio

de cobija y yerba buena

rompió  como un rayo.

Potro salvaje la libertad

hembra de crines al viento

puñal a cielo limpio

grito huarpe  bajo la tierra.

Canción de amor 

rota en cruz antes de tiempo.

El asombro de los tuyos

abroja chañares

vigilia de tu sombra.

Es amenaza tu figura entre las piedras

donde amarillea  la historia

un secreto de bravura que fue bronca

que es gloria.

El zonda preña de lamentos

al desierto y su memoria.

La arena llora menudencia

al ver tan solo tu recuerdo.


© Vivi Aguirre


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Poema de Valeria Verona

 


liturgia

 

quiero besarle los pies al tiempo

mirar lo inefable con ojos de carpincho

serruchar el borde ríspido del fango

cacarear el olor de la mañana

ser:

             alga en un mar de ideas

             burbuja en el viento gris

             piedra en las nubes claras

             tuya para siempre

( ~*-*)~

 

© Valeria Verona

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Texto de Sebastián Olaso

 


A veces es necesario volverse adulto y nada más: volverse manso, dejar de buscar en el barro las pisadas del chico perfecto que no fuimos, de esa criatura que no se parece a nadie. A veces es necesario poner el peligro entre las reglas del juego y nada más. Apoderarnos del reflejo de las ruedas que iban a llevarnos, a sacarnos de aquí, a invitarnos a ese paraíso entre paréntesis, a ese paraíso entre comillas que nadie nos mostró. Un paraíso que iba a protegernos de la voz, de la mirada, de los gritos, de los puños de un padre que hizo su nido en un sueño de dolor, que sobrevive al sueño, que nació de nosotros, que no se parece a nadie. A veces es necesario mostrarse solitario. Desmentir el abrazo, demoler la expiación. Denunciarnos por el abuelo muerto, por el padre muerto, por el hermano muerto, por el hijo muerto. Envejecer de torpeza, quitarnos los escudos, rogar que un huracán, exigir que un rayo. Ser prácticos y necios. Creer que lo necesario y lo imposible se presienten. Confiar en que marquen las pisadas. En que se combatan. En que se hundan. Negar. Seguir negando que lo necesario y lo imposible caminen sin mirarse sobre el mismo muelle. Que el agua no aceptó sus naves y ahora presenta sus armas. A veces es necesario caminar y nada más. Siempre es imposible. Nos traiciona el equipaje: El peso nos demora. La demora nos pesa.


© Sebastián Olaso


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Poema de Estela Zanlungo

  


La presa

 

El gato acaba de llevarse

a la paloma entre los dientes.

 

Su amor de carne blanca se irá saciando

a medida que horade

la seda de la pluma que envuelve el corazón.

 

Nosotras, la jardinera y yo,

sólo atinamos a gritar

antes de hacer el ademán inverosímil

de disuadirlo

con esa lentitud de las estatuas

postradas en el sueño.

 

Volvamos al principio,

la mujer y su gato, cada uno en lo suyo. Ella

que se retira el pelo de la cara,

mi ojo atrás del ventanal

del gato que se lame

al gesto de la mano sucia de barro.

 

¿Qué fue primero,

el estallido del pecho contra la trampa de los vidrios,

la confianza del pájaro sesgada por la luz

de la hora del ángel

que desdibuja los contornos?

 

Querida, en el mínimo cielo de tu patio

pasan las mismas cosas

que en el vasto universo,

sólo que la distancia

mitiga las secuelas de la ferocidad.

 

© Estela Zanlungo

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