22/6/26

Poema de Silvina Vuckovic

 


A veces, como el agua          

con esa misma fuerza         con esa misma suavidad

con esa misma impronta impredecible     

se presentan las cosas en la vida

y también, como la vida, se van.                  

Lo que queda:

la ciudad extendida por lo dicho y no dicho            

la letra retenida

lo que vivido está.

 

© Silvina Vuckovic

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Poema de Álvaro Mata Guillé

 


Cuando pregunté a las maestras por Comala,

lugar del que había escuchado en alguna parte,

y me dijeron que aún no lo podía visitar,

me distancié de ellas,

(de las clases, de la escuela

de la rutina). Sin oírlas,

haciendo caso omiso a las objeciones,

leí el libro a los pocos días,

en un par de horas, 

mezclado al murmullo, al correr de las hojas,

a las sombras,

al eco en la voz de los muertos,

alejándome de la desidia, de la censura,

de lo imposible

;

 

la oquedad,

que encubría el polvo entre las casas,

la ausencia de árboles y pájaros inundaba cada rincón,

dialogaba con todos y con nadie,

transformándome en Juan Preciado,

en Susana San Juan,

en fantasma

;

 

podía estar allá estando aquí,

como hacemos con los sueños

o los anhelos,

poseído por presencias que pululaban en las calles,

reencontrándome con ellas en los patios,

en las casas,

en otros lugares,

mientras las historias iban y venían de un tiempo a otro,

volvían sin retornar. Pasados los meses,

muchos días, algunos años, 

de ir y regresar

sin querer volver,

seguía sumido en Comala,

en las voces en los nichos,

en la soledad de las cruces y

los mausoleos,

entre el murmullo de las fosas,

entre las hojas arrastradas por la ceniza,

en un astillero* , en un castillo** ,

junto al azor y el granito de un alcázar ***

;

 

donde Juan Preciado,

ahogado por el miedo,

penetraba en la oscuridad quedándose en ella,

escuchando

el decir del polvo que golpeaba las tumbas,

el parloteo de los muertos,

sin dejar de perseguir a su padre,

 

en el eco, en las hojas, en el viento,

a Pedro Páramo

 

  * El astillero, Juan Carlos Onetti

  ** El castillo, Franz Kafka

  *** Terra Nostra, Carlos Fuentes. 

 

© Álvaro Mata Guillé

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Poema de Anahí Duzevich Bezoz

 


Poesía


Es universo, naturaleza, símbolos

Porque la poesía es la forma del agua

La temperatura de las ilusiones

Es…

Un mundo de magias

Es…silencio eterno

UN murmullo

Es el grito que desgarra

Es amor, soledad, valentía cobardía

Pasado, presente, futuro

Es el hombre de noche, de día

La memoria, el olvido, la música

La vida que fue, y la que pudo ser.

La adivinanza de lo que no sabemos

Lo expresado en los silencios

Es un espejo que a veces engaña

Eso y mucho, mucho más, en palabras compartidas.

 

© Anahí Duzevich Bezoz

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Poema de Andrea Lípari

 


Humedales

 

Era un arrozal la humedad,

un junco en la memoria de Bashõ.

Ahora es un animal rastrero,

se apiña en lo doméstico y

cíclica

lame la orilla de las cosas

dejándoles un surco

indolente

y engañoso

 

sin embargo

 

la creemos el mismo río que podíamos beber,

el mismo verde en que se posa,

el mismo fruto que la mano arranca,

que el bolsillo gasta,

que la boca muerde como si

el Capital pudiera

cuidar       

todas las estaciones dormidas

bajo la cáscara del agua.

 

© Andrea Lípari

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Poema de Elena Garritani

 


De las leyendas

 

De golpe y sin saber por qué el espejo le dice a la reina

que ya no es la más bella del reino, que una hermosa adolescente,

blanca como la nieve, adorable como la luz, le ha quitado el privilegio.

En ella se despierta el odio, las ganas de matarla, de envenenarla,

de desaparecerla.

Triunfa el bien, final feliz con príncipe, castillos y  anillos de oro.

La reina envejece entre cristales rotos y diagnóstico de Alzheimer.

Blanca Nieves rodeada de hijos y de amor y de fiestas.

Quién es ahora la más bella del reino, pregunta, se pregunta.

Pero sabemos, todo lo que se consuma, se consume .Mordemos la manzana,                                                      

corrompiendo el agua de los espejos del paraíso.

 

© Elena Garritani

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Poema de Diego Rodríguez Reis

 


after ego

 

sin necesidad

de intercesores

guías espirituales

magos o mantras

esta tarde llegué

yo solito

al nirvana

 

uno es una bestia

que come achuras

y toma

vino en caja

pero de repente

ve que llueve y después

los pajaritos cantan

esas cosas terribles

y se le revuelve el alma

se le desparrama

en la calle

 

sólo resta

de cara al ocaso

cambiarle la yerba al mate

y dejarse arrastrar por imágenes

acordes facsimilares

de océanos

de estepas

de cielos

hasta donde alcance la vista

 

© Diego Rodríguez Reis

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Poema de Mirian Rosana Farías

 


Circular memoria


Ese robusto y amplio abrigo

que nos intercepta y hace muro

que nos aleja y nos acerca

y nos devuelve al útero

para salir como el ave fénix

emplumadas en palabra y arte

en la circular memoria que traza surcos

y renueva la tierra y los poros

de toda mujer que ha sufrido

y se resguarda detrás de un tapiz

de algodón o muselina

que a veces, solo a veces la abriga

la mayoría de las veces la destapa.

 

© Mirian Rosana Farías

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Poema de Norma Starke

 


Ando recogiendo de a una las lágrimas del cielo

de a una en mis manos se deshacen

de a una intento contarlas y se me escapan los números

de a una las lágrimas rompen

y no sé por qué cuento 

las hojas 

las baldosas

los pájaros

los alambres

las tumbas

los cartones de cigarrillos vacíos

y no sé por qué

este afán de contar los arbolitos de Navidad encendidos

cuento y vuelvo al comienzo

una por una las cuentas de un collar de una pulsera

cuento de a uno de a dos y recomienzo cuando pierdo la cuenta

tantas luces acá arriba tantas baldosas acá abajo

tantos autos blancos tantos autos rojos

de una en una cuento las páginas de un cuaderno

las que están escritas las que están en blanco

cuento

y no sé por qué

este empeño en numerar las lágrimas

las estrellas más grandes

las más pequeñas

las que no se ven aún con lentes de aumento

no pienso

no escribo

cuento

y vuelvo a contar de a una de a dos de a mil

las perlas

las gotas

la lágrimas de este Universo

 

© Norma Starke

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21/6/26

Texto de Miguel Falquez-Certain

 


Hipótesis del sueño

 

Aconteció que cuando él hubo acabado de hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedo ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo.

―1 Samuel, 18:1

¡Oh, si él me besara con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino.

―Cantar de los cantares, 1:2

               

         Sin embargo, nunca di cuenta cabal de tu total entrega. Después de todo fui yo quien buscó tu olor a musgo hasta encontrarte distraído junto al bar en las luces opalinas de la tarde. Estabas rodeado de turiferarios que me impedían acercarme; nuestros ojos se cruzaron con paciencia. Al inclinarme percibí los vellos de trigo que formaban abesanas en tu nuca, sentí la marejada de tu aliento, presentí una entrega. Nuestros labios nos mostraron el camino.

             Una ruptura reciente me había vuelto vulnerable. Codiciaba tus besos, anhelaba tu cuerpo joven de caña dulce, aspiraba la fascinante sorrostrada de tu ingenua labia. Abandoné todo por tus labios. Con la resolana del verano golpeando las paredes, mordisqueé tus botones hasta arrancarlos y te encontré, sólido y perfecto, en el sudor alicorado de tus muslos, en la transpiración interna de tu ombligo: nos incorporamos en medio de las sábanas con los embates tercos de una lujuria postergada, irguiéndonos en el ombú de aquella tarde irremediable.

             La costumbre nos vuelve deleznables. Adocenado y pusilánime, prefiriendo lo seguro ante el azar de lo sublime, regresé al sendero tortuoso pero conocido, a la artritis complaciente del olvido.

            Todo me ofreciste y, sin embargo, preferí los requilorios de una alianza insulsa. Un día codicié los besos de tu boca. Ya no existes. Vives en la hipótesis del sueño.

 

A Magdalena Araque

 

© Miguel Falquez-Certain

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Poema de Marta Elena Guzmán

 


La bocina de los autos

desde la escarpada pupila

de la lluvia

profana la mañana

y orilla con cautela

las sienes del otoño.

Y pienso en la mujer que se moja

cruzando la calle

humedecida, fría, sola

rota de tristezas

sin paraguas, sin alma

indiferente.

Un imperceptible soplo

nos cruza la mirada

ambas lluviosas

nubladas, solas

las dos, palomas.

 

© Marta Elena Guzmán

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Texto de Nahuel Barrios

  


LA CASA DE NORIEGA

 

Es la palta madura de aquellos veranos, la que recuerdo ahora, esa que mi madre abrazaba en la cocina de “La casa de Noriega”. Yo veía en esa palta todo el rumor silvestre en colores. Con el dulce sabor de mi tostada blanca y un tazón gigante de café con leche.

Era niño y todo me parecía tener olor a temprano, como si las cosas salieran todas juntas con el sol de la mañana. Una vez le pregunté a mi madre: ¿Por qué guardas esos carozos, mama?, mi madre, seguramente tejiendo algo en su mano, me respondió: lo que sale de adentro siempre se guarda. Y un día, sin darme cuenta, cuando menos lo esperaba, y la tierra roja del fondo

de “La casa de Noriega” estaba húmeda a borbotones, mi madre me agarró de la mano y me pidió que la acompañara a ver las plantas. Vení hijo, tomá. Y me entregó dos pelotas marrones con algunas hojitas que le salían de las puntas. Enseguida entendí que eran los corazones de aquellas paltas de mi tostada blanca.

Hicimos juntos algunos agujeros en la tierra roja y dejamos ahí los corazones. Mi madre los cubrió de tierra y yo les ofrecí un poco de agua. Finalmente, ambos aplastamos los agujeros y pusimos unas piedritas alrededor para identificar el lugar. ¿Cuánto tardan en crecer?, pregunté ansioso. Mi madre, con una sonrisa, me miró de cerca y me abrazó, al soltarme dijo:los veranos siempre son cortos, hijo, pero el próximo siempre llega.Y volvimos juntos a la casa.

 

© Nahuel Barrios

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Poema de María Cristina Briante

  


otra casa: La Pampita 

 

el óxido desdibujó la cerradura

entro ciega a la casa

sol intruso del silencio

los rayos iluminan

por los postigos

bailotean el polvo

abro las ventanas

la soledad golpea

rezonga el piso

los ratones corren al nido

todo  ha dejado de ser

la bomba en silencio

                     no gotea

el perfume

emana rancio

la foto del abuelo

                  testigo

sobre la cómoda

en pliegues del corazón

escondo recuerdos

soy ladrona    huyo

por la puerta del fondo

 

© Cristina Briante

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Poema de Gladys Cepeda

 


Conspiración de Hermes 

                                                           

              Por reacción mi ser ha sufrido durante larga agonía  

                                        S. Mallarme                                                                                                


Tormenta de cifras se deslizan sobre mi

ciñen     acosan   destrozan

soy tercio de la especie

me desalimento entre la cuarta parte de la población

 ubico entre cartones conservados en tarjetas con 19 espacios

miles de dígitos acompañan

en la relatividad podría ser 10

destino cero a mi conciencia

los sentidos se opacan frente a la quinta falange

mis dobles entre anotaciones y cuestionarios de estadísticas

el cansancio me corroe desde la sexta parte de mi cuerda vital

un descontrol gobierna la octava parte de mis cabales

 la asfixia hunde mi garganta - puño   múltiple de los algoritmos

tengo visiones apocalípticas entre séptimas partes del huso horario

gobierno vocabulario

vigésimos octavos trozos de la telaraña verbal

navego entre docenas de mitos de trigésima esencia

converjo entre miles de restos en el calcio

células

principios

beber sed de pócimas inmortales

en cantidades leves

microbios centimetrados   suicidan mi plasma

átomos fragmentados copulan

fijando el ancora infinito 

mi yo

patria de mis lares 

 

© Gladys Cepeda

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Poema de Rubén Sebastián Melero

 


LEJOS

 

a 1180 km de aquí

me aguarda una casa

que todavía huele a las comidas de mi madre

una laguna que proyecta su imagen a caballo

la incursión a las islas y los bancos de arena

la maravilla de los atardeceres

la fuente de la que mana el agua con que riego

las palabras que escribo

 

alucino el perfume de las mandarinas

el aleteo de los colibríes

el sol en la copa del yvyrá-pytá

el laberinto de los camalotes

las fuentes y las flores de irupé

el aroma de las frutas del yatay

el vuelo de las garzas reales

la lluvia con olor a tortas fritas

la voz que me nombra con dulzura

el canto de las chicharras y los pájaros

un chamamé que aletea en el aire

un sapukái que parte en dos la noche

una mujer que canta en guaraní

 

desde lejos escucho

las voces de mi tierra

y mi piel reproduce

las caricias del río

 

a veces me detienen

los caminos vallados

y de nada me sirven

mis alas si no llego

hasta el lugar que sueño

 

una ciudad recostada en el río

una plaza y un ficus centenario

una casa sencilla

la sombra de una parra:

a 1180 km de aquí

 

© Rubén Sebastián Melero

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Poema de Marcela Meroni

 


la cortina vuela

a latigazos

cómo la lengua de una serpiente

bífida y veloz

afuera

un auto de policía

bolsas de nylon

que arrastra el viento

un pájaro negro que no vuela

cae

 

y yo

solo

una blusita

 

© Marcela Meroni

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