23/6/18

Poema de Osvaldo Bossi



No hice más que pedir amor.
Lo hago hasta que el corazón
se me rompe.  No siento vergüenza.
Lo digo. Nadie se extraña
de mi petición, debe ser muy
absurda y muy verdadera.

© Osvaldo Bossi

Poema de Susana Szwarc



FORMALES 

Alguien traza una franja de penumbra en el día
que comienza. (Hemos puesto la ropa
en remojo). Alguien cuenta
su revelación, fluye
como el agua por la franja que se estrecha: 

            viajaba en un tren,
            desde la ventana veía el pasado
            y el futuro, lo que muere,
            rompe, muere, reguero de luz
            y sombra sin cuerpo, sin fortuna
            en el lugar común del grito
            del sueño que nos despierta y cambia
            la dirección de la mirada. 

Alguien cava un pozo en el día
que comienza (cerradas, las puertas de la casa).
Y habrá una posesión
una especie de rezo habrá. Después
rodajitas, costras de pan. (Hemos puesto
la ropa en remojo.
Sólo fluye el agua y lo soñado
casi ya no insiste). Lloramos
por la fuerza del agua.
Por la imposibilidad de su captura.

© Susana Szwarc

Poema de Andrea Farchetto



Recorro el linaje
de hembras fuertes
pero vencidas.
No acepté
el mandato.
La sangre
talló
este destino
de nómade
en mi propio
cuerpo.
Armazón y armadura
que vela
todo el espanto
y todos los colores
que puede.

© Andrea Farchetto

Poema de Susana Giraudo





ESCONDITE

Llueve ira en luz
sobre la carne
sobre la herida que no sangra
sobre el pudor que no cesa
escondido entre violetas
mientras brama el dolor
y esquiva sombras.

© Susana Giraudo

Poema de Sandra Gudiño





Así   el amor

Tiene olor a tarro de fruta
confitada recién abierto.  Mirá
cómo llena las manos
        azucarado              pegajoso
ronda la boca:
no dejés que te confunda cualquier
golosina.

Si observás te cierra los ojos
y canturrea al oído un poco de miel
un poco de miel no basta
como Cerati pero a capela.

Cuando llegue
que un escudo no sea tu resguardo
los escudos no detienen la desolación.
En tu ansiedad no golpees
los muros que levantaste frente a tu casa
caés seguro en una red de agujeros.
Tu amor es único
 no le permitas que tropiece todo el día
con el brillo de tu sonrisa
tampoco que use tu bloc de notas
con cara de niño a los siete
chorrearía lugar común
                                     de puño y letra.

Recordá que no tiene
ojos para mirarse     se vuelve perezoso
envejece sin darse cuenta
y se deja tirar sólo en días húmedos
pero resucita:

                     hoy salen los secos.

© Sandra Gudiño

Texto de Leonardo Vinci





Uno presume, o más bien profetiza, sobre la concreción de los encuentros. Esa quimera o mito de seguir con la mirada esos puntitos a los que nunca se llega; o el famoso mapa del tesoro al que le falta un pedazo. Quizás pactemos citas cada uno por su lado y con nosotros mismos. Casi me parece ver a tus ojos como dos pájaros tardíos, dos rayitas de carbón extraviadas y absortas allá, sobre el cielo anaranjado cerrándose como una puerta. No se ve una ciudad con muchas luces desde acá, desde el puente peatonal sobre las vías, como uno pudiera imaginarse; más bien sombras y algo de alumbrado enredado en las copas de los árboles. Vengo seguido últimamente. Al mirar hacia arriba todo parece en orden, lo inalcanzable siempre parece estar ordenado; pero al bajar la cabeza, las señales que caen o suben con ruido metálico y luces rojas, dibujan redes confusas entre los durmientes oscuros. Pienso en eso de los encuentros, bajo una luz benévola; un halo que te ilumine la cara de noche, que te recorte y separe de esta negrura, que te sostenga como a una pompa de jabón en el aire, como las señales. Vengo y me paro en el medio del puente a mirar; a esperar que ocurra el milagro: que coincidan ambos trenes; que justo se crucen debajo de mí; que ese espacio ínfimo y necesario que queda entre ellos los haga friccionarse con sus velocidades multiplicadas; que se empujen y succionen; y que ascienda hasta mí ese viento que trae el calor se sus corazones rugiendo, de sus máquinas vivas embistiendo cada futuro inmediato; y que todo tiemble con ese ruido ensordecedor que pone a prueba el delirio, en el que uno puede gritar lo que quiera, decirte lo que se me ocurra. Y es en esa espera, que la noche, el puente y yo, nos mezclamos; el hierro frío, el silencio, los remaches con sus cabezas redondas y hastiados; el olor que se dispara a comida y refugio; el sueño de no dejar de sentir nunca tu mano. Nos convertimos en una foto con poca luz, en una postal de sombras distinta de la ciudad que te retuvo. Y entonces todo se asemeja a un corralón abandonado, acopio, tardanza y oscuridad, mientras el mundo espera a ser construido.

© Leonardo Vinci

Poema de Viviana Ayilef


La piel que queda
es una escama que cae
cuando ya nadie se asoma
                  a nombrarla

es la pregunta al poniente
en la mitad de la noche
porque ya nadie la llama

es ese rostro dormido
en otro rostro de ensueño
                     que tiembla

queda en lo seco en el ruido en la lava
en la canción amputada/ en las paredes eco
en mi mortaja de sábanas, queda

queda la piel en penumbras
en un poema que empieza mil veces

la piel que queda es el verso
que pese a todo insiste en su duelo

nadie está preparado para la palabra basta
nadie en cuya piel todavía hay un siempre en la piel de sus sueños

cuando se habló por la piel
todo lenguaje es inútil,
todo consuelo.
Esto.

© Viviana Ayilef

Poema de Romina R. Silva




Naturaleza removida

Soy
montaña perforada,
estalló mi dolor.

Como una minera explotadora,
removiste mi suelo,
abriste mi ser,
brillaron minerales,
los extrajiste de mi vida,
te llevaste todo tal foránea empresa,
saqueaste mis preciosas piedras,
lo profundo de mi amor.

Explotan mis recuerdos a cielo abierto,
hoy mis sentidos son rocas despedazadas,
agua mal gastada,
vertiente contaminada,
ya nada es igual.

Soy vértigo,
un acantilado solitario en medio de la inmensidad,
puente colgante,
metáfora de un niño solitario,
voz olvidada allá a lo lejos,
sin ecos que escuchen el grito
de mi naturaleza removida,
de mi pérdida.


© Romina R Silva

Poema de Silvina Vuckovic



MIGAS

Aquel capítulo no voló,
cuando abrí el puño
tampoco había pájaro
ni alas,
apenas unas plumas cosquillosas.
Mi faena pródiga
de amor y barro
hornereando adobe para el umbral vacío
acogió la mirada y el adagio,
barrió las ilusiones con pelusa
y se reservó el derecho de admisión
a la tristeza,
la vieja esa que roba
los niños en los cuentos.

Al final, aunque cerremos el libro,
siempre quedan migas
marcando el sendero.


© Silvina Vuckovic

Poema de Marita Rodríguez- Cazaux



POR AQUÍ TE AMÉ EN ZAFIRO 

Por aquí te amé.
Callado pensamiento de cobalto,
vértice de la vida lapislázuli
en bosque blue.

Por aquí te amé.
Apenas desguazado en añil, 
estío silente
de pasión aguamarina.

Por aquí te amé.
Abrazo índigo,
desvainada turmalina
sobre mi cuerpo.

© Marita Rodríguez- Cazaux

Poema de Mónica Palla/Daniel Marino



ilustre tu paso deja la huella del mendigo.
bendita la grama que la borra y bendito su fruto,
escrito y raíz que medicinal transmuta a tu errático desierto.
y benditos los hombres que no ven en las huellas tus huellas
ni a esos necios bastones conque sostener su esperanza.
será orden de tu estirpe matar la ilusión del iluso.
olvidado, bien amado,
puedes cerrar la puerta y morir definitivamente
tu cuerpo y despertar otro.

© Mónica Palla/Daniel Marino

22/6/18

Poema de María Ángeles Pérez López





Aviso.

Mi maldición es la de todo cuerpo:
el centro desolado del desastre
se vuelve sobre sí mismo
a cada rotación,
y no hay modo de rozar, ni con los labios,
sus hojas sonrojadas de ternura.


© María Ángeles Pérez López

Poema de Patricio Foglia



SHAHRIAR

Me aburría tanto esas noches
echado sobre almohadones,
mirando desfilar cuerpos
como nubes en el aire.
Cuando la conocí, todo fue distinto
sus piernas no bailaron sobre mi cabeza,
su boca fue mi único cascabel.
Tiré, lejos, mi daga,
ordené de inmediato cerrar las puertas.
Me dispuse a escucharla,
ser la serpiente que olvida su veneno.

© Patricio Foglia

Poema de Mariel Monente


  
CANTA

Canta un cetáceo
bajo la mandíbula exquisita de la orbe
pulsa con su voz
el lecho donde retoza la estrella de mar;
los erizos
desprenden sus espinas en un inesperado azul.

Y en lo profundo siempre habrá, una fosa donde resguardar
tanta oscuridad.

Canta.

No es lo que ves,
la luna en el mar eclipsa su belleza.

Un cetáceo comulga con la noche.

Mientras nuestro ADN se desteje
y vuelve al agua

flota
bajo su sonar.


© Mariel Monente

Poema de Leny Pereiro



PROFECÍA 

Anoche tuvo un sueño.
Un patio enorme de baldosas vacías
que se iban llenando de una nostalgia que,
al despertar, consideró inútil.
Le alcanzó para decidirse.
Puso proa al sol y,
aún a riesgo de que se le incendiaran los pasos,
avanzó con la mirada en alto y los pies desnudos.
Un viento helado lo apuró por retaguardia,
pero no flaqueó.
Lo tomó, casi, como un impulso necesario.
Como una forma de barrer la nostalgia. De diluirla.
Y de que el Este, finalmente, se volviera imprescindible.
De pronto reparó en los demás.
En todos los demás. Con la mirada en alto y los pies desnudos.
Con la nostalgia disuelta en ese viento helado que,
aunque arremetiera, no conseguía derrotarles la marcha.
Y se congratuló en silencio.
Por fin, había tomado la decisión correcta.

© Leny Pereiro
Imagen enviada por la autora

Poema de Luis Luna



Qué templo sumergido es este pensamiento
esta blanca columna donde inscribes
las cifras y los nombres
las calladas figuras
de un íntimo retablo
que el dolor desvanece.


© Luis Luna

Poema de Carolina Zamudio



Vals

¿Puede alguien mirarse
a sí mismo a los ojos
como a un loco abrazándose
a un maniquí sin cabeza?
Puede también desaprender
asir nuevo alfabeto
no importa que haya sido
cierta vez ciego
sordo
decapitado.

Desmembrada
las manos olvidan
a qué brazos se unían.
Rueda una cabeza
gana autonomía.
Piernas. No son puntales
ya de eje alguno.
Ella crea ahora
nuevo cuerpo:
la cabeza va sobre los pies
y gira a trescientos sesenta grados.
Las manos son libres
como para darse palmadas
de vez en cuando en la espalda
o jalar de la cintura
y ponerse a bailar —sola— un vals.


© Carolina Zamudio

Poema de Nora Coria




DE BARRO Y ASFALTO

Ciudad de papel
sonora en los destellos
urgente en las distancias.
La sonrisa de Gardel
Ilumina adoquines perfumados
y entre puchos y ginebras
y en la borra del café
se evaporan las nostalgias.
La tarde apacigua desventuras
junto al río malhadado.
Lejana
la autopista
predice cicatrices enlodadas.

Por rieles desbocados la vida
busca vida
huyendo al conurbano.

Acá se vuelve verde el cielo
en un aliento de pájaros.
Revuelto de botellas
de carros
sin agua y sin asfalto
vive el barrio
la fiesta del asado.
La plaza luce a voto
a feria en día domingo
vestida en pasacalles
pintada a contramano.
Teñimos silencios los poetas
con voces en colores
celeste-azul
y blanco.

© Nora Coria

Poema de Elena Eyheremendy



CÁMARA PARA BERCEUSE OPUS 57 

Toma tu dulce Flauta e improvisa, Amigo,
sobre mi Violonchelo;
arrúllame como un Trigal imaginario;
mece a mi infatigable Niña.
Las Plantas ya anunciaron el segundo Verano;
olvidados quedaron entre otras veladuras,
una Rosa de seda estremecida
y las manos del Greco.
Mece, Amigo, mi nuevo desamparo.
Toma tu dulce Flauta, fluye sobre mi Violonchelo:
Nada debe perturbar el arco
que mueve mi Berceuse.


© Elena Eyheremdy
Pintura: Róbert Berény


Poema de Raúl Feroglio



Quisiera

Quisiera para mí
la precisión del gato
que camina indolente entre la cristalería
sin dañar
ni rozar siquiera
lo más precioso
Quisiera si se pudiese
la tormenta del búfalo
en la pradera
mil búfalos
percutiendo
cuatro mil pezuñas contra
el pecho de la tierra
y ya que estamos
quisiera
la sombra silenciosa del jaguar
bello y sagrado
desapercibido entre el follaje secreto
En cambio debo aceptar
esta lenta caravana
torpe y débil que somos
que vista desde lejos
parece un hormiguero una colmena
retorciéndose en la red de dios
Aunque se sabe
que la sombra de un millón de pájaros
puede oscurecer el día
y que alguien explicará el milagro

© Raúl Feroglio

Poema de Nilda Barba



canoas
olas aguaperla
en el extremo del mundo

a bordo el fuego

hembras custodian
primigenio el calor

amamantan la ausencia


© Nilda Barba

21/6/18

Poema de Ernestina Elorriaga




- XL- 

Ella me busca
intento acariciar sus manos
el viento que viene de metal se inmiscuye
nos repecha
nos aleja

Vuelve     inténtalo otra vez
eres tan niña
toda una vida para encontrarnos en la distancia

Cuándo fue que nos alejamos
teniendo todo el sol
 cerca   tan cerca
que se nos adormecía en la mollera
y  roja las  manzanas nos bebían los jugos de la boca
Cuando se fue tu pollera que alborotaba la tarde de rayuelas
el cielo que escondía su rostro entre mis manos
y esas  lágrimas que te decían adiós

Soñábamos tanto
en aquella calurosa siesta del último verano
que nos bebimos de un solo sorbo el estío con todas sus mariposas.


© Ernestina Elorriaga

Poema de Rubén Balseiro


  

La casa de mi infancia 

En la casa de mi infancia ya no hay puertas,
por ella van y vienen los perros callejeros
y anidan los gorriones sobre cualquier maceta.
No hay ventanas que eviten que los vientos irrumpan,
ni cerraduras grises que anulen algún vuelo.
Los techos son permeables a toda la llovizna
y el otoño ha dejado un tapiz de hojas muertas.
La casa de mi infancia
ya no existe,
es un derrumbe apenas en mi propio recuerdo.
Hace ya mucho tiempo
otros pasos borraron mis pasos buscadores,
otras manos pintaron de gris
todos los sueños.
La casa de mi infancia,
es un viaje secreto,
frágil itinerario que cobija mi mente,
con sueños confundidos entre el niño que fui
y el hombre que angustiado a veces lo recuerda.
En la casa de mi infancia,
una vez,
hace tiempo,
creo que fui feliz


© Rubén Balseiro

Poema de Mónica Angelino





se columpian fantasmas
en ramas oscuras

blandas las horas
de este día parapléjico donde la humedad de las palomas
surean silbidos de llovizna.


© Mónica Angelino

Poema de Orlando Valdez



cada vez que abras una puerta
entrarán mis labios
porque una escena
siempre es otra

al recordar

los dedos que subieron
y los que bajaron
en círculos tibios quitando
las sombras y el aire


© Orlando Valdez

Poema de Griselda Rulfo



El cuerpo ánfora fue un ángulo de dolor. 
Azote. 
Silicio. 
Devenir. 
Culpa. 

El cuerpo espina aprisionó el silencio. 
Espeso. 
Oculto. 
Inacabable. 

El cuerpo plomo agobió los pasos. 
Como un extraño 
él se arrastra ya sin fuerzas 
hasta que la muerte 
lo atrape.


© Griselda Rulfo

Poema de Teresa Vaccaro



TRABAJO SUCIO 

Anochece. 
La vida termina como todo. 
En la fulgurante oscuridad 
acecha su mirada. 
Nada le asombra. 
Ni la rueda que entrega el esfuerzo, 
ni el amor transmitido, 
ni la pasión consumada.

Perversa y puntual 
viene a cumplir trabajo sucio. 

Queda sólo el interrogante. 

Una demanda, 
inútil.


© Teresa Vaccaro

Poema de Beatriz Puertas



Todos los días muere un carpintero
los deudos
guardan durante algunos años
la gubia y el formón
la escuadra y el serrucho
el encastre y la lima
después el tiempo pasa
y arrincona las herramientas
contra la húmeda
presencia del olvido
porque no hay espacio
no se puede guardar
objetos que recuerden
a la muerte
del que apenas se acuerdan
porque la vida sigue
y llegan otras vidas.

Todos los días muere un campesino
sus hijos o sus nietos
guardan en un galpón
el viejo arado
Las botas altas de recorrer
Los surcos
El rastrillo
La segadora
que se oxida desafiando el techo.
seguramente
en cada profesión y en cada oficio
muere alguien cada día.
Yo me pregunto
¿Qué se puede guardar cuando un poeta
se va y los creyentes sienten que emprendió algún vuelo?
¿Qué dejarán intacto los agnósticos?
¿Habrá que encerrar en algún mueble
Las palabras que usó?
¿Será importante ordenar las palabras
en su mismo orden?
¿Tiene garantizada la inmortalidad?
O el espejismo de la trascendencia
Nos impide saber
Que el final es final
Y en el costado frágil
Solo nos pesa la supervivencia.

© Beatriz Puertas

Poema de Alba Estrella Gutiérrez



a Jorge Luis Borges 

en una esquina
de zaguán y aldaba
a contraluz de una incierta memoria
dos cuerpos se demoran
como tigres sin pena
olfatean su presa
no hay preguntas ni aciertos
una duda de presencia en silencio
sobre un fugaz instante
y sortean el aire
los ojos se abren como patios
y despacian la tarde
miedos vulnerables
cuarteados por la noche
huesitos de la muerte
apuñalan la cintura del viento
tal vez en Balvanera
o Gurruchaga
un puñal apuñalado
llora un truco envidado

y en buenos aires


© alba estrella gutiérrez

Poema de Mariano Shifman





     A GRACIELA WENCELBLAT                                
                                   
Ayer nomás leías tu poesía,                                   
delicada, profunda, sugerente.                                   
Tocabas el espíritu y la mente;                                    
cada verso alumbraba epifanía.  

                                 
 Hoy mismo -no lo creo todavía-                                  
 me han dicho que partiste de repente.                                   
Te fuiste como fuiste: suavemente,                                   
como en puntas de pie por cortesía.  

                                   
La muerte forma parte de la vida;                                   
aunque sea verdad, nunca es consuelo.                                   
La muerte es una eterna malnacida. 

                                  
Otra verdad opongo a la amargura:                                   
quedarán tus poemas (es tu cielo).                                   
Quedará tu palabra siempre pura.


© Mariano Shifman