13/7/26

Poema de Griselda Riottini

 


Las muertas                   

                                          A Marosa Di Giorgio

 

Las muertas me rondan

cuando la casa se pone helada

y no son los espíritus alegres de Marosa

más bien son tímidas:

en sibilantes pasos

se arrastran y no pueden reencarnarse

en el canto de los grillos.

 

Tristeza, porque hoy

nada más son fantasmas de las gotas

que bajan desde el techo

o del íntimo rozar de las palomas.

 

Yo las sé, en torno, sin candelas

Insistiendo por volver:

se olvidaron la vajilla,

ropa blanca

sus recuerdos de la última cosecha.

 

Pero tan solo encuentran

mi soberbia de espantapájara

de muertas.

 

Y me les río y

les escribo en sus paredes

a sus gestos, sombras

oblicuas,

dilemas de la infinidad.

 

Es que a mí, por ahora,

me bastan las rosas nuevas

y unos tomates que nacieron solos,

 

si bien me molesta este frío

sempiterno de la casa.

 

© Griselda Riottini

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Poema de Alfredo Lemon

  


Deberías cantarle a un mundo lastimado

 

 ¿Aun podrías?

O ¿quisieras elevar un grito, una plegaria?

 

Acuérdate de los días de verano en Salsipuedes,

sábados blancos, recreos felices,

fútbol en el club, frontón en el parque,

membrillos y zapallos del jardín del vecino.

 

Tienes que cantarle a un mundo desquiciado.

Frases silvestres,

nevisca sobre los cipreses de La Cumbrecita.

 

Olvida a los verdugos celebrar la dictadura

y la guerra de Malvinas.

Recordarlo golpea al país

y todavía se buscan desaparecidos.

 

Deberías cantarle a un mundo roto.

 

Vuelve tus pensamientos a los breves momentos de amor.

Al juego de los delfines bajo las sábanas.

Al instante del concierto cuando estalló la música.

Aquel invierno junto a la salamandra en San Marcos.

 

Acuérdate cuando estábamos en una habitación azul frente al Egeo.

El cenit de un orgasmo, el cáliz de plata.

 

 

Magdalena, perdona mis pecados…

La historia nos vigila.

Todo es ficción, luego, cada hecho es rigurosamente real.

Los sueños pueden ser la vía regia al inconsciente.

 

Nos espera un olvido seco y mordaz.

Cenizas saladas.

Una bolsa de plástico negra fundida en la tierra.   

 

Deberías cantar el delirio de un mundo inmundo.

Mínima luz sinuosa y huida.

 

© Alfredo Lemon

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Poema de Carolina Brieux Olivera

 


Gaza

 

Tierra sagrada,

cubre la sangre en el plato vacío,

sostén las raíces

en su temblor de muerte,

sacia con flores y frutas

la inhumana visión.

 

Dijo que los perdones,

que no saben

lo que hacen.

 

Tierra santa, ya es de noche

en los cuerpos de nuestros niños.

Cubre de justicia

la inhumana visión.

 

© Carolina Brieux Olivera

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Haikús de Araceli Otamendi

 


Magnolias blancas

La gris ciudad se ilumina

Florece la vereda


 

Feriado azul.

Los árboles del puerto

visten de gala

 

© Araceli Otamendi

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Poema de Laureano Asoli

 


Emborrachado de literatura

 

El calor dispara besos

y releo libros en la biblioteca

de amor y terror.

Dos horas después salgo de allí

emborrachado de literatura

y con múltiples aromas

bajo las escaleras de casa

y corro hacia el patio

para que el viento me alivie

susurrándole canciones

a mi oído derecho.

 

© Laureano Asoli

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Poema de Patricia Berho

 


Espejada

 

El rostro recortado

a través del espejo

deja entrever

una sonrisa secreta

cómplice

con quien se atreve

a tanta provocación

 

© Patricia Berho

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Poema de Patricia Suñer

 

 

Nadie está libre

 

¿Acaso, empatizaste tu mirada

con la de un mendigo?

 

Ojos hundidos, mojados

de alguna lágrima flotando.

 

Golpe de puño cerrado, suave,

casi ahí, golpea el portal.

 

Cabeza inclinada, a merced,

de providencia vecina.

 

Mano derecha, extendida,

a la espera de un pan,

de una moneda, o de lo que caiga en ella.

 

¿Acaso, entrelazaste, por un instante, aunque con un hilo,

tu alma al suplicio,

que le ha tocado, padecer?

 

Afectada de vergüenza,

por la desdicha de

lo que no tiene, lo que le falta.

 

Ignorar, repudiar o descalificar,

al mendigo,

te hace más mendigo que él.

 

Hubo que haber caminado,

con sus sandalias,

sí es que tuvo.

 

Hubo que haber palpitado

su corazón desvanecido,

aturdido de dolor,

agonía y pesadumbre.

 

Escuchar el eco del llanto,

de un hijo.

De ese tan pesado mendigar,

que a lo mejor,

en su existencia

             ni imaginó.

                                                   

© Patricia Suñer

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Poema de Graciela Romero

 


Cuando me trino

 

Sentí la red de células vivas crecer desde la raíz,

sentí como el cuerpo recibía agua y nutrientes.

Sentí la lentitud del lazo al soltarse,

se movía al compás de ramas que crecen

buscando distintos horizontes.

 

Sentí el pecho abierto clamando reparación.

Me pugno entre competir o compartir…

 

Atrapo la mirada ausente entre

la espera por donde trepa una flor

y es en ese punto de encuentro, 

cuando me trino en la verde hoja de la cordialidad,

          que no sé,

          no sé…

                    si alimentarme de esperas

                    o lanzarme a volar.

 

© Graciela Romero

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Poema de Diego E. Suárez

 


CONDUCTA EJEMPLAR 

 

El ómnibus es el vermouth de la muerte; es una 

coctelera, de cuyo zarandeo nace un copetín 

democrático. 

LEOPOLDO MARECHAL

  

Villeros, adictos, jubilados, jóvenes,

educadores, hinchas de la promoción,

impotentes, empleadores, morosos,

vendedores ambulantes, universitarios,

trabajadores en negro, desocupados,

punguistas, aprendices de hechicero,

colegialas, cuarentonas, municipales,

solteros, profesionales, analfabetos,

curas, homosexuales, maestros, todos

somos iguales a los ojos del colectivo.

 

© Diego E. Suárez

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Texto de María Soledad Gutierrez Eguía

  


LATIDOS

 

En pos de hallarla —en ciernes la herida—, se extienden las manos, no alcanza siquiera a serlo, ya lo dije, tan inexacta. En la multitud de voces, allí, sí, quizás.

¡Escúchalas!

Ahora es posible saber la herida. ¿Herida? Hastío.

Reconocer la voz que arrastra y aposenta en sí misma el ansia y la desata. Casi un eco, inerme, que se apaga.

Tambaleantes los pies, pendones imantados, ademán ingrávido como el incienso.

Ya entregué mis pasos, he aquí las campanas fracturadas, he aquí la herida y el bálsamo. Todo el pudor yace en mi vientre.

 

He allí el payaso doblegado. Solo algunos pueden oír su voz.

 

Ya entregué mi matriz y los días al humo espeso de un lirio incinerado.

Y el latido en las sienes me hace daño.

Como el agua clara te viertes. Y hay un circo en mis entrañas. Figuras repetidas se niegan, se embriagan, yacen cárdenas.

Ya entregué la espalda quebrantada e intangibles se multiplicaron los latidos.

Eran rapaces nutridos de mis senos; como pétalos los pájaros deshechos en el viento.

En vigilia estéril pacerá la hora.

Sabrán que ambos —mis ojos—, palmo a palmo palidecieron.

¡Deja que respiren!

           ¿Cuántas máscaras lleva el payaso?

Donde vuelvo el rostro está el suyo, mudo, sordo; como la nada.

En vano el ascetismo, en vano la quietud. Como reptil baila conmigo.

En la habitación contigua galopa el tiempo. Y una risa agudísima vuelve a estrangular.

           Hiende como un vagido en pleno campo. 

 

© María Soledad Gutierrez Eguía

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11/7/26

Poema de María Julia Magistratti

 


La noche

 

Adentro de la noche están todas las noches del mundo

y  las puertas que atravesaste con la mente.

Adentro está la noche blanca en Laos, todavía;

los meteoros en Bohol, Filipinas

las promesas que nunca tocan tierra

sus delicados pedazos solos

girando hacia adelante y atrás

como un astro suelto en el aire.

Las manzanas, los suspiros, lo entredicho,

los colibríes, los dientes.

Mirar el lucero.

Todo está adentro de la noche

y a merced del despojo.

 

Cuando te miran es el encierro.

Cuando te llaman es la sospecha.

 

Todas son preguntas. Lo que tocás es una pregunta.

Lo que ves, una pregunta que recarga los objetos.

Y cada tanto hogueritas, puentes, núcleos

agujeros

 y adentro

vos y yo en todas las épocas.

 

Es así el oficio de sobrevivientes.

 

Adentro de la noche está la noche y están todas las palabras,

todas las vacas que comimos,

un pájaro en el aire, la cabeza parda

de un niño nacido.

Todas las cosas mareadas,

el incontenible burbujeo de los desesperados

las manos pidiendo,

los muertos baldíos,

vos y yo

corridos por humores,

acumulando sangre, durmiendo genes

aturdidos

amaestrados

solos.

Vos y yo en todas las épocas

 

Es el mundo viejo rascándose la úlcera.

La temperatura de todos los partos.

Una hormiga sucediendo entre tréboles.

Un trozo de pan.

Un grillo.

Un país.

 

Casi que desaparecemos ya.

Carnívoros, espaciales.

Vos y yo.

 

Despedite del celo.

Armá tu misa.

Secá los secretos que una vez guardaste.

Despistá la vida que embiste ahora como un océano a tu alrededor.

 

Lámpara sola, escapá.

Puerta del universo, abrite.

 

© María Julia Magistratti

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Poema de Ramón Altamirano

 


PARQUE                 

                                                 Para Fer 

 

Ese que va escribiendo poemas bajo la almohada

tenue lucecita o relámpago

a cielo desgarrado

 

Con la constancia de un pájaro

itinerante / fugaz

 

inventa un parque

charla / ladra como un perro /ríe

 

se burla / charla

 

rompe los poemas bajo la almohada

 

© Ramón Altamirano

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Poema de Lola Halfon

  


Estoy cansada de lavar la ropa

quiero ser genial

escribió Sharon Olds. Yo dije

voy a tatuármelo, pero es mentira

Toda la semana soñé con tríos

vos con ser papá. Ese no es el trío

que imaginaba, pero te escucho mientras

deseás una familia, sospecho

nombres unisex para bebés maravillosos

Robin, Aike, Jade

Les enseñás a armar barcos de papel

a andar en bici sin rueditas

Cuando volvés de trabajar

ella te espera con la comida lista

le das un beso, decís qué rico, pensás

es un regalo la vida, pero es mentira.

 

© Lola Halfon

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Poema de Aníbal Costilla

  


LA LUZ DERRAMADA

 

He visto cómo los grises y los verdes del día

batallaban, encarnizados, debajo del cielo.

La quietud de las noches

restituía las energías; oh el amor y el equilibrio…

 

He visto la verde espalda del monte

golpeada por la piedra del fuego.

El dolor y su víbora de cenizas

derramaron en los cuencos carcomidos

el fuego que la sangre deshizo.

 

He visto los ojos azorados del escuerzo

bajo los horcones donde dormía el prójimo,

las manos ampolladas por el trabajo del tiempo,

postrada su esperanza, como un tronco

invadido por gusanos.

 

He visto la sombra anaranjada de la luna

treparse a los rostros de los cerros

abiertos como acequias, como si volviese de una alucinación

movía las manos a lo lejos, hacía señales de aviones,

humo rectilíneo, y bajaba

en una cicatriz femenina para teñir el río.

 

He visto los campos arados, la desprolija

ausencia de árboles, el viento levantó

crines amarillas como lenguas de paja,   

los terrones agonizaron

esperando la sed de las semillas

y el cuervo, amargo soñador

de un tribunal de osamentas,

apuntó sus ojos con la atención

de aquel que demora en gatillar.

 

He visto la putrefacción y el nacimiento

repentinos, la paciencia de la hormiga

arrastrando hojas picadas

para amasar el alimento

antes de la amenaza de las lluvias.

 

He visto erigirse en medio de la arena

                                                            grandes Babeles,

miles y miles de siervos desfilaron

por el borde de las empalizadas,

portaban carteles incendiados, bebés que mordían

la teta de una infancia sin palabras.

 

He visto al gualo mirar en una sola dirección,

se arrastraba, borraba

sus huellas en la arena.

El puma bebía del tajo de la presa

levantaba sus ojos,

a nadie le agradeció su grito saciado.

 

He visto el final de la estación

horrorosa,

el cielo se cerró como una inflorescencia

para madurar en su interior

la semilla del nuevo origen,

 

mi mano hendió el barro que cubría la ponzoña.

 

Pude seguir mirando, dije,

me amparaba la belleza de los nacimientos,

 

sin embargo, existen tantas artimañas

para resguardar un corazón.

 

© Aníbal Costilla

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Poema de Andrea Farchetto

 


Podo las rosas

todo el año

las flores marchitas

son el testimonio

más acabado

de la desesperanza

 

© Andrea Farchetto

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