27/6/26

Poema de María Casiraghi

                      


EL TIEMPO SE ACABA

 

El tiempo se acaba

sopla el ventanal contra mi espalda

una cortina se infla y se desinfla

el viento es un aviso

una señal.

 

El tiempo se acaba

todos los días

y yo me burlo de mí

tan anacrónica

me burlo y celebro

mi sereno despertar

 

sólo suenan

caballos allí afuera

forajidos del pasado galopando en mi puerta

 

este sea quizás

el disfraz de todo fugitivo

una bandera blanca

que se rinde

adentro nuestro.

 

Los domingos amanece más tarde

 

las personas se demoran en bajar a la calle

la ciudad se desintegra en una niebla azul

y junto a ella

desaparece

el hospital negro

donde pudimos nacer.

 

El tiempo se acaba

yo aquieto mi paso

y leo las noticias como mensajes del más allá.

 

El olor del incienso

me sumerge en una iglesia

donde ora un piano solo

por el alma de las tortugas

el ritmo de los caracoles

y la suavidad elástica de las abuelas.

 

El tiempo se acaba.

A cada instante

se está muriendo el tiempo

y yo tejo

 

con agujas eternas

tejo la sombra del mundo

despacito

despacito

 

y la pongo a salvo.  

 

© María Casiraghi

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Poema de Irma Verolín

 

             

DOMINGO 

 

Estuve toda la tarde del domingo

acompañada por mi poeta suicida: un libro

de tapas duras

con una flor intensa en la portada.

Blancos tramos de luz se habían filtrado

por las hendijas estrechas

de las cortinas de madera que

fracturaron los versos

renglón a renglón.

Toda la tarde respiré sus palabras 

embriagantes

sus voces que traspasaron como luces

un puñado de décadas. La veo

escribiendo, su espalda encorvada

frente a la máquina portátil.

Las letras suenan como disparos

en un juego de niños,

las letras hacen repercutir su voracidad

sobre la mesa y llegan

hasta mí, hoy

domingo,

día caliente de sol

propicio para cruzar más límites, idiomas

otras franjas

más hondas e invisibles.

La muerte jugó la última carta en este asunto,

un movimiento de  naipes

como letras clavadas en la tabla de madera,

otro rango en el parafraseo de los golpeteos:

invariablemente se trata de cruzar

alguna clase de espacio.

Y aquí estamos las dos,

a pesar del calor y de sus fluctuaciones, la luz

en esta parte del mundo

se comporta de un modo esperable,

fluye

se enlaza en su vaivén

arquea las palabras

las corta en más pedazos

las multiplica

aún en este verano de piernas abiertas

y toldos desteñidos en despavoridas azoteas.

La sigo viendo a mi poeta

con su espalda encorvada, 

ella

que convirtió a su máquina de escribir

en un diapasón 

me mira sin asombro

desde otro domingo

lejos  

me mira

enclaustrada

con sus inabarcables ojos.

 

© Irma Verolín

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Poema de Zulma Zubillaga

 


Escombros

 

Dime dónde

pusieron el cuerpo

dijo la magdalena

antes de ver

al muy Amado

yo no sé dónde

pusieron

las manos

el libro

de los nombres

los secretos

pienso

mientras

toco

en la

aridez

de las

palabras

los jardines

quemados

del olivo

las casas

revueltas

en el barro


© Zulma Zubillaga


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Poema de Susana Noé

 


isfroxim.

De un tiempo a esta parte

mi habla se ha vuelto

seca

torpe.

                      No encuentra

                                            flores ni cantos

 

 

        Mi habla no tiene

    ritmo, gracia ni cadencia

 

¿Qué tiene mi habla cuando se seca?

 

                   llanto de duelo

          monstruos de la infancia

                                   pájaros sin alas

                  Heridas que supuran

                                casas sin puertas

                                              ni ventanas

 

 

Te digo un secreto

         Me siento vivo

         Joven

              Por mi foto

                    La que no envejece

 

 

Estoy en Salta

en la Plazoleta de Villa Luján

en la Plazoleta democracia

 

estoy en Tucumán

Facultad de Derecho

Colegio de Abogados

Cementerio y veredas

              Con el pueblo

                   Para  el pueblo

                            Siempre

 

© Susana Noé

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Poema de Noemí Correa Olivé

 


PERSISTENCIA RETINIANA

 

Los almanaques

avanzan en torrentes

sobre un tiempo escarlata y sin tino

en tanto, mis señales perseveran

en la memoria ociosa del espejo.

Allí están todas. Las mujeres que fui

y aquellas que ya no soy

Ésas. Las innombrables.

Las que se eluden en toda biografía

las ilegibles en todas las lenguas

las del alma en cabestrillo

las del alba tan oscura

como la próxima noche,

las que son liquen pegajoso

en las paredes del inconsciente.

Las negadas entre todas las negadas.

Las que decidí no ser

y hoy se aprietan en las estanterías

de mi historia

con persistencia retiniana

en la memoria ociosa del espejo.

 

© Noemí Correa Olivé

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Poema de Ema Vilches

 


DUELO DE ORUGA

 

Fuimos algo así como un intento de vuelo,

nos amordazamos a la mentira,

como si fuera una verdad absoluta y siniestra.

 

Elegí un hombre que no me ama,

que no quiere vivir en mi paraíso

ni desprenderse de su piel al tocarme;

 

Elegí un hombre que no me ama,

me siento como una valija perdida,

 

Porque el amor,

es un viaje de poder,

una epifanía de sexo,

un agujero hecho de belleza.

 

Si mis estrellas hablaran

crearían otro cielo,

uno en el que quepa

el abismo

que nos separa.

 

Elegí un hombre que no me ama,

lo amé.                                                                                 

 

© Ema Vilches

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26/6/26

Poema de Lydia Helander

 


POESIA


Yo no viví para la poesía

anduve dando tumbos

por pueblos y ciudades

diciendo alguna verdad

aunque a menudo

dije mentiras para salvarme.

Yo amé al varón,

pero él

con frecuencia

se mostró despiadado

conmigo

y entonces las mujeres

aún las más arpías

fueron mis hermanas.

Yo no viví para la poesía.

Fui una mujer loca

que a veces escribía.

 

© Lydia Helander

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Poema de Alejandra Boero Serra

 


KIZ KULESI

 

Soy yo esta torre móvil,

atalaya,

faro,

historia en la historia,

casa en el fiel de la escritura,

intérprete,

la sola que dice

muerte,

esa palabra.

 

© Alejandra Boero Serra

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Poema de Karina Lerman

 


              Poesía de barcos

reservada para ver 

cómo se afilan los ojos tras la marea

-allá a lo lejos en la vigilia

de alguna ciudad-

donde los cuerpos no tienen ya excesos,

sólo una respiración.

 

Querido:

¿Llamarías poema

a un encantamiento silencioso, o si tocáramos

su sangre como un odre en el abismo?

 

                Poesía de barcos

reservada al azul y su hora más febril,

mientras alguien dice: sopla un viento demasiado satisfecho

contra la piel nocturna.

 

© Karina Lerman

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Poema de Leopoldo Teuco Castilla

 


XXIII

 

En el patio, ahí, en el calor,

soy transparente.

Todavía no soy nadie en los espejos

pero sí el único que jamás va a volver

cuando se interne como un león

en los yuyarales del baldío.

 

Tengo tres secretos:

todas las noches, despierto,

veo descender  la muerte por la escalera

y, dormido,

       llegar

         la lluvia de fuego del fin del mundo.

Y el tercero:

de día en el mercado, por una moneda,

un viborero me cuelga dos serpientes en el cuello.

 

A mis padres no les digo nada. Hay que ser hombre.

No saben tampoco que sé volar. Y desaparecer.

Porque todo está lleno de lo que no existe.

Que lo diga mi abuela Lola que no ve

y recuerda a los ángeles

o mi abuela Candelaria que apaga relámpagos

con una cruz de ceniza.

 

“Dónde andará ese chico” se preguntan, sin darse cuenta

que estoy en todas partes.

 

Un día me suicido para verme,

para acordarme de mí cuando sea grande.

 

Sé cuantos gallos asesina el alba

y que las tardes son una sola tarde. Aún no

terminé de contar las estrellas.

                           Por eso aquí no se muere nadie.

 

Yo los salvo.

                Tengo una espada

                 y camino por el aire.

 

© Leopoldo Teuco Castilla

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Poema de Ana Julia Saccone

 


Recuerdan?

Soñábamos…

Gastábamos mocasines en las calles

Cantábamos

Estábamos intactos, plenos

con las manos abiertas como rama de laurel.

Jugábamos a ser en las tarimas de las plazas

y jugando, jugando nos llenamos de asombro

nos llenamos de barrio

nos llenamos de abrazos.

 

Hoy como ayer

marchamos.

No dejamos caer nuestras banderas.

Nuestros brazos, más viejos, son más fuertes.

 

Hemos tejido la gran red de la memoria

y en ella acunamos a todos,

los que no están,

los que vimos caer,

acunamos a todos porque no pudieron

los desaparecedores

arrancar ni un rostro a nuestra historia.

 

© Ana Julia Saccone

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Poema de Ana Guillot

 


mujer 1 

 

-¡ah!, ¿se podía elegir?-pregunta

ahora que ya es vieja

ahora que su vestido es negro, aceitoso,

que ha parido seis hijos y tiene

el vientre entumecido, lacio

el peinado tirante y esa sonrisa tiesa

y finita

-¡ah!, ¿se podía gozar?

era posible entonces dejarse tocar en la entrepierna

sin que los padres miren

era posible cantar con voz profunda

como chavela vargas

no como doris day

el pasito liviano

ese final feliz y tan yanqui

era posible cantar

un bolero

como si entrecerrara los ojos para él

                  la nuca para él

                   los pechos como frutas abiertas

y ese olor a verano

y las enaguas flotando el precipicio

la clara manera de decir que sí

-¡ah!, ¿se podía reír y no planchar

el ceño almidonado para que no se enojaran en casa?

como si fuera la calle la apertura

                       la noche la apertura

un corredor erógeno

un relámpago en la columna vertebral

-¡ah!, ¿no estaba mal tentarse con la risa de otro

          con el olor de otro

          con la cintura de ese hombre perfumado

         que traía jazmines los domingos?-

 

elegir qué ingles, qué palabras,

qué portazos pegar

cuando le pegan a ella las palabras dolidas

                      las palabras precarias, amarretas

 

haber parido hijos y no haberle escuchado

ni un -te amo-

nunca la caricia después de la descarga

nunca una manera de mirar diferente antes del desayuno

¡ah!, el frío la acobarda

es hora de cerrar esa puerta que viene haciendo ruido

es hora de prender el farol

y apenas descansar

 

© Ana Guillot

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Poema de Mariel Monente

  


LA OFRENDA


El trabajo de una rosa desplegada

En todo su esplendor, me detiene.

Marcos Silber

 

 

La noche es líquida

y tan oscura

como el corazón del poema

 

se teje en los sueños

con trozos de cristales

reflejos de luna

sabores agrios en los labios.

 

Un sueño

como un castigo

recurre una y otra vez.

 

El rictus en la boca

de quien me acompaña

a la casa muelle,

al poema.

 

Uso un traje blanco

una escafandra

me pertrecha.

 

Los que habitamos

esa casa

estamos condenados

a un exilio de agua

a siempre volver.

 

Salir al jardín inundado

es un destino

morar en el silencio

para esperar

los secretos

y la dicha.

 

En el jardín está ella

entronizado

el corazón

del enigma

su mirada complaciente

y esperanzada

pero

¿por qué?.

 

Ella me espera

está esperando

en el jardín inundado

donde bucea

siempre

el poema.

 

Ella espera

tiene las manos juntas

y su sonrisa.

 

El poema

devenido sueño

es otra vez el retorno

la ilusión

del fin

del exilio.

 

Voy hacia ella

no hay temor

solo nostalgia

por pisar

nuevamente

la patria.

 

Suena

una ronda de canciones viejas

olor a achiras

y escondites.

 

Ella me espera

y en sus manos

la ofrenda

la flor cortada de su rosal

ahora bajo el agua.

 

Volver

es siempre el asombro.

La rosa, el poema.

 

© Mariel Monente

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Poema de Alicia Salinas

 


Aire de tormenta litoral

 

La rebeldía de una voz

debe gestarse en un espacio

como el que ocupa el pescador

cuando lucha a cara o cruz con la corriente,

esa dominatriz dispuesta a arrodillarlo

y a conducirlo también hacia un tesoro:

la mítica ruta del cardumen

de reflejos dorados.

 

Una voz díscola

madura en el reflujo

del barro que espesa

el agua del río, a la hora

en que cada ejemplar del conjunto

pierde adrede sus escamas,

librándose a través del sacrificio

de una segura caza.

 

“No”, “basta”, “por qué a mí”,

¿a quién decirle? Sin remo

ni presa, el bote solitario

persigue el paradero del suspiro

que alienta el alarido —a cuchillo

ya se cortan en la costa los hilos

para la próxima red—

y nada importa el pez

en el punto central del remolino

que amarrona e impone

la oportunidad de un golpe

de suerte, de un sonido.

 

Hasta que en la apertura de la garganta,

el arco de la ventana de Dios

deja ver sus piezas

de ajedrez tras la cortina

de una casa vacía,

          isla adentro,

                    sobre pilotes.

 

© Alicia Salinas

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