20/5/26

Poema de Nahuel Barrios

 


COMO DOS ALIADOS

 

Un viento silencioso en esta historia. Como si

alguien tratase de empuñar un rifle descargado,

un arma antigua, rota, que tiempo

atrás,

juntaba mugre en un viejo cajón apalancado.

 

Sentado en mí sala:

el arma y el viento ya no están,

y las luces que hasta ayer estaban prolijamente

encendidas,

se apagaron como un órgano sin pilas.

 

Prestar atención

no es igual a interesarnos por algo, ni mucho

menos, involucrarse.

Son actividades diferentes, absolutamente

opuestas

Por eso, no doy cuenta de los ruidos que vienen

de la calle,

solo oigo unos segundos, y ya.

 

Después de todo, lo único que me importa es este

silencio que guarda mi casa.

Yo y él solos, como dos aliados en una misma guerra, combatiendo

sin tregua,

y sin ánimos de colgarnos ninguna medalla.

 

© Nahuel Barrios

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Poema de Ricardo Di Mario

  


Y otra vez esos cristales se ocultan uno al otro.

 

Sé de esos tus espejos,

venían ocultos entre los que no podíamos mirarnos,

ni yo en la selva,

ni tú en los pliegues de Monmartre.

 

Avanza el desierto en esos días,

desaparece su reflejo,

dedo carnoso que derritió los hielos

de la tibia floresta,

la voz que corta el aire como un pan tierno con las manos,

el roce de alas del ruiseñor,

aleteo de la suave caricia y

en las rojizas llamas de su mirada

el calor del bosque vuelve a devorarlo y a desaparecer.

 

© Ricardo Di Mario

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Poema de Pilar Sanjurjo

 


Alfonsina

 

quiero hacerle el amor a alfonsina storni

rozar las narices como esquimales

que me acaricie la mano entre las sábanas

besarle la espalda

despertarnos con el día y salir a caminar

que me lea sobre palabras degolladas

fumar del mismo cigarrillo una noche de verano

 

quiero hacerte el amor Alfonsina

que nuestros perfumes se confundan

crear uno nuevo que solo te recuerde a mí

que me cuentes por qué agrio está el mundo

qué tiene de astuta esa mujer

yo te escucharía atenta

esperando que las horas no pasen nunca

Alfonsina

 

© Pilar Sanjurjo

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Poema de Mirta Venezia

 


VIBRATO NOCTURNO 

 

¿Alguien ha visto bajar el diluvio

de este cielo de rosas?

 

alguien me habla al oído

señala el agua

aquel ardor de moras

la casa natal

la pureza

 

repito

en mí hay un animal oscuro que no halla sosiego

 

insiste la palabra rizoma

(serpiente que emerge de la tierra)

quema mi cuello

su beso letal.

 

© Mirta Venezia

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Poema de María de los Ángeles Fornero

 


La ternura y la sémola con leche son una misma cosa.

La ternura y las tortas fritas con mate cocido.

La ternura y el plato de sopa de arvejas.

La ternura y el televisor hasta que termine El Zorro.

La ternura y coser bajo un sol de noche hasta doblar la espalda.

La ternura y sacarle punta al lápiz con una Gillette sin filo.

La ternura y medir la fiebre hasta dormirse sobre la misma almohada.

Una ternura capaz de durar ochenta y cuatro años,

con sus respectivos padrenuestros y todas sus avemarías.

 

© María de los Ángeles Fornero

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Poema de Juan Manuel Zeni

 


DALTÓNICO 

 

Son los colores los que juegan conmigo:

ese verde no es verde,

el cielo debe ser celeste,

 

tus ojos eran de ese color que anoté en ese libro.

Entonces pienso,

voy a intentar una rima roja

colorada, bermellón, con recuerdos de naranja.

 

Digo, se puede vivir confundiendo los colores

diciendo que es el que en realidad no te parece

pero que es

 

y así pasa la vida

el mar azul, que un día estaba verde y otro celeste

los árboles, que para mí, a veces, mienten los colores

los gatos, que no se quedan quietos para que pueda pensar su color.

 

El colectivo y su cartel.

 

Mi hijo y el veo veo que jugamos.

 

© Juan Manuel Zeni

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Poema de Gustavo Santiago Morinigo

 


Cada segundo arde 

 

Una gota

una inmensidad

un cielo que se desploma

en el ojo ardiente del sol

 

en miniatura lo que urge

esa cosmopolita visión

de un devenir

sin apremios

sin desventura

sin penas

 

Ha  sangrado mucho

la herida del sacrificio

su cura fue lenta

pero curada al fin

 

Cada segundo arde

En esta media tarde

sin embargo

el alma se alboroza de fe

de paz

de conciencia tranquila

y acepta lo que viene

lo prometido

lo premiado

                lo absoluto.

 

© Gustavo Santiago Morinigo

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18/5/26

Poema de Irma Verolín

 

                      

LIGERO CORRER

 

Yo soy esa mujer  

que siempre huye de la escena

-la escena candente  

crucial-.

Tengo muchas 

muchas piernas

para poder huir:

tengo piernas en la cabeza

piernas apretadas en el pecho

en las manos

piernas dentro de mi boca.

Ligero correr 

ligero bienestar

destroza cualquier vida posible

en su  persistente continuidad.

Corro conmigo a cuestas

y el mundo se hunde en mí

con todos sus lugares.

 

© Irma Verolín

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Poema de Inés Legarreta

  


Todo se vino abajo: los amores los amigos la familia

todo se derrumbó de un día para otro como si no

hubiese habido un largo sostenido solapado

proceso de destrucción

pero claro

nos hacíamos los distraídos

se puede

porque estas demoliciones

no son

como las naturales: terremotos, sismos, tsunamis

imposible mirar de chanfle: las benditas te arrancan de una vez

y de cuajo

éstas en cambio

proceden

lentas paulatinas

humedad y corrosión de las palabras / ladinos y mendaces

los hechos que de tan

cotidianos

parecen el pan de cada día

para almorzar veneno cenar hambre

y uno

pone la mesa

tranquilo.

 

© Inés Legarreta

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Poema de Leonor Mauvecin

 


PUNTO SOMBRA

 

He bordado la tarde en punto sombra.

El lucero / apenas / dibuja su sonrisa.                 

Llevo en el hilo un peso desmedido.

El ojo de la aguja / llora / oscuras  amapolas.

Ojos de sombra perforan la nostalgia

y mi silueta

                  puntada a puntada

lastima el percal.

 Urdimbre de mujer que borda

Desdoblo la tela / sobre el revés

       en el trazo de la sombra

                                      Descreo y creo.

 

© Leonor Mauvecin

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Poema de Gerardo Lewin

  


taller de escritura poética 

 

has decidido bailar

sobre cables de alta tensión.

 

mi consejo es:

que se asombren por tu raro

equilibrio entre voltios

 

o que al menos admiren

la luz

en la que ardes,

desaprensiva y leve,

polilla de buen corazón.

 

© Gerardo Lewin

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Poema de Blanca Lema

  


Algunos los llaman muros de seguridad, otros muros de la vergüenza.

Cada vez hay más. 

 

Muro 

 

—Debo sentir, debo pensar.

Eso que no hago, debo hacerlo.

 

Hablo a la pared.

La acaricio a contrapelo

raspándome con las costillas de sus lamentos.

 

Somos las personas que no somos.

 

Nuestras sombras se beben entre sí

como si fuesen calas besándose.

 

Ellas flotan sobre el muro

sin saber si deben pasar o no.

El dios que buscan cambia todo el tiempo.

 

Una familia sedienta

viene deslizándose

hacia la consoladora sonrisa de su muerte.

 

Alguien les habla.

Y las calas vuelven a besarse.

 

Un instante.

Un instante de estambres largos

que duda,

como duda mi mano sobre la pared.

 

© Blanca Lema

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Poema de Marcos David Porrini

 


Hombre gris mágico del Once

casi que arraigan tus pies al suelo

en mi vigilia de ojos cerrados

soy siempre primero en llegar

tarde a tus palabras en círculo

tartamudeantes como fuga bachiana

San Macedonio de La Perla en Once

tu astro de pocas bujías

ha hecho azul

lo hondo de mis bolsillos.

 

© Marcos David Porrini

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Poema de Mario Alberto Manuel Vázquez

  


El vino de Teseo

 

Las uvas del miedo

                    fermentaron.

 

Su mosto calma mi sed.

 

Embebe mis células

expande mis músculos

amplía mis anhelos.

 

Hoy

las uvas del miedo

se han hecho

el vino que me embriaga.

 

Él coloca cada cosa en su lugar:

la impotencia de Minos

el hilo de oro entre mis dedos

mi padre y su espera en Sunión

la belleza desechable de Ariadna en Naxos

 

                     Todas piezas a mis pies.

 

Nada como el vapor de mi vino.

 

¡Yo soy

       el matador del Minotauro!

 

© Mario Alberto Manuel Vázquez

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Poema de María Marta Donnet

  


Sólo pude verla      a través

de la fruta que abrillantaba     con su pérdida

de la esencia de limón    que desvanecía

su contorno       que se intensificaba    en las sombras.

Sólo a través      pude verla

evanescente   como el aura     concebida

en la cima del silencio.

Cubría su pasaje       una estola de humo    

a través     del pecado que sólo yo

podía ofrecerle.

Una neblina púrpura     se alzaba  

sobre el cielo de sus manos    y a través

de esa lluvia tenue      me escondía    calmaba

el deseo     sin que notara       mi unánime presencia.

Sólo pude verla     a través

del esmerilado vidrio    que opacaba mi codicia

del espejo que se desangró a través de mi pecho   

un pequeño suplicio     un hálito.

Sólo entonces pude respirar.

Vi su figura alejarse en la indivisa nada.

En aquel momento aspiré su abandono

y comencé a morir. 

 

*la esencia de limón, Jorge Paolantonio

*esmerilado vidrio, Juan José Saer

 

© María Marta Donnet

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