14/9/26

Texto de Hugo Francisco Rivella

 


 

Los huesos de mis piernas igual a estalactitas soportando el peso de los siglos

los petroglifos de la edad de piedra las sinrazones del volcán bullendo

los huesos de mis manos el carpo el metacarpo que se esfuman como un pequeño soplo de la nada el aferrarse a todo lo que viene y a colgarse del agua del pasado

los huesos que flamean en la bandera que el pirata retuerce en las espadas

la cimitarra que se curva lo mismo que la muerte cuando penetra los arcanos guanos

los huesos que sostienen desde siglos el cuerpo del hijo resecado en la cruz por los traidores

las fibras de sus brazos que parecen las cuerdas de un laúd desafinado

los huesos de gritar

la calavera que Shakespeare amenaza matar la risa arqueada de un hablar sin dientes para que la palabra sea un erizo en llamas

estos huesos sin sal este esqueleto la brújula en desuso de un dios enfermo y solo

el fémur que me pesa como un agua penosa los dedos de matar y señalar al otro

al reo que espera la soga el pozo en donde se suicidan espantapájaros

cada vértebra siento como un latido simple

la fosa en la que el músculo abisma sus ponientes los caballos que arrastran un cortejo de niñas hacia la misma muerte del amor y el marjal

los huesos  penetrando la tumba de mi padre

que no ríe ni baila ni alimenta ni sacude ni sangra bajo la misma lluvia

donde el verdugo duerme

este esqueleto seco con las tibias cruzadas sobre un fondo de muerte

 

© Hugo Francisco Rivella

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Poema de Leonor Mauvecin

  


ENERO y eran  reyes falaces y sin embargo

 poníamos el pasto, el agua y los regalos

y los zapatos con toda su breve vida a cuestas.

De poco o mucho el sueño

de espera y fantasía.

Y los grillos y esa oscuridad 

con lucecitas  de luciérnagas

y el silencio

que desdibuja cosas y te hunde

en ese yo que no conozco

y sin embargo,  soy yo ahora

con tanta realidad que me traspasa

 con todo ese calor de un año que comienza

 el año y su festejo y sus anhelos,

y  luces y globos para tantos deseos

que se queman

                   en tanta poca lumbre.

En tanto fuego de artificio, como artificio

son los sueños, para tanta vida.    

 

© Leonor Mauvecin

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Poema de Pablo Carrizo

  


Creemos lo que nos pasa

 

Luego de servir una lasaña

desbordante mi madre dijo:

yo creo

que las palabras que se dicen,

cuando son profundas,

se quedan en el aire

esperando

a las personas que necesitan escucharlas

 

Todavía nos atravesaba

una emulsión de sabores distintos:

dulces y ardientes,

espesos y gráciles,

crujientes y mullidos

 

Le dimos la razón sin hablar:

comiendo,

con los ojos

 

Siempre creemos

lo que nos pasa

con alimento

 

Se nos doraba el rojo

en su túnica latía

el verdor

prensado de la espinaca

 

La pregunta llegará sola:

nadie se antepone a su peso

 

Oiremos respirar

como sabe mi madre nuestro silencio.

 

© Pablo Carrizo

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Poema de Susana Zazzetti

 


romper todos los círculos

hasta encontrar la luz

sin importar

los puñales de sombras.

martillar lo vacío.

dejar que de la boca

salgan las íntimas palabras

las duras palabras

aunque duelan

y decirlas.

decirlas sin pensar

en las heridas del otro.

esto

      sería para mí

como buscar violetas

entre

      una manada de elefantes.


© Susana Zazzetti


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Poema de Myriam Arcerito

 


Ella

es una poeta en el pantano,

camina sobre versos,

sabe que las próximas pisadas

borrarán las anteriores.

Guarda en el puño la receta

sobre el secreto de la vida

que sus ancestros le dictaron.

Sin embargo, no conoce

cómo se mezclan ni el punto justo

para algunos ingredientes.

 

 Ella

inventa nombres de pájaros

en ventanas imaginarias,

ve dioses en las flores

y abraza al universo

en el tronco de un árbol de la vereda.

 

Cree que el amor la salvará de la nada

y que nada ganará

por morir de amor.

Se ríe

como si su boca fuera a quedar para siempre

en otras almas.

Pobre…

aún siente que la mortalidad

puede tener atenuantes

y echa al costado del camino

los errores de una moral vieja

para que no la limiten.

A veces

el hartazgo le cierra la garganta,

entonces

dice que la lucha es desigual.

 

Pero ningún camino

con obstáculos

le arranca el deseo,

la pasión de andar

como si recién hubiera aprendido,

como si sus manos

no hubieran transformado

esos días difíciles como rocas.

 

Ella encuentra

poesía en el pantano,

nutre la memoria,

descose huellas

de siglos patriarcales

y aunque no lo sepa,

aunque nadie se lo diga,

aunque no lo declame a los cuatro vientos,

cree y creerá en sí misma,

cree y creerá en sus fuerzas

y en nuestros derechos

como en ninguna otra fe.

 

© Myriam Arcerito

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Poema de Raimundo Rosales

 


Nocturna


What I'm sailing with/

a knife, blue fire

–Margaret Atwood–

 

Comienza a nacer con la primera advertencia de la noche

se pinta una boca de sangre sobre las pestañas

y sale a cazar corazones por la calle del medio.

Es una promesa de hojas secas caminando altiva,

heroína herida con un ojo encima del otro,

con sus manos de colmillos para roer el amor

bien fuerte y que no se le escape, no sea cosa.

 

A veces se cruza con algún cristo huérfano de todo

o con una magdalena de extramuros

y se deja besar bajo una estrella oscura

y lamer las lágrimas simulando una pasión desmedida,

o con pasión desmedida, quién sabe.

Ha sido una semana difícil y tal vez alguien

le redima las culpas y los deseos más puros

o le vierta un poco de soledad y de cerveza

en el cáliz morado de sus huecos.

 

Otras veces se quiebra las venas

con un grito de hielo y abriendo los lunares

de su infancia a fuerza de aguantar el llanto

se vuelve caminando sola, nocturna,

se vuelve sola de lenguas y milongas

y entonces se arrincona en los pliegues

de su cuarto como un cachorro perdido

y escribe un poema con las uñas

rasgando en el velo de la aurora.

Escribe un poema y se duerme

despacito nocturna como una flor en la nieve.

 

© Raimundo Rosales

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Poema de Rosa Leticia Orchuelo

 

Papá

 

Una mariposa en vuelo

ascendente por la colina de humedad

Un caballo al trote

por terreno pedregoso

Un bichito de luz en la punta

de mi nariz

Una gran sonrisa

iluminada por tus ojos de cielo

Un juego de figuras chinescas

antes del beso y la rodhesia

de las buenas noches

 

Qué mundo de terciopelo

me regalaste

papá

 

Hoy te recordé

en el instante justo

en que allá

a un mar de distancia

quienes dicen es de Todos

cerró los ojos.

 

© Rosa Leticia Orchuelo

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Poema de Nicolás Aused

 


proustianas

 

III

 

también hay

muchachas en flor

ahora marchitas

por las capas

de Tiempo

que se posan

indiferentes

unas sobre otras

 

y hay versos

aromas

para ellas

 

pero sobre todo

hay sonrisas

que se disgregan

al aire

cuando chocan

 

contra el Presente

 

© Nicolás Aused

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Poemas de María Paula Alzugaray

 


Pocos entienden.

Todos hablan de la paz.

Creen en planicies. 

 

 

                      A la deriva

                     estarnos muy completos.

                     Epifanía.


© María Paula Alzugaray

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Poema de Mariel Monente

 


Sin ella

duele el costado

y echa raíces el pulmón y la vertiente,

crece un manto de verdes en la roca sumisa.

 

Hay cristales en el seno del cieno

hay una calma ensordecedora,

hay presagios.

 

 

 

 

Ante sus ojos crece el cúmulo,

acurrucada y sin resguardo

frágil espera.

 


© Mariel Monente

Imagen extraída del libro de la autora

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12/9/26

Poema de Adrián Marcelo Ferrero

 


Iniciales: solicitudes a mi madre

 

Madre:

esta noche, ya madrugada

nos hemos confesado.

Tan solo conversando,

hemos deshojado al mate hospitalario,

arrancado la hierba,

escuchado la lluvia,

molido el pan,

llorado al sol,

domado al potro,

cavilado por fin el milagro

de que a dos,

uno brote la simiente.

Hemos sufrido abrazados

compadeciéndonos de nuestro pudor.

Hemos evocado a nuestros muertos,

resoplándoles la vida

con este candil

que todavía sostengo.

Esta noche me has confiado

algunos de tus secretos y tus miedos,

y no seré yo quien los traicione.

Esta noche, madre,

hemos mezclado un poco el barro,

hemos estado otra vez en la mar, los cuatro,

hemos amado a padre cuando parecía tan lejano.

Hemos anidado en el muro

un perfume de violetas.

Hemos cantado el milagro de estar vivos,

celebrando la noche y el día, jubilosos.

Me has contado del pasado,

de otras cosas,

de aquí, de allá,

de todas partes.

He adivinado tus culpas

porque tú misma las castigas.

Te he adorado por dos veces

como corresponde a una dama

de tan noble sangre,

que no teme

al trabajo duro o la intemperie,

la tentación sin haberse jamás tentado,

laborando a brazo partido.

Esta noche, madre,

hemos derrotado a la mismísima muerte

y nos hemos ganado el salario,

por un rato al menos.

Hemos sido perdedores,

porque por eso estamos invictos.

Y me has demostrado,

una vez más,

que eres invencible

frente al tornado, la peste,

la mugre, la blasfemia,

la infamia o el fracaso.

Has visto a tus hijos,

a ambos,

quererse con amor de hermanos,

amor santo si los hay.

Has visto la lealtad

multiplicada en mil espejos,

hasta encandilarte.

Esta noche madre,

has muerto y has resucitado

al menos por tres veces

con tus miedos,

porque has escuchado

las consejas de tu hijo,

increíble pero cierto.

“Perturbador y perfecto”, te dijiste,

“esto de que mi propio hijo

me encomiende a su criterio”.

Esta noche, madre,

has vuelto a aprender el alfabeto,

la noche, el tifón,

el cielo, las estrellas,

la tormenta, el perdón,

la mar,

el mismísimo fin del mundo.

Porque le has podido por fin

decir a tu hijo

de quiénes has sido hija tú,

por qué has tenido tres hermanos,

elocuentes como esferas.

Por qué te has enamorado

de padre y su rumor elegante de poemas.

Muchos se reirán de mí,

ya lo adivino,

por este hablar

tan efusivo de mi madre,

como si fuera un maricón

o un crío.

Eso no cuenta hoy.

Son la noticia de ayer de un diario.

Verdaderamente

los chistes me tienen sin cuidado.

Esta noche, madre,

estoy aquí para llorarte,

para celebrarte en este silencio

de palabras quietas,

antes de que hayas partido,

si bien lo sé inminente.

Descansa en mí por una vez, madre,

por favor te lo ruego y te lo imploro,

por fin descansa,

antes de que te hayan llegado día y hora,

porque es tarde.

Tranquila,

que estaremos bien

cuando te marches.

Debes pensar a cambio,

que serás más poderosa,

y te tendremos aún más cerca,

conociendo el paño

de primera mano.

Esta noche, madre,

estoy aquí para saborear

el vino de los dioses,

el encanto raro de tu conversación,

honesta y limpia.

Esta noche, madre,

en que te has confesado,

en que por fin

te me has encomendado.

Ya era hora.

Estoy aquí para sentir,

el magnífico privilegio

de conocer tus lágrimas.

Esta noche madre, solo decirte,

que estoy aquí,

para hacer más digna tu vejez modesta,

tan luego yo,

que alguna vez,

antaño,

sentiste en tus entrañas,

morar en ellas como un pececito,

hasta manar por fin,

luego de tu industrioso descanso,

en el sagrado mar

de tus rosales.

Estoy aquí, madre.

Te lo recuerdo,

pero es tan frecuente a ti

oírte hablar de verdades como un templo

que me honra tu presencia

en esta madrugada de domingo

Estoy aquí a tu lado, madre.

Créelo.

Tan solo extiende el brazo

y sabrás no juro en vano.

Estoy aquí, madre,

poderoso como una bestia,

solo dándote la mano,

porque las fiebres te carcomen,

y yo me muero de dolor

por tu dolor de sangre.

Estoy aquí, madre,

y no me iré

sino cuando tú te duermas,

como antes.

Como en el principio

¿lo recuerdas?

 

© Adrián Marcelo Ferrero

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Poema de Alicia Márquez

 


Después de la pandemia íbamos a volver mejores

 

Eso se decía. Sí. Mucho mejores.

Por eso aplaudíamos a los enfermeros y a los médicos y los vecinos cantaban ópera o zambas. No importaba.

Y nos sentíamos tocados por una varita de bondad y empatía.

Pero en el diario veo una foto del interior de un casino y en el suelo,

una mujer muerta. Porque la gente se muere en los lugares menos apropiados. Qué mal gusto.

Y a su alrededor, la gente frente a las maquinitas tragamonedas.

Y aquí no ha pasado nada. Nada más que una muerte en un casino.

Puede ser el incendio de un hombre que dormía en la calle.

Pueden ser palos y gases a los jubilados.

Puede ser indiferencia absoluta para cada una de las injusticias de cada día.

Y gran parte, muchos, demasiados,

siguen jugando a las maquinitas tragamonedas, tragacerebros, tragaalmas.

 

© Alicia Márquez

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Poema de Marcelo González Del Río

  


Canción del viajero

 

Yo tengo un corazón viajero

que viene y se va,

se me adentra y se me afuera.

Corazón como si fuera

tambor de la cosecha

que tumba y retumba

ante el yugo que lo acecha.

Corazón como si fuera

Yunque, martillo, fragua

y espada que te quema

en llamarada que doliera

 

Yo tengo un corazón viajero.

Vuelve pronto corazón

que sin corazón me quedo.

 

© Marcelo González del Río

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Poema de Vanesa Almada Noguerón

 


OTRA VEZ

 

otra vez la masa opaca rueda hacia los lados

interviene en el paso sereno de las circunstancias

 

el giro emocional se demora

[¿se demora en verdad o se anticipa a lo que es próximo e indetenible?]

 

la ventanita del patio hace rebotar la luz y ese rebote

permite que el brillo asista / a una memoria dispuesta a arder

 

quizá por instinto, las dos cosas siguientes sobrevienen:

la masa opaca se lanza hacia la vaguedad de los márgenes

el nuevo fuego interviene y concede acceso —otra vez—

al paso sereno de las circunstancias

 

© Vanesa Almada Noguerón

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Poema de Silvia Marina Crespo

Creación musical

 

                            A Johann Sebastian Bach

 

Sobre esa hoja de papel

la sombra de su mano

es ala abierta que abarca su nido

 

vibra en un concierto de tinta

pesa las cuerdas del horizonte

se piensa en la profunda lenta curva de una nota

 

Johann sopla pluma por pluma

cierra los ojos para verlas caer

Mueve sus párpados y compone un último sueño sobre la almohada

donde todo lo que muere silba un preludio

todo lo que nace se inclina a rezar la belleza

 

el tiempo propaga la antigua armonía desnuda

un golpe de olas en el contrapunto final

y la triste fuga que ilumina Sajonia por última vez

 

Los sonidos del cielo quiebran el pentagrama húmedo de su frente

Johan abre sus ojos

abre sus manos y deja caer

los ritmos del alma humana

en el oído del mundo

 

© Silvia Marina Crespo

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