La esposa de Caín vuelve del mercado
No es que todo cueste más día tras día
(se dice mientras masca un tallo de vid)
es que estoy cansada de hacer mi trabajo
y también el trabajo de los demás.
Soy la dueña y la empleada y el cliente
y el agente de bromatología que me acosa
y soy el carro que me provee
y el animal que tira de ese carro,
soy la que abre, la que limpia y la que cierra,
soy la que vende y también la que compra.
En este mundo desierto y tan reciente
en el que mis padres fueron apenas
dos pobres muñequitos de barro,
soy hermana y esposa al mismo tiempo
del mismo varón, un agricultor,
un asesino que mató a nuestro hermano,
soy pecadora e inocente de mis pecados
pero soy el pecado en sí, lo inevitable,
no tengo nombre y todos los nombres son míos,
soy el registro civil donde cada nombre se guarda,
soy la que discute con sus clientes
es decir, conmigo, soy la que discute con sus padres
y también con sus suegros, a la vez,
porque mis padres y mis suegros
son los mismos, los permisivos
que nacieron del barro y se hicieron carne,
pero no vendo carne en mi puesto del mercado
porque mi hermano que era mi cuñado
criaba ovejas y murió bajo el peso de una piedra.
Yo soy la que atiende ese puesto en el mercado
porque soy el mercado y también soy el puesto.
Soy la incestuosa madre del pequeño Enoc,
la joven anciana, la que no figura en el libro,
soy la que vuelve cansada del mercado, ya de noche
la que tal vez se quede dormida nuevamente
mirando el fuego y sin probar bocado.
© Rogelio Ramos Signes
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