4/11/26

Poema de Dafne Malvasi

 


Para no acostumbrarme a la guerra,

pinto una amapola roja

aún no destruida.

 

 

Per non abituarmi alla guerra,

dipingo un papavero rosso

non ancora distrutto.

 

© Dafne Malvasi

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Poema de Juany Rojas

  


ACECHO

 

De noche        de madrugada

o de soledad

cuando entro en el espejo

y soy el espejo

abro  las cajas del temor

de la tristeza        de la incertidumbre

y en silencio las encaro

las dejo escurrir        sangría hirviendo

para que dejen de ser pájaros negros

merodeando mis luces

capaces de trizarlas

con un solo aletazo

de tragedia

 

© Juany Rojas

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Poema de Diego Morales

  


El tronquito

 

Antes de que existiera ese intento de canchita,

existía el monte.

 

Los yuyos crecían

como si nadie los hubiera nombrado jamás.

 

Los árboles hacían su propia sombra.

 

Las espinas defendían

un pedazo de tierra

que parecía no pertenecer a nadie.

 

Entonces llegamos nosotros:

el maxy, el tony, el pinchin, el puma,  el toto, el pyter

y muchos otros que hoy hacen a este recuerdo vivo

 

Caímos con una pala prestada

un rastrillo viejo

las manos llenas de ampollas

y esa fe inmensa

que solo tienen los chicos

cuando todavía creen

que el mundo puede acomodarse

a fuerza de insistir.

 

Cortamos ramas.

Arrancamos malezas.

Juntamos piedras.

 

Barrimos la tierra

hasta dejarle el corazón desnudo.

 

Queríamos una canchita propia.

No era mucho pedir.

Solo un lugar

donde una pelota pudiera rodar

sin pedir permiso.

 

Pero en el medio,

como si la tierra hubiera decidido

guardar un secreto,

quedó una raíz.

Gruesa.

Silenciosa.

 

La golpeamos.

La cavamos.

La rodeamos de pozos.

Le prometimos la derrota.

pero ella,

nunca cedió

se quedó.

 

Al final

fuimos nosotros

los que aprendimos a jugar alrededor de ella.

 

Le pusimos un nombre,

como se nombran las cosas

que terminan siendo recuerdo

“El Tronquito”

 

Qué extraña sabiduría

tenía aquella raíz.

Nos enseñó,

mucho antes de que la vida lo hiciera,

que no todo se vence.

 

Que hay heridas,

amores,

barrios

y memorias

que permanecen debajo de uno,

aferradas a la tierra,

aunque pasen los años

y uno crea

que ya aprendió a irse.

 

Y cada vez que vuelvo,

no busco la canchita.

Busco ese tronquito.

Porque sospecho

que fue él

quien sostuvo mi infancia

mientras nosotros

creíamos que solo estábamos jugando.

 

© Diego Morales

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Poema de Ana Russo

  


-que no habrá más-

dicen  los dueños del hierro

y los arsenales

pero en la oscuridad los hombres lobos

chorrean sangre de sus lagrimales escondidos 

van entre los ritos de honor y se ríen

por los caídos, por esas mujeres

que recogen trozos de cuerpos

como retazos de sus partos,

otras buscan a sus hombres

en los ceremoniales de la calamidad

no pueden la sevicia,

la paz no pare todavía,

hace una petición al hombre y se tapa los ojos.

 

© Ana Russo

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Poema de Alejandra Boero Serra

  


GATOS

 

Sus pupilas desafian,

contra todo pronóstico,

los umbrales de la gran ciudad.

 

Su sueño es tan largo.

 

Huéspedes y anfitriones

cruzan

las peripecias del camino.

 

Algo en ellos sostiene,

al paso

de mi vigilia,

la huella que fui,

tanto de lo que no seré.

 

© Alejandra Boero Serra

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Poema de Alonso Mejías Ureta

 


El exilio

 

En medio de los edificios

a la distancia

escucho las olas

reclamar mi nombre

al viento entre la noche

los árboles y la arena

que vuelva como las aves

en su batir de a mil tambores

y aunque de cerca los autos

los martillos la sierra

rompan con el ensueño

escucho las olas

reclamar mi nombre.

 

© Alonso Mejías Ureta

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3/11/26

Poema de María Laura Blanco

  


De este lugar no escapa nadie

el cemento fue humedecido con sangre

selladas las paredes, las columnas

con pellejo de sufrientes

las lágrimas del arcángel

no alcanzaron para frenar el incendio

todo se hizo noche

no se podía respirar

caminábamos ciegos por la escalinata

alguno caía en el foso, otro colgaba

de una horca de hierro y clavos

no se sentía miedo, no

el dolor anestesia

lastiman los quejidos

dibujados en las columnas

en los techos

máscaras que alguna vez

fueron hombres

y su delito

sucumbir al amor

condenados al encierro

arrastrando cadenas

rosarios de roca filosa

murmuran gritos desgarrados

saben que su esfuerzo es vano

entonces escriben poemas

que nadie puede leer. 

 

las brujas nos juntábamos

al alba

no queríamos escapar del sol

 pero nos obligaban

entre susurros de rezos

invocando magia

 se vuelve uno visible

 maternas carnes se dilatan

una lluvia de semen cae en el pubis

 una lechuza en el palo más alto

-el de la urraca- que canta

una melodía afinada y diáfana

 se alejan los corderos de la planicie

 suben hacia el pico más alto

 saben que se viene el cataclismo

 le han visto el rabo al diablo

 y lloran, balan atemorizados

 tiemblan y sacuden los pastos

 se viene, está próximo el fuego

la ola gigante, el gran tsunami

 que devorará con hambre de lobo

 hasta la última roca desvalida

 y los niños

 sin ser concebidos

mueren en el viento

atragantados de agua

 y de ceniza.

 

© María Laura Blanco

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Poema de César Cantoni

 


MATADERO

 

He visto pasar el ganado camino al matadero,

lo he visto pasar en trenes y camiones

desde la esquina de mi casa.

Día tras día, año tras año,

he observado con impotencia

la triste caravana,

y me he puesto a pensar

cómo la muerte enluta el mundo,

cómo la vida come de la muerte.

 

© César Cantoni

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Poema de Nancy Montemurro

 


VISTA DESDE LA HABITACIÓN 23 

 

En la noche,

el foco encendido que da al jardín

ilumina las flores blancas

de la corona de novia

dándoles una lumbre especial.

Parece un cielo estrellado

que nace de la tierra

como si tierra y cielo

estuvieran muy cerca.                    

Pequeños resplandores

ascienden desde el fondo

y destellan en una oscuridad

más íntima,

cercana al dolor de los que sufren. 

Ya no se reconoce arriba, abajo,

adentro, afuera.                                            

Privilegio de la vida,

el mundo y su belleza

anteponiéndose a la muerte.

 

© Nancy Montemurro

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Poema de Mariana Miranda

 


Caballo


Un caballo de sal

que se deshace en el viento

pisando sus vasos

la arena de los médanos.

 

Relincha

en el centro del cielo

clamando por su tropilla

perdida

por allá lejos.

 

Solo como una lágrima sola

en el colmo del silencio

trota en el viento

y vuela,

vuela…

 

© Mariana Miranda

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Poema de Norma Etcheverry

 


Línea Sur/2


Deambulo por la orilla

del Río Negro,

en lo más austral de la provincia.

Aguardo el horario del próximo trasbordo.

Sobre el cauce, las imponentes vigas

del puente viejo

unen

las dos ciudades:

la que soñó con ser

importante y brillar;

y la que nunca brillará tanto

como quisiera.

En el paredón, enfrente de la terminal,

Karen sonríe con el corazón en la mano.

Sobre las márgenes del río, las historias

se graban a fuego:

que mueran a hierro los que matan.

 

© Norma Etcheverry

Imagen enviada por la autora del poema

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Poema de Mariel Monente

 


(Tempestad)

 

El caballo de la tempestad

en un despliegue de patas blancas

azota los cardales.

Grises los cúmulos rotos.

 

Trota granizo y hielo. 

 

 

Un temblor en la tierra

seduce y llama a las flores lila de su pecho.

Quiebra el silencio un sonido a salvas.

 

Retumba la luna.

 

© Mariel Monente

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Texto de Jorge Curinao

 


Como ese día que íbamos por la ruta tres y te dije, sonriendo, que no tuvieras miedo. Que cualquier cosita, pusieras balizas y llevaras el auto hacia la banquina. Ahora tu recuerdo es esa flor amarilla que crece al costado del camino.

 

© Jorge Curinao

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Poema de Eugenia Coiro

  


Conejitos* 

 

Me ocurre, Andrée

poemas como conejos

blancos, puros

tan inocentes

inofensivos

los poemas

apenas tristes a veces

siempre adorables

vivos

lo siento

querría ocultarlos

mantenerlos adentro

silenciados

pero bullen

salen

se vomitan uno sobre otro

qué daño puede hacer

el deseo

y los conejos devoran

el canon

los compromisos adquiridos

las promesas más queridas

perdón, Andrée, perdón

los poemas se

revelan

se cortan

las líneas

encabalgan los versos

y el desorden

ahora toma

su casa

aunque el destrozo

comienza solo

en mi corazón

 

*A partir de Carta a una señorita en Paris de Julio Cortázar

 

© Eugenia Coiro

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Poema de David Sorbille

  


El tiempo en una tarde cualquiera

puede ser una señal que desvanece

la lejana hondura del sueño

la dura soledad del exilio

las siluetas de amores olvidados

en el fondo del viento o simplemente

la prueba que nos estimula

cuando todo parece abandonarnos

y sufrimos el destino de las quimeras

en la ardua lucha por imponer

la verdad de su esencia

como la semilla en la tierra.

 

© David Sorbille

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