12/9/26

Poema de Adrián Marcelo Ferrero

 


Iniciales: solicitudes a mi madre

 

Madre:

esta noche, ya madrugada

nos hemos confesado.

Tan solo conversando,

hemos deshojado al mate hospitalario,

arrancado la hierba,

escuchado la lluvia,

molido el pan,

llorado al sol,

domado al potro,

cavilado por fin el milagro

de que a dos,

uno brote la simiente.

Hemos sufrido abrazados

compadeciéndonos de nuestro pudor.

Hemos evocado a nuestros muertos,

resoplándoles la vida

con este candil

que todavía sostengo.

Esta noche me has confiado

algunos de tus secretos y tus miedos,

y no seré yo quien los traicione.

Esta noche, madre,

hemos mezclado un poco el barro,

hemos estado otra vez en la mar, los cuatro,

hemos amado a padre cuando parecía tan lejano.

Hemos anidado en el muro

un perfume de violetas.

Hemos cantado el milagro de estar vivos,

celebrando la noche y el día, jubilosos.

Me has contado del pasado,

de otras cosas,

de aquí, de allá,

de todas partes.

He adivinado tus culpas

porque tú misma las castigas.

Te he adorado por dos veces

como corresponde a una dama

de tan noble sangre,

que no teme

al trabajo duro o la intemperie,

la tentación sin haberse jamás tentado,

laborando a brazo partido.

Esta noche, madre,

hemos derrotado a la mismísima muerte

y nos hemos ganado el salario,

por un rato al menos.

Hemos sido perdedores,

porque por eso estamos invictos.

Y me has demostrado,

una vez más,

que eres invencible

frente al tornado, la peste,

la mugre, la blasfemia,

la infamia o el fracaso.

Has visto a tus hijos,

a ambos,

quererse con amor de hermanos,

amor santo si los hay.

Has visto la lealtad

multiplicada en mil espejos,

hasta encandilarte.

Esta noche madre,

has muerto y has resucitado

al menos por tres veces

con tus miedos,

porque has escuchado

las consejas de tu hijo,

increíble pero cierto.

“Perturbador y perfecto”, te dijiste,

“esto de que mi propio hijo

me encomiende a su criterio”.

Esta noche, madre,

has vuelto a aprender el alfabeto,

la noche, el tifón,

el cielo, las estrellas,

la tormenta, el perdón,

la mar,

el mismísimo fin del mundo.

Porque le has podido por fin

decir a tu hijo

de quiénes has sido hija tú,

por qué has tenido tres hermanos,

elocuentes como esferas.

Por qué te has enamorado

de padre y su rumor elegante de poemas.

Muchos se reirán de mí,

ya lo adivino,

por este hablar

tan efusivo de mi madre,

como si fuera un maricón

o un crío.

Eso no cuenta hoy.

Son la noticia de ayer de un diario.

Verdaderamente

los chistes me tienen sin cuidado.

Esta noche, madre,

estoy aquí para llorarte,

para celebrarte en este silencio

de palabras quietas,

antes de que hayas partido,

si bien lo sé inminente.

Descansa en mí por una vez, madre,

por favor te lo ruego y te lo imploro,

por fin descansa,

antes de que te hayan llegado día y hora,

porque es tarde.

Tranquila,

que estaremos bien

cuando te marches.

Debes pensar a cambio,

que serás más poderosa,

y te tendremos aún más cerca,

conociendo el paño

de primera mano.

Esta noche, madre,

estoy aquí para saborear

el vino de los dioses,

el encanto raro de tu conversación,

honesta y limpia.

Esta noche, madre,

en que te has confesado,

en que por fin

te me has encomendado.

Ya era hora.

Estoy aquí para sentir,

el magnífico privilegio

de conocer tus lágrimas.

Esta noche madre, solo decirte,

que estoy aquí,

para hacer más digna tu vejez modesta,

tan luego yo,

que alguna vez,

antaño,

sentiste en tus entrañas,

morar en ellas como un pececito,

hasta manar por fin,

luego de tu industrioso descanso,

en el sagrado mar

de tus rosales.

Estoy aquí, madre.

Te lo recuerdo,

pero es tan frecuente a ti

oírte hablar de verdades como un templo

que me honra tu presencia

en esta madrugada de domingo

Estoy aquí a tu lado, madre.

Créelo.

Tan solo extiende el brazo

y sabrás no juro en vano.

Estoy aquí, madre,

poderoso como una bestia,

solo dándote la mano,

porque las fiebres te carcomen,

y yo me muero de dolor

por tu dolor de sangre.

Estoy aquí, madre,

y no me iré

sino cuando tú te duermas,

como antes.

Como en el principio

¿lo recuerdas?

 

© Adrián Marcelo Ferrero

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Poema de Alicia Márquez

 


Después de la pandemia íbamos a volver mejores

 

Eso se decía. Sí. Mucho mejores.

Por eso aplaudíamos a los enfermeros y a los médicos y los vecinos cantaban ópera o zambas. No importaba.

Y nos sentíamos tocados por una varita de bondad y empatía.

Pero en el diario veo una foto del interior de un casino y en el suelo,

una mujer muerta. Porque la gente se muere en los lugares menos apropiados. Qué mal gusto.

Y a su alrededor, la gente frente a las maquinitas tragamonedas.

Y aquí no ha pasado nada. Nada más que una muerte en un casino.

Puede ser el incendio de un hombre que dormía en la calle.

Pueden ser palos y gases a los jubilados.

Puede ser indiferencia absoluta para cada una de las injusticias de cada día.

Y gran parte, muchos, demasiados,

siguen jugando a las maquinitas tragamonedas, tragacerebros, tragaalmas.

 

© Alicia Márquez

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Poema de Marcelo González Del Río

  


Canción del viajero

 

Yo tengo un corazón viajero

que viene y se va,

se me adentra y se me afuera.

Corazón como si fuera

tambor de la cosecha

que tumba y retumba

ante el yugo que lo acecha.

Corazón como si fuera

Yunque, martillo, fragua

y espada que te quema

en llamarada que doliera

 

Yo tengo un corazón viajero.

Vuelve pronto corazón

que sin corazón me quedo.

 

© Marcelo González del Río

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Poema de Vanesa Almada Noguerón

 


OTRA VEZ

 

otra vez la masa opaca rueda hacia los lados

interviene en el paso sereno de las circunstancias

 

el giro emocional se demora

[¿se demora en verdad o se anticipa a lo que es próximo e indetenible?]

 

la ventanita del patio hace rebotar la luz y ese rebote

permite que el brillo asista / a una memoria dispuesta a arder

 

quizá por instinto, las dos cosas siguientes sobrevienen:

la masa opaca se lanza hacia la vaguedad de los márgenes

el nuevo fuego interviene y concede acceso —otra vez—

al paso sereno de las circunstancias

 

© Vanesa Almada Noguerón

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Poema de Silvia Marina Crespo

Creación musical

 

                            A Johann Sebastian Bach

 

Sobre esa hoja de papel

la sombra de su mano

es ala abierta que abarca su nido

 

vibra en un concierto de tinta

pesa las cuerdas del horizonte

se piensa en la profunda lenta curva de una nota

 

Johann sopla pluma por pluma

cierra los ojos para verlas caer

Mueve sus párpados y compone un último sueño sobre la almohada

donde todo lo que muere silba un preludio

todo lo que nace se inclina a rezar la belleza

 

el tiempo propaga la antigua armonía desnuda

un golpe de olas en el contrapunto final

y la triste fuga que ilumina Sajonia por última vez

 

Los sonidos del cielo quiebran el pentagrama húmedo de su frente

Johan abre sus ojos

abre sus manos y deja caer

los ritmos del alma humana

en el oído del mundo

 

© Silvia Marina Crespo

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Poema de Pablo Duca

 


Es el vuelo de una abeja.

Un día liba y al otro no.

La lluvia gotea desparejo

unas gotas y aire.

Pero al final lo logramos:

por las mañanas reímos

y por las dudas

también.

 

Mirá,

fijate bien,

debajo de aquel álamo

mi padre llueve.

 

© Pablo Duca

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Poema de Olga Edith Romero

 


CAIN Y ABEL

                                                                          

                                                                        “Maldito, pues, serás tú desde ahora sobre la

                                                                           tierra, la cual ha abierto su boca y recibido de

                                                                           tu mano la sangre de tu hermano”

                                                                                                                                       Génesis 4, 11

                               

Desde el origen

el hombre contra el hombre.

                        Auschwitz

                           Hiroshima

                              Vietnam

                                 Terrorismo de Estado

                                           Torres Gemelas

                                            Atocha en Madrid.

                             (Y los olvidados).

 

                             Persecución y muerte.

 

                              Y una llaga gigante

                              que cubre todo el cuerpo.

                              Y no cicatriza.

 

                              Me pregunto

                              si los siete ángeles

                              ya derramaron sus copas

                                                                                                                                                                    

                             y quiénes son los elegidos

                              ocultos en madreperlas.

 

© Olga Edith Romero

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Poema de Patricia Berho

 


Lorca resuena

 

Federico está aquí allá y más allá

El niño del alma clara

El que escucho cantar a las fuentes

y convirtió el dolor en arte

 

su voz aún vibra entre los muros

rojos de la Alhambra

entre los olivos que saben de sangre

y de luna

 

porque en sus versos vive el duende

ese misterio que arde y no se explica

esa emoción que hace temblar

la palabra y la piel

 

Lorca es Granada

y nos susurra:

“Verde que te quiero Verde…”

 

© Patricia Berho

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Poema de Juan Manuel Ramírez

 


En las sábanas nos enredamos

hicimos el truco de magia

te destapé

ya no estabas.

 

© Juan Manuel Ramírez

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11/9/26

Poema de Patricio Emilio Torne

  


UNA VISITA A LA CASA DE MI INFANCIA


Mis amigos me empujan mi amor también empuja.

Después de forzar la puerta que estaba atada con alambres,

entramos a ese lugar donde aún hay brasas de un fuego

que alguna vez dejé encendido. La cocina

es mucho más pequeña que el tamaño adquirido con el tiempo

y cada tanto regresa con los sueños.

Huele a aceite rancio a humedad, sin embargo

no me molesta, me es familiar, siento que es el olor natural

de las cosas que fui dejando. Al fondo en el lugar del fogón

hay una chapa caída que sosiega la entrada de luz

en la tronera derribada donde Ña Felisa cocinaba al rescoldo

las batatas los choclos tiernos antes que viniese

la cocina volcán para aliviar el ajetreo.

En la estantería de obra hay botellas tarros viejos polvo

de un lugar que se va cayendo. Estas son las paredes

en las que hubiese escrito los primeros insultos,

las malas palabras que contenía ante la severidad paterna,

y ahora, como en un palimpsesto, sobre su encalado

aparecen signos de una belleza que fue imposible retener.

La mesa estaba en el centro de la habitación y allí

cabíamos todos. No recuerdo que comiésemos incómodos,

debe ser porque mis hermanos más grandes

ya habían partido y tendrían su propia cocina.

La ventanita que da a lo de doña Corina sigue

con sus vidrios intactos y aunque hay telas de arañas,

polvo, pueden verse los rastros en el marco

de su pintura verde inglés.

Cuando había tormenta me gustaba mirar los relámpagos

a través de ella hasta que mamá nos corría del lugar

alarmada por un peligro que nunca pude advertir.

Ahora en la tarde diáfana se ven las construcciones

de un terreno parcelado y los únicos rayos existentes

son esta emoción que más que iluminar perturba.

Se viaja en el tiempo y hay turbulencias

que se vuelven peligrosas, el vacío en el que se cae da vértigos.

Los brazos que me sostienen son del terreno ganado

a lo amoroso, tienen el vigor y la ternura necesarios.

De haberse mantenido en píe ya estaríamos bajo la galería,

pero ahora en el lugar hay un bananero.

Estás bien? me preguntan.

Y no es que se esté bien o se esté mal,

pasa que no se puede asimilar a la velocidad de lo imposible

todas las preguntas acerca de lo perdido, lo ganado.

Una frustración que viene desde allá lejos en el tiempo,

y quema

como cuando en las mañanas prendíamos el fuego.

© Patricio Emilio Torne

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Poema de Pablo Jacinto Carrazana

 


plegaria para la tacuarita azul


le pido a la tacuarita

que en su canto azul

tenga piedad y deje de reir

de nosotros que descansamos

bajo el árbol donde se posa

 

no sea cosa que en su melodía

nos arranque del sueño y desarme

la trama del tejido

luminoso

que nos une

 

pero la tacuarita azul no escucha

es sabia y conoce lo que hace

sabe que el amor

es como el invierno

que al marcharse deja

el tatuaje más hermoso

 

sabe que el tejido tan valioso

ahora un talismán inútil

puede volver a ovillarse

y así hilvanar otros ojos

 

le pido entonces a la tacuarita

que con las palabras de despedida

seamos capaces de abrigarnos

y tengamos asilo

del invierno implacable

que comienza

a borrarnos

 

© Pablo Jacinto Carrazana

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Poema de Miry Sarkis

  


Entre las ruinas de Homs

 

Sentado

entre las ruinas de Homs

el frío lo sacude

lo sacude

el pensamiento.

 

El soldado

va y vuelve

habla y llora la lejanía

los padres

los hijos

las víctimas

tantas, sobre la tierra helada.

 

Los frutos verdes

los sarmientos y la vid

la higuera.

 

El no se rinde

carga el fusil

camina la soledad del desierto.

 

Otra vez se sacude

-como un cuento perverso que se repite en un espejismo-.

 

Lo enfrenta el asesino del Amor

señala y arrastra

cada cadáver.

 

Sin embargo        hay un oasis con agua bendita

      donde la Luz se sumerge         y redime.

 

© Miry Sarkis

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Poema de Gustavo Santiago Morinigo

 

Alicaído 

 

Ronronea el tiempo

la noche y su tamiz

se impregnan de espanto

 

Ala mustia

en los labios

de aquella que se borra

en la niebla

y desaparece

       desaparece.

 

© Gustavo Santiago Morinigo

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Poema de Gina Escobar

  


SUPERVIVENCIA


Para sobrevivir

Hay que atacar primero

 

Cubrir espejos

en la tormenta

 

Criar semillas

Llenar acequias

 

Juntar las sobras

en buen estado

 

Unirlo todo

darle chispa

 

Sembrar olvido también.

No hacer promesas

 

© Gina Escobar

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9/9/26

Poema de Diego Morales

 


Los viernes

 

Los viernes

eran una puerta que se abría.

 

Mi mamá soltaba la tarde

como quien deja salir

un puñado de pájaros.

 

Toda la semana

la cuadra nos esperaba

del otro lado de la ventana.

 

Y cuando por fin llegaba el permiso

salíamos corriendo

con la desesperación

de los que saben

que la felicidad también tiene un horario.

 

No había pantallas.

La imaginación hacía todo el trabajo.

 

Con un fierro torcido

fabricamos un palo de golf.

Con un dedo

abríamos pequeños hoyos

sobre la tierra de la calle.

 

Y de golpe,

la cuadra dejaba de ser una cuadra

Se convertía en un inmenso campo de golf

 

Éramos señores elegantes

jugando un deporte

que ninguno conocía,

pero que inventábamos

como se inventan las cosas importantes:

creyendo.

 

Jugábamos a “la base”,

a “cachorro monta la burra”

“catorce la perdiz”

a todos esos juegos

que el tiempo fue borrando

como la lluvia borra

los dibujos sobre la tierra

 

Qué extraño.

No teníamos casi nada.

Y, sin embargo,

cada viernes

éramos dueños del mundo.

 

© Diego Morales

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