Cuando pregunté a las maestras por Comala,
lugar del que había escuchado en alguna
parte,
y me dijeron que aún no lo podía visitar,
me distancié de ellas,
(de las clases, de la escuela
de la rutina). Sin oírlas,
haciendo caso omiso a las objeciones,
leí el libro a los pocos días,
en un par de horas,
mezclado al murmullo, al correr de las
hojas,
a las sombras,
al eco en la voz de los muertos,
alejándome de la desidia, de la censura,
de lo imposible
;
la oquedad,
que encubría el polvo entre las casas,
la ausencia de árboles y pájaros inundaba
cada rincón,
dialogaba con todos y con nadie,
transformándome en Juan Preciado,
en Susana San Juan,
en fantasma
;
podía estar allá estando aquí,
como hacemos con los sueños
o los anhelos,
poseído por presencias que pululaban en las
calles,
reencontrándome con ellas en los patios,
en las casas,
en otros lugares,
mientras las historias iban y venían de un
tiempo a otro,
volvían sin retornar. Pasados los meses,
muchos días, algunos años,
de ir y regresar
sin querer volver,
seguía sumido en Comala,
en las voces en los nichos,
en la soledad de las cruces y
los mausoleos,
entre el murmullo de las fosas,
entre las hojas arrastradas por la ceniza,
en un astillero* , en un castillo** ,
junto al azor y el granito de un alcázar ***
;
donde Juan Preciado,
ahogado por el miedo,
penetraba en la oscuridad quedándose en
ella,
escuchando
el decir del polvo que golpeaba las tumbas,
el parloteo de los muertos,
sin dejar de perseguir a su padre,
en el eco, en las hojas, en el viento,
a Pedro Páramo
* El
astillero, Juan Carlos Onetti
** El
castillo, Franz Kafka
***
Terra Nostra, Carlos Fuentes.
© Álvaro Mata Guillé
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