28/3/26

Poema de María Del Pilar Mastrantonio

 


               “Los mejores vestidos para mis muñecas” (Gabo Ferro)

 

El esperma siempre es blanco

 

El amor paja y fuego

Ida y vuelta

le da de comer a los pajaritos

quietos. Eso no es natural

Entonces ¿qué es  lo natural? Pregunté

Sólo respondió un silencio

del que cree que sabe y no sabe decirlo

 

La luna (todos tenemos la propiedad)

Mira los cuerpos inclinados

Saluda a la niña carpintero

Saluda al niño costurera

Nada está quieto

Hay un revoltijo

de ajuares hechos a mano

de esperma en minúsculas células inquietas

De herramientas con hilos de coser

al hombre poderoso

con ropa de mujer

De buena mujer

con ropa de hombre 

 

Se aman

Se protegen

 

“Nada importa si estamos enteros”

Nos dan risa las etiquetas

           Rosa – celeste

           Celeste -  rosa

Nos asombra la naturaleza humana

Formamos una ronda

mientras los que quedan dentro

señalan con el dedo

 

El amor paja y fuego

Se quemará y volverá a vivir

 

La voz de Gabo

juega a ser y no ser

Más que personas

nadando cerca de la orilla.

              

© María del Pilar Mastrantonio    

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Poema de María Casiraghi

  


LA PRIMAVERA Y LAS PALABRAS

 

                                    a Gabriela Franco

 

¿Cuál es el defecto de la primavera?

La primavera es perfecta.

 

El aura del día es su memoria

ese portón de jazmines paraguayos

un pasillo de magnolias

la blusa verde de hombros desnudos

y el perfume que te regalaron

tu primer esencia

                 sentías que crecías

                 cuando te perfumabas.

 

¿Cuál es el don de las palabras?

Las palabras son perfectas

 

siembran lo que cosechan

dan y reciben en un equilibrio matemático

están siempre en ambos lados de la balanza

y se cuidan y te cuidan

para que descanses cuando llega la noche

y que no sufras cuando nada importa.

 

Las palabras

tienen un don humano: la acción.

 

Cuando la acción destruye

ellas se defienden

con ese mismo don que tiene Dios

                 de no sentir ninguna culpa.

 

© María Casiraghi

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Poema de Ohuanta Salazar

 


Parada Obanta

 

Era fácil de llegar aunque la casa

no tenía número en la entrada, ni nombre.

Ohuanta se lee el cartelito de la ruta

aunque Obanta le decían.

Desde lejos, se veían

asomando entre cañaverales,

antes del pie del cerro, las casuarinas

en fila y los lapachos rosados.

En el límite de la vía, los eucaliptos

de Perón llegaban al cielo y mis abuelos,

después de las tormentas, salían a mirar

a cuál lo había alcanzado un rayo.

Por las noches había que seguir

esa arboleda, montoncito iluminado

por la luna y un camino

de tucu-tucus.

Una vez en la tranquera, la avenida

de hortensias y al fondo la galería

donde los perros y mis abuelos siempre

esperaban que alguien volviera.

En tren era mejor porque

justo ahí, en la casa de mis abuelos,

paraaada Obantaa

anunciaba el maquinista.

 

© Ohuanta Salazar

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Poema de Matías Aldaz

 


KAWASAKI

 

en la misma cucharita

que a la noche usábamos

para revolver el té

de día disolvíamos

media aspirineta

en agua de bajo sodio

 

pero eso fue

después de salir de la clínica

 

en la clínica las enfermeras

partían las aspirinetas

con un cuchillo

y las metían con agua

en una jeringa

la agitaban

y la descargaban

de una sola vez

en la boca de Lorenzo

 

su cama de hospital

se parecía

a una pileta de natación

los monitores con cifras

y líneas luminosas

vibraban

cada cinco minutos

 

en esa pieza también

resplandecía Lorenzo

conectado a una vía permanente

que lo sujetaba al mundo

en el que vivía

hacía sólo tres meses

plagado de pelusas en la cabeza

y movimientos espasmódicos

 

fiebre alta

decaído

el paracetamol

que funciona una hora

para que luego la fiebre vuelva

y se instale en la cumbre

de nieve que no hace otra cosa

que quemar las palabras dichas con amor

 

de esa manera

en la pieza de la clínica

un día y otro día

y otro

 

por las tardes

salía a dar paseos

caminaba por maipú

quince veinte cuadras de ida

quince veinte cuadras de vuelta

me aplacaba oír

los autos

las bocinas

las voces

 

el límite de mi caminata

era una librería de usados

en la que sólo me paraba

a mirar la vidriera

durante un largo rato

 

cuando volvía a la pieza

el pitido del monitor

con cifras y líneas luminosas

me hacía marchitar el cuero

 

lo importante es que

él está de buen ánimo

decían las médicas

 

también hacía otra cosa

cuando daba ese paseo

una cuadra antes de volver a la habitación

tomaba un helado

siempre del mismo gusto

 

la joven que me atendía

se sonrió las dos o tres primeras veces

que se lo pedí

las veces siguientes

ya no hizo falta

sacaba el helado de su bolsillo

como si fuera un pase de magia

 

en aquella primera fiebre

yo estaba a cuatrocientos kilómetros

de la clínica

 

todo el viaje de vuelta

lo hice con el cielo

hecho una lengua oscura

ondeándose sobre el parabrisas

 

la calma

llegó recién

con la gamma globulina

y con una pediatra rubia

y correntina

que encontró

la vena en la ingle

y le inyectó durante cuatro horas seguidas

una gigantesca variedad de maravillas

 

y al poco tiempo

el sarpullido de las rodillas

y el sarpullido del pecho

y el abombamiento

de los vasos sanguíneos del corazón

desaparecieron

 

horas antes del alta

salí a caminar de nuevo

con la certeza

de que era el último paseo

quince veinte cuadras de ida

quince veinte cuadras de vuelta

mirar la vidriera llena de libros

durante un largo rato

y por fin llevarme uno de Molinari

donde la tarde es un pájaro

y al volver la joven

y su pase de magia

 

antes de irnos

le pusimos a Lorenzo la ropa

más nueva que tenía

escribimos en un papel de cielo

una nota llena de dibujos

para las enfermeras

para las médicas

y la pegamos con prolijidad

en un corcho al final del pasillo

 

© Matías Aldaz

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Poema de Majo Bozzone

 


Infancia en los 70

 

Estamos sentadas en el colectivo

sonriendo al viento que despeina nuestro pelo,

el cuerpo de mi madre da marco al mundo.

De repente un silencio oscuro rompe las miradas.

El motor se apaga.

Dos soldados avanzan con ametralladoras.

Bajamos.

En la vereda formo fila con los otros niños.

Veo a mi madre de espalda contra una pared

(las sombras se alargan y llegan a mis pies)

La punta de un arma se mete en su cintura

hay manos que la tocan y revuelven la cartera.

(Todo es tan lento....

pienso que las baldosas van a romperse

abriendo un pozo que no voy a poder saltar)

Ahora mamá está de frente, guardándome en su mirada.

El caño del arma me señala y yo corro a su encuentro

Mamá me detiene con los brazos tapando  mi boca.

Subimos, el motor vuelve a encenderse

y la infancia se atragantó de miedo y de pregunta

 

© Majo Bozzone

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Poema de Néstor Fenoglio

 


Quiero ser este temblor

y este inclinarme

definitivo,

quiero pasar

como una espada

de luz

entre los inocentes.

 

© Néstor Fenoglio

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Poema de Mariel Monente

 


 

Una araña teje

y atrapa el rocío.

 

 

Ella tiembla.

Bajo el manto verde

la muerde el brillo de una orquídea.

¿Saldrá del oscuro

para nombrar la noche?

 

 

 

El sol

cae.

 

© Mariel Monente

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Poema de Marita Rodríguez-Cazaux

 


Hay poemas escritos en madrugadas.

Iridiscentes.

Mórbidos de dicha.

 

Una mujer desnuda se estira en el lecho

lejos del insomnio,

plena de goce.

 

En algún jardín lejano

el rocío tiembla sobre un pétalo.

 

Y ella –la mujer desnuda–

reclinada en su propia pupila

arrulla

el insondable verbo.

 

© Marita Rodríguez-Cazaux

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Poema de Gustavo Santiago Morinigo

 


Mímesis 

 

El aire es una caricia

en los pétalos hecho alas

Una concepción efímera

de ángel seduce

pero tangible igual

 

A manera de sinfonía

el pistilo se sacude

de sus claroscuros

y se hace luz

expandiendo la fragancia.

 

© Gustavo Santiago Morinigo

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Poema de Susana Noé

 


PEQUEÑO NIÑO 2


NO

No  quiero

estar aquí

escondite

 sin ojos

sin cabeza

si puedo sentir

mis brazos desgajados

y la risa pisoteada

me ha crecido una cola

tan larga

tan fuerte

aprisiona

asfixia lo que queda de mí

 

no quiero estar aquí

¿Cómo salir si el rayo de luz olvidó buscarme?

¿Dónde el sendero del bosque de las sombras?

         ¿Qué puedo ser si no quiero ser?

 

© Susana Noé

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27/3/26

Poema de Rogelio Ramos Signes

  


Como un tambor imparable

  

“Si es por hablar -me dijo-

hablemos del bosque,

de máquinas que desploman gigantes

y de manos que no vuelven a cultivar.

Hablemos del desparpajo de la opulencia

que hoy decreta desiertos

donde hasta ayer habitaron árboles.

Yo era joven e indiferente -me dijo-

feliz y mezquina andaba sin saberlo.

Mi vida era un cuento

Parte del mundo moría de sed

y yo me iba en derroches,

de puro ignorante.”

 

Y así siguió toda la tarde,

metida en su discurso ambientalista,

acusándose de crímenes que no había cometido

mientras siete pequeñas sombras

con bonetes, palas y picos

escapaban azoradas rumbo a ningún lugar

y yo trataba de desabrocharle la blusa

que batía como un tambor imparable.

 

A las 19:30 exactamente

los pechos de Blancanieves

entraban en la clandestinidad. 

 

© Rogelio Ramos Signes

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Poema de Mirta Venezia

  


FLACA DESMESURA  

 

alguna vez podremos ver las estaciones del ciprés

deslizarse como agua transparente,

cuando nos miramos

un cristal nos devuelve el rostro más hermoso de Narciso

toda vos radiante con el sonrojo de lo espontáneo        en ciernes

tu virgen desnudez en medio de la calle

palpitando en curvas pronunciadas

 

a tu vera corrían las antorchas de un destino

ah reina sin corona

la vida supo ser una alhaja bruñida por la luna

un toro que aguardaba sumiso tu estocada

 

ahora  se ha mudado la belleza

el amor animal ha corroído tus ilusiones salvajes

te ha dejado sin ropas frente a los embates del escombro

sin ninguna de tus casas,

sola frente al paso del tiempo y tu derrota

 

no sabes cuándo sale el próximo carro hacia el infierno

no sabes dónde puede ocultarse una heroína

 

el agua se enturbió detrás de los floreros

el agua abrevó en todos los rincones

 

¿Qué habrá dicho el ángel al hallarte?

¿Que habrá hecho con tu flaca desmesura?

 

© Mirta Venezia

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Poema de Susana Cattaneo Corona

  


Tatuado en las flores,

está el perfil de Dios.

El agua fresca

inunda las arterias del aire

y entre las piedras,

las campanas traen un silencio apacible y dorado.

Hay un destello que arrastra soledades

que alguna vez fueron

anillos de mis horas.

Un ser invisible y distraído

empuja el sol para que alumbre el paisaje.

Giran todas las cosas en una espiral

que se cobija

detrás de mi corazón.

Hoy llueve una belleza infinita

que nos hace eternos.

 

© Susana Cattaneo Corona

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Poema de Orlando Valdez

  

Fabricio

 

Que como otra gota

de sus mares

sublima al cuerpo

para que despierte

del largo bostezo

de la insatisfacción

y salga

del agujero negro

porque no hay más que vacío

sólo los que sangran

sólo los que se marchitan

que por más

que extiendan los brazos

nadie podrá asirlos

aunque insistan

los círculos de fuegos

son los más deseables

a la hora de maquillar los espejos

“donde suda / el rouge / sabe a despedida”

 

Fabricio vuelve

a fusionarse

ante la hegemonía

de los anzuelos

de la quietud

a la que se arrodillan

a oscuras

a ojos abiertos

que por migajas

cerrarán

por más que duela el insomnio

y por temor

a no despertar

en su líquido amniótico

ocultarán

la obscenidad de lo mirado

con ojos de azufre labios

que dejen marcas

de aquellos

que buscan

que los contengan

al calor del pavimento

“mientras en el puerto / las putas / desechan otro padre-nuestro / hasta el próximo misterio.”

 

Fabricio quien

del caos

de los gemidos

comprende

su desembocadura

el encierro

y el entierro

que corren por las paredes

 

© Orlando Valdez

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Poema de María de los Ángeles Fornero

 


A ella la secunda una bruma de tristeza antigua,

vestida de volados y broderies infantiles, con cierto olor a lobo.

Una tristeza que se ha peinado con moño

rojo en el cabello oscuro

y un lunar en la frente de niña de tres años.

Los ojitos de entonces miran de reojo

La sorpresa que se acerca

y manchan la cámara.

La niña sonríe a pesar de.

 

© María de los Ángeles Fornero

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