Poema de Patricio Emilio Torne
UNA VISITA A LA CASA DE MI INFANCIA
Mis amigos me empujan mi amor también
empuja.
Después de forzar la puerta que estaba
atada con alambres,
entramos a ese lugar donde aún hay brasas
de un fuego
que alguna vez dejé encendido. La cocina
es mucho más pequeña que el tamaño
adquirido con el tiempo
y cada tanto regresa con los sueños.
Huele a aceite rancio a humedad, sin
embargo
no me molesta, me es familiar, siento que
es el olor natural
de las cosas que fui dejando. Al fondo en
el lugar del fogón
hay una chapa caída que sosiega la entrada
de luz
en la tronera derribada donde Ña Felisa
cocinaba al rescoldo
las batatas los choclos tiernos antes que
viniese
la cocina volcán para aliviar el ajetreo.
En la estantería de obra hay botellas
tarros viejos polvo
de un lugar que se va cayendo. Estas son
las paredes
en las que hubiese escrito los primeros
insultos,
las malas palabras que contenía ante la
severidad paterna,
y ahora, como en un palimpsesto, sobre su
encalado
aparecen signos de una belleza que fue
imposible retener.
La mesa estaba en el centro de la
habitación y allí
cabíamos todos. No recuerdo que comiésemos
incómodos,
debe ser porque mis hermanos más grandes
ya habían partido y tendrían su propia
cocina.
La ventanita que da a lo de doña Corina
sigue
con sus vidrios intactos y aunque hay telas
de arañas,
polvo, pueden verse los rastros en el marco
de su pintura verde inglés.
Cuando había tormenta me gustaba mirar los
relámpagos
a través de ella hasta que mamá nos corría
del lugar
alarmada por un peligro que nunca pude
advertir.
Ahora en la tarde diáfana se ven las
construcciones
de un terreno parcelado y los únicos rayos
existentes
son esta emoción que más que iluminar
perturba.
Se viaja en el tiempo y hay turbulencias
que se vuelven peligrosas, el vacío en el
que se cae da vértigos.
Los brazos que me sostienen son del terreno
ganado
a lo amoroso, tienen el vigor y la ternura
necesarios.
De haberse mantenido en píe ya estaríamos
bajo la galería,
pero ahora en el lugar hay un bananero.
Estás bien? me preguntan.
Y no es que se esté bien o se esté mal,
pasa que no se puede asimilar a la
velocidad de lo imposible
todas las preguntas acerca de lo perdido,
lo ganado.
Una frustración que viene desde allá lejos
en el tiempo,
y quema
como cuando en las mañanas prendíamos el
fuego.
© Patricio Emilio
Torne
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