13/8/18

Poema de Gabriela Schuhmacher



Acheta domesticus
(Grillo)

Negros y ocres de las casas,
no conocemos el estado salvaje.
Domesticados por la noche
cantamos a las hembras
en la boca del estío.
Vamos perdiendo patas
donde más nos escucha
el desamparo hogareño,
todos duermen y alguno de nosotros
roza sus alas intentando que alguien
muerda la punta de su lengua
y rompa el reposo.
Una hembra debió comernos vivos,
salvar de la impureza a quien
levantó este cuerpo y probó.
Venimos de abajo, donde no cesa
la agitación amatoria, ni los cantos,
ni los cantos.

© Gabriela Schuhmacher

Poema de Hugo Francisco Rivella



EL TIGRE

Se deja caer como una flor de hierro en una mesa de cristal.
Poco queda del hombre en ese gesto.
De lejos pienso que lo golpeó la muerte,
que un amor lo dejó con los brazos abiertos,
y ahora busca la forma de tantear lo invisible.
¿De qué sirvieron las cartas, los poemas, las flores dibujadas en su pecho?
Ruge en su sangre un tigre.
Lo sitia.
Le da zarpazos.

Huele su corazón y se lo come.


© Hugo Francisco Rivella

Poema de Susana Rozas




            
                 Y en el sueño, dormirás
                 Sin pudor de piernas 

En la distancia
a veces
con pavorosa  insistencia
se extenúa el dolor.



© Susana Rozas

Poema de Carolina Zamudio




INVOCACIÓN

Una línea en el horizonte sobre el mar dejó la lluvia 
luz que conquista el atardecer y lo reinventa
pupilas que vacían los futuros restos de una noche blanca
danza loca del espíritu, lo real, lo no creado
de imagen a símbolo: palabras.

La inquietud por lo que pudo ser
respira en este instante que amarra
lo que se carga en las yemas de los dedos
y se disuelve (pum) en la sien.
                 Ese sol, escondido en la tormenta
                                única promesa material.

Nada le falta a este cielo para ser
de director ciego un pentagrama
hago del próximo segundo un paraíso
mas lo que queda del día
—como un barco que se aleja
presumiblemente avaro—
lleva casi todo consigo. 

© Carolina Zamudio

Poema de Nerina Thomas




Camino al cielo

Me premiaste con el título de madre
jugamos tanto en tus dieciocho años
Copiabas de mí las cosas buenas
y me reconocías permanentemente.
En este camino nuevo y eterno
no podré seguirte todavía
Me has precedido
Te preparé en teoría,
no todo podías comprenderlo
pero mucho de fe mamaste.
Has llegado, con muchos conocimientos
que podrás verificar
cuando se te lo permita.
Aquí siempre te destacaste!
sin duda allí, rodeada de tanta paz
serás la mejor alumna
Siempre te repetía: "te quiero!!
y vos respondías: "se nota"!
muerta de risa.
Dónde está la nena?
en esos tiempos nuestros me decías
y juntas como siempre sonreíamos.
Te llevaste de mí la alegría
y ese amor único de hija
y me dejaste
las vivencias minuciosas
de una mamá detallista.
Apuntalaste  tanto, mi delirio por las letras
te sorprendía la rapidez
al leer tu madre un libro,
por ende vos también lo hacías
y escribías sin cansarte
siendo el lápiz tu amigo predilecto.
En este camino nuevo,
vos me enseñarás a sostenerme
tuya será la experiencia
y yo la alumna.
Debería ser así
porque allí está la mejor vida
y vos eras la inteligente.
Ganaste!!!..como siempre
siempre te destacaste.
Fue tan lindo amarte!!
nada fácil , por supuesto
pero un elogio formarte
una de las mejores tareas de mi vida.
Una "obra" diría,
la mía,
la nena
la compañera
la que hacía gimnasia
cada mañana con su madre.
Cuánto tiempo ocupaste en mi vida
cuántos besos y abrazos
cada segundo de cada día.
Cuántos sueños compartidos
cuántos versos copiados!
Este camino al cielo...
será como un viaje largo
pues llegará nuestro encuentro.

© Nerina Thomas

11/8/18

Poema de Rafael Vásquez





PARTIDA

Llueve y es una tarde triste y sola
que no sabe apagar tu despedida.
Llueve para ignorar que las palabras
no pueden discernir lo que sucede.
Llueve para que el aire que te envuelve
cruce como una lágrima tu cara.
Llueve para que nadie se detenga
mientras pierdo el adiós que no nos dimos.
Llueve porque la vida es esta sola
y juega con nosotros la distancia.

©  Rafael  Vásquez

Poema de Natalia Leiderman



irán quedando pedazos de mí a lo largo de la tierra
en los lugares más íntimos y más públicos
de las ciudades del norte
y del sur

siempre es otoño
las finas capas de mis órganos caen
y luego crujen en el suelo
bajo el peso ligero de los transeúntes

en cada acto de amor estallo
como una granada
 y después de la sobremesa
-una vez que ya hemos digerido la muerte-
me recolecto, metódica y mansa 

pero estoy empezando a perder la paciencia

tengo un fuego y un miedo grande
por los años futuros:
cómo serán las próximas casas
los próximos almuerzos, sin lengua
o sin manos

cómo serán los próximos hombres y mujeres
que me desvistan
y qué pasara cuando quiera armarme
y no encuentre, por ejemplo, el corazón.

© Natalia Leiderman

Poema de Anna Pinotti


  

me abstengo de tocar
de dar nombre a eso
que insiste circular y repercute
con tal delicadeza
la orientación
el borde y los detalles
que sirven
de soporte a los más virtuosos representantes, en el encabezado
una aclaración con el fin de atenuar
la implicancia subliminal
de los títulos a plena luz
el artificio,
y no tiene salida
esa puerta
y no tiene sentido
lo que gira
sujeto y permeable al mismo asco,

¿será propio de la voluntad
la contracción
mientras se empuja algo para adentro? o la ejecución vertical
o la fosa
o algo dulce para engañar el estómago,

nada es tan serio cuando se impregna
a continuación, alguien niega con la cabeza
que rodó boca abajo,
pero
los crédulos abundan
y el medio
donde todavía respiran eso, conmovidos    

© Anna Pinotti

Poema de Orlando Valdez


   


sabe dónde quiere estar
sabe lo que está haciendo
sabe que lo desea
pero a la vez
permanece
en el fondo
en su universo
que es su lenguaje


© Orlando Valdez

Poema de Josefina Fischer


ESPERA LLUVIOSA

Bebo las burbujas 
de la lluvia

espera recurrente
que  las baldosas flojas de la vida
salpiquen algún sol

imagino tus ojos
para plantar 
un arco iris

mientras tanto
       aprehendo la rayuela 


© Josefina Fischer

Poema de Liliana Majic



la lucha por la subsistencia
es potente
                en manos del hombre
la vida se hace plástico
                  las causas son oscurísimas
los pájaros que cantan alegres
             viven de insectos y semillas
             destruyen vida
la herencia
                    da muchas veces
       una apariencia falsa
algo de razón entra en juego
              en los animales
                  la irracionalidad humana   
                                           está a la vista         

©  Liliana Majic

10/8/18

Poema de Sandra “Tana” Pasquini





Estoy sola
te nombro
y con apuro
oculto las letras
que dicen tu nombre.


© Sandra “Tana” Pasquini

Poema de Patricio Emilio Torne



MI MADRE

Mi madre fue la primera en advertir
que vivir en éste mundo no era fácil,
por eso me enseñó
que ciertas cuestiones
no han de tomarse a la ligera.
Y lo hizo a su modo,
muy eficazmente.
Mi madre era analfabeta
desconocía a Piaget
su teoría del desarrollo cognitivo
y los manuales básicos
sobre psicología infantil.
Cuando niño
supo darme
penitencias y castigos
necesarios
advirtiendo que la vida
sería menos condescendiente.
Por eso
aunque lo intentara 
el mundo no pudo matarme.
Mi madre
más que tierna y amorosa
fue acertada fue justa
en el instinto
de preservar la cría.


© Patricio Emilio Torne

Poema de Sonia Rabinovich



Dormí, descansá
tenés debajo de tu espalda
siete almohadas
para que no te alcance la muerte
tenés en tu recuerdo
cincuenta y un ríos navegados
para escuchar el ruido del agua.

© Sonia Rabinovich

Poema de Romina Funes





Entre pensar o escribir
elijo arrancarte

connotaciones y adjetivación
simulan un decoro innecesario

      yo focalizo

desgarro enteras
y por partes
las primeras luces

nada me distrae.


© Romina Funes

Poema de Rolando Revagliatti


  

¡Qué me van a hablar! 

               A Julio Sosa, Homero Expósito y Héctor Stamponi


Yo anduve siempre en abominaciones
¡qué me van a hablar de abominación!

Si ayer la abominé, qué importa...
¡qué importa si hoy no la abomino!

Era mi abominación, pero un día
se fue o entró, ya no recuerdo

Después rodé en mil abominaciones
con mi bagayo apabullante de sapiencia

incontrolable.


© Rolando Revagliatti

Poema de Sandra Gudiño






Te observo y me da belleza
Cambio el ángulo de la mirada
como si comprobara
                                 mi brillo:
feliz                         
me lo creo.

-Cantame mamá.

La madrugada traga
              huellas de espanto
y tu fiebre roja
con el dedo en la boca.
Mil y un pasos
hasta el hospital de niños
mil        estamos solas
mil        lugar de nadie en la fila
mil        no hay cinco para el colectivo
mil        queda lejos:
caminemos.

-Cantame mamá.

Púas de alambre
dentro de la garganta:
no puedo.

Silencio a dos voces
en la Fe Santa recién dormida
a la Vera de una Cruz
que no es nuestra
pero cargamos igual
por Evas ¿de qué costilla?

-Cantame mamá.

Después
después vinieron otros tiempos.



© Sandra Gudiño

Poema de María Fernanda Regueiro


  

Si alguien muere 
esa parte de nosotros que le pertenece 
se incendia en el gran dragón 
que traga cuerpos como monedas 

no  morimos 
sólo porque el tiempo pasa en nosotros 

atravesamos la muerte 
en cada uno de nuestros muertos.



© María Fernanda Regueiro

Poema de Norberto Barleand





Caricias del sol

Cabalgando madrugadas sin estribos,
      con un duende partido en cada mano,
      con un ángel despierto en la mirada

Impávidos gorjeos erizan
la tapizada serpentina de los años.

Colgado en las ojeras:
             un capitán de puertos
             un payador de alondras y teoremas 

Sobreviven banderas inconclusas
la soledad del mundo ,
     el sumergido espacio de las flores.

Pedregales del camino,
profecías
los pómulos del canto y el ultraje. 

Aun sostengo palomas en mi pecho,
un dolor de aullido que no cede
en la búsqueda del sol
                      y sus caricias.


© Norberto Barleand

Poema de Silvina Vuckovic


  

AMOR

Amor
dulce yugo halagador, batea
donde se lavan teorías, ambiciones
tal como el aya, canta
camino hacia el arroyo
con la cesta cargada
                           de promesas.
Edicto al sol
dictamen elixir:
´No más pisada
que una brisa en el pecho´
El ego jede, las pujas
pinchan las piñatas
y un par de hormigas copulando
perpetúan la hilera
                 de verdugos siniestros.
Amor: como a los dioses
se te invoca más
cuanta más ropa sucia
                                   cabe en la cesta.
Y en tu nombre, el arroyo
espera la canción del aya
para besarle con agua
                                 las cadenas.

© Silvina Vuckovic
Foto: Gustavo Tisocco

Poema de María Silvia Paschetta



En el claustro el silencio/ lo perfecto

(sólo si inmóvil lograrás salvarte)

              el olor de la cera
              lo que brilla
              la araña de cristal
              su tintineo

(sólo si inmóvil lograrás salvarte)


© María Silvia Paschetta

8/8/18

Poema de Romina Dziovenas

                             


Orden y limpieza 

si apenas abrimos las ventanas y el viento entra leve 
levísimo en la casa 
si apenas agitamos el movimiento natural de las cosas que nos rodean 
¿de dónde viene ese polvo que cae 
sobre ellas apagando el brillo 
de sus colores? 

 si estamos pendientes de nuestras cosas 
y seguimos tan de cerca sus huellas 
¿cuál es el giro preciso que dan 
para moverse a escondidas y reaparecer en los lugares 
más insólitos? 

si decidimos convivir con ellas 
¿qué haremos con todo lo que se nos cayó 
de las manos y nunca volverá a funcionar 
tal como alguna vez lo imaginamos?


© Romina Dziovenas

Poema de Martha Goldín


                             


mi casa  
                 
a veces la casa me llama                
tan amada y llena de recuerdos                 
a veces  fresca como los malvones 
                 que florecían en mi ventana                            
                                     
mi casa, la primera                 
la que resuena con mis pasos                 
y las risas de mis amados                 
mi casa en la memoria    
                      en los sueños
la que llevo conmigo 
                             mi casa                                           
                                                    
                      
© Martha Goldín