22/7/24

Poema de Gabriela Carlevari

 


puede ser más o menos superficial

más o menos profunda

siempre es igual

 

despegarnos la curita

siempre duele

 

de un tirón

de a pequeños forcejeos

siempre       duele

 

por su obsesiva adherencia a la piel

porque nos recuerda esa herida

 

© Gabriela Carlevari

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Poema de Vanesa Almada Noguerón

 

 

su corazón está vacío

pero late

es sólo una cáscara interminable

que publicita su desgaste

 

Romina Serrano (Montevideo, Uruguay, 1994)

 

queremos habitar las alturas

codiciamos

habilidades y destrezas que no nos son propias

y en la medida que podemos

excedemos los límites

de información requerida

decimos por ejemplo:

el leopardo de las nieves es la única especie de su género

que no ruge

es incapaz de anunciar

su dolencia

al igual que en ciertas aves su zona de confort supera

los cinco mil metros

sobre el nivel del mar

 

mi corazón no está vacío

ni desgastado no vuela

sobre las quebradas ni camufla su piel

para guarecerse pero late

a un ritmo torpe

confirma su existencia con un gesto ensayado

de imparcialidad

 

profetizar momentos de fuerte impacto resulta ser

la nueva nervadura a reparar

mi corazón no está vacío ni desgastado

es la larva minúscula en el cosmos

no está vacío

derramás dentro

tu abandono

algún día visitás el Himalaya

mirás de cerca los ojos de la pantera

le sostenés con pronunciada soberbia la mirada

y encontrás algo divertido

en el detalle inverosímil

de que pueda usar como abrigo

su propia cola

 

a la misma hora

abro una página cualquiera

de un libro cualquiera

abandonado en un cajón cualquiera de la casa y copio

imitando fuentes publicitarias copio

encima de las paredes:

«voy a decir mi cuerpo

voy a decir mi larva minúscula

en el cosmos» *

 

mi corazón no está vacío

ni desgastado

aunque quizás

su verdadero rugido sea

como el leopardo de las nieves:

incapaz de anunciar

su dolencia

 

* El entrecomillado pertenece al poema «La desterrada», de María Meleck Vivanco (En Plaza Prohibida, 2016).

 

© Vanesa Almada Noguerón

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Poema de Víctor Taquía

 

 

Mi progenitor masculino

no pudo nunca

aprender            

a tener un vínculo,

nací 

y listo.

Mi abuelo,

me cuidó en la niñez

y se durmió una madrugada

antes de mi cumple,

no pudo acompañarme más.

Mi hermana,

me enseñó a afeitarme

y a cebar los mejores mates

y un verano de hace dos años,              

no pudo despertarse.

Siento que

aquel famoso Pedro

reencarnó en mi vida:

tres veces el amor paternal,

me fue negado.

 

© Víctor Taquía

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Poema de Griselda Gómez

 


Triple lengua

 

Fui hermosa criatura expuesta al mundo

Procreada en tierras inmigradas

Amamantada en colegio privado

Triple lengua: impropia y otras dos

Aferrada en precipicios

Rodante en calles y expulsada

Enemiga de peluquerías

Centros comerciales y hospitales

Fui flechada entre ramas del cerezo

Con ortopedia cuidada

Y tres eternos perros

Creí en casi todo

Tuve una música después del poema

Ningún rezo

Recibí algunos tiros de gracia

He memorizado cada tarde

Como un gajo de naranja

Entre dientes

Fui creyente por nadie

Y he dejado en ello

Algunos trazos pieles

Ritmos artificios

Un corazón con hambre

Nada he perdido

Estoy por probar lo que no sé.

 

© Griselda Gómez

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Poema de Gladys Alazraque

  


EL POMBERO NO ES

 

Puso cal puso ladrillo

callos en sus manos miraban sus hijos

 

puso cal puso ladrillo

era un sueño hecho castillo

 

parió enterró

abrigó esperanzas

construyó un techo donde encontrar calma

 

vinieron de noche sin entender

no quería trueque al alba

 

dijeron

que no era suya la tierra

 

caminó en el vacío amargo de lo perdido

 

supo que no era cosa del Pombero

porque nada malo había hecho

 

la oración al duendecillo

nadie en esa casa había olvidado

 

de las plantas de los animales

hasta de los árboles habían cuidado

 

supo que otras manos

que quiénes otros

 

El Pombero No

carajo

 

su tentación de ira

se volvió instinto

 

quedando colgado de su voz

el condenado.

 

© Gladys Alazraque

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Poema de Aníbal Costilla

 


ONOFRE

 

¿Qué sientes ahora, Onofre?

¿Qué escuchan tus oídos libres de carne y ruido?

 

Tú,

padre

abuelo

hermano mío,

cantaste

la canción carbonera,

la garganta raspada de alcohol.

 

¿Qué ves ahora?

 

¿Tus ojos guardan la memoria del día,

la hojarasca que arde en el atardecer?

 

Decías que tu madre regresaba,

en sueños hablaba contigo,

con tu sufrimiento,

apaciguaba tu alma herida.

 

Dios tocaba tus huesos,

el vino era dios convertido en sed,

ardía tu sombra

bebedora de siestas abajo de las moreras.

 

Tu cuerpo baila la danza de la tierra,

se apodera de ti el fulgor de los arcángeles.

Vienen a ti,

como la paloma desciende

sobre tu cabeza dormida,

como un animal después de comer.

 

¿Los viste cuando volaron

arriba de las guitarras de la noche?

¿Acompañaron tu desvelo y tus desgracias,

guiaron tus naves hasta la tierra de tus hijos?

 

Aquí,

abuelo

padre

hermano

amigo mío,

no hay música

más que la que sobrevive en tu recuerdo.

 

Yo,

hijo del remolino de este pueblo,

ornamento tu nombre,

escribo tus secretos en pergaminos ocultos.

 

Soy tu sangre

borbotando a escondidas,

me alimenta el poder de tu voz.

 

A ti ofrendo

mis oraciones

para hallar la estrella en el desierto.

 

¿Puedes ver ahora lo que sucede?

 

Mi pies caminan

en torno a tu presencia invisible,

sin sombra,

deidad de mi alma repetida por ti.

 

¿Por qué no puedo ver

al ángel que te custodia?,

¿hay alguien allí que te sujeta la frente,

aprieta tus manos, sosiega

tu corazón?

 

Sólo yo,

hijo de El Mojón

del río dormido,

ante tu nombre me prosterno,

y te ofendo mi sangre.

 

¿Me ves todavía, Onofre, pueblo mío?

 

¿Qué ves?

 

© Aníbal Costilla

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20/7/24

Poema de Gabriel Chávez Casazola

 


De su estancia

 

De su estancia en vaya a saberse cuáles ciudades de la confusión

conservaba,

apenas a salvo de la humedad y el calor propio a esa hacienda

estacada en el centro del verano,

unas cuantas revistas que en el cuarto de baño daban cuenta

de un pasado mejor, de unos años

de bullente actividad intelectual,

de grupos activistas, de talleres de cuento, de seminarios

lacanianos,

de círculos de discusión de la Escuela de Frankfurt

y otros misterios reservados para los iniciados en

el buen sexo y los porros de aquella época y de aquellas ciudades de la  

confusión

en las que esa mujer altiva y lúcida aprendió a preparar un par

de buenos platos

                        —por ejemplo, pollo al mole—

que hoy junto a las revistas son todo el patrimonio que perdura

de aquellos años dorados, esplendentes,

en que todos querían cambiar el mundo a fuerza

de bullente actividad intelectual y porros y Gramsci y hasta de Louis Althusser,

hasta que Louis Althusser estranguló a su mujer e ingresó al manicomio

y murió babeando su impotencia y su ira en un camino

lodoso, del color del mole del pollo al mole,

botando sangre como rojos un cuadro de Frida Kahlo,

ese lugar común ahora, por entonces aún un descubrimiento

en una de las tapas de aquellas revistas estacadas

en medio del baño de aquella hacienda,

estacada a su vez

en el centro de esa mujer altiva y lúcida, tan digna

en su derrota

como la golondrina de Wilde cuando decía

despreciar el verano.

 

© Gabriel Chávez Casazola

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Poema de Ana Romano

  


El juego 

 

Enmudecido

el juego

posterga

 

En la penumbra

se bambolean

troqueladas

siluetas

 

Los girasoles se mimetizan

en la castidad de la alcoba.

 

© Ana Romano

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Poema de Lucas Margarit

 


Un sistema de la distancia

 

un mapa que sea la sombra del espacio

 

elis dibujará en un mapa de tierra

dos puntos alejados como

la lejanía y el exilio

 

trazará los límites de un osario

y de un río oscuro que aclare la distancia

entre los arbustos

 

rezará en el sacrificio para un dios cansado

 

© Lucas Margarit

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Poema de Carolina Brieux Olivera

 

 

La niña que fui dice

 

Que un ritual de metales

no va a ser suficiente.

Que meta las manos en el barro

hasta encontrar las vueltas

que nunca di a la calesita,

la mochila abierta,

el terreno baldío,

la baba de la bestia,

la bolsa de residuos,

el cuerpo.

 

© Carolina Brieux Olivera

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Poema de Jorge Bonomini

 


“Bulto”


Cuando ya no quede más nada

la escritura será

mi carromato

donde recogeré

las cosas desechadas

en el camino.

 

© Jorge Bonomini

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Poema de Luz Cassino

 


Escondida   

 

Estar aquí escondida

sin acertar el rumbo.

Huir de la nada hacia la nada

cuando es real el plato y el abismo.

La casa te interroga

y en cada rincón acecha un monigote.

La ciudad te interroga

y tus palabras pájaros en fuga

hacia otras cavernas.

 

© Luz Cassino

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Poema de Luz Ríos Iribarne

 


Evanescentes

 

 Debajo de una piedra.

La raíz con que tropezás.

La lluvia inesperada.

Todo guarda una canción agazapada.

Los recuerdos te acechan.

No escapás de tu propia nada.

 

El gris de la tarde

la lágrima procrastinada

se conjugan como una red

para el pensamiento extraviado

que regresa en esa forma

de ilusión prohibida.

 

Bebemos de lo que fuimos

nos nutrimos de recuerdo

para transformarnos en idea

y anular los ecos de lo vacuo.

 

© Luz Ríos Iribarne

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Poema de Rubén Sebastián Melero

 


LEJOS

 

a 1180 km de aquí

me aguarda una casa

que todavía huele a las comidas de mi madre

una laguna que proyecta su imagen a caballo

un chihuahua que daba pinceladas de lengua

la incursión a las islas y los bancos de arena

la maravilla de los atardeceres

la fuente de la que mana el agua con que riego

las palabras que escribo

 

alucino el perfume de las mandarinas

el aleteo de los colibríes

el sol en la copa del yvyra- pyta

el laberinto de los camalotes

las fuentes y las flores de irupé

el aroma de las frutas del yatay

el vuelo de las garzas reales

la lluvia con olor a tortas fritas

 

la voz que me nombra con dulzura

el canto de las chicharras y los pájaros

un chamamé que aletea en el aire

un sapukai que parte en dos la noche

una mujer que canta en guaraní 

 

desde lejos escucho

las voces de mi tierra

y mi piel reproduce

las caricias del río

 

a veces me detienen

los caminos vallados

y de nada me sirven

mis alas si no llego

hasta el lugar que sueño

 

una ciudad recostada en el río

una plaza y un ficus centenario

una casa sencilla

la sombra de una parra

a 1180 km de aquí

 

© Rubén Sebastián Melero

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Poema de Alexandra Jamieson

 


DIENTES


¡Lobo, lobo!

Gritamos y corremos porque

viene a buscarnos

pulcros, peinados,

perfumados,

con gorritos de cartón

 

Nos escondemos en silencio

tras las cortinas

bajo la cama

apiñaditos

tras una puerta

 

(¡Lobo, lobo!)

Carcajadas

¡Nos encontró!

 

Cosquillas para todos y luego orden:

viene la torta desde la cocina

las cuatro velas

ante el congreso de ojos

expectantes

dientes faltantes

y palmas ardientes

soplaré.

 

© Alexandra Jamieson

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