27/6/26

Poema de Irma Verolín

 

             

DOMINGO 

 

Estuve toda la tarde del domingo

acompañada por mi poeta suicida: un libro

de tapas duras

con una flor intensa en la portada.

Blancos tramos de luz se habían filtrado

por las hendijas estrechas

de las cortinas de madera que

fracturaron los versos

renglón a renglón.

Toda la tarde respiré sus palabras 

embriagantes

sus voces que traspasaron como luces

un puñado de décadas. La veo

escribiendo, su espalda encorvada

frente a la máquina portátil.

Las letras suenan como disparos

en un juego de niños,

las letras hacen repercutir su voracidad

sobre la mesa y llegan

hasta mí, hoy

domingo,

día caliente de sol

propicio para cruzar más límites, idiomas

otras franjas

más hondas e invisibles.

La muerte jugó la última carta en este asunto,

un movimiento de  naipes

como letras clavadas en la tabla de madera,

otro rango en el parafraseo de los golpeteos:

invariablemente se trata de cruzar

alguna clase de espacio.

Y aquí estamos las dos,

a pesar del calor y de sus fluctuaciones, la luz

en esta parte del mundo

se comporta de un modo esperable,

fluye

se enlaza en su vaivén

arquea las palabras

las corta en más pedazos

las multiplica

aún en este verano de piernas abiertas

y toldos desteñidos en despavoridas azoteas.

La sigo viendo a mi poeta

con su espalda encorvada, 

ella

que convirtió a su máquina de escribir

en un diapasón 

me mira sin asombro

desde otro domingo

lejos  

me mira

enclaustrada

con sus inabarcables ojos.

 

© Irma Verolín

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