Poema de Irma Verolín
DOMINGO
Estuve toda la
tarde del domingo
acompañada por mi
poeta suicida: un libro
de tapas duras
con una flor
intensa en la portada.
Blancos tramos de
luz se habían filtrado
por las hendijas
estrechas
de las cortinas
de madera que
fracturaron los
versos
renglón a
renglón.
Toda la tarde
respiré sus palabras
embriagantes
sus voces que
traspasaron como luces
un puñado de
décadas. La veo
escribiendo, su
espalda encorvada
frente a la
máquina portátil.
Las letras suenan
como disparos
en un juego de
niños,
las letras hacen
repercutir su voracidad
sobre la mesa y
llegan
hasta mí, hoy
domingo,
día caliente de
sol
propicio para
cruzar más límites, idiomas
otras franjas
más hondas e
invisibles.
La muerte jugó la
última carta en este asunto,
un movimiento
de naipes
como letras
clavadas en la tabla de madera,
otro rango en el
parafraseo de los golpeteos:
invariablemente
se trata de cruzar
alguna clase de
espacio.
Y aquí estamos
las dos,
a pesar del calor
y de sus fluctuaciones, la luz
en esta parte del
mundo
se comporta de un
modo esperable,
fluye
se enlaza en su
vaivén
arquea las
palabras
las corta en más
pedazos
las multiplica
aún en este
verano de piernas abiertas
y toldos
desteñidos en despavoridas azoteas.
La sigo viendo a
mi poeta
con su espalda
encorvada,
ella
que convirtió a
su máquina de escribir
en un
diapasón
me mira sin
asombro
desde otro
domingo
lejos
me mira
enclaustrada
con sus
inabarcables ojos.
© Irma Verolín
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