3/6/26

Poema de Antonio Tello

 


LA PIEL DEL FAUNO

 

Acordes de lo inefable embargan

el bosque. Alguien tañe una lira. Alguien

sopla un aulós. Dos ilusiones, inmortal

una, mortal la otra, dirimen el orden

de la belleza. Vibra el azul y una voz

anterior al mundo llena el aire con el

secreto don de la armonía, para

disgusto de los dioses. El relámpago.

El trueno. Sobre la tierra se abate una

furia líquida cuarenta días y sus

noches. Los dioses cuelgan de un árbol la

piel del fauno y dimiten del mundo. Ahora

comprende. El hijo del bosque ahora sabe

que la voz que atraviesa las cuerdas de

carne es humana. Y canta. Canta desde el

dolor, desde la indecible ausencia, desde

el vacío que dejaron los dioses, sin

apartar la mirada de la oscuridad,

sin quitar sus ojos del horror, sin negar

la fatiga, que anula al esclavo su deseo

de pensar y comprender. Mirar, sentir y

entregarse al mundo desde las lindes del

bosque, y ser. El cantar concilia la voz

con la vida. El fauno no está solo.

Su canto hiere al relámpago y al trueno.

Luz y sentido anuncian la lluvia. Tiemblan

las sombras. Los cuerpos sienten el ritmo y

bailan. Verdean las sementeras. Un claror

de tiempo nuevo ahuyenta a las fieras. La

piel, aún viva, del fauno cubre al amor

y el amor abriga al desterrado.

El hombre que envejece no olvidará el

nombre de los suyos ni las infinitas

caricias que despiertan los sentidos de

la carne. Las cenizas de ese hombre 

serán en el bosque memoria de la dicha.

 

(Fragmento de La piel de fauno)

 

© Antonio Tello

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