Poema de Antonio Tello
LA PIEL DEL FAUNO
Acordes de lo inefable embargan
el bosque. Alguien tañe una lira. Alguien
sopla un aulós. Dos ilusiones, inmortal
una, mortal la otra, dirimen el orden
de la belleza. Vibra el azul y una voz
anterior al mundo llena el aire con el
secreto don de la armonía, para
disgusto de los dioses. El relámpago.
El trueno. Sobre la tierra se abate una
furia líquida cuarenta días y sus
noches. Los dioses cuelgan de un árbol la
piel del fauno y dimiten del mundo. Ahora
comprende. El hijo del bosque ahora sabe
que la voz que atraviesa las cuerdas de
carne es humana. Y canta. Canta desde el
dolor, desde la indecible ausencia, desde
el vacío que dejaron los dioses, sin
apartar la mirada de la oscuridad,
sin quitar sus ojos del horror, sin negar
la fatiga, que anula al esclavo su deseo
de pensar y comprender. Mirar, sentir y
entregarse al mundo desde las lindes del
bosque, y ser. El cantar concilia la voz
con la vida. El fauno no está solo.
Su canto hiere al relámpago y al trueno.
Luz y sentido anuncian la lluvia. Tiemblan
las sombras. Los cuerpos sienten el ritmo y
bailan. Verdean las sementeras. Un claror
de tiempo nuevo ahuyenta a las fieras. La
piel, aún viva, del fauno cubre al amor
y el amor abriga al desterrado.
El hombre que envejece no olvidará el
nombre de los suyos ni las infinitas
caricias que despiertan los sentidos de
la carne. Las cenizas de ese hombre
serán en el bosque memoria de la dicha.
(Fragmento de La piel de fauno)
© Antonio Tello
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