29/11/16

Poema de Gabriela Pais


Aeropuerto 

Que sean los gendarmes quienes cuiden las fronteras y los vientos.
Hoy
el verde conduce esta ruta femenina:
saberes ancestrales,
 la madre;
hay que saber, hay que sanar, acariciándola como si fuese una niña
que comienza a amarse y  reconocerse por sus bordes
como si hubiese sido una escultura de piedra.

La recuperación estética alumbra una gruta,
sagrada tierra blanda, firme como tierra firme,
muñeca de barro y piel.
Fluyen los dedos o las maracas por las aristas
buscando el agua,
la corriente emocional.
El cuerpo, ese extraño compañero hecho de agua.
Cualidad y cremas el movimiento de la gran sacerdotisa,
lo que se moldea y adquiere forma en las manos del artista
como si el cuerpo fuese barro y las emociones pudiesen moldearse..
Manitos cuidan, embellecen el adentro,
poros abiertos hacia el centro de lo aérea que soy;
bello adentro el adentro
vientos y tempestades  la ternura que siempre fue;
se refleja en los rostros de otras violencias y máscaras,
ex,
sesos de generosidad, dar amor sin límite,
la medida y la balanza o el perfume,
la avaricia,
dos caras de la misma moneda
cuando de dar se trata
en tierras de matriarcas
que no aprendieron a recibir.

Para arrojar luz en esta ruta se solicita la propiedad del pétalo
lluvia mansa acaricia, penetra picante en secretos piedra,
 la piel el reverso en la revelación.

Lluvia humedad, presión ojos, el entrecejo,
caricia, colonia de rosas,
como el nombre de mi madre,
sabe a aceitunas, a champaña
e instrumentos de vientos como el jazz
este adentrase sin miedo a lo oscuro.

Hay jardín en las abuelas; pensamientos y margaritas,
las huertas de otras abuelas,
 las manos de la cosmiatra,
y mi madre, verde los ojos de mi madre,
que llueven esta lluvia de pétalos y sahumerios
de templos y talismanes donde habitar el descenso
de un largo y doloroso viaje.
Obediencia de dar la herencia del ser femenino.

¿Descansar finalmente?
Si es que se pudiera acaso
sin morir latiendo
como los corazones de los donantes
o las madres.

Flores ámbar coronan, clausuran lo que se revela en el bar,
dar  gotas  miel,  humedad a los pétalos,
canal hacia abajo,
hacia la puerta de entrada a casa
que fue forzada por  ladrones cobardes
mientras dormía o callaba
o viajaba
o volvía
de lágrimas ajenas
u otras leyendas,
a tiempo.

Es el camino del regreso para quien sabe:
violencias, traiciones, asesinatos, muertes naturales,
mordeduras tajantes y otras hierbas,
pero es el pétalo el camino de la fuente,
el olor a talquito, a semillas de lino, a esmalte.

Es en la estética de la peluquería donde hay  rutas a tierra,
aterrizaje hechicero; hambrienta luz la belleza que se expresa.
El centro es femenino,
suave lo que domina o blando en el lenguaje sapiencial
de la filosofía, pues su madre es ella, lo que de ella hay
en  esta tarde de perros peluqueros
y pintores violentos.

Nunca más será extranjera en su tierra,
ni humillada, ni asesina asesinada
ni muerta en un hogar que no sea pertenencia,
doliente duelada la mujer que necesitaba cuidar,
dar más que recibir en calidad de madre,
recibir en cualidad de mujer
aquello signado por la herencia.

Resucitado  canal da luz, a luz, viva voz la Poeta que nombra y entra despojada del miedo, viento o aire que penetra los pulmones del mundo.
Sean benditas las palabras.
Hay aeropuerto en un Bar de Barracas.
Es pétalo con un pelo precioso.
Entra a casa, escribe: ¿quién soy en las mujeres que me habitan? ¿Qué hay de mi en la tradición de curanderas de palabra y sanadoras profanas?

 Soy la que soy, dice.

El fuego sagrado en la Gran Sala se enciende
asciende envolvente la naturaleza del amor
y habita los rincones de la casa
iluminada, ahora, con su aura.

Los gendarmes  reportan el incidente,
molesto fenómeno atmosférico
este saber acerca de la naturaleza de los vientos
y los contornos.



© Gabriela Pais

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