20/12/16

Texto de Juana M. Ramos

  

Caminante

Caminante que deja algo de sí en el camino, escucha el cencerro que cuelga de un humano quien ha extraviado su  humanidad pero sigue dando pasos. Al doblar de su destino la descubre  acurrucada en cuatro esquinas repitiendo su última agonía. Y la toma entre sus brazos, ambos hechos piedad buscan templo, capilla, altar, un espacio donde aposentarse, para observarte, caminante, con tus máscaras que quitas y que pones, que delatan tus premeditadas huellas. Te absorbe la hostilidad de tus cansancios, pero unges tus pies con el polvo del camino, procuras la sombra del árbol centenario que generosamente te cobija, bebes ríos, cantas pájaros, respiras norte y sur, te comprendes en la hoja, reverdeces, brotas, das tu fruto. Pero vuelves a tu andar bajo un sol que ahora te castiga, te marchitas, te anocheces, te huracanas, te arrancas de raíz, irreconciliable, inhóspito, y retornas a tus máscaras, las que te han llevado a salvo por la vida. Enmascarado andante, retomas veredas, el filo de tu paso va dejando cicatrices, se te multiplican las voces que te dividen, te suman y te restan, pero sigues estando, te quedas  en la mano que saluda con sospecha, en la palabra que pronuncias con cautela,  en los cuerpos aún tibios que te ruegan sepultura, te pones en escena en cada abrazo que te sofoca, que interrumpe tu silencio. Caminante te persiguen los demonios, no puedes enfrentarlos y huyes hacia ti, das de golpes a tu puerta, te encierras  y sigiloso observas desde ti los instantes fugitivos, embaucadores que en su día devoraron tu confianza, parpadea la clemencia en tus ojos, pero ya nadie te engaña, ni la complicidad que destilan los que callan, ni siquiera aquel que edulcora la palabra, se sienta en tu mesa y comparte el vino y la sonrisa. No hayas paz, porque no la hay.


© Juana M. Ramos

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