Texto de Nahuel Barrios
LA CASA DE NORIEGA
Es la palta madura de aquellos veranos, la
que recuerdo ahora, esa que mi madre abrazaba en la cocina de “La casa de
Noriega”. Yo veía en esa palta todo el rumor silvestre en colores. Con el dulce
sabor de mi tostada blanca y un tazón gigante de café con leche.
Era niño y todo me parecía tener olor a
temprano, como si las cosas salieran todas juntas con el sol de la mañana. Una
vez le pregunté a mi madre: ¿Por qué guardas esos carozos, mama?, mi madre,
seguramente tejiendo algo en su mano, me respondió: lo que sale de adentro
siempre se guarda. Y un día, sin darme cuenta, cuando menos lo esperaba, y la
tierra roja del fondo
de “La casa de Noriega” estaba húmeda a
borbotones, mi madre me agarró de la mano y me pidió que la acompañara a ver
las plantas. Vení hijo, tomá. Y me entregó dos pelotas marrones con algunas
hojitas que le salían de las puntas. Enseguida entendí que eran los corazones
de aquellas paltas de mi tostada blanca.
Hicimos juntos algunos agujeros en la tierra roja y dejamos ahí los corazones. Mi madre los cubrió de tierra y yo les ofrecí un poco de agua. Finalmente, ambos aplastamos los agujeros y pusimos unas piedritas alrededor para identificar el lugar. ¿Cuánto tardan en crecer?, pregunté ansioso. Mi madre, con una sonrisa, me miró de cerca y me abrazó, al soltarme dijo:los veranos siempre son cortos, hijo, pero el próximo siempre llega.Y volvimos juntos a la casa.
© Nahuel Barrios
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