Texto de Miguel Falquez-Certain
Hipótesis del sueño
Aconteció que cuando él hubo acabado de
hablar con Saúl, el alma de Jonatán quedo ligada con la de David, y lo amó
Jonatán como a sí mismo.
―1 Samuel, 18:1
¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
Porque mejores son tus amores que el vino.
―Cantar de los cantares, 1:2
Sin
embargo, nunca di cuenta cabal de tu total entrega. Después de todo fui yo
quien buscó tu olor a musgo hasta encontrarte distraído junto al bar en las
luces opalinas de la tarde. Estabas rodeado de turiferarios que me impedían
acercarme; nuestros ojos se cruzaron con paciencia. Al inclinarme percibí los
vellos de trigo que formaban abesanas en tu nuca, sentí la marejada de tu
aliento, presentí una entrega. Nuestros labios nos mostraron el camino.
Una ruptura reciente me había vuelto vulnerable. Codiciaba tus besos,
anhelaba tu cuerpo joven de caña dulce, aspiraba la fascinante sorrostrada de
tu ingenua labia. Abandoné todo por tus labios. Con la resolana del verano
golpeando las paredes, mordisqueé tus botones hasta arrancarlos y te encontré,
sólido y perfecto, en el sudor alicorado de tus muslos, en la transpiración
interna de tu ombligo: nos incorporamos en medio de las sábanas con los embates
tercos de una lujuria postergada, irguiéndonos en el ombú de aquella tarde
irremediable.
La costumbre nos vuelve deleznables. Adocenado y pusilánime, prefiriendo
lo seguro ante el azar de lo sublime, regresé al sendero tortuoso pero
conocido, a la artritis complaciente del olvido.
Todo me ofreciste y, sin embargo, preferí los requilorios de una alianza
insulsa. Un día codicié los besos de tu boca. Ya no existes. Vives en la
hipótesis del sueño.
A Magdalena Araque
© Miguel Falquez-Certain
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