Poema de Carlos J. Aldazábal
Rimas
Si se trata de rimar,
no necesariamente la palabra “caída”
condice con “cabeza molida”,
con huesos destrozados y desesperación.
A veces hay milagro, y eso tampoco significa
la rima fácil de iluminación con elevación,
de supervivencia con inocencia,
de prepotencia con insolencia,
de insolación con lección,
de escarmiento con aturdimiento,
y otra vez a la caída, que no es destrucción,
sino milagro.
“No se debe rimar cuando se trata de luz”,
dice el consejo esclarecido por ser consejo y
no canción,
pero la claridad no implica un hueso asomando
por la herida
ni quejidos prosaicos sobre la limpieza de las
veredas, las bolsitas y los perros.
Cuando se trata de oscuridad, el consejo
también se equivoca con la rima,
pero las vocales, como la noche en plena
tormenta,
trazan un círculo sobre lo posible, y los
octosílabos
chisporrotean como relámpagos de oscuridad
para exorcizar los incendios, esos fragmentos
de pasado
que se consumen en el presente, felicidad
vuelta humo,
erupción del volcán, fiesta enrarecida por el
duelo y el dolor.
Mi país es la postal,
luna caída en el mar
petrificada en la sal
que ya se vuelve cristal,
y no quiero hablar de América ni de la estatua
traicionada.
Y no quiero pensar en las caídas que no son
milagros
sino en los milagros que una vez fueron
caídas,
extraña supervivencia del suicida arrepentido,
del perro volador, del gato impulsado por el
deseo,
que inmoló una de sus vidas
escalando la luna
en cuatro patas.
©
Carlos J. Aldazábal
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