13/6/26

Poema de Carlos J. Aldazábal

 


Rimas

 

Si se trata de rimar,

no necesariamente la palabra “caída”

condice con “cabeza molida”,

con huesos destrozados y desesperación.

A veces hay milagro, y eso tampoco significa

la rima fácil de iluminación con elevación,

de supervivencia con inocencia,

de prepotencia con insolencia,

de insolación con lección,

de escarmiento con aturdimiento,

y otra vez a la caída, que no es destrucción, sino milagro.

 

“No se debe rimar cuando se trata de luz”,

dice el consejo esclarecido por ser consejo y no canción,

pero la claridad no implica un hueso asomando por la herida

ni quejidos prosaicos sobre la limpieza de las veredas, las bolsitas y los perros.

Cuando se trata de oscuridad, el consejo también se equivoca con la rima,

pero las vocales, como la noche en plena tormenta,

trazan un círculo sobre lo posible, y los octosílabos

chisporrotean como relámpagos de oscuridad

para exorcizar los incendios, esos fragmentos de pasado

que se consumen en el presente, felicidad vuelta humo,

erupción del volcán, fiesta enrarecida por el duelo y el dolor.

 

Mi país es la postal,

luna caída en el mar

petrificada en la sal

que ya se vuelve cristal,

 

y no quiero hablar de América ni de la estatua traicionada.

Y no quiero pensar en las caídas que no son milagros

sino en los milagros que una vez fueron caídas,

extraña supervivencia del suicida arrepentido,

del perro volador, del gato impulsado por el deseo,

que inmoló una de sus vidas

                            escalando la luna

                                     en cuatro patas.

 

 © Carlos J. Aldazábal

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