17/1/26

Poema de Rogelio Ramos Signes

 

El trompo 

 

Cuando jugaba a los trompos con mi padre

                  siempre me ganaba.

Yo ponía todo mi empeño

pero era muy corto de vista, y él

                 siempre me ganaba.

Mi trompo giraba plácidamente en la mano de mi padre

y su trompo se escapaba por entre mis dedos.

Yo ponía todo mi empeño pero quien ganaba era él.

Y reía, no burlándose

reía como a la espera de algo que no llegaba,

una explicación,

una deducción

que estaba al alcance de mis ojos

               pero yo era muy corto de vista.

“Hay que mirar detenidamente”

               me decía.

“Hay que mirar y sacar conclusiones”

mientras mi trompo bailaba en la palma de su mano

y él reía con sus dientes chiquitos

gastados por el tiempo.

 

Un día

          tras una inolvidable clase de Física en el colegio

volví a casa y le pedí que enrollara el trompo.

Hacía más de cinco años que no jugábamos a eso

y mi padre me miró de una manera difícil de describir,

con cariño,

con satisfacción,

pero más que todo con alivio,

como diciendo “Ha llegado el momento.”

Mi padre era zurdo

             (siempre lo supe, pero no deduje)

y enrollaba el hilo en sentido contrario a las agujas del reloj,

por eso el trompo que él preparaba

se escapaba de mi mano torpemente diestra,

y no de la suya, astutamente siniestra.

 

La infancia es un despiadado campo de aprendizaje

donde las clases prácticas

se dictan fuera de horario.          

 

© Rogelio Ramos Signes

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