Poema de Carlos Aprea
Vidurria de San Fermín
Uno de enero. Viajar con vos.
Excusas y el tiempo
un puro goce de niño
por nombrar el universo abierto
lejos de la casa paterna,
el hormiguero humano
que derrama voces y andares
en el rumoroso río de la calle.
Dos de febrero. Entrar de tu mano
al caos abigarrado de la ciudad
por las ventanas de mi asombro
sin pestañear siquiera.
Tres de marzo. Perdernos
en un aroma de fondas y músicas,
en el trajín de las grandes estaciones,
donde se juegan
pequeñas tragedias cotidianas
y el melodrama acrecienta el corazón.
Cuatro de abril. Sobrias tus excusas
para oficiar la vida y obsequiarla
como un sabio y meditado derroche.
Qué vidurria esos días.
Cinco de mayo. Aquí están ahora intactos,
el dibujo de nuestro caminar
y el don de mundo que me diste
con elegancia criolla, sin exaltaciones ni reparos
al tiempo dilatado del aprendizaje
y mi lento entendimiento de las cosas.
Seis de junio. Ese callado fervor que bautizó mi fe
en el mundo por venir, una confianza
más allá del terror de los desclasados por el día siguiente
que aventaban las vecinas en los zaguanes del sol.
Siete de julio. Qué vidurria Juancito, hubiera sido,
pero a Pamplona no llegamos nunca.
Aquí me quedo, apenas
un segundo en un rincón
donde aún brillan girones de tu rostro,
atrapados por la violenta borradura del tiempo
y por esa imagen final, que insiste en solaparse,
de tu querida cabeza sin memoria,
en esos, tus días últimos, donde buscábamos
por tus ojos vacíos, en tu boca muda,
tu nombre, nuestros nombres,
señales
de haber estado en este mundo.
© Carlos Aprea
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