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4/9/23

Poema de Eugenia Cabral

 

 

LA CUERDA con que paseo a mi perrito

es cordón umbilical y soga de ahorcado

tendida entre el umbroso reflejo del Primer Hombre

en las aguas de un río y la mano que sostiene la cuerda.

 

Rastro de perfume en la almohada.

Las muelles palabras “perfume” y “almohada”.

Oh las palabras.

Oh los rastros de perfume.

 

Potes con esencias alineados sobre el tocador.

Seducción de las habitaciones alquiladas

por ex convictas que cuelgan sus lascivas ropas

en tres perchas y ríen en los balcones.

Oh lascivia.

 

Encima de un sillón conocen el embeleso de las manos.

Ella es descarnada. Sabe para qué hace eso.

Oh la carne.

 

Bajo la luna, los seres humanos toman apariencia maciza,

su carne pareciera tener escasa organización interna.

El culto lunar es peligroso.

Bruto. Brusco. Burdo.

Oh Luna.

 

Patas plateadas de oso aeroespacial

jugando sobre superficie lunar a las aventuras

de Julio Verne con disfraz regalado en Merry Christmas.

Patio de juegos del American College.

Oh América.

 

Revienta ya, revienta, América.

O, mejor, hundirse

arrastrando los ídolos al fondo del mar.

De lo contrario, proseguir

en florestas y cuevas milenarias,

silabeando, y que responda el eco en los valles.  

Los autores que admiras no llegarán a leerte

y eso es lo que más desearías.

Ecos en los valles.

 

California. Orinoco. Río Negro.

Canción irreconocible por el estrago del tiempo,

anotada en un códice ajado y recompuesto.

 

© Eugenia Cabral

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