Texto de María Soledad Gutierrez Eguía
LATIDOS
En pos de hallarla —en ciernes la herida—,
se extienden las manos, no alcanza siquiera a serlo, ya lo dije, tan inexacta.
En la multitud de voces, allí, sí, quizás.
¡Escúchalas!
Ahora es posible saber la herida. ¿Herida?
Hastío.
Reconocer la voz que arrastra y aposenta en
sí misma el ansia y la desata. Casi un eco, inerme, que se apaga.
Tambaleantes los pies, pendones imantados,
ademán ingrávido como el incienso.
Ya entregué mis pasos, he aquí las campanas
fracturadas, he aquí la herida y el bálsamo. Todo el pudor yace en mi vientre.
He allí el payaso doblegado. Solo algunos
pueden oír su voz.
Ya entregué mi matriz y los días al humo
espeso de un lirio incinerado.
Y el latido en las sienes me hace daño.
Como el agua clara te viertes. Y hay un
circo en mis entrañas. Figuras repetidas se niegan, se embriagan, yacen
cárdenas.
Ya entregué la espalda quebrantada e
intangibles se multiplicaron los latidos.
Eran rapaces nutridos de mis senos; como
pétalos los pájaros deshechos en el viento.
En vigilia estéril pacerá la hora.
Sabrán que ambos —mis ojos—, palmo a palmo
palidecieron.
¡Deja que respiren!
¿Cuántas máscaras lleva el payaso?
Donde vuelvo el rostro está el suyo, mudo,
sordo; como la nada.
En vano el ascetismo, en vano la quietud.
Como reptil baila conmigo.
En la habitación contigua galopa el tiempo.
Y una risa agudísima vuelve a estrangular.
Hiende como un vagido en pleno campo.
© María Soledad Gutierrez
Eguía
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2 comentarios:
Qué hermoso trabajo con el lenguaje, Soledad! Gracias
Magnífico poema María Soledad.
¿Cuántas máscaras lleva el payaso?
Saludo afectuoso desde Córdoba
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