Poema de Daniel Viola
No hay lengua que calme la violencia.
Uno espera que no viole, que brinde
la ternura que encierra una vocal.
Cuando la palabra es ajena,
no hay comunión posible.
Toda letra es un símbolo que
nos une o dispersa.
Pronuncio árbol y siento cobijo.
Aquel, la enuncia como lanza.
La lengua encierra los idiomas posibles.
Matriz de rasgos; pequeñas acentuaciones;
tildes que ornamentan el habla.
Compartir la lengua es compartir los gestos.
Los mudos lo saben en su juego con señas.
Toda madre acuna en su sinfín de gestos.
La lengua materna se genera en la espalda.
Allí donde la médula halla su refugio y
genera susurros que las infancias precisan.
Sonidos, gestos. Los dos vibran en la misma
frecuencia.
Son cuerdas de un solo instrumento.
© Daniel Viola
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