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22/8/12
Prosa de Ana Guillot
Penélope
Había sido un zumbido, estar o no estar en la noche. Ser sinuosa o promiscua. Había sido, a veces, una tentación traspasar el vicio ajeno, permearse de gotas. Como dormir en una estrella o saltar.
Los hombres huelen y ella puede. Revisar ese olor y provocarlo. Había sido un zumbido apenas, un mínimo deseo describiendo el hilado en el dibujo del liencillo.
Crece el telar como crece la fijación, la congruencia. Será la que espera. La que no se aparta de su lazo. Será la que aguarda que el lecho sostenga al más pleno en ardides, a Odiseo.
¿Hasta cuándo?, piensa, ha de pensar. Si a veces el oído descubre un arpegio letal y periférico. Y ella quiere saber. El nombre de esa voz, la prestancia del cuerpo que no quiere, no se permite mirar.
¿Hasta cuándo el mundo quedará reducido a un telar, una rueca y un huso, algo que cabe en el contorno pequeño de sus manos? Ella quiere saber qué hay más allá de la cuenca de Ítaca, de la ondulación leve de su orilla.
La mano viene y viene y viene. Se acaba de enredar un punto. Es imperfecta y peligrosa esa lazada. Habrá que destejer la imperfección. No sólo la noche impondrá la renuencia del tejido. Ahora hay un sol descomunal. Un aire tibiecito, y un olor a naranjas en el aire. Alguien entona una canción. Tiene una voz perfecta, transparente. Y la mano viene y viene.
Los hombres huelen y ella puede. Dejar de tejer, desprotegerse de ese lienzo incansable, para alimentar aún más la huella del olor, sus condimentos.
Habría sido una ligera tentación levantar la vista para mirar. Un par de hombros, unas piernas feroces, una boca. Dejar la hilera, el remanso, la casa, la habitación, la vestimenta fiel, para pensar en otro encaje. Otra manera de encajar la edad, que va pasando, en otra carne. Vital, demoledora, multiforme.
La mano va y viene, sin embargo. Los ojos se aposentan en la hilada, para no perderse sobre el calor amarillo, sobre el insecto que zumba en el límite. Viene y viene la mano, atascada. Habrá que destejer. Una lazada o dos. Para cerrar esa hilera perfecta, prolija, alba, atávica.
Zumba el insecto por la habitación que desborda amarillo, casi no se ven los contornos. Hay tanta, tanta luz, resuelve la mujer. Quisiera. Ser otra, peregrina más allá de la tela. Quisiera doblar el edredón y acostarme. Desnuda y resuelta con el canto abierto de esa voz soleada y primitiva. Ya no sé si la voz o el zumbido o ambos se detienen en los dedos. La cabeza permanece en la rueca, los dedos se entorpecen, pero continúa con la mirada fija en el telar. No se puede dejar. De oír el canto de allá afuera. Esa voz imprimiéndose en el telar, enorme.
Perfiles en la casa avanzan la pequeña lujuria de Penélope. ¿Hasta cuándo parecerá invierno?, ¿en qué momento el arte del tejido precisará un destino feroz, desorbitado? El que canta no tiene la voz del hombre que conoce la huella de su cama, pero ella sospecha, un destino de alondra en esa voz.
© Ana Guillot
Muy bien Ana! Me gustó.
ResponderEliminarlily Chavez
Muy Bien Ana!! Me gustó
ResponderEliminarLIly Chavez
Ana ¡que buen trabajo! me encantò leerte
ResponderEliminarDavid Antonio Sorbille dijo...
ResponderEliminarUn gran poema, Ana!! Un abrazo
David Antonio Sorbille dijo...
ResponderEliminarGran poema, Ana!! Un abrazo
La mano va y viene, zumba el insecto. Me encantó este texto. Por ejemplo, ese seguir la oración después del punto.
ResponderEliminarJorge Luis Estrella