No extraño ningún sueño:
añoro el don exhausto.
Las riendas, la legión,
esa palabra repetida.
Recuerdo claros viajes,
silencios prontuariados
(y había ciertas nubes
y puntos suspensivos).
La anécdota es la misma,
dios jazzero:
maldigo tus acordes.
Mendigo los silencios
y las noches,
esas que habrán de volarme
algún día
hacia algún fuego.
© Daniel Rafalovich
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Gran poema?
ResponderEliminarExcelente poema Daniel
ResponderEliminarQué bueno, abrazo, Daniel
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