LATIDOS
En pos de hallarla —en ciernes la herida—,
se extienden las manos, no alcanza siquiera a serlo, ya lo dije, tan inexacta.
En la multitud de voces, allí, sí, quizás.
¡Escúchalas!
Ahora es posible saber la herida. ¿Herida?
Hastío.
Reconocer la voz que arrastra y aposenta en
sí misma el ansia y la desata. Casi un eco, inerme, que se apaga.
Tambaleantes los pies, pendones imantados,
ademán ingrávido como el incienso.
Ya entregué mis pasos, he aquí las campanas
fracturadas, he aquí la herida y el bálsamo. Todo el pudor yace en mi vientre.
He allí el payaso doblegado. Solo algunos
pueden oír su voz.
Ya entregué mi matriz y los días al humo
espeso de un lirio incinerado.
Y el latido en las sienes me hace daño.
Como el agua clara te viertes. Y hay un
circo en mis entrañas. Figuras repetidas se niegan, se embriagan, yacen
cárdenas.
Ya entregué la espalda quebrantada e
intangibles se multiplicaron los latidos.
Eran rapaces nutridos de mis senos; como
pétalos los pájaros deshechos en el viento.
En vigilia estéril pacerá la hora.
Sabrán que ambos —mis ojos—, palmo a palmo
palidecieron.
¡Deja que respiren!
¿Cuántas máscaras lleva el payaso?
Donde vuelvo el rostro está el suyo, mudo,
sordo; como la nada.
En vano el ascetismo, en vano la quietud.
Como reptil baila conmigo.
En la habitación contigua galopa el tiempo.
Y una risa agudísima vuelve a estrangular.
Hiende como un vagido en pleno campo.
© María Soledad Gutierrez
Eguía
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Qué hermoso trabajo con el lenguaje, Soledad! Gracias
ResponderEliminar¡Gracias Carolina! Beso grande.
EliminarMagnífico poema María Soledad.
ResponderEliminar¿Cuántas máscaras lleva el payaso?
Saludo afectuoso desde Córdoba
Alfredo, como siempre, ¡gracias!
EliminarLenguaje estremecido
ResponderEliminar¡Agradecida!
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