Y otra vez esos cristales se ocultan uno al otro.
Sé de esos tus espejos,
venían ocultos entre los que no podíamos mirarnos,
ni yo en la selva,
ni tú en los pliegues de Monmartre.
Avanza el desierto en esos días,
desaparece su reflejo,
dedo carnoso que derritió los hielos
de la tibia floresta,
la voz que corta el aire como un pan tierno con las manos,
el roce de alas del ruiseñor,
aleteo de la suave caricia y
en las rojizas llamas de su mirada
el calor del bosque vuelve a devorarlo y a desaparecer.
© Ricardo Di Mario
Quizá los mejores sueños sean un juego de espejos....
ResponderEliminarMe encantó tu poema.
Verónica M. Capellino Rando
Gracias Verónica, un placer ser leído y buscar tu nombre y tu poesía
EliminarCuando idealizar es jugarse . Gracias
ResponderEliminarGracias por esa profunda lectura
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