El sol de un largo día
Amanecía de golpe con los ojos abiertos.
La conciencia, en su callada hora,
demoraba ese breve espacio de tiempo
para abjurar del día,
escuchar la lluvia en el techo de zinc,
sentir el calorcito de las frazadas.
La sensualidad inútil
de la penumbra
me anticipaba el café que saborearía luego
con ojos de
sueño.
Vaciaba el sol un
laberinto sobre mi confusión.
© Elena Garritani
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