El silencio se enrosca como una boa de alambre.
Huele a ceniza y a pasto triturado Yo, Padre,
pienso en el niño con delirios de mar, el lago inmóvil en
las manos del ciego.
La cruz pesa como el siglo en estas calles de mujeres
humildes, de gritos y golpes de un campo de exterminio, de cauces desmadrados.
Sólo pájaros rotos anudan la penumbra.
Alguien toma la cruz y me levanta. El hombre carga al hombro
mi propia pesadumbre y acaricia mi frente con sus lágrimas torpes.
Sólo el Hombre me salva de ser solo una sombra.
© Hugo Francisco Rivella
En la ruta de Whitman, Vallejo; Gelman, Tejada Gómez, Manuel J. Castilla y otros tantos, tu voz y tu obra se ha enraizado en las condiciones maravillosas y desoladas de nuestra América actual.
ResponderEliminar"¿Será esta rajadura del cráneo y la garganta cuando atora el hueso del desaparecido?
¿Será el agua inocente del niño y sus juguetes que le cuidan el sueño cuando duerme?..."
En fin, "ha sembrado llagas en la rosa"...
Te abrazo grande. Bendiciones!
Hermoso y conmovedor poema , querido Hugo
ResponderEliminarLeonor Mauvecin